esencia y matices

Los multi chips de Mario Ferreira

Inquieto, hiperactivo y haragán. ‘Si le pedís 20, te hace 19,5’ , decían las maestras de Mario Ferreira, aunque remarcaban su compañerismo. Era un torbellino, rompía todo lo que encontraba y huía de su hogar cuando lo rezongaban.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Se repuso El viento entre los álamos tras 10 años. Foto: Darwin Borrelli.

La gurisada de La Teja concentraba en su casa, era fanático de Peñarol, no se perdía un partido hasta que a los 16 apareció el teatro y “todas mis energías se encauzaron para ese lugar”.

"Un día mi madre lo rezongó y en un tono trágico le empezó a decir, ‘¿para qué trajiste hijos al mundo, para rezongarlos? Yo esto no lo aguanto, me voy’; agarró un bolsito, metió ropa adentro, caminó unas cuadras y al rato volvió". Montaba esas puestas en escenas caseras e inconscientes con menos de 10 años y dejaba entrever el artista que traía desde la cuna.

Su hermana Mariela -7 años mayor que él- relata esta anécdota y al atar cabos concluye que esa intensa sensibilidad escondía una vocación. "Ella lo tiene más presente. Yo recuerdo que quería ser piloto e inclusive me anoté en facultad pensando que podría llegar a ser abogado". Estudió Derecho un año, abandonó y su familia jamás cuestionó su elección. Lo apuntalan en cada decisión y están orgullosos de sus logros: fue Director General y Artístico de la Comedia Nacional, integra ese elenco estable, actúa en Arcadia de Tom Stoppard (Jorge Denevi), dirige Tóxico (Lot Vekemans) y repuso tras 10 años El viento entre los álamos (Gérald Sibleyras).

El curioso.

Su memoria se dispara hacia el Anglo. Se tomaba el ómnibus más temprano para poder dedicar los minutos previos a la clase a contemplar la cartelera: observaba las fotos y leía las críticas de "obras que no había visto ni leído porque eran para adultos. Un día saludé a Isabel Aguerre en la calle, nunca la había visto actuar pero la reconocí por las fotos de los diarios". El verano que ingresó a la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD) se fue a Araminda y coincidió que también había alquilado gente de teatro, "recuerdo haber visto a Armando Halty y quién me iba a decir que lo dirigiría años después en la Comedia Nacional con El último yankee, de Arthur Miller".

La charla se detiene porque Mario cae en la cuenta de que esa fue la última vez que Halty se subió a un escenario: tuvo un accidente, derivó en complicaciones y falleció. Relata el episodio con la voz entrecortada y reconstruye el hecho: "apagamos las luces para el ensayo, había un escalón, no lo vio, la sala estaba en penumbras, se cayó del escalón y después del escenario, estuvo un tiempo internado..." Se le hace un nudo en la garganta, se tapa la cara y retoma solo el carril de la charla al mencionar que el cuento de su hermana sobre su berrinche era exacto.

Mario fue a un colegio de monjas pero quiso probar el liceo público: "sentía que había un mundo que quería conocer, la idea de continuar allí me acotaba y cuando llegué al Bauzá no lo podía creer, aquel universo, esa cantidad de gente, el edificio". Un día se dio de frente contra un pizarrón que anunciaba un curso de teatro con Alfredo Goldstein. Le interesó, se anotó y debutó en una obra de Moliere. Unas compañeras le contaron que había intenciones de re abrir el Florencio Sánchez en el Cerro, se formó el grupo La Gotera y empezó a frecuentarlo.

Sus veranos cambiaron, "en vez de irse a la playa con los amigos, se encerraba a ensayar, dejaba todo por el teatro", dice Mariela. Detrás de su naciente vocación existía un motor social que lo atraía como un imán, "el Cerro era un barrio con mucha polenta y energía. Recuerdo esas primeras marchas muy emotivas (1983), ahí me empezaba a enterar de lo que ocurría, estar en contacto con la realidad, acercarme al canto popular y a las propias obras de teatro; ir al Circular a ver El herrero y la muerte (Mercedes Rein y Jorge Curi) y saber que era una especie de comunión donde se decía, el mal no dura para siempre en clara alusión al momento que vivíamos".

Estar informado es básico para Mario. Necesita ver el noticiero, consume dos diarios por día: los compra, los lee y se los lleva a su madre. "Es consentido, mi madre se cree que sigue tratando a un niño y él en parte se deja, aunque a veces proteste, pero para mi madre él es sus ojos", describe su hermana. Mario picotea en todos los temas, no se le escapa nada: comenta la ola de secuestros, la inseguridad, la Marcha del Silencio, la final de la Champions League; compara el liderazgo y el ego de tipos como Messi o Suárez con el de Mujica. Y no tiene ningún prejuicio en hablar de Marcelo Tinelli, es más, está en contra de quienes creen que la tinellización es la culpable de todos los males, reconoce el talento para comunicar del conductor argentino y confiesa que alguna vez se sentó a mirar Showmatch: la previa lo aburre pero el baile le divierte.

El quisquilloso.

No adhiere a ninguna cuestión mística del teatro: su camarín no es un templo, no hay velas ni fotos, pero de chico seguía un ritual obsesivo: cada noche sacaba todos los zapatos del ropero, los alineaba par por par hasta que quedaran perfectos y si no conseguía ordenarlos, no se acostaba. "Nadie se preocupó por interpretar si había una patología, se me pasó solo, andá a saber a qué respondía". Pero una leve secuela quedó: los días previos al estreno "se llena de manías, se pone inquieto y resulta insoportable sentarse al lado de él en los ensayos generales", dice Diego Aguirregaray, amigo y vestuarista. Habla con propiedad: trabajan juntos hace 25 años. No llega a perseguirse pero se desespera ante los errores técnicos, "sé detectar cuando algo está mal y de pronto pienso que no tiene arreglo". Es fanático del equilibrio, la armonía, quiere que todo esté en su lugar, pero no traslada sus obsesiones al teatro porque considera que es un espacio donde debe primar la libertad, cierto aire relajado y distendido "para que la cosa fluya".

Es un director sobrio, detallista e interviene al final de los ensayos con tres o cuatro apuntes: habla poco pero certero, una virtud, según Jorge Bolani, excompañero de la Comedia Nacional y actor de El viento entre los álamos. No le gusta cargar de anotaciones; si algo no funciona, no insiste. Está convencido de que si lanza una pauta y los actores la toman de inmediato, está pronto, se mantiene. Es capaz de identificar en una primera pasada si la obra llegará a buen puerto o no y le resulta "más valioso terminar un ensayo antes de tiempo porque habla de la confianza en lo que se está haciendo". Tiene más certezas que dudas cuando dirige pero al cambiar al chip y convertirse en actor aparecen los temores. "Denevi me llamó aparte en un ensayo de Arcadia y me dijo, está bárbaro lo que hacés pero hay un tema de energía y gestualidad que no le viene bien al personaje y entré en una especie de sombra, tal es así que me tocó hacer la escena, pedí para volver a empezar y le dije, me mataste con lo que me dijiste. Tuve que re ordenarlo, hacer que aquel tipo que yo veía muy activo y dinámico fuera un investigador inglés más formal, sobrio, pero después encontré comodidad en lo que me propuso".

El oficinista.

Jorge Denevi se había alejado de la Dirección General y Artística de la Comedia Nacional por motivos de salud y el reglamento indicaba que debía asumir un miembro del Consejo Artístico. Entonces apareció el nombre de Mario Ferreira. "Yo era recién entrado, hacía dos años y nunca había estado al frente de una institución". No recuerda cómo fue la charla pero sí que corrió a contárselo a su familia. "Es tan perfeccionista que dudó si aceptar porque no sabía si iba a poder cumplir", cuenta su hermana. "Pero había un impulso que me decía, sí, hacelo porque podés". A Bolani le consta que "tuvo momentos de sufrimiento, de cargarse la cabeza, pero con sus dudas y calenturas le metió una capacidad y voluntad enorme y empezó a aprender y aprehender cómo echar a andar esa maquinaria municipal". Escuchó consejos de su padre que había sido empleado municipal pero ante todo, "no presioné el conocimiento: de lo que sabía opinaba y de lo que no, escuchaba y aprendía. Hubo momentos de desborde y cansancio pero nunca se me fue el placer. No puedo hacer ningún trabajo que no disfrute".

En esos cinco años (2007-2012) faltó a reuniones con amigos y se aisló un poco, según Diego. Tampoco pudo actuar porque era incompatible, "me di cuenta de que extrañaba cuando volví, mientras no lo sentí". Al arrancar a preparar Las Descentradas (Mariana Percovich) pensó, cómo pude estar tantos años sin hacer esto: el código de los ensayos, el escenario, descalzarte, vestirte, hacer ejercicios no tiene nada que ver con la realidad de la oficina.

El artista.

"No faltamos a un estreno, a él le gusta que le digamos qué nos pareció", comenta Mariela. La reposición de El viento entre los álamos fue una noche especial, "sabíamos que la obra funcionaba pero no podíamos dejar de pensar que habían pasado 10 años y a veces un mismo texto con el paso del tiempo dice otras cosas. Es un privilegio que estos tres actores (Jorge Bolani, Pepe Vázquez, Julio Calcagno) tengan la misma energía". Diego coincide: "fue súper emotivo para todo el equipo que hayan pasado 10 años y estos tres viejos estén ahí como los Rolling".

Volver a montarla no fue complejo porque había quedado en el disco duro del equipo. "Me impactó el primer ensayo: se sentaron en la silla y adquirieron esa cosa mágica que tiene el actor… les dije, va a andar bárbaro, lo único que tienen que hacer es recuperar la letra porque los personajes ya los tienen, recordaban los tiempos, los juegos, fue increíble".

El día del estreno hubo gran adrenalina y emoción para este trío que realiza un ejercicio brutal físico y de memoria. Mario sintió la necesidad de comunicarse con ellos y los llamó la mañana siguiente a las 10:30: "Pepe estaba despierto, Julio estaba tomando mate con voz de dormido y Jorge dormía".

El hombre.

Mario es muy familiero, quiere mucho a sus sobrinos, "siempre está pendiente y ha sido un tío muy presente", reconoce Mariela. La mayoría de las anécdotas que le han contado a Diego están "vinculadas a veraneos en Cuchilla Alta donde su familia tiene casa y paseos al aire libre". Aclara que no se pone lírico ni místico pero cree que el sol es una fuente de energía brutal. Durante esos años en Cuchilla Alta agarraba la bicicleta y pedaleaba tres o cuatro horas, "llegué a ir hasta lo de Roxana Blanco en Parque del Plata, pero después me caí dos veces y abandoné". Cambió el bi rodado por las extensas caminatas: "cuando tenés proyectos entre manos es buenísimo estar con la mente despejada bajo un árbol o en la playa".

Hace unos años encontró su rinconcito en San Gregorio, "tiene una energía muy particular que no se descubre yendo dos o tres días, sino estando allí. Yo había visto fotos de adolescente y dije, algún día tengo que conocer hasta que un año arrancamos para allá; primero alquilábamos hasta que compramos el terreno y construimos la casa. El río está cerca y ves Durazno del otro lado, el espejo de agua gigante es alucinante: es una mezcla de campo con un gran lago. Para donde vayas descubrís un paisaje".

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