Experta en efectos especiales

Como si fuera cierto

Kika Rodríguez estudió maquillaje y efectos especiales prácticos en la escuela del maestro norteamericano Tom Savini. Volvió a Uruguay para aplicar sus conocimientos en el rodaje de la película Fiesta Nibiru, de Manuel Facal. Es que la sangre falsa, las tripas y las cabezas explosivas, están de regreso.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Kika Rodríguez

Kika Rodríguez tiene 26 años y puede crear monstruos. En su habitación, cada vez que se despierta, la observa una cabeza de velociraptor que ella misma construyó. Se dedica al maquillaje y a los efectos especiales prácticos, un trabajo de meses que se reduce a pocos segundos de impacto en el espectador.

Para Kika, las imágenes de algunas pesadillas son emocionantes, tanto que eligió reproducirlas. Asistió a una clase especializada en la creación de "ojos y dientes". Fabricó una cabeza reducida: esa práctica de los indios shuar para mantener atrapada el alma de sus enemigos y así salvarse del asedio de su espíritu y de una venganza. Sabe simular una cicatriz, una mordida de tiburón y una infección en cualquier parte del cuerpo. Transformó la piel sana de una amiga en la de la víctima de un brutal incendio; era la consigna de un examen sorpresa a pocas semanas de empezar las clases de maquillaje y efectos especiales prácticos en la escuela de Tom Savini, su dios y su héroe.

Savini, el mayor colaborador de George A. Romero, es el único caso de una estrella que reagrupa la condición de actor, doble de riesgo, maquillador, creador de efectos, director de cine y fundador de una escuela especializada en transmitir los trucos de las películas sangrientas que prescinden de las computadoras para impresionar al público.

Hace un año se graduó de "Saviniland", como llaman sus alumnos a la carrera que ideó con una duración de 16 meses. Las clases se dictan en un edificio de cuatro pisos distribuidos en talleres y salas de maquillaje donde distintas generaciones, que se renuevan cada cuatro meses y varían de 20 a 90 alumnos, pasan el día moldeando y esculpiendo arcillas, siliconas y gelatinas.

Cabeza reducida.
Cabeza reducida.

La escuela está ubicada en Monessen, una de las ciudades más pobres del estado de Pensilvania en Estados Unidos; un pueblo minero que se vino abajo. Según un censo realizado hace 15 años, tenía unos 8.000 habitantes de los cuales el 15% sobrevivía bajo la línea de pobreza. "Está abandonado. Las casas están tapiadas y destruidas. Tirás uno de nuestros monstruos para arriba y caiga donde caiga ya tenés hecho el set para una película de miedo", describe. El morbo que produce moverse cotidianamente en ese paisaje no podría ser más estimulante para estos jóvenes que eligieron pasar su tiempo simulando heridas, explotando cabezas y sacando tripas de su lugar. Kika prefiere las prótesis: darle forma a los asesinos y depredadores que asustan a los niños.

"Hay algo de dar vida a un nuevo ser al aplicar una prótesis, al deformar la figura humana original, que a mí me divierte mucho". Cuando era chica y miraba Freddy Krueger no le tenía miedo al personaje: se concentraba en pensar cómo habrían construido su disfraz. Una pesadilla en la calle Elm (Wes Craven, 1984) integra su lista de películas favoritas. También están Visitor Q y Audition de Takashi Miike, Funny Games de Michael Haneke, Reservoir dogs de Quentin Tarantino, Battle Royale de Kinji Fukasaku, Braindead de Peter Jackson, La máscara del diablo de Mario Bava y Beetlejuice de Tim Burton. El primer puesto, sin embargo, es para Kika de Pedro Almodóvar: un descanso entre monstruos y sangre.

Sustos a mano.

"Hay un retorno a los efectos prácticos en las películas de terror. Yo creo que es porque se descubrió que lo digital solo puede llegar hasta cierto nivel de realismo, muchas veces inferior al de los efectos que se hacen en el set." Lo ideal, opina, sería una combinación de ambos, como utiliza la serie de zombies The walking dead.

Hace un par de meses Kika estaba en Montevideo dirigiendo los efectos de Fiesta Nibiru, la cuarta película de Manuel Facal. Viajó desde Los Ángeles -donde está instalada ahora- con dos maletas de 30 kilos cada una repletas de materiales. Armó un equipo de trabajo con otras dos colegas y dividió las horas del día entre asistir los trucos en el rodaje y prepararlos en un estudio improvisado. Trabajó en un cuarto de 7 metros por 2 en el fondo de la casa de sus padres. "Muchas veces para lograr el efecto que vos ves en la pantalla en un primer plano de la cara, somos cuatro personas escondidas cerca del actor, soplando por un tubo o moviendo una piola para producir que algo pase en su rostro..."

Simulación de quemaduras.
Simulación de quemaduras.

Siempre existe una versión barata para hacer un truco. En Fiesta Nibiru se gastó 2.500 dólares en este rubro. La diferencia, explica Kika, está en los materiales. "La única razón por la que viviría por siempre donde estoy ahora, es porque hay decenas de tiendas que venden materiales para maquillar y construir prótesis con todas las variedades que te puedas imaginar". En Los Ángeles los efectos artesanales volvieron a estar de moda. Además de su popularidad aplicada a producciones de televisión y cine, artistas como Lady Gaga solicitan el servicio de la escuela para preparar sus shows. Muchos compañeros de Kika consiguieron trabajo maquillando a actores que aterrorizan a los clientes de las casas encantadas, unos siniestros paseos de tres minutos que son furor en esta ciudad. Otros apuestan por la fama rápida y se postulan para participar en el show de cable Face off, un reality que busca demostrar que la imitación de los peores crímenes puede ser un arte bello. Desde su primer episodio en 2011, la escuela de Tom Savini aumentó su número de matriculados.

Ahora los trucos "se sacan de taquito", pero Savini empezó a los 12 años usando su propio cuerpo para experimentar, igual que Kika. En El amanecer de los muertos (1978) hizo estallar la cabeza de un zombi usando una prótesis de yeso cubierta de látex que contenía 13 preservativos dentro llenos de sangre artificial. Picó cereales y manzanas para simular la masa cerebral.

Asqueroso.

Para crear una falsa herida, primero hay que aplicar látex sobre la piel. Se agrega papel higiénico moldeándolo según el efecto que se busca y se sella con el mismo material. Si se quiere lograr el aspecto de la carne removida, hay que agregar cereal molido y volver a sellar. Luego se maquilla: se aplica una base del color de la piel y se decora con un trozo de lápiz labial rojo diluido en alcohol. El que mire fijo el mejunje no podrá evitar asquearse.

El gore, ese cine de violencia extrema con efectos que buscan causar una complicidad con el público mediante el desagrado, es un terreno fértil para artistas como Kika. "El resultado depende mucho del ángulo de cámara que uses. Si lo vas a mostrar en un plano abierto me voy a querer morir porque no voy a tener dónde esconderme para hacer el efecto, pero la verdad es que es bastante fácil de hacer porque la sangre tapa todo", dice. Más complicado es realizar animatronics, es decir los muñecos o títeres que se manejan mediante robótica. Savini no aprueba los efectos por computadora: la cabeza de velociraptor como la que decora el cuarto de Kika, es de lo más avanzado que se enseña en esta escuela. "Es como en Jurassic Park, la cabeza de los dinosaurios son robots y se coloca sobre un traje que viste un humano". En 1993 la película de Steven Spielberg marcó un punto de inflexión en los efectos. Fue el acelerador para disparar los trucos generados por computadora.

Cabeza de velociraptor.
Cabeza de velociraptor.

La tarea que la tiene ocupada por estos días es la construcción de un alien que utilizará en un corto que también va a dirigir. Es la tesis para finalizar sus estudios en la New York Film Academy. Ese monstruo de goma quedará guardado junto a una elogiada réplica de Yoda y a un molde de Frankenstein que armó siendo estudiante. Dentro de algunos años es probable que al tocarlos sienta lo mismo que cuando le dejaron sostener por unos segundos la prótesis del vampiro Spike de Buffy o uno de los gatos de Los ojos del diablo de Darío Argento. "Cuando yo hago esto siento que tengo 8 años y estoy rodeada de mis personajes preferidos. Es cierto que también es duro cuando los entregás a los directores: es como ver desde una ventana cómo un hijo se va y vos lo saludás con la mano".

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