¿QUÉ HACE UN CUMBIERO CUANDO NO ESTÁ DE FIESTA?

El Reja a la luz del día

Dicen que El Reja es el diferente de la cumbia. Con 21 años, la noche y las fiestas se convirtieron en su lugar de trabajo. Un vistazo a la vida de uno de los dueños de la noche.

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El Reja

El Reja dice que no hay nada que lo relaje más que ver el agua de una piscina. Después de una intensa noche de trabajo, el más fiestero de los cantantes de cumbia prefiere descansar los oídos flotando boca arriba en el agua. Esta es una de las sugerencias que le hace al manager cuando se va de gira con la banda: reservar un hotel con habitaciones individuales para cada uno de los músicos, aire acondicionado, wifi, y, si es posible, pileta. En los video clips de sus canciones casi siempre hay piscinas pero nadie se mete en ellas. Ni siquiera las chicas que aparecen bailando, por más esmero que le pongan al meneo. Todas se quedan amontonadas en el borde, como si zambullirse o caerse estuviera prohibido.

—Yo canto para los chetos, sobre todo.

Dice El Reja, que se llama Jorge Mario Rodríguez González, y tiene 21 años.

—Al principio fue raro, porque nos llamaban para fiestas privadas y nos hacían pasar al fondo de las casas, tocar con el sonido a pleno pero arriba del pasto y para cien personas.

Levanta las cejas.

—Te puedo decir que una vez vi cómo tomaban alcohol de un bidón de Agua Jane. No entendíamos nada, la gente se portaba igual que en esas películas yankees: rompían cosas, tiraban fuegos artificiales, había uno disfrazado, todos saltaban y bailaban.

Encoge los hombros porque ahora nada de esto le sorprende.

—También hago "bailes planchas", pero de esos cada vez hay menos.

Se saca el gorro con visera con una mano y muestra el pelo oxigenado.

—Todos son así: teñidos de rubio.

Cuando dejan sobre la mesa una bandeja con pebetes, los vigila por el rabillo del ojo hasta que salta sobre uno de ellos. Va a romper la dieta otra vez, advierte.

—A mí me gustan los dos ambientes porque agitan por igual.

Nadie piensa en diferencias de clases cuando tiene ganas de bailar.

                                                     ***

El Reja quiso cantar cumbia desde que empezó a ver por televisión el programa Pasión de sábado. Ni astronauta, ni bombero: él quería cantar como los villeros argentinos, escribir letras sobre la soltería, el amor dramático y las mujeres que mienten. Se imaginaba pidiendo que hicieran palmas arriba y arriba, y escuchando al público cantar sus canciones sin pudor, como si fueran cánticos de hinchada.

—Son cosas que tiene la cumbia y yo las quería para mí, -resume.

Cuando se sube a un escenario El Reja prefiere no usar lentes. No le gusta, aunque le diagnosticaron queratocono. Tiene las córneas con forma de cono y eso causa que vea borroso, como si abriera los ojos debajo del agua. Mientras actúa se concentra en las luces porque no puede distinguir los rostros de las personas. Parece un chiste de mal gusto tener que disfrutar del éxito como si fuera una sombra sin forma. Pero El Reja está convencido de que el daño en la vista se lo causó él, usando durante cuatro años lentes de contacto de colores por pura coquetería. Y por pura pereza se los colocaba vencidos, rotos y se los dejaba puestos para dormir.

El Reja
El Reja

—Dos veces fui a la emergencia con los ojos tan doloridos que no podía abrirlos. Chorreaba lágrimas. Me daban cremas, jabones, gotas, y a la semana yo volvía a hacer lo mismo. ¿Por qué? Porque no pensaba, ¡yo que sé! En unos años me voy a tener que hacer un trasplante de córnea, -dice.

Digamos que la primera vez que vio a Néstor en Bloque tenía los ojos azules. Viajó en ómnibus desde el Cerro hasta Punta Gorda para ver el show en la discoteca Fabric. Llegó solo. Parado en un costado de la pista, sin hablar con nadie y sin bailar con nadie, escuchó cantar Una calle me separa.

—A mí no me gustaba salir. Pisaba un boliche solo para ver a las bandas argentinas y me quedaba observando, por ejemplo, cómo se vestía el cantante, siempre con algo llamativo que un par de semanas después se ponía de moda. Me fijaba en cómo iban cambiando los temas, las letras, los instrumentos que usaban, en cómo las modas afectaban a las bandas.

De regreso en su casa, soñaba con ser un cantante famoso como El Polaco, o Pablo Lescano de Damas Gratis, o Ariel "El Traidor" de Pibes Chorros.

Empezó a copiar ese estilo e inventaba temas que le cantaba a su madre, que solo le respondía con una carcajada. Dos años después de aquel concierto en Fabric decidió tener una banda, primero con unos amigos del barrio y la bautizaron La salida, pero se desarmó al poco tiempo, entre otras cosas porque sus integrantes vivían repartidos entre Salinas, el Cerro y Nuevo París, lo que hacía complicado fijar ensayos.

Después fundó la banda El Reja, y se quedó con el nombre como apodo.

—Quería ser el dueño porque yo ya tenía mis ideas, -explica en plan empresario, porque también es dueño de otra banda: My Life.

El Reja dice que tiene miedo a fracasar con El Reja, porque cada tema que graba le lleva mucho esfuerzo, cansancio y dinero. Una jornada de grabación puede llevar 24 horas y el material se puede escuchar más de cien veces y aún así no dejar conforme a su autor. Lo mismo sucede con los video clips, la principal carta de presentación de los artistas de su tipo.

El día del lanzamiento de cada video, El Reja imita el final de la película La Red Social, y tal como hace el personaje de Mark Zuckerberg, actualiza constantemente el estado de sus cuentas de Facebook, de Twitter y de Youtube para medir las repercusiones de su talento.

Pero hay algo que lo tranquiliza, y es que está convencido de que las bandas de cumbia están condenadas a la vida corta solo si sus integrantes se aburren o si dependen de la voluntad de un productor que quiere hacer plata fácil con músicos descartables.

Pero él lleva puesta la camiseta. Si hasta se cambió de nombre por la banda.

Aunque asegura que no tiene nada que ver con esta preocupación, desde hace tres meses vive en una casa detrás de la de su manager. Se mudó con su perro, un bóxer inglés al que llamó Iajúa en homenaje a uno de los latiguillos que suele repetir en cada canción.

—A veces el éxito tiene tres sílabas, -dice con orgullo.

El Reja canta que quiere vivir de vacaciones pero tiene la actitud de un artista comprometido con su empresa. Y aunque el negocio va viento en popa, todavía no se compró una piscina para hacer la plancha.

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Instalado en Malvín, se tatuó en la espalda la Fortaleza del Cerro, el barrio en el que nació. Como siempre, compartió la noticia con sus 4.907 amigos de Facebook. Uno de ellos comentó: "Es buena esa. Llevás la cédula en la espalda".

El Reja usa su cuerpo como si fuera un lienzo al que le perdió el respeto. Cada semana su pelo cambia de corte y de color, y en la piel lleva varios tatuajes. Empezó a marcarse cuando cumplió 14 años.

—El primero fue una letra gótica ultra tumbera que me hice en el cuello, pero ahora lo transformé en otro diseño: en un ojo. En el brazo derecho tengo una manga oriental y una geisha. En el izquierdo una virgen, flores, un reloj, un cable, un micrófono, estrellas...,-enumera señalándolos.

El Reja
El Reja

En una pierna se tatuó a toda la familia Simpson sentada frente al televisor, como un recuerdo de un hábito que mantiene con su hermano. En la pantorrilla tiene una hamburguesa, sellando hermandad con su colega El Gucci. El pecho está cubierto por el rostro de su padre y el de su madre. Entre medio de los dos hay tres personas que miran a un ángel que se eleva en el cielo.

Cuando tres delincuentes asesinaron a su padre en julio de 2014, El Reja no canceló ninguno de los shows que tenía pactados. Dos semanas después le escribió una canción.

"En la noche/yo lloro cada vez que veo tu retrato/yo no te olvido."

Y se hizo el tatuaje.

Este momento de su vida va a ser uno de los capítulos más emotivos de la autobiografía que se encuentra preparando junto a un escritor (del que no recuerda el nombre).

Quizás sea por su ambición que El Gucci define a su amigo como "el diferente de la cumbia".

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Si el resto de las bandas que están de moda sacan siete temas al año, El Reja apuesta por lanzar cuatro, pero tienen que ser hits. Por eso, aunque tiene un equipo que se encarga de venderlo en los boliches y en las fiestas de Uruguay, Argentina, Chile y México, él transforma su rutina en una marca cada vez más cotizada.

Sabe que para mantener el bienestar económico la "joda" y la "cumbia" deben ser usadas con inteligencia y nada de "meta", "meta", como le gusta cantar.

El Reja es otro artista 3.0 que hace público su mundo privado. Tiene claro que para convertirse en el alma de una fiesta hay que ganarse el Me Gusta del público. Mientas cocina, mientras elige la ropa que va a usar para cada entrevista y para cada show, mientras maneja el auto o escribe una canción, piensa en términos de post de Facebook, de Twitter, en una foto para Instagram, en cómo pegarla en el Snapchat.

Por eso testea los versos de su próxima canción en el muro de su perfil, como si se tratara de uno de esos focus group que suelen usarse en marketing:

"Apareciste de la nada y te convertiste en todo."

"Cuando nos ignoran más nos arrastramos, más nos enganchamos".

"Acá estoy, acá me tienes, puedo dejar todo por verte otra vez".

—Yo soy lo que el público me pide. ¿Soy romántico? Si quieren lo soy. ¿Soy fiestero? Si tengo que serlo lo soy. Pienso siempre en mis seguidores, y eso funciona porque mucha gente me dice que se siente identificada con mis temas, sobre todo con Soltero hasta la tumba.

Este verano, luego de cuatro años de buena fama ininterrumpida, El Reja quiso bailar en Tequila, una disco top en Punta del Este. Pero estaba vestido de bermuda y gorro. El portero le dice que lo disculpe, "pero que así no podés entrar, además el precio de la entrada es en dólares". El Reja, encaprichado, lo desafía: "así que están pasando mi canción pero yo no puedo entrar". "Esperá acá", le contesta, y aparece el dueño, un porteño que lo abraza y le dice que aunque priorizan la música electrónica en la disco tienen órdenes de que suene Soltero hasta la tumba porque a él también le pasó: "conoció el amor y le fue como el orto".

—Me llevaron a la sala VIP y me dieron todo gratis. Las mozas parecían modelos con tacos altos, vestidos plateados y maquillaje con brillantina. No me dejaban el vaso vacío nunca, -cuenta entusiasmado, como si todavía no creyera el estatus que le dio la cumbia.

Una de esas noches El Reja se cruzó por la calle con el amor de su vida.

—Lo de soltero hasta la tumba lo digo en serio. Es cierto que me va bien con alguna mujer en los shows, pero por suerte, gracias a Dios, no me enamoro nunca, porque me da miedo que no me quieran.

—¿Nunca hubo ninguna chica especial?

—Bueno, hubo una, cuando tenía 15. Me enamoré...me muero con ella todavía, pero salimos un par de veces y volvió con su ex, por eso la letra de la canción. Y siempre me entero que está de novia con otros que no soy yo. Una noche me la crucé en Punta del Este y la vi con un tipo de la mano. Me miró, la miré, y nadie dijo nada.

Después de todo, no es tan fácil ser El Reja.

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No era fácil ser El Reja incluso antes de convertirse en uno de los dueños de la noche. El nombre de la banda no le caía bien a los bolicheros así que le cancelaban los shows sin explicaciones. Los músicos se iban de la banda. Los vendedores cobraban comisiones altas y algunos ni siquiera se encargaban de asegurarle la cena durante una noche de gira por el interior del país.

Dejó el liceo a los 15 años, desde los 13 trabajó en el negocio familiar (un mayorista ubicado en el Cerro) para ahorrar dinero e invertirlo en su sueño de tener una banda.
Dejó el liceo a los 15 años, desde los 13 trabajó en el negocio familiar (un mayorista ubicado en el Cerro) para ahorrar dinero e invertirlo en su sueño de tener una banda.

En su cuarto, sentado frente a la computadora, visitaba las páginas web de cumbia para leer consejos de otros que como él soñaban con tener la agenda llena.

A  los 13 años empezó a levantarse a las tres de la mañana para cargar verdura en el Mercado Modelo. Subido en la caja de un camión, su tarea era acomodar los cajones, descargar la mercadería en el negocio mayorista de su familia, y entregar pedidos en los almacenes del barrio. El sueldo lo invertía en su proyecto de banda.

De a poco, juntando propinas, empezó a notar que la gente escuchaba sus canciones. El destino de El Reja lo cambió el youtuber argentino Julián Serrano, un adolescente que se filmó bailando el tema Siéntelo en 2012 y disparó el interés en Argentina por el cumbiero uruguayo. Ese video consiguió un millón de visitas en un día, una cifra que El Reja ahora mira con ternura, porque con sus videos llegó a multiplicar ese número por diez.

—Llegamos al primer toque en el mismo camión con el que levantaba verduras. En el escenario me dio tanta vergüenza cantar que no podía mirar al público, miraba a la banda. Así era al principio: me costaba mucho soltarme.

Aunque ahora sea uno de los personajes más divertidos que visitan los medios de comunicación, de vez en cuando vuelve a ponerse nervioso. Hace unos meses quedó tenso de timidez frente a uno de sus ídolos, Pity Álvarez. Tuvieron que empujarlo para que se acercara y le dijera alguna palabra al roquero que lo miraba con los ojos muertos. "Me encanta lo que hacés", soltó rápido, y le pidió una selfie. Bueno: dos, por si una salía mal.

—No sé decirte cuántas fotos me saco por día. Ya no uso espejos. Para ver cómo me queda la ropa me saco una foto con el celular; para ponerme los lentes de contacto me miro en el celular también. ¿Vamos a sacarnos una foto nosotros para el Facebook?, -me pregunta.

—Ahora otra para el Snapchat.

—Esta vez hacé de cuenta que me estás haciendo una pregunta. Y que salga en el encuadre la comida y las rosas, si podés.

Le gustamos a 149 personas. La foto que muestra el piercing que se hizo en la nariz una hora después de despedirnos fue doblemente popular.

Si bien lleva seis años cantando, recién ahora anuncia que está por editar su primer disco, titulado No es tan fácil. En la canción que popularizó este verso dice que muchos lo critican pero que su vida es compleja, y aclara: "todas las noches de vuelta en vuelta/no existen los lunes/ vivimos de fiesta".

Esta tarde de lunes, mientras el cachorro Iajúa mordisquea uno de sus cincuenta pares de championes, El Reja luce cansado pero feliz.

—Lo que me molesta de todo esto son los tiempos muertos, las esperas, los viajes largos, los aviones, las filas.

La fama no lo salva de dormir en los pisos de los aeropuertos ni de irse de un hotel antes de probar la pileta (aunque en el hall se cruce con Silvina Luna y le robe una selfie).

—Si quiero salir con mis amigos tiene que ser un jueves, y a veces se aburren si me sacan muchas fotos. Por eso muchas veces prefiero quedarme en casa, estar con mi familia, jugar un partido de fútbol 5 o ver alguna película de terror, o alguna comedia, o incluso puede ser alguna romántica. ¿Sabés de qué soy fanático? Del cine argentino: vi seis veces Corazón de León.

Algunas noches El Reja se perfuma, se recuesta en su cama cubierta de ropa recién comprada y piensa en todos los shows que tiene por delante. Seguramente, aunque tenga solo 21 años, se quede dormido temprano, disfrutando que por un rato la noche está silenciosa y tranquila, como el agua de una piscina en la que nadie se mete.

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