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Jorge Esmoris, el humorista ilustrado

Está convencido de que con los años se vuelve más ermitaño, pero todavía disfruta de recorrer el interior del país con sus obras. Esta vez, Coco Rivero lo dirige en Nadie entiende nada, una adaptación de diversos textos de Juceca a cargo de Christian Ibarzabal junto a Diego Bello y Pinocho Routin. Se presentan el 16 y 17 de abril en el Teatro Solís. Aquí un perfil de Esmoris, el actor que fueArtigas en La Redota (2011) y está seguro de que podrán venir muchos personajes pero ninguno como ese, "Obdulio Varela únicamente".

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Foto: Marcelo Bonjour

Levanto la mano derecha, giro a la izquierda, tres pasos atrás. Jorge Temponi trataba de seguir con el cuerpo y la cabeza la decena de movimientos que Jorge Esmoris marcaba a la vez, pero sabía que no lograría retenerlos. Mañana estaría en cero y el director no se habría olvidado de una sola consigna. Salió en puntitas de pie para evitar dispersar al grupo, agarró el libreto y empezó a sacar apuntes “¿Qué hacés? No anotes, escuchá”, le dijo Esmoris. Se asustó pero se quedó. El primer ensayo con la BCG siempre es algo traumático para los actores.

Es una ametralladora de indicaciones, da una atrás de la otra. Exige una concentración absoluta. Insiste hasta el cansancio, suyo y el ajeno. Repite mil veces el mismo movimiento si es necesario, va para atrás, para delante, corta, explica. Esmoris quiere que los actores sientan el texto: no alcanza con escupir la letra, deben saber qué dicen, por qué lo dicen y por qué se mueven de tal o cual forma. Y no para hasta que la película sale como se la armó en la cabeza. Temponi percibe que es un director torturado por la obra.

Sabe muy bien lo que quiere, cómo lo quiere y de qué forma conseguirlo. Ningún pedido es caprichoso y es infalible a la hora de transmitir. Trabaja sobre la mente de los artistas para ayudarlos a delinear y construir ese espectáculo que elucubró durante meses. Mira los ensayos desde la platea y de repente frena, sienta a los actores en el escenario y les empieza a contar qué imagina en esa escena, cuál es su idea e incluso plasma lo que pide con representaciones.

Hace planteos drásticos en medio de los procesos: "Si seguimos así suspendemos, no estrenamos". El "no llegamos" es una marca de Esmoris pero los más viejos de este colectivo saben que son "bombas" que tira para hacer reaccionar.

Cada tanto les hace ver que "son la última porquería del mundo". Es que no admite que se descansen en el talento y en la BCG saben que es imposible que el espectáculo salga adelante si no están 100% presentes, activos y con la energía puesta ahí. El compromiso es su principal premisa y cada tanto plantea charlas para refrescar esos conceptos. Faltar a un ensayo, llegar tarde, no saberse la letra y no cuidar el vestuario son cuestiones inadmisibles en la escuela de Esmoris.

Detrás de ese desmelenado hay un profesional intachable. No usa reloj desde que dejó las ocho horas pero llega 15 minutos antes a todos los encuentros; fue el primero en aprenderse la letra de Nadie entiende nada (Coco Rivero), obra basada en textos de Juceca que protagoniza junto a Pinocho Routin y Diego Bello. Preparaba los ensayos, iba con las ideas masticadas y llevaba propuestas para su personaje y el universo de los otros dos. Bello dice que por momentos capitaneó el barco y los rescató en las "mayores trancaderas".

Le enseñaron que debe preguntarse por qué quiere estar arriba del escenario, le dijeron que si no encuentra la respuesta, no se suba. Y así lo hace.

—¿Te obsesiona la perfección?

—Sí, totalmente. Me obsesiona estar cerca. Son metas. Vos sabés que la perfección es imposible pero para mí la perfección es que hayamos dado lo máximo: todo nuestro conocimiento, nuestras dudas, está todo puesto ahí. Para mí guardarse algo en el escenario es robar a la gente.

Ese alto nivel de exigencia va de la mano con una entrega absoluta: todos quieren compartir elenco con él porque saben que no abandona, "siempre la va pelear contigo", dice Néstor Guzzini, que necesitó que Esmoris fuera su tutor para poder salir con la BCG en el Carnaval de 1989 porque era menor de edad.

Hace cuatro años que dicta un taller de expresión y teatro para un grupo de discapacitados en la Kehila (Comunidad Israelita del Uruguay) y es tan exigente que a veces los alumnos le piden que afloje. Lo hace porque confía en que tienen mucho más de lo que se imaginan para dar. Becky Sabah es parapléjica, fue directora del área de discapacidad y han cultivado un humor ácido que los habilita a bromear sin parar.

Becky se preocupó por saber cómo le había ido en su primer día y Esmoris le contestó, "bien, ¿por qué?, ¿me tengo que sentir de alguna manera?" Ella opina que ese trato igualitario es sinónimo de respeto y facilitó que sacara lo mejor de cada uno. Los hizo sentir aplaudidos y valorados.

Esmoris dice que no da clases, convive y comparte con ellos. Sale extenuado, le chupan toda su energía, pero ser testigo de cómo ganan una batalla que parece perdida le devuelve las ganas de vivir. "Después del teatro, mi lugar es ese".

***

En el 75 se celebró el Año Internacional de la Mujer y Esmoris comenzó a hacer teatro con un grupo de Aebu (Asociación de Bancarios del Uruguay). Un año después, la dictadura se ensañó más fuerte contra el movimiento teatral y Aebu decidió que el grupo dejara de existir. Ellos pidieron funcionar en sus instalaciones pero de forma independiente y crearon El Telón, que fue el germen de Ciudad Vieja, una escuela de teatro que arrancó a funcionar el 7 de marzo del 79 con Rosita Bafico, Norma Quijano y Derby Vilas, todos ellos referentes para Esmoris.

La exministra Daisy Tourné integró el colectivo y trabajó con ellos como fonoaudióloga. Recuerda la seriedad de Esmoris puesta al servicio de su vocación, dice que era "de los que se dedicaba en serio. Tenía una muy buena voz y sabía usarla. Sacaba de adentro los personajes".

Esmoris trabajaba en una importadora de maquinaria agrícola, tenía un buen sueldo, pero su cabeza nunca estuvo detrás del escritorio. Eran tiempos de opresión y el teatro la forma de ejercer libertad. Tenía la necesidad "rabiosa" de estar todo el día reunido o ensayando. Contaba las horas, llamaba por teléfono a sus compañeros, se hacía tiempo entre un trámite y otro para pasar por la única librería que traía material de teatro. Él siempre leyó más que el resto. Miraba las denuncias de importación y caía en la cuenta de que no tenía nada que hacer ahí.

En el 82 resolvió dejar el trabajo, agarró una mochila, sus ahorros y el 2 de enero emprendió un viaje de tres meses por América Latina junto a Fernando Toja. La idea era conectar con grupos de teatro para llevar Bufonada, una obra de su creación, pero solo la hicieron un par de veces en la Universidad de Cuzco. El resto fue pura travesía. Viajaban de noche para no pagar hospedaje, dormían en pensiones, acampaban en islas montañosas con indios rodeados de naturaleza y silencio, algo que el Esmoris introspectivo necesita. Este histrión que se sube al escenario es por momentos observador, reservado, callado y pensativo. Coco Rivero, director de Nadie entiende nada, disfruta de esos silencios del "Flaco" que lo vuelven enigmático y misterioso.

Toja volvió para reponer El Herrero y la Muerte en el Teatro Circular y Esmoris viajó solo un mes más. En La Paz se cruzó con un grupo de artistas colombianos y con ellos hizo teatro en las minas de Potosí y Sucre. Ellos le propusieron unirse a su compañía, él respondió que lo iba a pensar, pero un día se levantó, llamó a la recepción del hotel y pidió que lo llevaran al aeropuerto. No sabe qué sucedió, pero sintió ganas de volver. Se hartó de América Latina. Había ido con el idilio del folclore y solo vio miseria. En Bolivia eran cuadras y cuadras de gente que vendía sus cosas para comer. "Esto no es folclore, es miseria, vamos a dejarnos de joder, hay que hacer algo más que tocar la zampoña", pensaba.

Se tomó un avión y desde entonces le gusta decir que nació el 19 de abril de 1956 en Montevideo por casualidad pero en el 82 eligió vivir en Uruguay.

A partir de esa fecha, le cuesta horrores moverse de su casa en Emilio Raña, donde se instaló hace 10 años. Sale de esas cuatro paredes si no tiene más remedio. Incluso cede su parrillero cuando los amigos de la BCG quieren hacer un asado así evita ir a otras casas. En esas reuniones prefiere escuchar y habla poco. Se ríen al recordar algún viejo enojo suyo y él remata las anécdotas de la época que salían en Carnaval. Sus compinches dicen que cada tanto "se enciende y saca ese chiste Esmoris que te desarma".

Sufre si tiene que viajar a otro país, pero a metros de la puerta de su casa yace una valija que arma cada jueves para recorrer el interior del país con Nadie entiende nada, algo que Esmoris disfruta y promueve en todos sus espectáculos. Quizá porque en esas giras retrocede hacia su infancia. Su casa de La Blanqueada era un rancho cuando la habitaban su padre y sus tíos. En el fondo había piso de tierra, mucha caña, un depósito lleno de cachivaches y una caja de herramientas que aún conserva. Esquivaba los arroyos e incluso recuerda un tambo, "era como estar en el interior profundo", dice. Aquel panorama era fantástico para ese niño que no comprendía por qué el baño estaba en el patio y no tenía techo.

La casa sufrió varias reformas y los ambientes mutaron. Lo único que se conserva de antaño es un laurel y la mesa donde su tía hacía la pasta casera. Esmoris asegura que aún quedan residuos de harina en la madera.

En ese living reposa un enorme piano que heredó de una prima. Nadie en la familia se lo disputó. A él le gusta como objeto decorativo, pero está deshecho, tiene algunas teclas comidas y otras ya ni suenan. Cada tanto levanta la tapa y toca alguna nota.

No concibe su vida en un apartamento. Necesita espacios grandes y techos altos. Su vida transcurre en el living con la estufa a leña en invierno y un ventilador pseudo vintage en verano. Vive a pocas cuadras del Parque Central, es hincha de Nacional, pero solo fue dos veces a la cancha. No logra mirar un partido completo sin aburrirse. Se para, camina del sillón a la cocina, se hace un café, barre, pone a lavar la ropa. Y le apasiona establecer paralelismo entre el fútbol y el teatro. Es que todos sus análisis van a parar al arte.

***

El movimiento estudiantil lo empujó a los libros y al billar. Cuando había huelga alternaba el tiempo ocioso entre la biblioteca del Palacio Legislativo y el bar Los 14 billares. El primer libro que le pegó fuerte fue La Tregua (Mario Benedetti). Se lo devoró en tres días arriba del 187 rumbo al liceo 17. Tenía 12 años. No volvió a leerlo.

Su biblioteca es ecléctica, abundan los clásicos pero ya no lee cuentos o novelas por recreación; se concentra en el material que le sirve para los espectáculos. Estudiar un libreto desde la computadora le resulta imposible. Los imprime y los lee 100 veces, como le enseñó Derby Vilas. Dice que todas las dudas que surgen están en el texto.

Le cuesta mucho memorizar al inicio pero después del primer empuje, es "una fiera". Se aferra al texto y se toma su tiempo para analizarlo. Esmoris opina que el humor de Juceca es como hacer Shakespeare al revés: "Hay que decirlo muy bien para que el público lo disfrute", sin agregados ni interpretaciones del original. "Está lleno de palabras hermosas y uno tiene que aprender a hablar bien para decir a Juceca".

Esmoris fue el único del equipo que conoció a Juceca. Se contactó con él para que escribiera para Los Menecuchos, un grupo de humoristas integrado por los alumnos del teatro El Galpón. Viajó a Buenos Aires y trabajaron la idea a la distancia. Se armó un sainete, una historia de guapos, con personajes, y durante dos años ganó mejor humorada del Carnaval, aunque desde esas filas atribuían que no era humor.

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Pensar en la BCG sin el "Flaco" Esmoris es imposible. Es su sello personal y Néstor Guzzini intuye que la convirtió en el vehículo para ejercer su gran vocación: la creación y dirección de espectáculos, que a veces elige hacerlos en modo unipersonal.

Le contó a Toja que tenía ganas de sacar una murga en pleno viaje. Hablaba de esa posibilidad pero el germen de la BCG ya se había gestado en un festival organizado por Aebu. El grupo Ciudad Vieja quiso armar algo con esa gente rechazada de las murgas por no tener condiciones vocales. Eran la anti murga de verdad: ensayaban poco y nada, se juntaban en un sótano, no entonaban, las letras eran bizarras, cantaban pésimo y ninguno sabía tocar el redoblante. Eran alrededor de 70 tipos que se tiraban encima del público en una puesta muy visual. Salían por los locales de Aebu a los gritos, "se viene la anti murga, cuidado con la BCG" y el fenómeno creció a tal punto que terminaron cerrando ese festival.

Esmoris siempre dice que él no inventó nada, que conjugó su formación teatral, los personajes de la picaresca española con los recuerdos que guardaba de ver Carnaval en el Club Atlético Goes allá por el '72. Disfrutaba ese recorrido que hacían las murgas por el estadio, "se metían entre la gente y arriba eran un zafarrancho, no se les entendía nada". Uno de los rasgos más típicos de la anti murga fue el contacto con la platea. La consigna era ir a lo inesperado. Guzzini se especializaba en pelados y a Esmoris le habían asignado sacar a bailar a las veteranas.

La BCG acercó jóvenes y niños a los tablados. Los textos no eran simples, tenían resolución absurda "había que meterle oreja" pero él intuye que despertaron en los más chicos algo similar a lo que le provocaron a él las murgas de la vieja guardia, esas que tenían más disfraz que vestuario.

Cuando la idea de sacar la murga empezó a sonar con más fuerza, Esmoris fue a la Biblioteca Nacional para sacar ideas de las imágenes que había en los diarios de 1920, 1930, cuando no existía el concurso como tal. Algunos títulos murgueros le quedaron grabados: Nos obligan a salir, Amantes al engrudo, Adoquines españoles.

—¿Construiste un personaje para la BCG?

—En esas fotos viejas de la Biblioteca Nacional vi un director y era algo parecido a lo que después hice: una cosa medio espigada, con harapos, en una posición como si fuera Federico García Vigil y los demás mirándolo. Para mí tiene que ser esto, dije. La figura del director de murga es emblemática, es la referencia, está impecable y acá era todo lo contrario: el desagradable, el sucio, saludaba a la gente y les decía, enfermos, no los banco más.

Nunca dejó de ser un actor arriba del escenario pero la experiencia en Carnaval lo ayudó a valorar mucho más el teatro y a respetar a la gente. Aprendió que no hay dos públicos, y vio en la práctica que ética y estética van de la mano. "La gente podrá ser muy inteligente, muy intelectual pero todo el mundo tiene sensibilidad. Ahora se descubrió la inteligencia emocional en los libros pero yo la tuve durante años ahí en frente siete u ocho veces por noche en los tablados".

Las letras de la BCG nunca nombraron la palabra pueblo porque preferían serlo a decirlo. Por eso se le revolvían las tripas cuando se cruzaba con ciertos conjuntos que "se comían a los nenes crudos, hablaban del pueblo pero en los tablados de barrios no llevaban a las figuras, cantaban dos canciones y ni te digo ponerse los trajes".

Ellos llegaron a hacer más de diez tablados por noche y administraban energía y locura para poder rendir igual en todos los escenarios. Esmoris había adoptado un par de costumbres especiales. No existía el mensaje de texto, ni el correo electrónico (whatsapp no usa ni siquiera hoy) así que grababa un mensaje en el contestador automático de su teléfono de línea para comunicar cuáles eran los tablados de la murga cada noche. Los muchachos llamaban a su casa, Esmoris no atendía y se enteraban gracias a la cinta. En la bañadera les hablaba con megáfono para llegar a todos.

***

Las murgas que Esmoris vio en su niñez no se vestían, se disfrazaban y esa fue una marca de la BCG. Los trajes de los componente eran todos distintos y cada uno se armaba su disfraz. En general reciclaban. "Esto es lo que hay, andá para tu casa a ver qué le encontrás". Y hubo de todo. Un año uno andaba con el rosario de su comunión. Otros traían camisetas que habían sido de familiares y las pintaban. "No se veía pero cada uno lo sentía".

Cada febrero se comentaba lo mal vestidos que estaban pero increíblemente hubo dos trajes de la BCG que se expusieron en una bienal de San Pablo. Los habían trabajado junto a la artista plástica Nelbia Romero y fue ella quien los llevó. Eran sobretodos negros comunes y corrientes, pero encima estaban cargados de apliques. Cada uno ponía lo que se le antojaba. No había criterio. Esmoris se colgó unos camafeos con la foto de sus abuelos, unos pañuelos y un visor de plástico que adentro tenía una foto suya vestido con el equipo de Nacional. En los tablados se corrió la bola y ese año se transformaron en "una especie de museo andante".

Esmoris mantuvo esa costumbre. Cuando interpretaba el candidato a presidente entraba en personaje solo con el traje puesto, las veces que hizo radioteatros en El Espectador y la X FM también llevó pelucas y accesorios para caracterizarse, aunque la audiencia no se enterara. Para Nadie entiende nada se confeccionó su propio vestuario y cuando aparecieron los responsables del arte resultó que no estaba tan lejos de lo que él había imaginado.

—¿Qué pasó cuando te pusiste el traje de Artigas?

—En algún rodaje me acuerdo que terminé arrancándome el traje. Yo de la vida de Artigas, su pensamiento, su legado no creo conocer más que nadie, pero lo que sí sé porque lo sentí fue el dolor y el sufrimiento de ese tipo. Le decía a César Charlone (director de La Redota), no puedo seguir, me duelen los huesos, este es el dolor del tipo, no puedo más, no sé qué hacer. Y cuando cortábamos trataba de ser irreverente, salía bailando candombe vestido de Artigas, era la forma de escapar de esa fuerte historia.

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