EL CHEF CELESTE

Pica cauteruccio en la pantalla

Aldo Cauteruccio es el chef de la Selección. Lleva doce años siendo un testigo directo de sus triunfos y de sus fracasos. Ahora estrena un programa en la TV donde invita a jugadores, les cocina y los entrevista.

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Aldo Cauteruccio

Vivía lejos de la Rambla y añoraba estar el día entero viendo el mar. Aldo Cauteruccio quería ser biólogo marino y no se perdía un capítulo de Jacques Cousteau. Planificaba las vacaciones en Piriápolis durante todo el invierno. Lustraba las patas de rana y el snorkel para ir a clases de buceo.

Hace 12 años cumplió un sueño impensado: ser el cocinero de la Selección. Es uno más del proceso, se hizo amigo de sus ídolos, y es testigo de las derrotas y hazañas de la Celeste. Y, además, conduce Picala los domingos al mediodía por Monte Carlo TV.

Su anhelo de ser biólogo marino se frustró antes de empezar, pero Aldo Cauteruccio practica buceo en cada viaje. Hace un tiempo se mudó a la Rambla de Solymar, y cumplió el sueño de vivir frente al mar. Aún conserva las patas de rana que usaba de niño. Y siempre que puede se escapa a Punta del Diablo: su esposa tiene un ranchito en medio del bosque y en invierno contempla la naturaleza durante horas.

En su casa de Rocha es tan feliz como cuando le avisan que tiene doce horas de vuelo ininterrumpidas con la Selección uruguaya. Nunca logra pegar un ojo en los aviones, pero ese tiempo muerto es su distracción y el momento perfecto para intercambiar con los jugadores, ya que al llegar a destino se instala en la cocina y trabaja sin parar.

Hay lugares asignados en el avión que funcionan como cábala. El suyo solía ser al lado de Sebastián Eguren, un asiento atrás de Diego Lugano y Diego Godín y a dos del Maestro Tabárez y Celso Otero. Y aunque hace tiempo "rompió con todos esos mitos", igual respeta las cábalas celestes.

Va de asiento en asiento como un niño chico, rota para charlar con el que esté despierto, matea con uno, mira una película con otro, y se anota en los partidos de cartas. Durante los campeonatos se arman torneos larguísimos de truco pero él no tiene tiempo para participar. Igual se ríe al mirar de refilón la cara de alegría del ganador y la bronca de los perdedores.

Estos doce años como chef de la Celeste fueron un vaivén de intensidad. Estuvo ahí cuando las cosas no iban bien y Uruguay quedó afuera del Mundial de Alemania (2006), y también la noche que se clasificó para Sudáfrica 2010. Su padre, que era gran futbolero y había jugado en la tercera de Sudámerica, se descompuso esa vez en el estadio. Aquello era impensado: su hijo iría a su primer Mundial y lo desbordó la emoción.

Levantó la Copa América (2011), vibró con las victorias inesperadas en Sudáfrica, estuvo en el ómnibus con los jugadores el día del partido contra Ghana y al llegar les preparó sushi para festejar. Los jugadores le dan para delante y le aseguran que es su mejor plato para que lo haga más seguido. Y cada vez que le ganan la pulseada se devoran el pescado crudo en minutos.

Charló con ellos el día después de cada triunfo y cuando Holanda dejó a Uruguay sin la final del mundo. Esa noche la cocina los volvió a cobijar después de una derrota. Ese espacio los reúne y les transmite sensación de hogar cuando se está lejos de casa. Cauteruccio, además, siempre tiene una palabra de aliento, y les hace algún mimo gastronómico.

Banca como un campeón cuando alguno está medio fastidioso. Eguren dice que "cumple como una madre" cuidándolos a todos y está atento a las preferencias individuales.

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Su tío Alidemar lo bautizó Chato el día que nació. Lo miró, vio su cara redonda y le puso el apodo mantiene hasta hoy.

Rumbeó solo hacia la gastronomía. Su primer negocio fue una rotisería. La instaló con su hermana cerca de Tres Cruces. Un día se aburrió, la vendió, armó las valijas y se fue a recorrer el mundo. Al volver empezó a estudiar hotelería y gastronomía.

Trabajó como cocinero en una de las cadenas hoteleras más importante durante años. Pasaba el día entero encerrado en un sótano sin luz natural. Celebraba si le tocaba ir a buscar algo a uno de los pisos más altos, así podía ver algún rayito de sol. Tomó esa experiencia como escuela: se quedaba después de hora para observar a chefs de renombre y así aprendió cocina internacional.

Manejó el restaurante de un hotel en Punta del Este y en paralelo armó La Cuadra con Eguren. Un verano se reunieron más de lo común en la casa que el jugador tricolor tiene en Playa Verde y entre tanto divague crearon el boliche. Hoy La Cuadra está a la venta porque ninguno de los dos tiene tiempo para dedicarse al 100%, pero se sacaron las ganas de hacer algo juntos, y concretaron uno de los tantos proyectos ficticios que habían ideado en sus charlas interminables.

Entró por primera vez al Complejo Celeste doce años atrás. Su cuarto era el último y para llegar tenía que recorrer un pasillo lleno de habitaciones donde figuraban los nombres de cada jugador en la puerta: Chino Recoba, Paolo Montero, Chengue Morales, Marcelo Zalayeta, Vicente Sánchez. Adentro dormían sus ídolos. Era inevitable que lo pensara así pero el trato de igual a igual fue determinante para que ese vínculo se volviera terrenal.

Trabaja a diario con las selecciones juveniles: alimenta a la Sub 15, Sub 17 y Sub 20. No pierde su capacidad de asombro. Está agradecido. Se para en la puerta del Complejo Celeste y admira el lugar. Cuando ve que los jugadores adolescentes se deslumbran porque ocupan las mismas habitaciones y mesas que sus ídolos, piensa, mirá donde estoy yo también.

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En la Selección hacia tiempo que lo pinchaban para que incursionara en los medios, pero no estaba en sus planes salir en pantalla. Le reconocían carisma y cierto magnetismo.

Hace diez años participó de un proyecto alocado para la época: un amigo suyo quiso hacer un canal de TV para internet y armaron Link TV. Cauteruccio conducía un ciclo de cocina "muy precario" que se filmaba en el fondo de la casa de su amigo. No había libreto, el fin era divertirse y comer todos juntos. Un día prendió la tele y se encontró que el ciclo lo estaba emitiendo Canal 5.

Aún le cuesta cocinar frente a cámara porque debe guiar al invitado con las recetas, controlar el fuego y los ingredientes. Pero deja de ser un inconveniente cuando se sienta a entrevistar. Ese mano a mano con los invitados (futbolistas y artistas) le resulta mucho más natural, y no necesita guión: el 95% es espontáneo.

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Cauteruccio se encargó de llevar a sus sobrinos a la cancha, pero Eguren opina que no sabe nada de fútbol y juega horrible. Es más, si suman todos los minutos que hablaron sobre deportes, no llegan a una hora. Se hizo hincha de los futbolistas, los conoce y se alegra cuando hacen un gol, no importa en qué cuadro.

—¿Te afectó en lo laboral el episodio de Luis Suárez en Brasil y la sanción?

—Para mi trabajo no. De hecho, yo estaba en Río porque siempre viajo un día antes a las ciudades, ellos en Natal y no me pude despedir. Me afectó como amigo de Luis, como parte del grupo y como hincha de la Selección. Lo conozco desde chico y quiero que esté.

Eguren está convencido de que Cauteruccio quiere que la Selección gane porque se siente parte del proceso y lo vive como si fuera un familiar. Es más, lo recuerda mimetizado en los ómnibus rumbo a cada partido, "con la misma cara de felicidad que nosotros cuando lográbamos un triunfo y el mismo gesto de tristeza cuando nos tocó perder".

Se escabulle y aparece en lugares impensados. Eguren veía a un tipo detrás del arco en un partido contra Colombia que iba de un lado al otro con la cámara en mano y pensaba, ¿estoy quedando loco o es Aldo? Era el Chato, como le dicen ellos, que hace malabares para ver los partidos lo más cerca posible de los jugadores. En aquel sufrido Uruguay Argentina de la Copa América 2011 estaba detrás del arco. Cierra los ojos y ve el gesto de sacrificio del Ruso Pérez cuando tiró el pie y la mandó a guardar.

Le cuesta creer que fue testigo de momentos únicos con la Selección. No puede verse en vídeos porque se emociona. Su mayor recompensa fue acercar a su familia y hacerlos partícipes de experiencias sublimes. Su hermano Fabricio "puchereó" durante todo Sudáfrica 2010. "Che, hablen con mi hermano que no para de llorar", le decía a Lugano o a Eguren. Y Fabricio no caía: Uruguay iba rumbo a la cancha y los jugadores le contaban en tiempo real lo que sentían.

Cauteruccio está en un lugar privilegiado y se da el lujo de hacer vibrar a los que más quiere y transmitirles un poco de lo que él siente.

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