Entrevista

Gabriela Lopetegui: la actriz de las mil voces

De reina de los bajitos en la televisión local a profesional del doblaje en Hollywood.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Gabriela Lopetegui

En el cuerpo de Gabriela Lopetegui entran más de cien voces. La hemos escuchado sin saberlo en decenas de publicidades, series de televisión, documentales y películas.Nos engañó con su color de piel, edad, sexo y sentimientos. La misma actriz que marcó a una generación cantándole que la locomotora llega a la estación, se zafó de la nostalgia aprendiendo a hablar en ese español sin identidad que se hace llamar “neutro” o “panamericano”. Durante 25 años fue doblajista y dirigió doblajes en Los Ángeles. Y un día volvió, para enseñarle a otros lo bello que es poder hablar como a uno se le antoje.

—¿Es cierto que tu primera vocación fue de bailarina?

—Sí, durante años fui bailarina clásica, pero nunca pude entrar al Sodre porque pesaba 43 kilos: demasiado para el ballet. Integraba la compañía de Eduardo Ramírez (que era director del BNS). Era la más gorda y se burlaban de mí por eso.

—¿Qué puesto te asignaban?

—Siempre era la amiga de la protagonista.

—¿Cómo pasaste de esos escenarios a los tablados de Carnaval?

—Conocí a Carlos Viana, que manejaba el Café Concierto, y me propuso coreografiar obras infantiles. ¿Sabés qué me gustó? Que los actores no hacían dietas. Y terminé ingresando al elenco y actuando en vaudevilles. Ahí me vio el dueño de parodistas Los Klapers: estaba buscando coreógrafo y yo pasé caminando por delante y le dijeron "esta puede hacerlo".

—¿Y a Horacio Rubino?

—Era parte del elenco. Canal 4 le había propuesto hacer un programa infantil, pero necesitaba una mujer para el dúo. Mi vida fue una cadena de contactos, porque como dicen en Hollywood, "no importa quien sos, sino a quien conocés".

—¿Cómo era recibida una mujer en el Carnaval de los 80?

—Desde el público me gritaban "sucia", "andá a lavar los platos" o "a la cocina que ese es tu lugar". Sobre todo las mujeres.

—¿Tus colegas qué opinaban?

—Mis amigas actrices me decían, "yo no lo haría si fuera vos". Pero al año siguiente muere "Buby" Benítez y formamos el grupo de humoristas Los Bubys en honor a él y ya éramos cinco mujeres en el grupo. En 12 meses cambió totalmente el panorama.

—Luego llegó la televisión, ¿sentías que Horacio y Gabriela era un éxito?

—Los ratings eran impresionantes, pero yo no lo sabía. Me acuerdo del día que tomé consciencia del éxito, cuando salimos a grabar un programa en el zoológico y había una cantidad impresionante de niños, al punto de que me tuvieron que sacar porque se te venían encima, ¡a Horacio le arrancaron las mangas de la camisa!

—¿Por qué en medio de ese éxito decidiste irte a Los Ángeles?

—El programa había premiado a un grupo de adolescentes para pasar las vacaciones de Julio en Disney con Horario y Gabriela, y me encantó. Yo tenía un hermano viviendo en Los Ángeles, lo visité y conocí los teatros de Comedy Club y las compañías de improvisación y empecé a querer hacer eso. También influyó que en 1991 Xuxa entró en Canal 12 y yo pensé que iban a invertir más en nosotros para competir, pero lo que hicieron fue recortarnos e importar un programa argentino. Y bueno, así son las cosas todavía en Uruguay.

—¿Habías pensado antes en dedicarte a hacer doblajes?

—Nunca se me había pasado por la mente. Ni siquiera sabía hablar inglés. Pero mi padre me contaba que desde los tres años me daba cuenta viendo dibujitos que a veces no coincidían las palabras que decía el personaje y el movimiento de sus labios.

—¿Qué te imaginabas que te iba a pasar en Hollywood?

—Que mi dificultad iba a ser que son miles y que a vos nadie te conoce. Para eso estaba preparada, pero no me esperaba que directamente no me dieran la opción porque soy "muy blanca para ser latina".

—¿Y cómo te manejaste?

—Mi hermano me recomendó presentarme con un uruguayo que dirigía a actores en un estudio de doblaje, y me fui a probar. En esa época no existía el español neutro: tuve que aprender a hablar en mexicano, primero. El doblaje para mí fue una avenida para hacer algo relativamente artístico, aunque tenía el problema del "yeyeo" y el cantito uruguayo.

—¿Cuál era el entrenamiento?

—Leía el diario pronunciando todas las "eses" y suavizando las "yes", y tenía que terminar la acentuación para abajo. Los textos de los diarios estaban todos marcados con flechas dibujadas. Allá no hay escuelas para aprender a doblar, pero hay una gran industria, había un mínimo de cuatro estudios que se dedican a eso cuando llegué. Entonces los primeros meses me sentaba y observaba cómo hacían los otros, y de a poco me daban líneas, por ejemplo decir: "la cena está pronta".

—¿Tu primer personaje?

—Fue en la película A league of their own, con Madonna, Tom Hanks y Geena Davis. Era una chica que no sabía leer y titubeaba...¡así que ni siquiera hablé!

—Trabajaste para Amas de casas desesperadas, Lost, Greys anatomy, CSI: Miami, ¿qué es lo que retenés del actor para ponerle voz?

—Trato de imitar el tono de su voz, lo que pasa es que cuando te dan un protagónico es porque sos capaz de actuarlo. No tenemos tiempo de estudiar el guión, lo que hacés es agarrarle el ritmo a medida que vas grabando.

—¿Qué tipo de actores son complejos?

—Aquellos que hablan entrecortado, como dudando antes de lanzar el parlamento, tipo Teri Hatcher o Woody Allen. Es difícil porque tenés que rellenar todo lo que hay entre las palabras. Un bien actor de doblaje tiene que poder dominar todas las emociones que usan los actores en la ficción.

—¿Qué aptitud se necesita para ser doblajista?

—En esto importan tus dotes histriónicos, pero también que suene neutro y hay que ser sincronizado con el equipo: es difícil no sonar como una computadora y tener ritmo al mismo tiempo, porque más que el timbre de voz el secreto está en el ritmo.

—Haber trabajado tanto con la voz, ¿cómo te ayuda a actuar?

—Me ayuda sobre todo en improvisación, cuando tenés que crear continuamente personajes. En mis tiempos de más trabajo en doblaje me decían que actuaba mejor en comedia.

—¿Por qué usaste seudónimos?

—Porque nadie podía pronunciar Lopetegui. El apellido de mi marido era De Marco y Gabriela De Marco quedaba bárbaro. Después de que me divorcié empecé a usar mi segundo nombre: Gabriela del Carmen. Y cuando volví a Uruguay retomé mi nombre original.

—¿Cómo te cuidás la voz?

—Duermo por lo menos ocho horas. Me abrigo. No grito porque sí. Tomo agua durante el día porque si no estás hidratado la boca hace muchísimos ruidos. Se usa mucho comer manzana verde antes de empezar a grabar. Me acuerdo cuando Obama ganó las primeras elecciones, había fiestas en cada estado y yo quise ir a una en Los Ángeles. El lugar estaba lleno y esperé al aire libre dos horas en una noche gélida. No hablé para cuidarme, pero al día siguiente no tenía voz.

—¿Te trajo problemas?

—Perdí a ese cliente.

—Desde hace 20 años sos budista, ¿cómo influye en tu rendimiento?

—La práctica de recitar mantras me centró la voz. Me escucho en la época de Horacio y Gabriela y mi voz era aguda y altísima. El budismo es un antidepresivo, hasta la intuición se me abre cuando practico. Me pone en ritmo con el universo y con el personaje que tengo que doblar. Y además me ayuda a lidiar con las inseguridades clásicas del actor cuando sale a un escenario.

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