PABLO LECUEDER

El Océano después del tsunami

Descubrió su amor por la radio con 16 años. Pablo Lecueder hizo bachillerato de arquitectura pero sabía que lo suyo no era el dibujo. Su cuaderno de matemáticas estaba repleto de ideas para plasmar en su programa Old Hits (CX44).El fundador de Océano FM sobrevivió a la partida de Orlando Petinatti y le tocó rearmarse ante un nuevo temblor: la mayoría de su staff se mudó a Del Sol. “El cambio duele por la magnitud. Es muy difícil que un medio pueda equilibrarse frente a un éxodo de este tipo”. Pablo Lecueder habló de esta nueva etapa.

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Foto: Ariel Colmegna.

—Te fuiste de intercambio a Estados Unidos por seis meses, volviste, tocaste la puerta de CX44 (Panamericana) y empezaste Old Hits con 16 años, ¿siempre habías querido hacer radio?

—Fue amor a primera vista. El primer fin de semana que volví le dije a un amigo, vamos a Panamericana que está Daniel Leal con El señor ruido y su show, así charlamos. Yo lo conocía de nombre porque era el mítico DJ de Zum Zum. Cuando salí le comenté a mis amigos, voy a poner un programa de radio, me gustó esto. Se rieron de mí, pero me lo fijé en la cabeza y tanto insistí que compré un espacio y arranqué con Old Hits. Me cachaban porque yo estaba en clase de matemáticas y en el cuaderno diagramaba ideas para el programa. Me gustaba la música pero no era de los eruditos que sabían en qué año y en qué estudio se había grabado tal o cual tema. Los programas musicales fueron la puerta de entrada a la radio, pero con el tiempo me empecé a dar cuenta de que lo que me gustaba era el desafío de encarar un medio de comunicación.

—A los 20 años te hiciste cargo de Radio Mundo. No tenías experiencia y eran todos mayores que vos, ¿ya estaba en vos ser empresario?, ¿tenías esa cabeza?

—No. Me había ido a Europa tres meses, volví y como la dirección de Panamericana (CX44) había cambiado decidí irme. Para mí era como terminar un sueño. Yo estudiaba arquitectura y me divertía con el programa de radio. No me entraba en la cabeza que pudiera ser mi profesión. Mi padre tenía una gran noción empresarial y estaba preocupadísimo porque a mí me iba espantoso en arquitectura. Le pidieron si podía hacer un contacto para comprar Radio Continente, pero al final nunca salió. Carlos Scheck le ofreció la posibilidad de ser socios en CX32. Era agarrar algo destruido, una radio totalmente fundida y muy mal equipada. Le cortaban la energía porque no pagaban la UTE. Y un día mi padre y Carlos Scheck me dijeron si me animaba a levantar ese muerto.

—Y te animaste. En abril del 78 saliste a competirle a Radio Independencia con nuevo nombre, programación y un equipamiento de avanzada...

—Salí a atacar con una radio más moderna gracias a los consejos del cubano Guar Mestre, un pope de la radio difusión que le divertía hablar sobre radio con el hijo menor de su socio. Charlábamos horas y me enseñaba mucho. Había gente que me decía, es imposible competir contra ese monstruo, no la vas a desbancar. Pero la idea era hacer lo que nos gustaba. Guar Mestre me alentó y me dijo, jugátela y hacé una radio específica para un público joven. Tuve que luchar contra los que decían que de mañana solo se podía poner un programa de información, de agro o de tango. Y yo armé Wake Up dirigido a los chicos que se levantaban para ir al liceo. En dos años teníamos una radio saneada, equipada con la última generación y compitiendo de igual a igual con Independencia gracias al trabajo de gente muy joven que agarró este proyecto con mucho cariño y se le ocurrieron ideas sin copiar a la competencia.

—¿Creaste Océano FM consciente de que iba a ser una marca?

—No, para nada. Yo siempre bromeo con que Océano fue una hijita de Radio Mundo. El gobierno militar entregó varias FM en el 82, yo me presenté a todas porque cualquiera me servía y no fui elegido para tener ninguna. La conseguí seis años después. Llegamos un poquito tarde. Ya habían surgido muchísimas FM que copiaban el estilo de Radio Mundo. A nosotros nos gustaba puntear, no ir a mitad de tabla. En marketing se dice que si no sos líder en una categoría creas otra para intentar serlo. Entonces salimos un poco de la música y la primera apuesta fuerte que hicimos fue Caras y más caras en la noche. Enseguida la gente reaccionó. Nos separamos siendo únicos y anduvimos bien. Yo tenía en Radio Mundo a Orlando Petinatti con Malos Pensamientos y ahí sí me agarré de la mesa y me jugué la vida: era matar o morir. Era impensado pasarlo a la estructura de FM, pero entró y la radio explotó.

—¿Fue el mejor momento de Océano con Petinatti?

—Depende de lo que definamos como mejor momento. Ahí también entra el ambiente laboral, la facturación, el público al que te querés dirigir, el tárget al que pretendés llegar. Pero lo que sí puedo decir es que batió récords a nivel de audiencia que no se van a superar nunca más. Llegó a registrar 12 puntos, que equivale a 12.300 personas cada punto. Le ganamos fácil a cualquier programa de televisión.

—Petinatti te escribió cuando se enteró de que gran parte del staff de Océano se mudaría a Del Sol en febrero de este año, ¿no?

—Fue muy lindo. Me mandó, cuando pasa un terremoto y hay un amigo quiero saber cómo está. Y yo le contesté, primero no es un terremoto, es un tsunami porque estamos en Océano, no te olvides. Y el tsunami fue cuando te fuiste vos, esto son olitas. Uno no se puede olvidar el momento de éxito. Hubo veces que lo quise matar porque se rompió algo que funcionaba muy bien y para mí era un crimen porque es muy difícil conseguir un éxito. Si lo tenés, hay que cuidarlo. Romperlo duele y él lo rompió. Fue triste, tuve que armar algo nuevo, él también, pero a través del tiempo todos valoramos lo que vivimos juntos. Él sin lugar a dudas es el mejor comunicador que existe. Le das un micrófono y es muy hábil, muy rápido, quizá podría tener alguna variación, pero nadie puede negar que es un líder en audiencia.

—Te tocó volver a enfrentar un cambio con el éxodo de gran parte de los comunicadores de Océano a Del Sol, ¿te dolió?

—Lo que duele son las personas porque tengo una excelente relación con todos. Obviamente que uno es el director y a veces le toca tomar decisiones que no son de amigos, pero el mismo Darwin Desbocatti decía al aire que Lecueder no echa a nadie. Cuando una persona pierde el laburo me vuelvo loco. Respeto mucho a la gente. Duele un cambio de este tipo sobre todo por la magnitud y por la organización previa que tuvo antes de llegar a mí.

—¿Sentís que fue una traición?

—No. Hay gente que puede tener referencias sobre cómo actuar y respetar a las personas, son cosas que se aprenden. No puedo culpar a quienes de repente no tuvieron esa formación sobre cómo manejarse en determinadas situaciones. El volumen hace el golpe grande y me pareció que fue un poco recorto y pego. Cuando yo empecé en Radio Mundo no fui a copiar ni a buscar gente a Independencia. Este negocio tenés que sentirlo y me parece que así mucho no sentís. Creo que hay cosas que se pueden hacer distinto, pero eso no quita el hecho de que es una excelente oportunidad y un gran desafío para los comunicadores. No los culpo porque ellos tenían la necesidad de crecer y les hicieron una propuesta muy interesante.

—¿Pudiste negociar con ellos?

—No hubo chance de negociar nada pero por lo que tengo entendido lograron mejores condiciones económicas. Toda persona que trabaja está en una permanente negociación. No lo siento como una traición pero pienso que podría haber sido un poco distinto por la relación que existía.

—¿Te referís a la forma en que te lo comunicaron?

—La forma en cómo se armó algo que sin duda no era una propuesta nueva. Si había una relación y cariño por el lugar donde trabajabas, sabías que esto podía ser una puñalada. Es muy difícil que un medio pueda equilibrarse frente a un éxodo de este tipo. Pero los entiendo, consiguieron algo nuevo. Tengo excelente relación con ellos.

—¿Volviste a hablar con alguno de ellos?

—No los he visto porque cada uno está en lo suyo, pero intercambiamos mensajes por Whatsapp. Cuando nació la hija de Rafa (Cotelo) le mandé un abrazo y me contestó.

—¿Escuchaste algún rumor en particular que te molestara?

—No, para nada. El día de la despedida no estuve porque a mi hija le entregaban el MBA en Argentina. Me hubiera encantado estar porque quería darles un abrazo y sentía que de la otra forma daba un mensaje que no quería dar. De hecho, desde el momento en que comunicaron la noticia siguieron dos meses y pico más. Si hubiera habido un problema se hubiera cortado todo antes. Se demostró profesionalismo de los dos lados. La gente buscaba cuál era el gran conflicto y no hubo ninguno. Fue un gran ofrecimiento que le hicieron a este grupo de personas que vieron una oportunidad de crecer y por más que me duela, ¿qué voy a decir ahora?, ¿que no me gustan estos comunicadores? No, me siguen pareciendo gente creativa.

—Una vez que pasó la tormenta hubo que sentarse a planificar, ¿por dónde se empezó?

—No tomamos ninguna decisión hasta no evaluar las investigaciones de mercado que habíamos hecho. Medimos qué gustaba, qué no, qué esperaba la audiencia de Océano, si tenían confianza, si la idea era irse, quedarse o pispear. Ya que había un cambio aprovechamos para tratar de corregir cosas. En esos Focus Group evaluamos comunicadores, cuál se imaginaban en Océano y cuál no. Dijimos, el gran éxito de sacar un programa es putear a tal y tal. Porque era un concurso a ver quién les pegaba más. Era brutal pero no los voy a nombrar. Cuando se fue Petinatti teníamos el certificado de defunción y hoy hablan de la tarde de Segunda Pelota como que está al mejor nivel y fue un programa que armamos distinto a Malos Pensamientos.

—¿Fue más grave el cimbronazo cuando se fue Petinatti?

—Fue distinto porque en ese momento Malos Pensamientos era tan potente que la imagen hacia afuera era que éramos un mono producto. Marcaba entre 10 y 12 puntos y los otros programas hacían 4, que también son buenos números, pero venían por esto y si no estaba no compraban nada. Tenía ese problema. Hoy es un gran cimbronazo por el volumen de horas de programación. Pero acá contamos con un plus: tenemos la suerte de que nos arrancaron muchas flores pero quedó la planta. Hay mucha gente de producción con enorme cabeza creativa. Se armó un equipo de programación donde está Álvaro Pintos, una persona que entiende la radio, ha tenido toda mi confianza, fue el gran productor de Petinatti en su momento de gloria, el gran creador de Segunda Pelota. También trabajaron Gustavo Rey, Gonzalo Cammarota e integramos a Mariano López para diagramar la apuesta periodística de la mañana.

—¿Es cierto que no querías comunicadores de la televisión?

—Buscar personas con pantalla es la jugada más fácil. Nos ha pasado que gente de Océano terminara en la tele. El Piñe fue quizá la única persona que trajimos más conocida en ese momento, y fue pese a que yo no quería gente de televisión porque es como jugar y cobrar. Traes a alguien conocido y ya conseguís algo pero después, ¿lográs identidad? ¿Va a ser el de Océano o el de tal o cual canal? Traigo a Victoria Rodríguez y va a ser la de Canal 12, no la de Océano. No lo descarto pero yo les decía, no vayamos a lo fácil. Busquemos gente que guste de la radio.

—¿Y en ese marco pensaste en volver a llevar a Petinatti?

—Nunca se evaluó la posibilidad de que volviera y con todo el dolor del alma porque sé que marcaría grandes niveles de audiencia, pero cuando él se fue aprovechamos para corregir determinadas tendencias de programación que no queríamos: un tema de poder adquisitivo, tipo de público y tárget. Pretendíamos mantener esa identidad que hemos logrado a nivel global. Nos sorprendió que en los Focus Group hubiera quienes dijeran, seguro Océano va a sorprender con alguien, o va a traer a algún tapado de esos que nadie conoce y al tiempo decís, qué bárbaro este tipo. Y yo pensaba, qué divino que tengan esa confianza.

—¿Era el momento indicado para que Océano se rearmara y cambiara?

—Siempre hay cambios que se detectan y se pueden hacer, pero no siempre se logran porque están los comunicadores que tienen su estilo. Les pedís que hagan alguna cosa, los vas forzando un poquito, pero no tanto. Había programas que tenían cierto desgaste desde hacía años y necesitaban una renovación pero también hay veces que uno se queda en la zona de confort: está andando bárbaro todo, dejalo un poquito más. Se necesitaban cambios pero no iba a haber una debacle. Mismo la mañana (No toquen nada) se transpoló para otro lado y funciona. Quizá sí me pude dar el gusto de hacer el programa periodístico que siempre había querido al estilo de lo que hay en Buenos Aires, más democrático. Creo que ya pasó la época del periodista que dirige el programa como Néber Araújo, Emiliano Cotelo y mismo Joel Rosenberg. A la gente le gusta un equipo con distintas opiniones, más que decir escucho a tal y es palabra santa.

—¿Te asustó al principio la ida de Carlos Tanco y su personaje Darwin Desbocatti?

—Más que nada fue preocupación de qué vamos a hacer. Lo que más sentí de la ida de Carlos Tanco fue perder a un tipo que para mí es un destacado. Fue un placer tenerlo aquí y se lo dije. Es muy difícil que nazcan personas en Uruguay con la capacidad que tiene él. Está separado del resto y sería muy estúpido de mi parte decir, no pasa nada que no esté.

—Y tampoco se lo puede suplir...

—No, se puede sustituir con otras estrategias pero jamás tratamos de hacer algo parecido porque es insustituible. Copiarlo es lo peor que puedo llegar a hacer. Creo que la audiencia de Darwin tiene un buen concepto de Océano porque él siempre ha hablado muy bien. Carlos tiene mi respeto. Cambió de radio nada más. No voy a decir que es intrascendente porque es un fuera de serie.

—¿El fuerte de Océano es la cabeza de producción y la experiencia en radio de quienes conforman el equipo?

—El fuerte de Océano es que nos gusta mucho la radio. Este no es un negocio tan brillante para todo el esfuerzo, creatividad y ganas que implica, pero tenés que sentir el placer de hacer radio y saber que habrá momentos de euforia y otros de bajón. No es un medio para agarrarlo de grande: te gustó de chico o dedicate a otra cosa. No lo aprendés esto. En Océano tenemos ganas de hacer cosas distintas, hay ideas permanentes y eso no se detiene nunca. Tenemos la capacidad de divertirnos y seguir adelante. De ahí a que volvamos a estar entre los primeros lugares es otra cosa. Antes tenemos que ver cuánto perdimos, cuánto recuperamos y cuánto podemos ganar por no tener determinadas cosas. Lo único que preocupa es que es un mercado chico y hay un nuevo player que va a comer del mismo plato. No vaya a ser que después no alcance para mantener el nivel de programación que se planificaron determinadas emisoras con una expectativa de facturación que de repente no se puede cumplir.

—¿Océano FM sigue siendo el lugar donde los comunicadores quieren estar?

—Parecería que no porque se fueron un montón (risas). Cuando pasó todo esto nos daba mucho pudor porque una cantidad de comunicadores nos llamaron para ver si podían hacer algo en Océano y eso nos llenó de orgullo porque habla de un respeto por la empresa. Hicimos un estudio para evaluar las distintas opciones. Pero hubo gente que habló más de la programación de Océano que nosotros mismos.

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