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Las risas amargas

Entrevista con la actriz, dramaturga y directora Verónica Perrotta, que está a punto de estrenar Las toninas van al este, un film que guionó, dirigió y también co protagoniza junto Jorge Denevi.

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Foto: Darwin Borrelli

En el circuito teatral, Verónica Perrotta vendría a ser una “rara”. Su obra es una isla, con un estilo que no la relaciona con ningún otro dramaturgo. Sus textos son aparentemente simples, fragmentados y están sumergidos en un humor negro que por momentos se vuelve grotesco.

Como una manera de completar su gusto por la escritura, Perrotta suele protagonizar e incluso dirigir las historias que inventa en bares o mientras viaja en ómnibus. Su carrera también está ligada al cine, primero como actriz de películas como La espera, Whisky, Acné, Una noche sin luna o de comedias dramáticas como Flacas vacas, en la que se reservó uno de los personajes centrales. El 4 de agosto estrenará Las toninas van al este, un film en el que además debuta como realizadora (junto a Gonzalo Delgado y con Jorge Denevi). Aquí una entrevista con una actriz que desafía las zonas de confort y se arriesga con las palabras.

—El primer taller que hiciste fue con Luis Cerminara a los 17 años, ¿qué te llevó al teatro?—Iba seguido a ver teatro, aunque de niña me aterrorizaba, una vez me llevaron a ver El mago de Oz y me arrastré por debajo de las butacas hasta la salida. Ahora, con el estreno de la película, recordé que cuando entré al liceo había visto una obra que dirigía Jorge Denevi que se llamaba Cómo lo hace la otra mitad, y me había fascinado. Desde ese momento el teatro se convirtió en algo que quería hacer.

—Empezaste a escribir enseguida, tu primera obra es de 1994.

—Los textos siempre estuvieron en mi vida. Me encantaba memorizar y escribir poesía.

—¿Qué fue eso que te fascinó de la obra de Denevi?

—La puesta en escena, que más grande descubrí que era una estructura que venía desde el texto. Eran tres parejas interactuando en el mismo escenario. Eso y el humor.

—¿Qué puertas crees que abre el humor?

—A mí siempre me obsesionó contar las cosas de una forma en que los demás se rieran. No soy el payaso de la fiesta, pero cuando escribo es la forma que encuentro para tratar los temas, no importa cuán dramáticos sean. El humor es mi herramienta principal.

—Muchas veces escribiste en dupla, sobre todo con Pablo Albertoni, que dijo que te concentrás en armar la escena, ¿cuál suele ser tu punto de partida?

—Decidí que quería escribir durante un taller con el dramaturgo español José Sanchis Sinisterra. Él me abrió un mundo de una libertad increíble. Me hizo ver la importancia del entrenamiento de la escritura, y cómo sirve estar atenta a cómo la gente habla. Porque la gente cuando habla hace cosas con las palabras que dice: afectan en el otro. Por eso, cuando escribo estoy siempre pendiente de los diálogos porque me parece que finalmente son los que estructuran todo, que es el diálogo el que genera la acción.

—¿Qué tanto escribís?

—Escribo mucho, muchas páginas, y charlo mucho con mis colegas. No me preocupa volver atrás, ni tirar, ni empezar de nuevo. A mí que me digas "tenés que sentarte a escribir una escena todo el día" es lo mejor que me puede pasar.

—¿Por qué?

—Porque en la escritura es donde me siento más libre. Es la disciplina en la que más me formé, en la que tengo más herramientas. Me da la libertad de fabular todos los mundos que quiera. En cambio, en la actuación el instrumento soy yo, y puedo fallar.

—¿Qué pasa cuando esa conjunción de fantasía y ficción que está en el papel pasa al escenario?

—Dirigí solamente dos veces en teatro. La primera vez fue una obra para niños, la segunda fue Quemadura china (2006), y ahí me di cuenta cómo la dirección completa la escritura. Ahí el juego de hacer lo que quisiera era completo.

—¿Y cuando otro dirige lo que escribís? Muchas veces tus obras quedaron bajo la dirección de Ramiro Perdomo.

—Es que con Ramiro pasa algo muy lindo a nivel de laburo, porque siento que el texto crece. Yo tampoco hice tantas obras en mi vida, entonces cuando ensayo le dedico todo mi tiempo a esto: pienso todo el día, pruebo alternativas en mi casa, busco vestuarios distintos, voces. Lo mismo que hago en la escritura lo hago en la actuación. Yo no soy celosa del texto, me adapto a lo que quiera el director. Porque son procesos largos, y el texto tiene mucha memoria, entonces nada de lo que puedas proponer va a estar descolgado de la versión original.

—¿Te sirve cuando escribís imaginarte a vos actuando?

—Siempre leo en voz alta, corrijo así. Y cuando es en dupla también leo en voz alta. Es inevitable: lo leo como me gustaría que fuera. Y cuando me toca actuarlo me sorprendo porque lo abandono y sale algo nuevo. Decir "lo actúo re bien en mi casa" es re chato, porque falta la interacción con el otro, que es lo que le da vida al texto. Y ahí es cuando empezás a mutilarlo.

—¿Qué vicios tenés en la escritura que te gustaría evitar?

—Me critican que uso muchos puntos suspensivos. Y yo siento que hay una recurrencia a determinados temas.

—Dos rasgos característicos de tu estilo son la simpleza y la fragmentación.

—Sanchis Sinisterra fue clave para entender que nada tiene una lógica, que un texto no se puede discutir en base a sentido común porque todos hacemos cosas que no son típicas nuestras. La simpleza es la forma de llegar, me parece. Cuando empecé a leer, los textos que más me gustaban eran los del grupo El Caraja-Ji, porque hablaban como yo. Y pensé, si como público quiero ver eso, entonces voy a hacer eso.

—Hace unos años hiciste stand up, ¿qué te dio ese formato?

—Fue otra revelación. Estaba estudiando en Buenos Aires y pasaba media semana acá y media allá. Al principio lo veía como una buena entrada económica, pero estar ahí me fascinó.

—Fue llevar al limite tu método de escritura, digamos.

—Sí, para mí el stand up tiene todo el rock. Fue decir todo lo que quería sin pensarlo. Y ojo, mirá que yo iba muy en plan teatrero: mientras mis colegas actuaban yo repasaba en voz alta mi parlamento. Mis amigas me dicen que me pago los estudios contando chistes, porque a lo largo de esos años tenía que mantener una casa en cada lado del río.

—¿Vivís de la actuación?

—Ahora sí, pero tuve otros trabajos.

—¿Por ejemplo?

—Hice entrevistas para tiempos compartidos, y envasé cocoa y oréganos. Me acuerdo cuando filmé La espera (A. Garay, 2002), que viajamos a un festival en Francia y volví a esperar el estreno, y no es que actúas en una película y te cambia la vida. Me acuerdo de estar envasando orégano y escuchar en la radio "hoy se estrena la película…".

—El choque con otros mundos debe ser bueno para inspirarte.

—Obvio. Soy re miedosa, pero voy a lugares que me dan miedo igual para meterme en otras situaciones.

—¿Qué te da miedo?

—La noche, por ejemplo. Pero voy igual, y hago cosas que mis amigas nunca harían. Siempre tengo cuentos raros, y entonces me siento que soy muy valiente.

—¿Sos miedosa del espectador?

—Y antes de entrar a una función siempre pienso que debería estar en mi casa en pantuflas. También depende de lo que hacés, por ejemplo con Albertoni no me da miedo nada.

—¿Hay algo de eso en tu manía de trabajar de a dos?

—Sí, puede haber algo de "vamos en patota que así funciona mejor." Lo que pasa es que es otro mundo estar en una función. Tenés que cuidarte. Pero la edad te va ayudando a largar ese medio, aunque eso de "¿estoy acá salvando qué papas?", siempre está.

—¿Y cuando termina?

—Es lo mejor. A mí me encanta viajar y comer, y las giras son eso, así que también me encanta irme de gira. Y la convivencia con equipos fuera de tu rutina. Eso es lo mismo que me gusta de los rodajes. Aunque extrañás tu casa, es conocer otros mundos.

—¿Dónde escribís?

—Puedo escribir en donde sea, en bares ponele. Me encanta escribir en los ómnibus porque es un lugar en el que cada uno va en su propio viaje. Y además, si las primeras páginas las escribo a mano es como que esa historia me inspira más.

—¿Te interesan las mismas historias en el cine que en el teatro?

—Es un poco distinto. Ahora me estoy planteando llevar Quemadura china al cine, porque quiero ver ese cruce de la fantasía en la pantalla. Pero como no tengo formación audiovisual digamos que para el cine siempre me engancho con el realismo, que es lo opuesto a mis obras en el teatro.

—¿Qué te gusta del cine?

—El trabajo con los otros actores. La búsqueda es otra, es lograr que algo suceda un día, una vez, frente a la cámara. Son otro tipo de explosiones. Me gustaría hacer algún proyecto que tenga que ver con contar directamente desde la actuación, es decir, de no arrancar desde la escritura. Pero también quiero hacer un taller para laburar dramaturgia y cine, porque hay algo de renegar de la dramaturgia, como si fuera algo viejo, y para mí es la base del cine.

—Los dos guiones que armaste demoraron ocho años en estar en pantalla, ¿cómo manejás la espera?

—En el caso de Las toninas van al este, conocí a Gonzalo Delgado en el set de las películas Whisky (P. Stoll, J.P. Rebella, 2004) y Acné (F. Veiroj, 2008). Desde entonces hubo un montón de versiones del guión: una en un pueblo, otra con yates, otro título, probamos de todo. Los primeros años fueron muy lentos, porque no éramos amigos. Hasta que en 2012 nos pusimos una fecha, y ese año ganamos todos los fondos. Fue increíble.

—¿Cómo te decidiste por Jorge Denevi para el rol principal?

—Siempre escribimos pensando en (Enrique) Pinti, pero no salió ese plan. El primer día que llamamos a Denevi nos preguntó si lo habíamos visto en la película El ingeniero (D. Arsuaga, 2012). Le dijimos que sí, y era mentira. En la primera charla lo único que yo quería era abrazarlo, porque para mí el personaje tenía que ser un padre que fuera enorme al lado mío, tenía esa imagen en mi cabeza. Así que lo abracé para decidirme.

—¿El abrazo fue determinante?

—Sí, su tamaño, y su forma de hablar también, porque me encanta cómo habla. A mí la palabra me puede, me copan las bocas, las miradas cuando habla un actor, el timing.

—¿Qué recorrido te interesa que hagan los personajes?

—No me propongo mucha cosa. No pienso en finales ni en evolución. Selecciono un momento de su historia (cuanto más acotado sea el tiempo creo que es más dramático), y me centro en un estado de los personajes.

—Varias veces ubicaste tus textos en una playa, ¿es casualidad?

—Es que siempre quise irme a vivir a la playa y me doy cuenta de que escribiendo estoy protagonizando un poco eso, viviendo ahí.

—En tus dos películas César Troncoso protagoniza una escena de cinco minutos, siempre con un personaje casi ridículo e intenso.

—Es que fui muy fanática de Los Suárez-Troncoso. Llegué a arrancar afiches, una vez esperé a Roberto Suárez con un ramo de flores…Por suerte pude actuar en cine con ambos, lo que para mí es un sueño cumplido.

—¿Cómo te sentís antes del estreno?

—Y, esta vez hasta nos estamos encargando de la distribución, armamos los spots de publicidad, así que hay mucha expectativa de cada cosita que vamos haciendo. El otro día hicimos una función solo para mujeres, y para mí fue como estar de nuevo en mi Fiesta de 15. Lo que tiene el cine es que una vez que estás ahí no podés hacer nada, y en el teatro siempre podés hacer algo más.

—¿Te quedás en la función?

—Sí.

—¿Aunque estés pendiente de si hiciste reír o no?

—Siempre estoy esperando las carcajadas.

—¿Qué te interesa en un actor?

—La sutileza, la forma que tiene de explotar. La entrega. Se piensa que los actores se creen estrellas pero no, los actores si se sienten queridos hacen lo que les pidas y más. Te dan todo.

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