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Un sueño en los puños

El viernes 26 de junio Gastón "Tonga" Reyno enfrentará la pelea más importante de su carrera ¿Cuánto cuesta mantener un sueño? Un perfil de la estrella uruguaya del MMA en Estados Unidos. 

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Gastón "Tonga" Reyno

Gastón Reyno sentía agujas en el estómago. Era un niño débil, flaco, con los hombros caídos. No podía tomar Coca Cola ni comer torta en los cumpleaños. Muchas veces no soportaba pasar el día entero en la escuela. Desde su nacimiento hasta los 8 años vivió entrando y saliendo del quirófano por problemas intestinales y digestivos. Sintió dolor hasta acostumbrarse. “El Tonga”, el peleador más importante de las artes marciales mixtas del Uruguay, tenía prohibido recibir un golpe.

Su madre, Zully, lo anotó en taekwondo porque a pesar de su salud delicada era demasiado inquieto: entre todos los deportes parecía el más seguro. Durante su niñez Gastón creía en dos dioses, su instructor y Jean-Claude Van Damme. El amuleto para entrar al hospital era una tela con la cara del karateka de Hollywood impresa en blanco y negro. De esos tiempos conserva una cicatriz que rodea su cintura y otra que le atraviesa el abdomen. Recién ahora las muestra con orgullo. Convertido en estrella de la MMA, su principal patrocinador, la marca de ropa deportiva Title Custom, resalta esas huellas en las fotografías de los catálogos como si fueran las heridas de una guerra. "El Reyno" está a pocos días de tener la pelea más importante de su carrera, su debut en Bellator, el pasillo que antecede a la puerta de entrada en la UFC, el lugar donde los mejores peleadores quieren demostrar su valor. Tiene 28 años. Es un hombre sano, fuerte y veloz que recuerda a aquel niño enfermo como un loco que empezó a imaginarse la fama a los golpes en un país donde las artes marciales son un sueño que muere en el barrio.

Para pelear Gastón aprendió a mentir. Zully es enfermera y durante cuatro años confió en que las heridas con las que aparecía su hijo se debían a accidentes laborales y domésticos. Nunca descubrió vendas, guantes, ni ropa ensangrentada. Lavó a diario el uniforme de trabajo sin sospechar que desde hacía dos años él no hacía otra cosa que entrenar. En el colegio, en el trabajo, en el barrio, todos los amigos sabían que Gastón estaba peleando con profesionales y ayudaban a mantener esta pasión en secreto. La única cómplice puertas adentro era su hermana Denisse, maestra, cuatro años mayor: "Siempre fue mi protegido. Estaba segura de que iba a ser pasajero, antes había querido ser jugador de fútbol y de basquetbol y pensé que este era otro de sus arranques pasionales." Cuando entendió que estaba equivocada mandó a su novio a verlo pelear. El 26 de junio los dos estarán sentados en la primera fila del Kansas Star Casino, observando con los dientes apretados cómo enfrenta en el octógono a Gregg Scott. No quiere imaginarse ese momento. Dice que llora cada vez que su hermano tiene una pelea. Los días más excitantes en la vida de Gastón Reyno serían una pesadilla para la mayoría de las personas.


A los 16 años estaba entrenando en un club. "Este es nuevito", le dijeron a Uriel Noria, tatuador e instructor de kick boxing. Gastón escuchó, levantó una pierna y le pateó la cabeza a su contrincante. Un cruce de miradas siguió al golpe: la del adolescente demostrando su compromiso con el deporte y la de Noria, con una sonrisa leve, entendiendo el mensaje. Lo invitó a su gimnasio y empezó a alentarlo desde la esquina. "Saludaba con un beso y les deseaba suerte a sus enemigos. Era tímido al punto de pasar desapercibido. Es un tipo incapaz de terminar a los golpes una discusión o de tener un sentimiento de maldad, pero lamentablemente acá tenés que hacer nacer un el odio hacia otra persona que vas a ver 15 minutos arriba de un ring. Me llevó mucho tiempo sacar a Gastón de ese contexto de ternura que es su personalidad y hacer salir a la peor de las fieras".

Noria empezó a ver el cambio en el Club Colón. El Tonga se convirtió en el rey del lugar, en un deportista carismático. "Creo que el atleta más cotizado es el que da el mejor espectáculo. Él entraba con una canción de Sonido Caracol y con cotillón, hacía una especie de actuación antes de pelear. Tenía hinchada, llegó a vender 2.400 entradas".

—¿Fue tu mejor alumno?

—Fue la mejor persona que entrené.

Noria tiene 38 años y pesa 120 kilos pero dice que se mueve como un chico de 15 y como si pesara 70. En su mejor momento tuvo 19 peleadores. Está cansado de escuchar a los sponsors negarse a apoyar "porque este es un deporte violento" y de descubrir a diamantes en bruto que nunca podrán despegarse del amateurismo. "Para ser profesional primero tenés que convencerte de que lo sos", explica. Necesita más Gastón Reyno: tipos humildes que se aferren al deporte como a la vida. "Para prepararse para una pelea hay un montón de cosas que uno como técnico tiene que exigir sin dejar de lado lo que realmente los luchadores son acá: padres de familia, novios, estudiantes, trabajadores". Quiere empezar una nueva etapa en las artes marciales locales y para eso Gastón es fundamental. "No tuvo a nadie a quien mirar, a quien copiar, pero quiere ser un motivador y los niños se están fijando en él: los está inspirando. El lazo que está creando para llevar a otros peleadores a Estados Unidos es maravilloso. Si acá se está empezando a hablar de MMA es gracias a su esfuerzo". El adolescente desafiante se transformó en la esperanza más firme de un deporte eclipsado. Tiene casi 67.000 seguidores en Facebook, y en Uruguay es la imagen de la cerveza china Tsingtao cuyo slogan invita a romper con la tradición.

Pelear en la sombra.

Creerse un profesional requiere dinero. Gastón consiguió un trabajo como ayudante de mozo en Don Peperone de Ciudad Vieja. Nicolás Seijas era el encargado, "me decía que yo tenía olor a perfume y él a pizza". "Era el perro, lavaba los pisos y llevaba los platos", dice Gastón, "ahora voy y me arman una mesa con alfombra roja". Si la banda de covers de Joaquín Sabina llenaba demasiado el local, bajaba la llave general y fingía sorprenderse por el apagón. Un sábado llamó desde una pelea en Argentina para avisar que estaba enfermo: el local tenía un teléfono con captor, descubrieron el engaño y lo echaron. Lo volvieron a contratar pero no respetaba los horarios y comía demasiado. "Un día llegué con un tobillo esguinzado de una pelea, 'son 5 minutos, huevo', me dije. Subí al primer piso, tiré 20 platos y después me tiré yo. Necesitaba licencia médica". La versión para Hebert, su padre, camionero desde hace 30 años, fue que se había caído bajando la ropa seca de la azotea. Para ser más convincente rompió una maceta y desparramó tierra por el lugar. Teresa, madre de uno de sus mejores amigos, lo describe como un seductor y un líder. "Siempre tuvo argumentos para salirse con la suya". Antes de su primera pelea le confesó las mentiras. Le dieron una paliza y ella pensó que iba a rendirse; "fue peor". "Una noche me llama para avisarme que estaba en el techo de la casa escondido. Le había agarrado el auto al padre para dar una vuelta cuando lo ve venir en el camión; se puso tan nervioso que lo dio contra un árbol, lo dejó ahí y desapareció". Los únicos gritos que Gastón teme son los de sus padres.

Una tarde un vecino habló de más. "Me mostró el afiche de una pelea y me felicitó", relata Hebert, "me subí a la camioneta y fui hasta el Colón. Quería ver, buscarlo. Entre la gente que armaba el ring uno me conocía y vi que todos se susurraban 'es el padre de Gastón, no digan nada'". Esa noche la familia Reyno explotó en llantos y recriminaciones. Para Gastón fue un alivio. Le pidió a su padre que lo llevara a la casa de un amigo y llenó el piso del auto con copas y medallas.

Zully se consoló pensando que al menos la obsesión por ser fuerte y sano lo mantendría alejado del alcohol y las drogas. La primera vez que lo vio pelear detestó "el ambiente a antro" de los clubes, sintió miedo, y cuando vio a su hijo ganar por knockout no pudo evitar un orgullo culpable. Estudia inglés para poder seguir de cerca la vida de Gastón. "Tengo el cuarto impecable, hice cuadritos con recortes de diarios y una repisa donde están todos sus trofeos. Él dice que si estuviera muerto no estaría tan lindo". También le graba con el celular los programas de televisión que no puede ver. La semana pasada fue una entrevista de Eduardo Bonomi en Código país. "Quiere estar al tanto de todo, si un amigo cambió de novia, si alguien se enferma, cómo está tal murga, si La Vela Puerca sacó un tema nuevo. Ve todos los partidos de Goes".

Deseo cumplido.

Hebert y Zully viajan una vez por año a visitarlo. Cuentan que vive en Kansas, en una casa como las de Carrasco junto a otros 10 peleadores entre los cuales tres de ellos son uruguayos y los becó Gastón. "Son macanudos", opinan de los luchadores. Conocieron los tres gimnasios que tiene junto a su socio, la estrella de UFC James Crow. Les pusieron Glory. Trabajan con más de 350 peleadores. Las sucursales cuentan con un manager, un director de marketing y contrataron a un coach que les está enseñando, a los gritos, a ser empresarios. Cada día a las 15 horas tienen un business meeting donde discuten, mediante videollamada, cómo mejorar el servicio. Los secretos del negocio se los pasa a Joaquín, un amigo del taekwondo que se convirtió en el primer testigo de su suerte.

A los 20 años Joaquín dejó de ser cajero de un supermercado para poner con el Tonga un gimnasio en Parque Posadas. El logo de Xtreme, las paredes y el techo los pintaron ellos. Las madres limpiaron y fabricaron colchonetas y bolsas de boxeo. Fue un éxito. Decidieron concursar en el Campeonato Mundial de Taekwondo de 2011. Para pagar los pasajes vendieron rifas que prometían una botella de Johnny Walker Etiqueta Roja que nunca se sorteó. Gastón ganó en su categoría y volvió a Montevideo con una propuesta laboral. Sus padres se rieron; dos meses después, a los 23 años, se instaló en Carolina del Norte, Estados Unidos, con visa, alojamiento y trabajo. Gastón no sabía hablar inglés.

Entrenando como sparring (oponente que utiliza un peleador para preparar un combate) en Kansas, conoció a Crow. Se destrozaron. Crow lo invitó a jugar Xbox a su casa. Le presentó a su novia. Gastón estaba aburrido de la nieve y no quería estar más solo: se quedó con ellos. A los 15 días los dos pelearon en MMA, "gané por knockout a los 47 segundos y su manager me dijo que quería trabajar conmigo. Manejé 16 horas hasta Carolina del Norte, puse todo lo que tenía en el auto y me instalé acá". Al poco tiempo juntaron sus ahorros y compraron el gimnasio donde acostumbraban entrenar.

Crow tiene un perro, Capone, está casado y es padre de una beba. Gastón prefirió mudarse a una casa junto con otros peleadores para "estar más enfocado". Extraña al perro y quiere hijos, una familia en Uruguay, un hogar en la Costa de Oro y una fundación para formar deportistas profesionales. Le gustaría trabajar en el norte y vivir en el sur, como el brasileño "El Tanque" Jefferson Silva. Por ahora a esa idea la aparta de su mente como si diera una piña en el hígado. En Estados Unidos, manejando un BMW Z4, Gastón Reyno se hace famoso mientras añora la rutina que tenía en el país donde no podría triunfar.

Por momentos este campeón parece un reflejo irónico de esos luchadores que él somete en la lona con una llave de jiu jitsu en el cuello, cortándoles la respiración. En la jaula la salida es tapear (señal del peleador para retirarse de la lucha), en la vida de Gastón renunciar no es una posibilidad aunque piense en ello más de lo que querría. "Tengo miedo de perderme cosas y de estar gastando los mejores años de mi vida haciendo abdominales, pero también tengo ganas de entrenar desde que me levanto. Yo sé que estoy condenado por mi sueño", repite una y otra vez con ese gesto tan uruguayo de chistar los labios. El luchador invicto, una de las promesas del espectáculo deportivo con mayor crecimiento mundial, está arañando un futuro impensado que le cuesta su sueño de vida. Se lo debe a él, a su familia y a todos los desconocidos que lo alientan por Facebook y que con sus mensajes lo salvan de perder la calma en sus pocos momentos de ocio. "¿Qué le voy a decir a ellos? ¿Voy a renunciar a todo porque me enamoré, porque quiero tener una familia y nunca más hacer una dieta? No puedo. Estoy condenado y lo peor es que creo que siempre va a ser así, que yo nunca voy a renunciar. Me van a tener que sacar quebrado. Esta es una pelea conmigo mismo."

Suerte, y algo de Dios.

Está sentado frente a la computadora. Detrás hay unos estantes con demasiados pares de championes y zapatos. Viste una remera blanca con un stencil de Abraham Lincoln con una escopeta. "Ahorro en todo, solo gasto en cosas para mí, que para el nivel de consumo que me rodea, no es nada. Me gustan los relojes, tengo algunos marca Armani. Allá no tenía plata, tenía que trabajar mucho para comprarme un short o un guante, ahora me regalan 40 pares por mes. Me paso en el shopping. Para mí era imposible tener un traje, ahora tengo un montón". No quiere decir cuántos.

—¿Usás perfume?

—Sí, siempre el mismo, -dice sonriente y muestra orgulloso tres tamaños distintos de Acqua Di Gio.

Gastón Reyno nunca más quiere oler a pizza.

Mientras su carrera explota y aunque luce entusiasmado y feliz, habla de su vida con aburrimiento. "Siempre hago lo mismo, voy a lo seguro". Se levanta a las 7 de la mañana. Desayuna, almuerza, merienda y cena en el mismo lugar, a la misma hora, la misma comida. Su plato preferido son las milanesas: hace dos meses que no prueba una. "Ya me imaginé la pelea en todas sus posibilidades pero en estos días en lo único que pienso es en cortar peso. Lo odio". Unas horas antes de salir a matar, Gastón vuelve a ser un niño débil con dolor en los riñones y mareos. Es un juego con el organismo supervisado por médicos y nutricionistas. El día anterior a la pelea los dos oponentes deben demostrar que pesan 66 kilos; 10 abajo de su peso habitual. La primera etapa consiste en sobrehidratarse, consume 7 litros de agua a diario. Luego tiene que perder el líquido. Deja de consumir sodio, alimentos, y pasa horas sumergido en agua caliente para transpirar. Después del pesaje tiene un día para recuperarse. Para los peleadores la comida es un combustible que se mide en nutrientes. Por eso cuando se siente solo o está demasiado feliz de visita en Uruguay, rompe las reglas: come lo que le gusta.


No tiene actividades sociales. No tiene un hobby. Se acuesta antes de la medianoche y los fines de semana hace lo mismo que de lunes a viernes: ver peleas y entrenar. Se queja, "¿cómo voy a conocer a una mujer si estoy entre hombres, no me gustan las americanas y soy muy monótono?" Para pelear Gastón aprendió a mentirse a sí mismo. Habla de una exnovia. Habla de cómo le gusta ver llegar a los niños que van al gimnasio y de cómo se hace tiempo para darles siempre una clase. Cuenta de un campeonato de muay thai que ganó un 1° de enero en Tailandia, del miedo que sintió "porque ahí sos perro de pelea", las apuestas son en el momento y la mafia te dice qué no podés hacer. Que la primera noche durmió en el ring. Conoció a una ucraniana, "a los tres días me gustaba tanto que la dejé. Le dije que no la quería ver nunca más, que no había sufrido tanto para distraerme por una mujer". Pasó dos meses entrenando con desconocidos y viajando en elefante hasta el santuario de un Buda al que le pedía deseos escritos en trozos de cerámica: "una guerra", "el mejor knockout". Antes de pelear prende velas y usa rosarios, después se olvida de la religión. Dice que a Dios le debe poco; casi todo lo logró con perseverancia.

—¿Siempre pedís ganar la pelea?

—Sí. Ya sé, está mal.

Lo atiende un psicólogo al que también le miente, "me quiere preparar para mi primer derrota y yo no quiero hablar de eso. Lo difícil no es fracasar, el miedo es saber qué hacer si esto funciona."

"Me gusta que es como un pitbull", dice el Gucci, y acierta. El Asesino del Sabor viajará a Kansas junto a El Reja. Al Tonga lo conoció hace un año por WhatsApp y le compuso una plena para su gran entrada. En el short que usará ese día, imprimió el logo de la banda de su amigo. "Nunca vi a un uruguayo tan hincha de su país", agrega convencido de sus palabras. Para seguir peleando Gastón carga en sus puños su sueño y el de otros. Está seguro de que es la forma de hacer una revolución en las artes marciales uruguayas. Cuando se mete en la jaula el Tonga se aferra a su condena y recuerda al niño enfermo, "quiero contarle a mis nietos que estuve en la UFC, que pude ayudar a otros mucho mejores que yo a cumplir su sueño", y se transforma en un león. La fiera se calma, vuelve a la casa y piensa en el país que tiene lejos y en cómo todos esos seguidores desconocidos, con esposas, hijos y perros, habrán vivido el vértigo de la pelea.

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