Cuatro décadas

Viaje temporal

Cuando Alberto Zimberg acercó Love, love, love al elenco del Circular a algunos les “rechinó porque no deja bien parada a una generación”, cuenta Paola Venditto, protagonista de la obra. Pero ninguno puso en tela de juicio que iba a funcionar. Mike Bartlett es un autor inglés de 34 años que interpela a la generación de sus padresy a Zimberg le atrajo cuestionar los vínculos familiares. “Está tan bien contada que se toma como una verdad absoluta, pero hay que tener claro que es la visión de alguien que transitó por cierto lugar”, explica Moré, también protagonista. “Esa visión tan parcial dispara la reflexión, estar de acuerdo o no”, según el director.

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Foto: Alejandro Persichetti

Jorge (Moré) y Enrique (Guillermo Robales) son hermanos, viven juntos en Londres durante los ‘60 y el autor los ubica en posiciones opuestas. Enrique trabaja, es gris, antiguo, aburrido; Jorge estudia en Oxford, lee, escucha rock, fuma marihuana y se siente parte de un cambio. Al iniciar el primer acto, Enrique aguarda ansioso la llegada de Sandra (Paola Venditto) y la sintonía entre esa joven de 19 años y Jorge (de la misma edad) es inmediata. Están en la misma vereda. "No trabajamos el personaje de Enrique como tan estructurado. Tampoco ellos dos eran los grandes locos porque nos hubiéramos ido hacia un lugar demasiado cliché. Sandra la tenía más clara políticamente, Jorge estaba muy cerca por sus estudios, lo que leía, pero más hacia lo conceptual, creo que ella iba más a la acción. Eran distintos en ese sentido y eso se ve en el segundo acto: el padre un poco más cercano a los hijos y la madre no", explica Zimberg.

Sin cliché.

No es la primera vez que Zimberg elige una pieza donde los vínculos familiares llevan la batuta. Ya lo había hecho con Los padres terribles (2009) y en esta ocasión le sedujo la posibilidad de que los personajes transitaran por cuatro décadas (desde los 60 a la actualidad), crecieran, mutaran sus formas de relacionarse pero "sin caer en los estereotipos del joven, el viejo". En la fase de composición se apeló a conservar el espíritu de cada rol, "que el espectador pudiera reconocer que cuando tienen casi 70 años son los mismos que en la década del 60".

La búsqueda rumbo a esa esencia fue extremadamente difícil para los actores pero en el camino encontraron "algo que no sé definirlo, no sé qué es, pero sé que cualquiera de los personajes lo tiene. Ni siquiera soy consciente en mí pero lo veo en mis compañeros: no hay un cliché de un joven, después otro mayor, es el mismo personaje que crece a lo largo de los tres actos", señala Venditto.

El espacio físico donde dieron los primeros pasos fue clave para configurar cada rol. En la Sala 2 del Circular estaba montada otra escenografía, eso los obligó a adaptarse al lugar que tenían y ensayar en un espacio reducido porque no podía usar todo el escenario. "Nos hizo comprimir, que todo fuera muy íntimo, muy personal, muy chiquito y en ese marco aparecieron los personajes. Creo que eso nos ayudó pila porque después, cuando creció, no importó, ya lo teníamos bien agarrado", explica la actriz. "Lo más importante era la composición interna, los vínculos. Era un desafío muy interesante: los hijos tienen 14 y 16 años en el segundo acto y casi 40 en el tercero (...) Trabajamos mucho la improvisación para generar un vínculo con una compañera actriz que tiene casi tu misma edad pero tiene que ser tu hija a fin de no caer en el cliché. Entonces hubo que buscarlo desde un lugar más intuitivo", subraya Zimberg.

El contexto social y político fue un recurso útil para que los actores trabajaran esos vínculos desde otra perspectiva, a través de la observación de las diversas épocas, fijándose qué sucedía en cada momento y cómo eso influía en la forma de relacionarse que tenían las personas. "Ese pasaje a los 90, donde lo importante era el trabajo, el consumismo, el status tenía que ver con un contexto social y económico también. Cuáles eran las prioridades de estos personajes: qué le querían dar a sus hijos, ese bienestar económico, la posibilidad de estudiar", enumera el director.

Eligieron ir por el camino del naturalismo, el hiperrealismo y Venditto está segura de que fue un gran acierto, "no se me ocurre otra forma de hacerla por cómo está escrita". "No había otra manera de contarla: el espectador que está más lejos lo tenés a tres metros, no hay lugar para el artificio", opina el protagonista de Love, love, love. "El público la recibe muy bien, se entiende todo el cuentito, genera mucha charla, se van hablando y eso es lo interesante del teatro, que la gente salga pensando, que le pasen cosas. Más allá de que te guste o no, que intercambies con el otro", agrega ella. Y en seguida Moré delata a un amigo que al salir de la función le comentó, por tu culpa estoy discutiendo con mi mujer por los hijos que no tuve.

—Los actores desarrollan distintas acciones durante la escena: fuman, toman, se afeitan, cortan la torta, se lavan los dientes, ¿ayudó a contar de forma realista?

—(Zimberg) Era interesante introducir acciones que tuvieran que ver con la época y fueron encontradas sobre la marcha, con mucha libertad. Eso genera que los movimiento sean más orgánicos. El desafío es cada función volver a encontrar lo que ya encontraste para que vuelva esa verdad.

La búsqueda.

Para asimilar el texto, el elenco fue hacia el original, cuestionó la traducción e incluso buscó un lenguaje que resultara cómodo en la acción y la palabra. "No tener que ser respetuosos a raja tabla de lo que estaba escrito fue fundamental para hacerlo creíble", asegura Moré. Las dificultades mutaron durante el proceso creativo. Venditto pensaba a priori que encontrar a esa Sandra jovencita sería fatal y sin embargo, apareció desde el juego y la diversión. "Leía la obra y me daba pánico, pero resultó ser menos traumático que el segundo acto donde pensaba, voy en coche, tiene mi edad, no tiene misterio pero salía del ensayo furiosa porque no lo encontraba".

Para Moré fue al revés: "encontrar ese espíritu libre del Flower Power me costó y lo sufrí muchísimo. Tengo 45 años, dar con un pibe de 19 era difícil, no encontraba un punto de libertad y alegría como el que tenía que tener. El personaje iba para un lado y mi vida fue para otro totalmente diferente: en el segundo acto Jorge tiene la edad que yo tengo ahora pero sigue pensando en sí mismo, sin hacerse cargo y a mí el pasaje a la paternidad me sacó esa idea de inmortalidad que tenía en la adolescencia y me puso un saco de miedos muy grande porque vivo pensando en mis hijos. Manejar sin el cinturón de seguridad, por ejemplo, es una pelotudez, pero sé que si lo hago puedo dejar a dos pibes sin un padre. Hubo un cambio muy grande en mí y en el personaje no". La psicodelia y los vaivenes políticos de los 60 no le removieron tantos sentimientos como los vínculos. "Soy hijo de un padre abandónico y me tocó mucho en lo interno interpretar a un padre que le importa sí mismo y no sus hijos, un egoísta".

Venditto encontró un paralelismo entre su adolescencia y lo que vive su personaje: "mis 19 fueron en otro momento pero Sandra sabe lo que quiere, lo que espera, es más jugada y en ese sentido, capaz que yo, Paola, puedo identificarme con esa Sandra, con las otras no". Ella no es madre e interpretar ese rol no le truncó la creatividad, "uno en teatro hace un montón de cosas que no es. Es una maternidad con una hija adolescente con la que me enfrento, quizá si hubiera sido una relación de otro tipo me hubiera costado más la búsqueda, pero no digo que no lo hubiera logrado, creo que sí. Sandra compite con la hija, es más una cuestión entre mujeres, podría ser su hija, su compañera, su amiga, ella no se ve ni se siente como una madre amorosa, así que por ese lado no me complicó".

Popurrí problemático.

La obra sobre vuela un montón de cuestiones cotidianas: las madres modernas que salen a trabajar, ir atrás del dinero, el consumismo, las crisis matrimoniales, las infidelidades. "No se detiene en dar una clase o en decir, mirá lo que te estamos diciendo, lo deja pasar y lo que agarrás, lo agarrás. Eso lo hace interesante. No hay una opinión, las cosas van pasando", indica Moré. Detrás esas cuestiones, está el amor a pesar de todo: "Jorge está mucho más enamorado de Sandra que Sandra de Jorge, ella está un poco más enamorada de sí misma. Él va detrás de ella toda la obra", según el actor.

—Los problemas de los padres y de los hijos van por caminos paralelos y nadie se escucha...

—(Venditto) Lo que le pasa a los hijos es horrible pero el conflicto de la pareja aparece presentado más grande. Si te detenés y te ponés a pensar, es un problema para esos gurises, pero lo que queda en evidencia es la visión del autor: el centro es la generación de sus padres. Él los pone como protagonistas de la historia con todo lo negativo, les echa la culpa de todo.

—(Zimberg) El segundo acto arranca con la música al mango, nadie se escucha: la agresión verbal es mucho más fuerte que los golpes. Y eso tiene que ver con esta familia. El vínculo de los padres no funcionaba, no era que no se quisieran, pero estaban metidos en una estructura que tenía que explotar por algún lado y los hijos están ahí al lado, son los primeros en ser salpicados por esta crisis.

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