MAGDALENA HERRERA
No quiere fotografías ni que se publique su identidad. Será Juan, entonces. Lo que no es ficción es que desde hace dos años y medio le dieron el alta luego de consumir cocaína y pasta base desde los 16 años, y alcohol y marihuana desde los 14. Se pasó dos años "limpio" y posteriormente tuvo cuatro o cinco recaídas, la última hace siete meses. Pero afirma que más allá de los "tropezones", ya no es el mismo. Siente que abandonó para siempre "esa carrera de consumo", como llama a su adicción en reiteradas ocasiones durante la entrevista.
Habla con la naturalidad de cualquier joven de 23 años. Es espontáneo y sólo hace pausas cuando no tiene clara la respuesta. No se enoja en ningún momento, salvo cuando se refiere a que la sociedad también es hipócrita con respecto a la cocaína y la pasta base -"el mismo perro con distinto collar", aclara-. Y no es un intento de justificarse, dice. "Me hago cargo de lo que hice. Pero también debe tenerse conciencia que muchos viven de personas que están en el problema que yo me metí, y después dicen `mirá el pastero ese`. Más allá de las bocas de venta y el narcotráfico, existe todo un negocio, que tiene que ver con sexo y delincuencia. Hay mucho vividor", adelanta.
Su rostro, risa y hasta su forma de conversar no revelan rastro alguno de la mochila que acarrea desde hace casi una década. "Bien podría ser mi hijo", piensa quien escribe, a medida que transcurre la charla en las instalaciones del Portal Amarillo.
Se alejó de sus familiares, les robó a ellos y a ajenos, manipuló, mintió e hizo cosas que nunca hubiera querido que sucedieran. Vivió, según sus palabras, "desconectado" de la realidad durante años. Se da cuenta que llegó a perder la capacidad de ser humano. "La degradación que sentís es impresionante, te transformás en un títere de la droga".
Juan es consciente que convive con lo que él llama un "bichito" que lleva dentro, del que no se desprenderá nunca. "Es como una vocecita que empieza a largar ideas que no están buenas, y que lo hará siempre. Desperté ese bichito y caí. Si te guardás esas ideas para adentro, se van como retroalimentando y tu cabeza empieza a trabajar muy mal".
DE NIÑO. Hasta los 15 años vivió con sus padres, feriantes, en la zona del Cilindro. Era un hogar de laburantes, dice. Fue a la escuela, después al liceo y no le iba nada mal. Por el contrario, pasó primero con 12 (lo máximo), y segundo y tercero con 10. Siguió cuarto, y luego vino quinto, que repitió dos veces y no terminó. Habían empezado sus problemas con las sustancias un par de años antes.
"Mis padres se llevaban bien, no hubo nada por ese lado. Había discusiones como todas las parejas, pero sin importancia. Lo que yo precisaba lo tenía, incluso jugaba al fútbol en Danubio y tuve el apoyo de ellos".
La locuacidad que demuestra en la entrevista llega de adulto, parece. Fue un niño y luego adolescente callado, de guardarse todo para dentro, y a eso le atribuye la poca comunicación que tenía con sus padres. "Por ejemplo, determinado día decidí irme de casa a vivir con mi pareja, y como que fue sorpresivo para ellos. Nada había sido hablado. Me tragaba todo".
Ni siquiera después del tratamiento, sabe explicar porqué era así. "Hay gente que tiene más afinidad para relacionarse. A mí me cuesta, no tengo amigos reales. Tuve compañeros de escuela, de liceo, de fútbol, pero nunca conté con esos de los que se habla de todo. Desde los 15 años, mis compañeros eran los malos de la clase".
Si no avisó a sus padres que se iría a vivir solo, mucho menos que a los 12 comenzó a tomar alcohol, y a consumir marihuana a los 14. No considera que tuvo problemas con la bebida, aunque confiesa que con la marihuana sí, porque un día no le alcanzó con eso. "El alcohol empezó como una gracia, escondido con algún compañero de barrio. Veía tomar a los hombres en la cantina, alegrándose, y quería ser grande como ellos. Sentí curiosidad, ver qué se sentía. No tomaba mucho pero lo suficiente como para marearme. Igual nunca llegué a tener problema, pero soy consciente que a esa edad ese consumo es absolutamente innecesario".
A los 14, mientras cursaba tercero de liceo, en un cumpleaños se cruzó por primera vez con la marihuana. "Pah, probá, está buenísimo te reís toda la noche", le dijeron. Y sí, se rió toda la noche, y muchas otras más. "Pero era un consumo manejable, por diversión, nada que ver con las etapas posteriores. Como que se fue desencadenando todo, la marihuana ya no era suficiente y me picaba la curiosidad por otras cosas".
Fue un buen estudiante, un deportista que podría haberse destacado y hasta tenía talento musical. A los 16 años era uno de los vocalistas de una orquesta que lo llevaba asiduamente a los bailes. "En la noche había cocaína, consumí y me gustó. Empecé, no a diario, pero ya era distinto. Dejó de ser gracioso".
cuesta abajo. La diversión se terminó cuando Juan se dio cuenta que ya no dominaba o tenía control sobre las sustancias. "Te empieza a manejar, y al otro día te ponés a pensar en las cosas que hiciste. Con el consumo de cocaína se puso pesado y problemático. Dejé la orquesta, era chico y "desbundado". No encajaba en ningún lado. A los 16 o 17, cursaba quinto y no entraba a clase. Repetí, y al final largué".
Sus padres no estaban al tanto, aunque presentían el desorden. Él entraba al liceo a las ocho, y al mediodía debía volver a casa; sin embargo aparecía tarde. Cuando le preguntaban dónde había estado, no contestaba. Iba al liceo pero no ingresaba a clase. Afuera, consumía abundante marihuana y los fines de semana se llenaba de cocaína. "Estaba tan ansioso por la adicción que no soportaba una clase entera. No encaraba la situación. Hoy lo veo desde otro punto de vista: mi viejo se levantaba de madrugada a laburar, y a mi me sofocaba ir a sentarme a escuchar a un profesor, que era lo único que tenía que hacer".
Dejó los estudios y comenzó a trabajar con un tío, en la colocación de parqué. La semana la llevaba, pero llegaba el viernes y empezaba a buscar bares, boliches, compañeros de consumo. Ya no lo dominaba. "Era incapaz de poner un freno. Me sentía un títere de la droga".
Hoy lo ve con claridad cuando habla de marionetas. Pero en ese momento "estaba desconectado." "Después cuando arranqué con la pasta base también. Siento que estuve tres años y pico de mi vida desconectado de todo, pasaron por encima mío. No era capaz de juntarme con la realidad. No tenía ni una sola idea o impulso buenos".
Se refiere a que intentaba dejarlo pero sin ningún convencimiento o deseo. Lo compara con el alcohol. "Es como el borracho que, al otro día, porque se siente mal, dice que no va a tomar más. Me pasaba lo mismo pero, a los dos o tres días, volvía. Estaba acostumbrado, tenía la adicción instalada. Ni bien el cuerpo me lo pedía, no era capaz de aceptar el no, ni sentirme mal por todo lo que implica la abstinencia. Y le daba. No soportaba. Así fue transcurriendo el consumo de cocaína hasta que en la calle me crucé con la pasta base".
Una noche, estaba con "amigos", se había terminado la cocaína, y la probó. No sólo porque es más barata, aclara, tiene efecto rápido, capaz que hasta más potente. La acción y la euforia es más inmediata, pero también el bajón. En ese momento no estaba instalado el tema como ahora. Lo hacía casi todo el mundo donde me movía, y no se veía ningún gurí como los de hoy. Bueno, capaz que esos mismos ahora están así, o quizás zafaron, ojalá. Pero no se observaba el problema que asusta cuando mirás alrededor".
Sin embargo, antes de la pasta base, Juan aclara que ya con la cocaína había perdido "la manija". Se había ido a vivir con su pareja, con 18 años, y el trabajo con su tío se cortó. Comenzó a ayudar a su padre, quien compraba electrodomésticos rotos en una fabrica nacional, los reparaba y los vendía en ferias. "Se me dio sin tener mucha conciencia. Estaba en la calle, necesitaba plata e iba a casa a buscar un electrodoméstico porque, bueno, había más. Pero se acabaron, y tuve que salir a robar a otros."
Entre los 18 y los 20 años la situación fue cada vez peor. Para ese entonces, sus familiares y pareja sabían de su consumo, y le cuestionaban sobre si pensaba seguir así toda su vida. Juan ya tenía dos hijos, hoy tiene cuatro. "Nada que dijeran me entraba. Yo contestaba si, si, si... en automático para amansar la cosa. Pero a los tres días estaba en un consumo grande. Volvía con culpa y arrepentido, y no era ficticio. Mi mujer tuvo dos embarazos consecutivos, veía a los gurises chiquitos y lloraba de verdad. Me arrepentía de lo que había pasado pero ya no estaba en mis manos, aunque por momentos pensaba que podía convivir con la pasta base."
Tampoco tenía conciencia alguna del peligro que implicaba moverse en ese ambiente. "Nada, y es algo muy pesado".
-¿Que fue lo peor que te pasó o hiciste en esa carrera de consumo?
-No sé que es lo peor. He mentido, manipulado, robado. Pero lo que a uno más le duele es perder la capacidad de ser humano, de ser gente, con los tuyos, con tus chicos. No cumplir el rol de padre, de hijo, de esposo. Cualquiera te pisotea. Cuando uno está en el piso, si bien hay gente que te quiere ayudar, como en el Portal, en la calle la gran mayoría se aprovecha de tu situación. Es polémico, siempre lo discuto. La sociedad se queja de la pasta base pero hay mucho vividor. Están los de la noche que te encargan cualquier cosa, o esos autos importados que pasan a buscar gurisas de 15 años que están desesperadas y hacen cualquier cosa. Hay quienes se quejan de que le roban la bicicleta pero si le llevan una a las dos de la mañana por 100 pesos la compran. No sólo es negocio para el que tiene la boca de venta, hay mucha gente que manipula con los consumidores que lamentablemente somos títeres de la adicción. A mi me decían: `Sabés que necesito una bicicleta, si llegás a ver una`. Y uno sale como un loco a tirar a un niño de su bicicleta. Que me dejaran de respetar como persona es lo que más duele. La degradación que sentís es impresionante".
cuesta arriba. Luego de casi cuatro años de consumo de cocaína y pasta base, Juan llegó al Portal Amarillo. Eso fue cuando el establecimiento recién abría puertas, y él tenía 20.
¿Cómo hizo el click? "Soy del barrio y en una de esas venidas a casa, conversando con mi mujer, empecé a pensarlo. Por mi cabeza ya pasaban cosas como `¿qué sos?` `¿un ser humano?`. Sentía que me sucedían situaciones buenas y no aprovechaba nada. Andaba como un títere de todas las caras en la calle, que te mandan para acá y para allá. No quería estar más en la calle. No sé si fue Dios o qué, pero algo me tocó un día, y tuve tremendas ganas de ayudarme. Vine decidido a parar."
Algo escéptico acudió al Portal y le gustó. Comenzó a ir diariamente durante un año, sin consumir nada. Llegó el alta y pasó otro año más, entre la más absoluta abstemia, los grupos y su mujer que para ese entonces ya tenía tres hijos. Las cosas empezaron a mejorar. En lo laboral, reinició con su padre el tema de los electrodomésticos. Se mudó de la casa de su suegro y alquiló un apartamento junto a su pareja. Hasta se compró una motito. "Pero fundamentalmente recuperé confianza. Me sentí más conectado con la gente y aprendí a escuchar. Antes no podía, por la ansiedad que tenía."
Luego de dos años sin consumo, el "bichito" picó nuevamente. "Durante ocho meses tuve tres o cuatro recaídas con cocaína y pasta base, más o menos cada mes o mes y medio. Pero cada una capaz que estaba tres días. Esto es de por vida, uno prueba una vez y despertás todas esas cosas que tenés adentro" (ver recuadro).
Retomó enseguida los grupos del Portal porque, según dice, ya había aprendido que estaba "bien bueno vivir sin droga". "Hay emociones que perduran en el tiempo, el efecto de la droga no dura".
Si uno pasa un día "limpio", dice, un asado con la familia en el Parque Lecocq son momentos que se recuerdan toda la vida. "Y cada vez que te viene a la cabeza, te sonreís. Sin embargo, con el consumo, lo que planificás es que la próxima esté más buena porque la anterior la pasaste mal. ¿Por qué? Porque se terminó la droga. Nunca estás conforme con nada, te sentís mal y después la culpa es mortal."
No toma las recaídas como que haya comenzado a consumir. Dice que ya decidió parar, que estuvo dos años sin nada, y que hace siete meses fue el "ultimo tropezón". ¿El último? "Tengo 23 años y perdí mucho tiempo. Creo que ahora me puse en contacto con mi realidad, asumir lo que tengo y empecé a sentirme vivo de vuelta. Muchas veces tomando mate con mi señora, ella se para y me abraza por el simple hecho de haber tomado conciencia. Y eso, para cualquier persona que estuvo tan mal como yo, es increíble. Es un motivo para estar bien". Que así sea.
"Si me ven bien se irán cerrando las heridas"
-¿Es posible salir solo?
-Supongo que hay quien puede, pero la mayoría no. Yo no lo hubiera logrado. Aún para el que cree que sí, está bueno que venga al Portal. Se le hará más liviano, es una mochila pesada la que tiene. Aquí hay un espacio para hablar, hacer amigos, que es muy importante porque todos los consumidores perdieron muchas de sus amistades reales o están alejados de su familia.
-¿Qué importancia tiene el apoyo del entorno en el tratamiento de un consumidor?
-Yo, específicamente, tengo dos sostenes: mi familia y los grupos. La relación en casa es fundamental ya que cuando aprendés a comunicarte, todo se hace más fácil. Si un día largás en la mesa que andás con los cables cruzados, con ganas de consumir, y lo conversás con tu madre o padre, ya pesa menos. Te mandás al frente y está bueno. Además, devolvés algo a tu familia que te quiso ayudar y se sintió excluida. Si les das cabida en tu adicción eso también retribuye. Es como ahora mismo, estar largando todo me hace bien, me voy a casa livianito. Y si puedo dar una mano a quien está en una situación como la que yo estuve, mejor.
-¿Si no hubieras consumido marihuana habrías llegado al resto?
-Siempre tuve esa curiosidad por probar cosas de grande, prohibidas. Es algo natural en mi. Quizás lo único que influyó, pero no decisivo, fue que viví en un barrio medio pesado. De chico sentía admiración por personas que no valían la pena, unos idiotas.
-¿Se da vuelta la página de la culpa?
-Lo pagás estando bien. Verme bien va a ir cerrando y curando las heridas.
-Se relaciona la inseguridad con el consumo. ¿Qué opinás desde tu experiencia?
-Erradicarla es imposible porque es un negocio mundial del que Uruguay no escapa. Droga seguirá habiendo, el tema es que si hay una juventud cada vez más consciente, en algún momento dejará de ser tanto negocio. Y capaz que con eso disminuye la inseguridad. Está por el lado de crear conciencia en la población. Que no haya hipocresía, que no se compren cosas robadas o sexo a consumidores. Y por otro lado meter en la cabeza de los chicos lo que es la magnitud de esta problemática.
Lidiar con abstinencia y recaída
Luego de conocer el infierno de la droga y también de la abstinencia, y luego de dos años "limpio", Juan consumió nuevamente. ¿Algún problema? "No, sentí que lo iba a poder controlar. Además, no siempre se consume cuando uno está mal, a veces también se da porque estás demasiado bien. Es clásico en fiestas, por ejemplo, y está todo el mundo alegre. Pero, bueno, como que uno convive con eso. Mañana, capaz que salgo a la calle y veo a uno drogarse y me viene el pensamiento", explica.
En los tratamientos del Portal Amarillo y en los grupos se aprende que existen ciertas asociaciones con el consumo. Hay personas que no pueden ir a determinados lugares o estar con otras, o incluso escuchar determinada música, porque le dan ganas. "A mi, durante mucho tiempo, me costaba mucho quedarme solo en casa. Me da miedo no aguantar la presión, de que la cabeza hable, de que esa partecita mía empiece a largar ideas. Pero ojo, en un principio no lo sabía. Lo aprendí en los grupos. Ahora, intento no quedarme solo, voy con ellos o hago otras cosas".
El primer proceso de abstinencia fue tremendo para el joven, pero se jacta que lo hizo sin fármacos. "Conozco gente que cambió una adicción por otra. Si a mi me llevan una semana al Congo, no consumo. Pero tampoco vuelvo con las herramientas para no hacerlo en el futuro. Si me empastillan pasa lo mismo. Se debe hacer un proceso. Yo quería pelearla en la cancha porque tenía que volver a casa y manejar plata, no como otros a quienes les aconsejan no llevar dinero. Yo tenía que trabajar y mantener una familia. Tuve que aprender a remar sin la latita".