Entrevista con Kairo Herrera

Manual para ser otro

Kairo Herrera dice con total naturalidad que su verdadero nombre es otro, que no le gusta y que por eso no lo usa. Tuvo un abuelo que escapó de un campo de concentración. Pasó su juventud queriendo ser una estrella del metal: se dejó el pelo largo, se agujereó las orejas y se hizo tatuajes. Durante 25 años buscó una identidad propia, y un día, con el pelo corto y sin ropa de cuero, descubrió que la había conseguido.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Kairo Herrera

Kairo Herrera dice con total naturalidad que su verdadero nombre es otro, que no le gusta y que por eso no lo usa. Creció en un taller con olor a madera en el que su abuelo construía muebles finos mientras contaba pedazos de su historia de inmigrante, como cuando escapó de un campo de concentración luego de comerse algunas joyas de la familia para usarlas de soborno.
Fue uno de los peores alumnos del Colegio Alemán, no por su conducta, sino porque él no quería estudiar: él quería ser una estrella de rock. Usó el pelo largo, se agujereó las orejas, se tatuó el cuerpo y quedó afónico de tanto forzar la voz para cantar como un metalero.
Se cortó el pelo para terminar con las rutinas nocturnas y ser alguien nuevo. Pero aun con el pelo corto se dio cuenta de que no podía ser otro, y que tal vez ya se había convertido en todo lo que pretendía ser algún día.

—Esta es la casa de mi abuela y de mi madre. Tengo obligación de venir cada día a darle un beso a mi abuela porque sino se ofende conmigo, y ella es mi fanática número uno. ¿Ves todos estos muebles? Los diseñó mi abuelo.

—Solés decir que fue uno de tus mejores amigos, ¿cómo generaron esa relación?

—Porque pasábamos mucho tiempo juntos en su taller, y compartíamos muchos gustos en común, por ejemplo nos gustaba ir al cine a ver películas de ciencia ficción.

—Tu abuelo tuvo una historia que parece de película.

—Sí, se escapó de un campo de concentración con el padre. Tenía 17 años cuando llegó a Montevideo por casualidad. Contaba que venían tan hambrientos que cuando el barco se acercó a Río de Janeiro vieron cachos de bananas flotando en el agua y la gente se tiraba con las valijas al mar, arriba de esos pedazos de fruta.

—¿Cómo pudieron escaparse?

—Mi bisabuelo tenía mucha plata y se veía venir lo que iba a pasar, entonces mandó su dinero a Suiza y se comió (literalmente) algunas joyas para poder sobrevivir, porque el soborno siempre fue un medio de supervivencia. Se escaparon gracias a sobornos. Algo habitual durante mi adolescencia era visitarlo con mis amigos y escuchar sus historias durante horas.

—¿Se adaptó a Montevideo?

—Sí, porque encontró paz y seguridad, que era lo que estaba buscando. Acá empezó a trabajar en una casa de decoración muy importante, hasta que juntó dinero para abrir su propia carpintería. Sus diseños se convirtieron en moda, y contrató a varios herreros, carpinteros y pintores inmigrantes. Era un trabajo artesanal de verdad.

—¿Y vos nunca quisiste trabajar con él?

—Es que era una empresa familiar y había muchas peleas, y yo no quería meterme en ese ambiente. El taller se incendió dos veces, la segunda se quemaron hasta las máquinas. Mis abuelos quedaron endeudados y les llevó 10 años recuperarse. Cuando abrieron otra tienda los clientes no querían muebles finos, querían modulares, y mi abuelo no aceptaba ese cambio, porque para él usar madera condensada era algo similar a una derrota.

—De tu familia materna, ¿qué aprendiste?

—A pelear y a recuperarme de los golpes.

—¿Cómo era en ese momento la relación con tu padre?

—Él dice que es el verdadero Kairo, porque los dos nos llamamos igual: Luis Alberto Herrera. Lo que pasó es que él se crió en la Cuchilla de Caraguatá, en Tacuarembó, y trabajaba en el Almacén Kairo. Una tarde durante un partido de fútbol, como no sabían su nombre lo apodaron Kairo, y cuando nací yo pasé a ser "Kairinho", y decidí hacerme llamar Kairo y nunca usar mi nombre real.

—¿Hiciste vida de campaña?

—No, porque mi padre hizo el mismo camino de muchos muchachos de campo: se fue a los 13 años a Santa Clara a terminar el liceo y después a Melo, y después a Montevideo. Eso los hacía madurar muy rápido y ser responsables de sí mismos. Mi padre tenía el pelo largo en su adolescencia.

—Igual que vos...

—Sí, aunque él decía que era porque no tenía plata para peluqueros yo creo que tenía que ver con que en campaña el domador suele usar el pelo largo, y a mi viejo siempre le gustó llamar la atención y conquistar mujeres. Mis padres se casaron jóvenes y se divorciaron jóvenes, cuando yo tenía un año ya no estaban juntos. La semana la pasaba con mi madre y los fines de semana con mi padre, que hacía su vida pero conmigo, y así aprendí muchísimo de boliches y de la calle.

—¿Por ejemplo?

—Una vez una maestra nos pidió que hiciéramos la clásica redacción sobre lo que habíamos hecho el fin de semana, y mientras mis compañeros habían ido al Parque Rodó yo empecé: Primero fuimos al Sportman a tomar unas grapas con limón, después comimos un asado, y nos fuimos a dormir una siesta al rancho (así llamaba mi viejo a la pensión donde vivía). Nos despertamos y fuimos a la casa de unos amigos y estuvimos de guitarreada hasta las cinco de la mañana. Los ojos de mi maestra (del Colegio Alemán) eran dos platos, y llamó a mi padre. "¿Usted lo ve mal? ¿Es disfuncional? ¿No? Entonces déjeme criar a mi hijo como yo quiera", le respondió él.

Su verdadero nombre es Luis Alberto: nunca lo usa.
Su verdadero nombre es Luis Alberto: nunca lo usa.

—Creciste entre dos mundos distintos, entonces.

                                                                                                                                            —Entre dos crianzas opuestas. Mi madre siempre quiso que yo fuera un caballero, un príncipe, y se preocupó muchísimo por mi cultura, hasta demasiado: te diría que pagarme el colegio le costó la vida.

—¿Por eso decís que sos un rebelde pero no un contestatario?

—Yo entiendo que la rebeldía no es solamente una cuestión de actitud. No creo en la pose de rebelde porque sí, además llega un momento en que ya no te queda bien.

—¿Qué pasó durante tu adolescencia?, porque decís que a los 15 años te voló la mente.

—Y pasó que siempre fui un pésimo estudiante. Quise ser arquitecto, quise ser oceanógrafo, quise ser muchas cosas y al final no quería ser nada de eso. Sentía que mi camino iba por el lado de lo artístico pero cometí el error de no formarme nunca.

—Fue todo de autodidacta.

—Sí. La guitarra la agarré porque mi viejo, que siempre fue cantor, me la puso en la falda y me dijo: "aprendé, porque el que toca la guitarra consigue mujeres".

—¿Descubriste la música por esa época?

—No, ya la había descubierto, lo que pasa es que a los 15 uno siente que puede emanciparse y yo siempre había sido un tipo tranquilo, mi único problema era que no quería estudiar. Entonces dejé el liceo y armé una banda de metal con tres amigos, Shock. Estaba todo el día pensando en la banda y mi familia empezó a preocuparse, porque pasaban los meses, pasaban los años, y yo seguía haciendo vida nocturna, convencido de que mi futuro iba a ser cantar en estadios llenos de seguidores.

—¿Qué extrañás de esa época?

—Caminar de noche por 18 de Julio sin un mango, con amigos. El sentimiento de amistad era tan fuerte que seguimos siendo amigos hasta el día de hoy, y al final no estábamos tan equivocados porque uno de ellos fundó Sordromo y otro Reytoro.

—¿Qué se necesita para cantar como un metalero?

—Es difícil. Tuve que aprender a no forzar la voz porque los primeros años no sabía cantar, volvía de los ensayos completamente afónico. Luego tomé clases de canto con una profesora mayor, que usaba el pelo recogido en un moño y tocaba el piano con mucha solemnidad, y me enseñó canto lírico porque decía que era la base.

—Luego de Shock armaste otra banda, Caballo Loco.

—Sí, pero se terminó hace poco. Cuando vos tenés mucho trabajo (como por suerte tengo ahora) y cuando tenés una familia, llega un momento en que tenés que elegir. Si a mí Caballo Loco me hubiera servido económicamente, yo me quedaba ahí.

—¿Qué te pasa cuando cantás?

—Me pongo tenso como una cuerda, y siento que en ese momento tengo el poder sobre mí mismo. Cuando vos sentís adentro tuyo que está todo bien los de afuera también tienen que estar disfrutando, ¿no? Yo creo que lo importante tiene que venir de la piel para dentro.

—Tu otra pasión es dibujar, ¿te provoca algo parecido?

—Yo soy un dibujante "de llamada de teléfono" y dibujo mientras hablo en la radio, por ejemplo.

—¿Qué dibujás?

—Superhéroes, ojos, caricaturas, manos...muchas veces dibujo sin pensar. Cuando dibujo estoy relajado, pero cuando canto pongo todo lo que soy, desde las uñas hasta el pelo, al servicio de ese momento. Muchas veces me pasa que después de un toque llego a mi casa y no me puedo dormir de la adrenalina.

—¿Cómo era ser metalero en los 80 en Montevideo?

—Yo nos comparo con los planchas de ahora, porque por un lado la gran mayoría de los metaleros venían de contextos marginales, pero sobre todo porque nuestra estética generaba un rechazo automático. El deseo mayor de todo aspirante a metalero era comprarse la campera de cuero negra, que eran carísimas. Teníamos un código de vestimenta que había que respetar. Pero, la verdad, la mayoría de la plata se te iba en shampoo y en crema de enjuague. Usábamos caravanas, yo tenía cuatro, y claro: nos agujereábamos las orejas nosotros mismos.

—¿Qué representan los tatuajes para vos?

—Nunca les busqué un significado, los diseñaba yo, y menos mal que no tenía plata porque si me hubiera tatuado todo lo que tenía planeado hoy estaría arrepentido. Por ahora tengo el brazo izquierdo casi completo y otros ocho tatuajes. Y pienso seguir.

Intentó durante años ser una estrella del metal, finalmente le tocó estar del otro lado del escenario, presentando shows, conduciendo programas de radio y de televisión.
Intentó durante años ser una estrella del metal, finalmente le tocó estar del otro lado del escenario, presentando shows, conduciendo programas de radio y de televisión.

—¿Cuál es la historia del primero?                                                                 

—Me lo hizo un tipo muy merquero en su casa de Tres Cruces, en un ambiente completamente sórdido: había construido él mismo la maquina de tatuar con un timbre, e iba lentísimo, "tiqui-tiqui-tiqui", escuchabas. El tipo estaba drogadísimo mientras me tatuaba, y me hizo un corazón atravesado por una rosa azul...y un papiro que decía "Kairo"...

—¿Cómo te pagabas esos gastos?

—Trabajé en una fábrica de jeans, fui telefonista en un hospital, cadete en una compañía de seguros, diseñador gráfico en una empresa, secretario en el BPS, y locutor.

—Tenés un anillo de plata que no te sacás nunca, ¿es un amuleto?

—No, ya ni lo siento, ni lo veo, pero lo uso desde hace 20 años. Me gusta, y también es parte de una imagen que la gente recibe y que tengo que cuidar, que son los lentes, el anillo y la ceja levantada, -dice sonriente.

—¿Por qué decidiste cortarte el pelo largo?

—Fue como en la película Rockstar, la de Mark Wahlberg: primero todos usábamos el pelo largo y un día nos pasamos más al grunge y cambiamos el estilo de la ropa y nos cortamos el pelo. La mayoría de los metaleros de esa época hicimos lo mismo, casi sin pensarlo.

—¿Solo por eso?

—También quería dejar de ser quien yo era. Tenía 25 años y quería dejar la joda y la noche. Pensé que cortarme el pelo iba a alcanzar para convertirme en otro, pero seguí siendo la misma persona con el pelo corto. Uno busca una identidad y a veces demora en encontrarla; yo me di cuenta de que siempre la tuve y no lo sabía.

—¿Cómo te diste cuenta?

—Fue por la exposición: por la televisión, por la radio, eso me hizo verme en perspectiva.

—¿Fue conflictivo estar del otro lado de la música?

—En un momento me concienticé en que yo era una banda de una sola persona, que no iba a estar arriba del escenario como músico pero sí como presentador, como me pasó en el Pilsen Rock, y aprendí a disfrutarlo. Me empecé a ver como un personaje al que le echaban una nueva mano de pintura, y esta vez era como presentador, lo que además me dio un estatus dentro del mundo del rock, y de vez en cuando me invitaban a tocar.

—¿Cámara testigo es una continuación de esa escuela de la calle que tanto te gusta?

—Es eso, y yo estoy donde quiero estar. Opino que ser famoso en Uruguay es como ser famoso en Tacuarembó, porque la gente se te acerca con cariño y con familiaridad y eso es algo que devuelvo de la misma manera, que me gusta, que me hace feliz.

—¿Cuál es tu peor defecto?

—Muchas veces hablo de más. Tenía otros defectos que fui mejorando con el tiempo, ¿y que soy fumador?

—Te gustan las motos.

—Pero no sé usarlas. Me gustan los autos viejos, si tuviera plata me compraría un Mustang, o un Jaguar, o un Alfa Romeo rojo.

—Nunca jugaste al fútbol.

—Todavía no entiendo lo que es el orsai, pero tengo un hijo que entrena tres veces por semana y lo acompaño siempre.

—¿Quiénes son tus héroes?

—Siempre fue Batman. Drácula. Me gustan los personajes que arrastran un romanticismo oscuro.

Es un fanático de las motos, los autos y de la mitología griega.
Es un fanático de las motos, los autos y de la mitología griega.

—¿Qué es lo que te interesa de la mitología griega?

                                                                                                                                  —El perfil heroico y la dimensión de lo imposible, como que un tipo te pueda tirar rayos, que haya otro que corra a una velocidad sobrehumana, y uno que viva en un mundo subterráneo con una fragua para construir armas para los dioses. ¿Ves lo que tiene crecer lejos del fútbol?: Me encerré en un mundo de fantasía.

—¿A qué le tenés miedo?

—El miedo está ahí para hacernos cautos y hay que vencerlo, pero no "a lo toro" sino metiéndolo en una burbuja y sin perderlo de vista.

—¿Qué es para vos el trabajo?

—Es lo más importante, porque forma parte del funcionamiento de una sociedad y por lo tanto de una familia, y por lo tanto de las individualidades. Yo no creo en la vagancia.

—¿Eso cuándo lo aprendiste?

—De grande. Cuando era joven quería ser una estrella de rock.

—¿Y ahora que querés ser?

—Ahora estoy contento con lo que soy. Me gustaría volver a dibujar, eso es algo que tengo entre ceja y ceja.

—¿Seguís siendo un rebelde?

—Es que una persona que se comporta como yo, lo es; hoy en día, además, si te abro una puerta para que pases primero estoy siendo un rebelde, pero si querés, lo mío es una rebeldía distinta: es una rebeldía ilustrada.

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