OTRA VIDA DESPUÉS DE ACTUAR

Florencia Zabaleta debutó en cine dirigida por Roberto Suárez

Apenas aprendió a hablar dijo que quería ser actriz de cine, teatro y televisión. La joven actriz de la Comedia Nacional y egresada de la EMAD cumplió el sueño de verse en la pantalla grande con Ojos de madera, que se exhibe en Life Cinema 21 a las 22:30 horas. 

En el rodaje de este filme que comenzó a filmarse en 2010.
En el rodaje de este filme que comenzó a filmarse en 2010. Foto: Tali Kimelman. 

—Hay una foto tuya disfrazada bailando danza tirolesa y feliz porque tu madre te había pintado los labios con cuatro años, ¿eras la niña que jugaba a transformarse?

—Todo el tiempo. Siempre jugaba a estar en otros roles. Si me pedían algo yo ya me sentía que era la empleada doméstica y lo hacía actuando ser eso. En todas las fotos de los cumpleaños aparezco con unos vestidos rarísimos. Revisaba los roperos y lo más extraño que encontraba me lo ponía.

—¿Qué otras pistas dabas en tu casa para que se dieran cuenta de que querías ser artista?

—Cuando me rezongaban, me iba para el cuarto, me paraba arriba del sillón, me miraba al espejo, y lloraba imaginándome otra historia: que tenía un hijo que se había muerto, por ejemplo. Con 12 años me inventaba tragedias y ese llanto lo usaba para cosas más interesantes que el rezongo de mis padres. Esa anécdota se la escuché a China Zorrilla en un espectáculo: dijo que hacía eso mismo. De alguna manera es como elevar la cotidianidad. Darle poesía a lo sencillo.

—Has contado que tenés una actividad onírica productiva que te ha servido para resolver problemas y complicaciones estando dormida, ¿con qué soñabas de niña?

—Siempre sueño que vuelo. Todavía me pasa, aunque de adulta cada vez me sucede menos. Es una sensación única. Solo la he vivido y experimentado en sueños. Tengo una rutina para hacerlo: carreteo en una calle y levanto vuelo como un avión. En un momento aparece la sensación de que el cuerpo se despega del piso y es como si no existiera la gravedad. Se me han aparecido pistas en sueños sobre procesos de trabajos actorales que están bloqueados y se destraban.

—¿En qué momento se despertó tu inquietud artística y cómo lo transmitiste en tu casa?

—Mi padre cuenta que desde que aprendí a hablar decía que quería ser actriz de cine, teatro y televisión. De grande descubrí que mi abuela paterna había sido actriz en su época de soltera. Cuando lo planteé en mi casa fue un tema, sobre todo para mi padre. Yo vivía bastante lejos del centro de Maldonado y era una complicación llevarme luego del horario escolar. Después encontré un taller los sábados de tarde y empecé a ir. En casa no me daban mucha bolilla. Cuando me vine a Montevideo decidí que iba a hacer la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD) y no paré.

—¿Te acordás de ese primer día en el Teatro La Mancha de Maldonado?

—Me acuerdo perfecto. Tenía 11 años. Nos hicieron hacer un ejercicio de estados. Entrábamos de a uno al escenario y teníamos que hacer una única acción. Era un salón muy lindo con unos ventanales y yo me acerqué y miré por la ventana. Nada más. Me acuerdo perfecto esa sensación de estar representando. No era jugar a ser otro pero sí algo distinto a lo que había sentido hasta ese momento. Hubo un click.

—¿Qué sentiste?

—Felicidad. Como que se abría la puerta a un camino que yo tenía que empezar a recorrer.

—¿Ibas decidida a hacer de la actuación tu profesión?

—No, sabía que quería hacer teatro, pero no sabía que eso podía significar una profesión. Cuando me vine a Montevideo estudié un año abogacía por mandato familiar. No tenía clara consciencia de que se podía vivir del arte. La EMAD para mí fue un antes y un después. Me acuerdo perfecto de ir en el ómnibus hacia Maldonado después de las primeras clases y ya sentir que mi cuerpo estaba diferente, incluso en la forma en que me sentaba. Era otra postura. Empecé a ver obras de la Comedia Nacional y se me abrió un mundo.

—¿Te costó la mudanza de Maldonado a Montevideo?

—Sí, un horror. Me vine con 17 años y el primer año volvía todos los fines de semana a Maldonado. Es más, no llegaba al viernes, viajaba los jueves. Recuerdo ir a la Plaza de los Bomberos y llorar porque quería volver. Era plena crisis, año 2001, y mi padre se había ido a España a probar suerte, entonces era una tragedia familiar porque estábamos todos separados, y yo sufrí mucho. No me gustaba la ciudad, extrañaba. Pero cuando empecé la EMAD eso cambió. Disfrutaba quedarme los fines de semana en Montevideo para ver teatro, ir a cumpleaños de compañeros. Era un ambiente que me gustaba.

—En 2008 ingresaste a la Comedia Nacional, ¿dónde estabas cuando te enteraste?, ¿cómo fue?

—Estaba en la casa de quien era mi pareja en ese entonces y nos enteramos por la página de la Intendencia que publicaba los resultados. Tengo recuerdos del proceso, del concurso, pero de ese momento exacto en que me enteré no. Fue una sorpresa muy grande. Yo me presenté al concurso porque era una posibilidad de trabajo importante en una institución que para todos es un privilegio integrar pero no tenía la sensación de que pudiera entrar.

—¿Era un sueño en tu vida?

—No lo veía como mi meta. Estaba trabajando con Roberto Suárez en La estrategia del comediante, una especie de posgrado que hicimos en la EMAD, y estábamos súper metidos en eso. Como todos se presentaron, yo también, y después de la primera etapa vi que tenía posibilidades de quedar, pero entré muy inconsciente de lo que podía significar en mi vida esa continuidad en el trabajo, estar todo el tiempo con proyectos y la posibilidad de trabajar con tantos directores diferentes.

—Y la posibilidad de hacer del teatro tu medio de vida…

—Tampoco era muy consciente de eso porque hacía publicidad, era notera en Baby Deportivo (VTV) y tenía un programa de tecnología en Canal 10 que se llamaba América Data, y con eso ya podía vivir.

—Te tocó hacer una cantidad de personajes, entre ellos, una lagartija en Paisaje Marítimo. Vos has dicho que te encanta que el director te deslumbre, ¿cómo lo hizo Mario Ferreira en esa ocasión?

—El desafío de esa obra era cómo resolver físicamente la lagartija. Mario dijo que había visto algunas versiones y que las lagartijas no eran tales, sino una especie de monos y que él quería que fueran lagartijas. Ya sabíamos que íbamos a estar en cuatro patas, el pecho contra el piso, y reptando. El proceso salió gracias a Carolina Silveyra. Fue como un entrenamiento del Cirque du Soleil por la exigencia que implicó. Resultó muy interesante porque fue la única vez donde no pude resolver el personaje desde lo intelectual. Era solo físico. Fue un proceso distinto a los demás.

—¿Hubo algún director que lograra transmitirte tal enamoramiento como para que un personaje que no te convencía llegara a fascinarte?

—Creo que no. Es difícil que un personaje no me guste. No me ha pasado. Los directores con los que más me enamora trabajar son Roberto Suárez y Levón. Adoro trabajar con ellos por su pasión, su convicción y su disciplina. Más allá del personaje, me enamoran sus proyectos.

—¿Qué pensás apenas bajás del escenario?

—Tengo una sensación física de alivio. El escenario requiere mucha energía, hagas el rol que hagas, sea mayor o menor siempre es muy exigente físicamente. Cuando termino una función es como si el cuerpo se relajara y tengo una sensación de tarea cumplida.

—Participaste de un corto de la Universidad de Montevideo, Lo Inefable, dirigido por María Rama. Ya estabas en la Comedia Nacional en ese entonces, pero ibas a castings para cine, ¿qué te motivaba a probarte en ese medio?

—El lenguaje de cine es totalmente diferente al teatral y es un misterio lindo para cualquier actor resolverlo porque todos estamos formados en teatro. El desafío es cómo volcar en la pantalla grande esas herramientas aprendidas. Me acuerdo que me llamó María Rama, la directora, me contó la idea del corto, fui al casting y cuando volví dije, "ojalá quede para el proyecto" porque me encantó la convicción que tenía, estaba totalmente enamorada de su idea. Había tanto amor puesto en contar esa historia que fue una de las experiencias más lindas que he tenido en cine.

Ojos de madera se filmó en 2010. Con Roberto Suárez, director, ya habías hecho La estrategia del comediante para la EMAD, ¿cómo se hicieron amigos?

—Roberto es un genio, un apasionado por lo que hace. El proceso de La estrategia del comediante fue largo e intenso. Pasó de todo. Conseguimos la casa donde hacer la obra y casi que vivíamos ahí. Nos fuimos de vacaciones juntos, atravesamos cosas buenas y malas en ese proceso que avanzaba, retrocedía, y a veces se estancaba. Nos hicimos amigos por afinidad y por haber vivido todo eso juntos.

—¿Qué pasó cuando te propuso protagonizar Ojos de madera?, ¿con qué te maravilló?

—Le dije, "estás loco". Me parecía que yo no tenía la edad para el personaje de la tía y él me dijo, "confiá en mí". Yo ya sabía la historia, me la había contado varias veces porque él hablaba mucho de la película. Cuando me lo propuso me dio el guión para que lo leyera y pensé, "si no confío en él, ¿en quién voy a confiar?" Ahora, después de ver la película, siento que hubiera hecho cosas muy diferentes pero Roberto sigue confiando en que está bien.

—Roberto Suárez contó que en un momento del proceso odió la película, ¿qué le decías cuando notabas que le pasaba eso?

—Yo le decía que había suficiente material como para que eso se pudiera dar vuelta. Había que parir la película, ya estaba de mantenerla en el útero. Tengo una gran satisfacción de que este proyecto se haya terminado porque Roberto se merecía que esto se pudiera mostrar.

—Hay muy pocos diálogos en la película. Esos personajes ven más de lo que hablan, ¿cómo lo resolviste?

—Con los estados. Siempre tener claro qué le sucede al personaje, más allá de lo que dice o no dice, los dobleces, y contradicciones que puede tener en cada situación. Por ejemplo, en su vínculo con Víctor (Pedro Cruz) está esa ternura que le puede salir frente a este niño huérfano e indefenso, y también lo que le remueve en relación a su maternidad frustrada. Siempre los personajes están en una contradicción y lo trabajé desde la emoción, no desde la palabra.

—¿Llevabas el trabajo a tu casa o quedaba en el rodaje?

—En este caso sí porque pasábamos demasiadas hora en el rodaje. Te ibas a dormir y volvías. Y estaba hasta en los sueños. Filmamos en enero y febrero, y todo ese verano no pude tomar sol porque querían que estuviera bien blanca, así que eso ya condicionó todas mis actividades. Estudiaba la poca letra que tenía, miraba las películas que Roberto me recomendaba y así me iba haciendo la cabeza. Todo giró alrededor de la película ese verano.

—Se toca el tema de la muerte, las pérdidas, la locura, el conflicto de pareja, la maternidad, ¿qué te pegó más?

—Lo que más me pegó fue la percepción trastornada del niño. Ese lugar donde uno a través de un suceso trágico puede percibir el alrededor de una forma que los demás puedan pensar que uno está loco. Creo que nos ha pasado a todos. La locura nos atrae e inquieta. Todos hemos pensado, "¿estamos locos?, ¿nos vamos a volver locos?"

—¿Qué descubriste en el lenguaje cinematográfico que te gustó como para repetir la experiencia?

—Hay algo del primer plano que el teatro no tiene y facilita al actor. Cuando uno hace un trabajo muy interior en el teatro eso se pierde muchas veces si uno no logra transmitirlo a un determinado grado de expresividad. El cine capta todo eso.

—¿Te miraron raro o mal en el ambiente del teatro cuando participaste de la tira Porque te quiero así (Canal 10)?

—No, para nada. O por lo menos nadie me lo hizo saber. Fue una experiencia genial. Nos dirigía el argentino Eduardo Ripari que tiene muchísima experiencia en televisión. Después tuve otra instancia más intensa con él que fue cuando grabamos el capítulo Terribles ojos verdes para el unitario Somos (Canal 10), y ahí él hablaba de la televisión como creadora de identidad. Acá no tenemos el presupuesto ni la cabeza puesta en esa función de la pantalla chica. En ese rodaje trabajamos con el propio Mario Delgado Aparaín, autor de Terribles ojos verdes, que nos contó qué le había motivado a escribir ese cuento. Fue interesante porque era todo un grupo de gente tratando de valorizar estas historias que nos pertenecen. El lenguaje televisivo es una experiencia por la que está bueno que los actores transiten.

—¿Te gustaría volver a hacer ficción en televisión?

—Me encantaría. Tenemos excelentes dramaturgos que podrían escribir buenas historias para televisión. Pienso en Santiago Sanguinetti y Gabriel Calderón, por ejemplo, y creo que podría ser muy interesante.

Carrera artística.

Comenzó a estudiar actuación a los 11 años en el Teatro La Mancha de Maldonado. A los 17 años se mudó a Montevideo, hizo un año de abogacía y dejó para estudiar en la EMAD, de donde egresó en 2005. Tres años después entró por concurso a la Comedia Nacional. Fue dirigida por Saraví, Levón, Coco Rivero, Denevi, Mario Ferreira, Mariana Percovich y otros tantos talentos nacionales. Participó en la ficción Porque te quiero así y en el unitario Somos. Este año debutó en cine.

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