JACK DOORMAN

La historia de un músico eléctrico

En su casa no podían con el rebelde Jack Doorman. Lo expulsaron del Liceo Francés con 15 años y su madre lo mandó a un kibutz, de donde también lo echaron.Terminó viviendo en Estados Unidos con una tía y yendo a un colegio católico donde lo obligaban a rezar el Padre Nuestro. París le cambió la cabeza. Conectó con el arte, The Cure, U2 y se enamoró de ese estilo. Empezó a tocar en los metros y a pasar la gorra. Aquí la historia del ganador del Graffiti a Mejor Álbum de Música Electrónica.

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Jack Doorman cuida su estética desde que tiene uso de razón

Llegó al Auditorio Adela Reta con una corazonada. Jack Doorman estuvo nominado a los Premios Graffiti desde 2009 pero nunca había ganado.

La tarde del lunes 12 de setiembre la pasó nervioso. Pensó un discurso en su casa porque no quería olvidarse de los agradecimientos. Subió al escenario a levantar la estatuilla por Wet (Mejor Álbum de Música Electrónica) y lo hizo con un papel en mano. Tras los saludos múltiples, usó una "historieta" para meterse en la polémica de Uber. Su discurso resultó uno de los más originales de la ceremonia y se ganó el aplauso de todo Auditorio.

"Cuando era chico y todavía había dictadura me llevaron en cana por fumar unos fasos y me trataron re mal. Hoy leí que un tipo incitaba a hacer denuncias. Yo vine en Uber y me voy a volver en Uber".

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El día después de ganar su primer Graffiti, Jack Doorman dice que estaba engranado con la noticia y le divirtió comentarla. Es que tiene la costumbre de expresar algo que descoloque, aunque sin faltar el respeto.

—Sos bastante transgresor, ¿no?

—Siempre fui un poco así. Con 18 años, en los 80, andaba con los labios pintados de negro. A los 16 años ya estaba viviendo en Europa y crecí con la explosión del new age, el punk, y cada vez que venía a visitar a mi familia a Uruguay era un bicho raro.

—¿Por que te fuiste tan chico a vivir solo al exterior?

—Tenía problemas de conducta en el liceo y me mandaron a estudiar al exterior. Iba al liceo Francés y me expulsaron. Tenía una profesora divina pero yo le hacía bullying. Una vez ella estaba escribiendo en el pizarrón, me subí a un pupitre y me bajé los pantalones en plena clase. La mina se dio vuelta, me vio y me echaron a mitad de año.

Mi vieja estaba de viaje y yo nunca le dije nada porque con mi hermana mayor tiramos el papel de la expulsión por el wáter. Cuando volvió seguí yendo de uniforme al liceo pero me quedaba en el bar de la esquina de 18 de Julio y Gaboto (Las Palmas). A mi madre se lo dije medio cerca de mi cumpleaños para que no me gritara tanto.

De París al Musto.

Doorman tenía 15 años y pasó por dos kibutz distintos en Israel. Lo echaron de ambos. Entonces se fue a vivir con una tía a Estados Unidos y lo anotaron en un colegio católico. Rezaba a diario el Padre Nuestro antes de entrar a clase. Cuando llegó a París su vida mutó. Empezó a tocar temas de The Cure y U2 en los metros y pasaba la gorra.

"Se me despertó la veta artística. Sabía tocar la guitarra porque mi madre me mandaba a clase pero me enseñaban Zamba de mi esperanza, pero estando en Europa me colgué con la música new age y fui haciendo la transición hacia el mundo electrónico" , asegura.

En un par de retornos a Uruguay hubo una de cal y otra de arena. En el 1984 vino de visita por un mes y la Brigada de Narcóticos se llevó a Doorman y a un grupo de amigos detenidos por fumar marihuana. Pasaron 48 horas incomunicados y con mucho miedo: "Te pegaban, querían que hables. Alcanzaba con que convidaras a alguien con un porro para que te metieran en cana".

Doorman y sus cuatro amigos pasaron una semana en el desparecido hospital Musto y vivieron situaciones tragicómicas. "Cuando llegamos nos mandaron al comedor de las mujeres y me acuerdo que se me acercó una chica y empezó a quitarse la ropa. Ahí me asusté".

Esos siete días durmieron en un cuarto con diez internos más y el músico dice que la peor vivencia fue un robo. "Salimos a caminar y cuando volvimos había unos locos afanándonos las galletitas que nos mandaba nuestra familia".

Apenas salió, la psiquiatra le ordenó que se presentara una vez por semana. Tenía prohibido salir del país durante un año, pero Doorman no hizo caso y, rebelde como siempre, sacó pasaje a Amsterdam para seguir disfrutando de la libertad loca.

Su paso por Uruguay en 1986 fue fugaz pero intenso. Armó un grupo que se llamó Zona Prohibida y logró su primer contrato discográfico. Era una onda new age, había bajo, guitarra, batería y tres teclados. Eso les permitió crear electrónica en tiempos donde no existía la computadora para hacer magia.

—¿Cuándo y por qué te instalaste definitivamente en Uruguay?

—En el 96. Después de que grabamos el disco me fui a vivir a Los Ángeles. Tenía un grupo que se llamaba Deepsix. Éramos una banda bastante de avanzada para esos tiempos. Estaba la onda Guns and Roses y yo venía con una cabeza mucho más londinense. Consumí heroína más de diez años. De hecho, volví a Uruguay para parar con la adicción.

—¿Pudiste salir?

—Por suerte sí, me ayudó mi familia y además acá no había heroína. Deepsix funcionaba como grupo pero todos teníamos problemas de adicción. Los productores me mandaron más de una vez a Miami y Jamaica para que intentara limpiarme pero volvía y recaía.

—En el último video clip que grabaste aparecen pastillas, por ejemplo...

—Hace muchísimos años que no consumo pastillas. Los clips los hago con mi productor y socio, Miguel Campal, y no encargamos de todo: la música, la letra, los videos. Esas imágenes nos resultaron divertidas y es una realidad que existe. Pero de lo único que yo hago apología es de comer sano y estudiar. Básicamente consumo un poco de alcohol pero sin exagerar.

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—¿Cómo es tu dieta?

—Pescados, ensaladas, muchas frutas y jugos. No como fritos, de repente algún asado una vez al mes. Llevo una dieta sana que me hace bien a la cabeza y al físico.

—¿Nunca te has tentado con alguna sustancia en las fiestas de electrónica?

—Para nada. Me pueden hacer líneas de cocaína enfrente y de hecho les digo que me molesta aguantarles la cabeza. Amo mucho la claridad, levantarme sano y lúcido. A mí me cambió la vida seguir con la música pero lo que más agradezco es que mi familia me haya hecho la cabeza para que estudiara.

—¿Qué estudiaste?

—Comunicación, animación y audiovisual. Más allá de desintoxicarme, cuando me vine a Uruguay traje mi estudio de grabación. Se llamaba La Cárcel, fue muy conocido, ahí se grabó el primer disco de la Vela Puerca, por ejemplo. Casi no tengo experiencias de trabajar para otros, me armé mi propia empresa.

—¿Siempre te interesaste por cuidar el look y la estética?

—De chico me acuerdo que sufría porque me obligaban a cortarme el pelo en el liceo. Cuando me fui a vivir al exterior podía dejarme el pelo largo y empecé a disfrutarlo. Enseguida me encajé como tres caravanas. Tengo varios tatuajes en los brazos y el primero me lo hice 25 años atrás.

—Te gusta provocar, ¿esa rebeldía la podes aplicar en la música?

—Sí, y lo hago. Como soy independiente, filmo los videos para presentar las canciones y me termino divirtiendo, pero los hago de manera salvaje, para que funcionen. Si voy a algún lugar, grabo, me armo un banco de imágenes y en vez de subir el tema a un soundcloud, lo muestro con imágenes.

—Te gusta conseguir una emoción salvaje en la pista, ¿no?

—Eso lo tiene que hacer la música y cada vez más trato de acercarme a eso. Antes capaz que era un poquito más rebelde en lo musical, pero cambié. No sé si será la edad.

—¿Crees que es posible la poesía en la electrónica?

—Yo tengo una manera de componer. Lo primero que hago es la música. Para crear la letra me tengo que sentar solo toda la noche: de repente me sirvo un whisky y empiezo a tirar cosas en un idioma inexistente, una especie de balbuceo en inglés, pero busco que sea pegadizo y seductor. Una vez que encuentro eso, quedo esclavo de hacer la letra en relación a ese balbuceo inicial. No me preguntes cómo pero siempre caigo bien parado. La letra, la música y la melodía terminan siendo seductoras y medio atrevidas.

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