perfil de un actor gigante

Quiero ser grande

Horacio Camandulle esperó 15 años para conseguir su primer protagónico en cine. Medir 1 metro 95 y pesar 130 kilos puede ser un problema si uno quiere ser actor. Sin embargo es uno de los más convocados por los cineastas, y es probable que sea el personaje central de un film que además mostrará su otra vocación: la docencia.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Horacio Camandulle

Horacio Camandulle es tan grande que casi no pasa por la puerta de entrada de su casa. Adentro, lo recibe su mascota: un gato que tiene el tamaño de un perro beagle. Verlos juntos parece el remate de un chiste armado para los invitados. Debido a su altura, Camandulle está acostumbrado a agachar la cabeza y a mirar hacia abajo. Incluso cuando actúa, porque en algunas salas tiene que controlar su energía para no hacer un mal movimiento y tirar los focos de luz que cuelgan del techo. Cuando se presenta al casting de una película, cruza los dedos para que los vestuaristas estén dispuestos a conseguir ropa talle XXL y para que el camarógrafo suba la cámara sin hacer chistar los labios. Imaginémonos cómo debe ser medir 1 metro 95 y pesar 130 kilos. Y ser actor. Y maestro.

Que te vean como un gigante suele ser un problema. Protagonizar una película que tenga ese titulo en referencia a tu físico, puede convertirse en una marca de fuego.

—En un guión mi aspecto puede jugarme a favor o jugarme en contra, pero sobre todo en contra. Me ha pasado que me han dicho que no pueden incluirme en una escena porque tengo una presencia que debe estar justificada, - dice.

Horacio Camandulle estuvo a punto de actuar en el film Norberto apenas tarde (Daniel Hendler) y de ser uno de los forzudos de Mal día para pescar (Álvaro Brechner). Pero ser un gigante famoso es un arma de doble filo, incluso cuando se tiene una carrera en la que contar con una apariencia particular podría ayudar a la suerte. Es que en su caso la lógica del physique du rôle se aplica de forma literal. Casi todos los personajes que le han ofrecido tienen que ver con ser un grandote. Por eso verlo usando una remera metalera o un peinado melena, o escuchando heavy metal o comiendo un helado palito de vino tinto, o usando flotadores en los brazos, o de pie junto a un actor de baja estatura o acariciando a un gato demasiado corpulento, puede parecer una broma. Su enormidad le da ventaja a la comedia y Horacio Camandulle parece estar destinado a representar una parodia eterna.

Como cuando habla del personaje que interpreta en la obra que está en cartel, Donde los límites: un hombre anfibio que se está convirtiendo en pez. Durante los 45 minutos que dura la obra los 130 kilos de Camandulle se remojan en una bañera frente a la audiencia.

También si cuenta que para prepararse para la pieza El maestro de los sueños tuvo que elegir un animal y él optó por el hipopótamo. Durante varias semanas tuvo que ir al zoológico, observar y copiar. Una noche llevó pasto al ensayo, comió como lo había visto hacer en el Villa Dolores, y luego simuló una regurgitación.

Si nos dieran la opción todos cambiaríamos algo de nuestro cuerpo, pero Horacio Camandulle aprendió a lidiar con sus desproporciones con humor y sin traumas.

                                                      ***

La vida de Horacio Camandulle cambió dos veces. La primera cuando decidió que sería maestro, la segunda cuando su rostro en el afiche de una película empapeló algunas ciudades del mundo. En los últimos años sus alumnos se acostumbraron a tener un docente que sale en televisión, en el cine, en los diarios y en las revistas. Sus vecinos también.

En el tiempo en que Gigante ganó tres premios en la Berlinale, uno de los festivales más importantes de la industria, combinaba las clases con la construcción de una cooperativa de viviendas en la que ahora vive con su esposa y el gato que se parece a un perro. Por esos días, cuando los transeúntes de Ciudad Vieja pasaban frente a la obra de la calle Cerrito y lo veían cargando escombros en una carretilla, asomaban la cabeza y preguntaban qué se estaba filmando ahí.

—Vi Gigante 18 veces, -dice sin dudar. La primera fue en el Festival de Berlín, en una sala con dos mil quinientas personas y una pantalla que tenía el doble del tamaño de las que tenemos acá.

Horacio Camandulle como Jara en la película Gigante, estrenada en 2009.
Horacio Camandulle como Jara en la película Gigante, estrenada en 2009.

Hasta ese momento, lo único que el director Adrián Biniez le había mostrado era la escena final. Es decir, que solo se había visto de espaldas caminando hacia una playa. Quizás porque nunca antes había sido elegido en un casting, quizás porque esta vez necesitaban a un actor que pudiera usar talles especiales y que fuera mucho más alto que el resto de los miembros del equipo, este grandote vio toda la película con la boca abierta y sin pestañear, como si estuviera viendo actuar a un amigo en una historia de la que desconoce el desenlace.

—Pero no me aguanté. En los créditos me puse a llorar desconsoladamente y ahí aflojé algo que me duró los diez días que estuvimos en Alemania.

Luego del festival vino el estreno comercial, y luego la proyección en otras quince ciudades alemanas. Entonces, lo aplaudían en la alfombra roja, al terminar la función y hasta cuando iba al baño del cine. En la calle, los adolescentes le pedían fotos y abrazos. Tal vez porque nunca había estado en Europa o porque quería cumplir con todas las actividades de turista y de invitado del festival (que incluye una fiesta cada noche), no durmió durante diez días y lloró en muchas de las entrevistas que le hicieron.

Ahora, cuando recuerda los rostros atónitos de los periodistas frente a su rostro compungido, y cómo le palmeaban la espalda mientras él se quebrara, se ríe sacudiendo todo su cuerpo de oso.

Cerca del escritorio en donde prepara los cursos de quinto y sexto año de primaria que dicta cada día, se lucen una docena de globos de vidrio con reproducciones diminutas de las ciudades que visitó con su primer protagónico: Sarajevo, Moscú, Cartagena, Gramado, Dresde, Bremen, Múnich, Berlín, Madrid, Buenos Aires, Guadalajara, Roma, El Cairo.

Lejos de los hoteles cinco estrellas en los que lo hospedaban, Horacio Camandulle volvió a Montevideo a esperar el siguiente llamado con cuentos cargados de glamour.

Aunque fue convocado para actuar en la serie de Canal 10 Somos, en el film argentino Polvareda (Juan Schmidt), en Los enemigos del dolor (Arauco Hernández), en Una noche sin luna (Germán Tejeira) y en Clever (Federico Borgia y Guillermo Madeiro), Camandulle todavía aguarda por un nuevo protagónico.

Otra vez es Adrián Biniez quien parecería cumplir con su pedido, porque está planificando una trama que mezcla ficción y documental y que tiene como personaje central a nuestro propio Bud Spencer.

—Mis personajes tienen en común que suelen ser tipos tranquilos a los que un hecho les hace saltar la térmica. Esa contradicción la veo en mi trabajo como maestro. El año pasado por todo lo que pasó entre el gobierno y Primaria fue un año de mucha calentura.

Como nunca le pegó una piña a nadie, afloja la rabia alentando a Danubio.

                                                     ***

Cada día Horacio Camandulle dialoga, educa y rezonga a demasiados niños. Es maestro de dos grados en una escuela que se ubica un poco más lejos de Punta de Rieles. También es secretario en un jardín de infantes. Una de sus tareas es cuidar a los niños de entre tres y cinco años que los maestros envían a la dirección por desobedecer.

—Yo me los quiero comer, - dice y por un instante recuerda al ogro del cuento Pulgarcito.

Decidió que quería ser actor sentado en un pupitre, observando a la maestra hablar y moverse frente a su público habitual, imaginándose cómo sería dejar de ser el enorme niño tímido de lentes gruesos y por el contrario, convertirse en el centro de atención.

En la película Clever interpretó a un grandote bastante agresivo y adicto a los palitos de vino tinto. 
En la película Clever interpretó a un grandote bastante agresivo y adicto a los palitos de vino tinto. 

Esta ilusión siguió tomando forma cuando vio por primera vez una obra en un teatro. Mientras transcurría La isla desierta, Camandulle se fascinó con el manejo de lo desopilante. El escenario le pareció un ámbito de libertad y sintió curiosidad por manipular esas explosiones momentáneas que ocurren en una función y luego se apagan, para volver a empezar en la función siguiente.

Unos años más tarde abandonó el liceo y los trabajos que conseguía ayudando a su padre en la construcción o como pintor de casas, para ver y estudiar teatro.

Su primer público fueron los niños: actuó vestido de momia en una obra de terror infantil escrita por Leo Maslíah y protagonizada por el músico Riki Musso. Luego, consiguió varios papeles destacados con elencos conocidos. Era habitual que hiciera de galán.

Para amigarse con su cuerpo estudió yoga, expresión corporal y hacía performances en la facultad de Bellas Artes. Una tarde, mientras pintaba una reja y hablaba de posturas de relajación, la dueña de la casa le sugirió ofrecer talleres en escuelas, y más tarde, en esas escuelas, le sugirieron que cursara magisterio. Después de todo, ¿cuántos maestros hombres conocemos?

Durante tres años terminó el liceo y luego aprendió a enseñar comprensión lectora, matemática, física, geografía e historia. Pero no podía actuar: no tenía tiempo ni dinero. Su pasión se volvió un lujo.

Así que consiguió trabajo como conserje del teatro Agadu. Una noche, cuando vio su cara de disgusto detrás del vidrio de la boletería, Mary Da Cunha le dijo que pensara que por lo menos podía estar cerca de lo que tanto amaba. Y que eso no iba a durar para siempre.

Camandulle necesitó probarse en una vocación para volver a la otra.

—Siempre me había visto como maestro de adolescentes pero la primera clase que me tocó fue con niños de primer año de escuela. No había pensado ninguna actividad, así que estaba improvisando una tarea cuando de repente un niño empezó a llorar a los gritos porque "se había muerto Piolín". Yo no entendía nada, ¿qué Piolín? Pero el resto de los niños empezaron a llorar también y a gritar por la muerte de Piolín...Resulta que Piolín era una cotorrita y la habían dejado en la clase encerrada y sin comida durante las vacaciones de julio.

En Una noche sin luna interpreta a un padre de familia grotesco y amable. 
En Una noche sin luna interpreta a un padre de familia grotesco y amable. 

Lo que sucedió a continuación se parece a una escena de comedia, porque Camandulle corrió hasta la dirección para avisar que "se le había muerto la cotorrita" y una de las maestras que se atragantó de tanto reírse resultó ser aquella mujer a la que le pintó la reja y le sugirió pensar en la docencia mientras él le hablaba de yoga. En su primer día este primer maestro regresó a la clase con cuarenta niños llorando y casi derrama sus propias lágrimas hasta que se acordó de un episodio de The Cosby Show y organizó un funeral para el pobre pájaro. Durante una semana los niños escribieron cartas para Piolín.

—En la clase la actuación me ayuda mucho, -asegura.

Muchas veces para enojarse con un alumno se imagina que está actuando. Como los espectadores, los niños pueden sacar lo mejor y lo peor de él. Y si alguno le dice que lo odia o "andate a la mierda, sos un ortiva" -como le pasó hoy- al día siguiente otro le deja una carta con corazones escondida en el maletín, en la que le promete que lo va a querer para siempre.

Entonces Camandulle se sonríe y se sumerge en su escritorio adornado con recortes de algunas leyes de la metafísica para atraer las cosas buenas. Después de todo, si el plan de Biniez funciona la espera habrá valido la pena y protagonizará un film en el que mostrará parte de su vida cotidiana. Incluidos sus alumnos. El título provisorio de la película es El diario de un maestro.

Por las noches, cuando termina la jornada laboral, hace como los hipopótamos que se separan de la manada y salen del agua para recorrer la tierra en busca de hierbas, caminando tan rápido como cualquier ser humano corriendo. Horacio Camandulle repasa la letra de la obra en la que se convierte en un pez, y continúa memorizando el parlamento de los dos personajes que interpretará en el próximo estreno de Alberto Zimberg, El feo. Será en el teatro Alianza, donde otro conserje le abrirá la puerta.

Cuando quiere darse un descanso toma una de las bolas de vidrio que adornan la habitación y recuerda esos días en los que él mismo parecía un souvenir, parado de brazos abiertos sintiendo cómo por primera vez la nieve le tocaba la cara.

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