perfil de NICO ARNICHO

Si toca tambor no vale dudar

Como en una película de artes marciales, Nico Arnicho recorrió el mundo aprendiendo con maestros de distintas etnias los secretos de la percusión. En Montevideo, practica boxeo y basquetbol para poder golpear mejor el tambor. Aquí un perfil que revela qué tiene en común este baterista con Kobe Bryant.

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Nico Arnicho

Para golpear tambores, Nico Arnicho practica boxeo. Pegarle a un puching ball es una cuestión de ritmo, dice, “es reflejo y coordinación”. También juega al basquetbol: “es como si estuvieras con un beat andando”, explica, moviendo las manos sobre una pelota imaginaria.
Así fue como se lastimó la muñeca izquierda. Si la derecha mira para abajo haciendo un ángulo de 90 grados, la que está rota solo llega a 20. “Tengo un nudo hecho con tendones para atarme los huesos”, describe. “Se me estaban abriendo los ligamentos y los huesos empezaron a quedar sueltos. Me tuvieron que poner clavos de titanio”, agrega mostrando una cicatriz y abriendo los ojos, y no le importa que uno se imagine lo peor.

En el video clip de Wrong!!, la más popular de las composiciones de su show Superplugged, hace sonar un tubo contra la base de la mano herida. Unos milímetros más arriba lleva puesta una muñequera negra, para acelerar la recuperación. "No sos el único en este mundo, no estés tan equivocado", rapea en inglés, marcando el pulso con la otra mano en el aire, que tiene el dedo meñique quebrado de tanto golpe.

Para patear pedales, Nico Arnicho tiene que practicar boxeo, basquetbol e higiene de columna. Es una manera de combatir la lumbalgia que comenzó hace algunos años atrás, en un estudio de grabación de París, donde estuvo tocando con el "Pájaro" Canzani.

El último de sus dolores está en las rodillas: eso es culpa del tap. Para bailar el ritmo que hizo famoso a Fred Astaire entrenó durante un año con la mano izquierda enyesada y atravesada por trozos de acero. Como no podía hacer percusión con las manos lo intentó con los pies.

Golpear una conga o una lata cilíndrica transformada en instrumento puede dejar algo más que una mano rajada, porque suena dependiendo de cómo y cuánto le pegues. Un baterista debe ejercitar la motricidad para hacer él solo el mismo trabajo que harían cuatro personas en un ensamble de percusión, pero frente a un tambor la exigencia física es mucho mayor. "Tenés que tocar, mover, levantar. Remar y remar", dice. A esas partes del cuerpo que el tambor dañó les llama "las zonas de conflicto", pero no tiene ningún problema de cargar con ellas. "No me hago mala sangre con estas cosas. Si tiene que ver con la música yo nunca dudo. Tocar percusión es parecido a entrenarse: te da pereza y te cansa, pero cuando terminás es la mejor sensación que se puede tener", declara este ritmista.

Los sábados en la Plaza Matriz, Nico Arnicho y tres de sus alumnos de la Escuela Universitaria de Música repasan algunos de los repiques más antiguos de la música en la parte más vieja de la ciudad. En La jaula del ritmo muchos de los instrumentos son reciclados, por ejemplo botellas de refrescos, tachos de pintura, chapitas, barriles, caños de plástico, que entre los tres tocan, mueven y levantan. Aunque los músicos tienen coreografiada toda la presentación, una señora se coloca a prepo en medio de ellos para quejarse porque "el ruido" no la dejó escuchar la misa en la catedral.

Cinco minutos antes de esta interrupción, Nico Arnicho tuvo que defenderse de un elogio cuando un hombre del público dijo que aquello era bueno sí, pero que primero lo había hecho la Tribu Mandril, es decir, una de las primeras bandas que había armado el propio Arnicho.

—Sos un extraterrestre que vino a destruirnos con tu música, -le grita otro espectador mientras la señora se aleja.

Este músico no contesta. Baja la cabeza, se abrocha otro de los tambores en la cintura, y empieza a pegarle al parche. Cierra los ojos y los clava en el cielo, quizás recordando que, irónicamente, el primer escenario en el que tocó fue en una iglesia. Que su primer público fue un grupo de feligreses, porque cuando era un niño el primer cliente que tuvo fue un cura que lo dejó tocar el bongó durante las misas.

Nico Arnicho cree que le debe a Dios casi todo lo bueno que le ha pasado haciendo música.

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Como si se tratara de un vehículo, dice que él se sube a la batería. Esa fue la puerta de entrada para el mundo de sonidos en el que eligió vivir. La encontró en la infancia, en los tablados, viendo actuar a los parodistas Los Klapers. "Mucho más que cualquier deportista, mi ídolo era Miguelito, el baterista. Yo lo veía y sentía una admiración y una intensidad que no podía comparar con nada más", dice. Además, por aquella época, un aviso de Coca Cola mostraba a un baterista enloquecido agitando las baquetas sobre unos platillos. La chica linda del público le acercaba una toalla y una botella de Coca: "Yo quería todo eso".


Una noche, Los Klapers ensayaron en la casa de los Arnicho y se dejaron la batería. "Entonces fui a buscarla y la armé solo. Eso es algo muy difícil de hacer si no tenés idea, pero para mí fue fácil, por eso creo que fue algo del destino". Cuando tuvo su propia batería Nico Arnicho empezó a tocar sobre los discos de su padre. "Yo era el baterista de Roberto Carlos, de Vinícius de Moraes, de Alcione. Era un momento de intensidad emocional única. Para mí era locura, era pasión. Me subía a tocar y no me importaba nada más". ¿Y ahora? "Ahora es totalmente diferente porque es mi trabajo. Ahora tengo responsabilidades y formas que debo cuidar porque cobro por lo que hago. Ahora la intensidad está, pero integrada a la profesión, porque me debo a un mercado que me permite ir hasta cierto lugar".

Aunque tocó con músicos como Ruben Rada, los hermanos Fattoruso, Jorge Drexler, "Pitufo" Lombardo, Tabaré Cardozo, Luciano Supervielle, Alejandro Lerner, Diego Torres, o Jorge Nasser, aunque Jennifer López y Marc Anthony lo seleccionaron como uno de los talentos más creativos de Latinoamérica para el reality ¡Q viva! The chosen, Nico Arnicho dice que su camino es el de un eterno aprendiz.

Si en las películas de artes marciales los alumnos van en busca de un gran maestro a lugares remotos, y solo empiezan a recibir lecciones una vez que el sabio les toma confianza, Nico Arnicho demostró que para conocer y vivir los secretos de los tambores también hay que viajar en busca de los guardianes de su historia.

En Salvador de Bahía, cuando quiso aprender el berimbau, el maestro le asignó tareas de carpintería como lijar la biriba para construir el arco del instrumento más popular del capoeira. Mientras las manos le sangraban por cortarse con los alambres, veía cómo los alumnos más avanzados disfrutaban de tocar. Recién un mes después de su llegada le dijo que ahora sí iba a recibir la enseñanza. "Hay que saber agachar la cabeza y asumir el lugar de aprendiz. Eso me pasó acá y en todos lados. Eso lo defiendo, lo respeto y lo pondero, porque el mejor regalo que podés tener de un maestro es que te abra las puertas de su casa".

En Uruguay, en la escuela universitaria, su primer maestro fue Jorge Camiroaga: le enseñó el lugar de la percusión en la música clásica y en el jazz. Le siguió el luthier y candombero "Lobo" Núñez, que lo llevó a la cuerda de tambores de Cuareim 1080 cuando no tenía experiencia sintiendo el pulso del Barrio Sur. El tercero, en la murga, fue el platillero de Agarrate Catalina Humberto "Samantha" Orique. Pero hubo muchos más en Cuba, en Brasil, en Perú, en Paraguay, Portugal, Senegal, Guinea Conakry...

Nico Arnicho dice que es un hombre miedoso, por ejemplo cuando se trata de pagar facturas en fecha, pero nunca se cuestionó viajar al oeste africano, al país de dónde vino el último foco de ébola, que no tiene embajada uruguaya, sin pasaporte, con pasajes de avión en compañías desconocidas, con tal de aprender el sonido de la etnia malinké: los mejores ejecutantes del tambor Djembe y de la flauta Fula.

Durante los viajes le robaron, se enfermó de dengue, e intentaron llevarlo preso. "Para mí esas cosas fueron como una especie de pruebas que me pusieron antes de llegar a mi objetivo. Por eso te digo: yo nunca dudo si se trata de música".

Según su opinión, para componer en percusión el primer paso es informarse, conocer y vivir los distintos lenguajes rítmicos. "Pero hay que saberlos desde su origen y aprenderlos donde nacieron". En Trinidad y Tobago estudió el uso del Steel drum, construido por descendientes de músicos africanos con la base metálica de los barriles de petróleo. De Perú se trajo una Quijada de burro. Los esclavos que llegaron desde Angola para trabajar en las minas estaban acostumbrados a tocar con raspadores, pero como no encontraron en su nuevo destino buena madera, usaron el esqueleto con dientes de este animal para imitar el sonido. "Después de que sabés y controlás esto, tenés que transgredirlo: mezclar los sonidos pero sin faltarles el respeto".


Si muchos músicos fusionan ritmos de distintas familias usando un programa de computadora, siguiendo el sistema de Nico Arnicho hacerlo bien puede llevar años recorriendo miles de kilómetros. "Por eso digo que lo que hago son versiones mías de los ritmos que me dieron otros".

En los aeropuertos, suele ser el pasajero que demora en la fila despachando equipajes, porque de cada viaje se trae instrumentos que acumula con orden en el garaje de su casa.

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Tres noches a la semana se desdobla para públicos distintos. Los sábados al mediodía presenta La jaula del ritmo en Ciudad Vieja, un proyecto que comenzó a bosquejar en hojas sueltas en Senegal, cuando estudiaba el tambor Sabar. En la noche compone en vivo durante Superplugged en el Teatro Solis, el espectáculo en que asegura: "Me saco hasta el último pellejo para conectar con los espectadores". Los jueves rota de boliche con el trío de jazz Los carnavales del mundo, donde deja claro un placer culposo: "Como consumidor de música mi gusto es bastante terraja. A mí me gusta Roberto Carlos, Ricky Martín, Marc Anthony, Mozart, Charlie Parker, Miles Davis." Entonces toca por ejemplo, La camisa negra de Juanes, Locuras contigo de Rombai y Nombre de bienes de Eduardo Mateo. "Disfruto de ver qué pasa si agarro un tema que está sonando y lo versiono con el ritmo paraguayo del Kamba Kua. En esos momentos, cuando estoy inventando, es que me siento en plenitud. Es cuando recupero esa pasión de mi infancia sentado en la batería."

En cada uno de sus formatos, Nico Arnicho presenta los bloques musicales como si fuera un chef que detalla velozmente y con palabras extranjeras cómo está hecho el siguiente plato. Mira fugazmente al público, como si estuviera tímido o demasiado apurado por volver a tocar. Igual que los mejores cocineros, este músico cree que el escucha merece detalles del origen de eso que está a punto de probar y que forma parte de otra cultura, de otra gente, y de otras calles. Para este tipo de artista los ingredientes están llenos de olores y saben mejor si se conversan.

Da un buen consejo: "Cuando no entendés qué es eso que se está tocando vos tenés que mirar los pies de los que bailan, porque ahí es donde está el pulso. Un tambor suena mucho mejor si cuando lo tocás estás pensando en el bailarín porque el ritmo es el sostén entre el canto y el baile". Por eso, cuando toca, repasa con la mirada las manos y los pies de los que lo escuchan.

En casi todos los conciertos, antes de empezar, la banda observa al baterista y espera su señal de arranque: "uno, dos, tres". "El ritmo es algo que todos tenemos en común. Primero hay que conocer el que tiene uno mismo y después entender el del grupo y sumarse: esto es lo básico, tanto en la música como en la vida".

Practicar boxeo o basquetbol también puede ser de ayuda para acompasarse, porque el deporte y la música tienen mucho en común. Es entrenamiento, ritmo, "reflejo y coordinación", es no dudar, como Nico Arnicho golpeando tambores con la muñeca rota, o Kobe Bryant anotando 42 puntos con un dedo quebrado.

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