un perfil de marcel keoroglian

La fama es puro cuento

La parte menos conocida de la fama de este actor, cómico e imitador que copa los medios y acaba de estrenar una película. 

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Marcel Keoroglián. Foto: Marcelo Bonjour

Marcel Keoroglian puede ver desde la azotea de su casa el escenario de su vida. Hace 44 años que vive en Sayago y de ahí, dice, nadie lo saca. Ni siquiera la fama. Es viernes, es tarde, está cansado. Entra cargando unas cajas de zapatos que le obsequiaron por canje; posó en unas fotos. Aunque lleva algunos años alejado del cansancio del murguista, el mejor momento de su carrera, con trabajo en radio, televisión, Carnaval y eventos privados, resulta ser agotador.

No usa agenda. Como a los caballos que se les tapa los ojos para que no se asusten de su propia sombra, Marcel podría asustarse de ver la cantidad de actividades que cumple en un solo día. "No quiero que se corte nada, quiero hacer todo y no puedo", explica moviendo la cabeza para ambos lados y con la sonrisa leve de un adulto feliz del cansancio. Diciembre es el peor mes: en las fiestas todos quieren reír. Hace dos años usó 10 noches de diciembre para filmar la película Una noche sin luna, que se estrenó el jueves y lo tiene como uno de sus protagonistas junto a Roberto Suárez y el cantante argentino Daniel Melingo. Las ojeras negras se hicieron más profundas pero hoy Marcel está en todas las pantallas.

Su casa es la más pintoresca de la cuadra. Nunca vivió a más de cinco calles de donde está ahora, junto a su esposa Patricia y sus dos hijas, Catalina (13) y Matilde (4). Con Millán y Raffo como epicentro, a pocos metros está la casa donde creció y vive su madre. Se marchó a los 30 para casarse y su madre soltó un suspiro de preocupación, "pensé que nunca iba a pasar". A pocos metros está Woody Vídeo, que hoy es un bazar. Antes de ser famoso, durante 20 años, Marcel atendía un vídeo club el menor tiempo que le fuera posible. Su memoria es selectiva. No olvidó un cuplé, una canción, las líneas de un show de stand up, pero no recuerda los nombres de la gente que se cruza cada día en sus trabajos. Me pide que anote el mío en un papel. Sin embargo la familia tiene un juego que comparte con extraños: hay que nombrar una película de los 90 -la edad de oro del vhs- y él lanza de un tirón los números de la ficha. También recuerda los números de socios de los vecinos del barrio.

Esta tarde la única con energía es Rima, una perra que te pega sus pelos blancos cada vez que logra su cometido de recostar su cuerpo a tus piernas buscando caricias y palabras humanas que le digan lo buena perra que es. Parece una buena compañía. Rima sigue a su dueño sin desanimarse. Al amo hay que seguirlo sin indicaciones hasta un cuarto con una batería desarmada que perteneció a la banda Opa. Es su mayor orgullo, las fundas conservan los sellos de los países que recorrió la banda de los Fattoruso y Marcel las usa como mesas. Mesas donde nada puede apoyarse. En la misma habitación hay una batería electrónica y varios tambores; se abraza a uno de ellos y empieza a tocar y cantar entrecerrando los ojos. Es una escena típica de un reportaje televisivo.

Ese gesto será la mejor prueba de su timidez. A Marcel Keoroglian le gusta cantar para él desde que era niño, desde que era un niño enamorado de una música y de un ambiente que en su casa era prohibido nombrar. A uno de los cómicos más inteligentes del Carnaval y de los medios le cuesta opinar y hablar de sí mismo, "hablar en serio", entonces primero canta, para entrar en calor. "No soy como se ve. Lo que me queda mejor es sacar el payaso", dice. "Cuando me pongo nervioso no tengo manera de disimular porque transpiro. Lo único que me pone realmente nervioso es el Teatro de Verano".

Por las dudas le pide a Patricia que traiga un ventilador. Se sacude la camisa. Resopla. No puede más.

—Hace unos años estaba enseñando en un colegio del barrio un taller de murga y se contagió varicela -cuenta su hermana Anush, 11 años menor-. Me llamaba por teléfono y me contaba que tenía hasta la cabeza brotada, que se estaba muriendo. Se tiraba en la cama y gritaba, ¡qué me lleve Dios!"

Marcel no tiene calor, se muere de calor. Con él todo es exagerado.

El padre tenía nombre de personaje de Game of Thrones. Krikor Keoroglian llegó al puerto siendo un bebé nacido en Palestina, con una familia armenia que escapaba de la guerra y que, sin saberlo, rearmó su vida en el primer país que reconocería en 1965 el genocidio de su pueblo. Krikor creció en el Cerro, se hizo hincha de Rampla, conoció a su esposa Isabel en Lezica, y se mudó a Sayago. Lustró botas, tuvo dos hijos, armó un supermercado y un vídeo club. Anush y Marcel dicen que nunca fue a un boliche y jamás lo vieron tomar un mate. Fumaba cinco cajas de cigarrillos al día. Isabel dos, y desde los 13 años Marcel tres. Robaba los cigarros del "bar", ese mueble tan anhelado por las familias de la clase media en los años 90. En la casa no estaba permitida la bebida y los estantes se llenaban con cartones marca Nevada y Galaxy 100. Nadie notaba el delito.

Hace un año que no fuma, para contar la historia de cómo dejó el vicio se pone de pie.

—Me dieron una medicación y cuando llegó el momento me alquilé una casa cerca de Piriápolis y me fui solo. Pasé la semana más perra de mi vida. Tirado, tapado hasta la cabeza. La abstinencia más dura que conocí. Según el tratamiento me quedaba fumar el último cigarro y tirar la caja con los sobrantes. Fui hasta el puerto, dejé el auto prendido y empecé a pensar para qué este sufrimiento si igual te vas a morir, el cigarro fue tu amigo siempre, en las buenas y en las malas, hasta que tiré la caja. El viento la trae de nuevo y me la deja al lado del pie, como un perrito manso. Mi cabeza dice, es para vos. Ta, volví a la revancha: la tiré y no fumé más. Igual, si me das a elegir, ¡sabés cómo fumo!

El chiste en el rostro de Marcel Keoroglian está en una mueca discreta en sus labios que se intensifica con una mirada cómplice, un poco culpable y orgullosa del que sabe que divierte. Hacer reír al resto puede ser un karma, pero también un bálsamo para el ánimo. Dice que siendo niño sintió ese don pero que desapareció cerca de los 20, cuando la cabeza se le empezó a llenar de traumas. Después volvió...

—Cuando me conociste a mí, dice su esposa recostada sobre el marco de la puerta.

—Ahí se me terminaron los problemas, responde él saliendo del paso.

Se conocieron en la murga. Patricia iba a ver a Contrafarsa y él era el cupletero estrella. El primer recuerdo de Marcel ocurre en un tablado. Tendría 5 ó 4 ó 3. Cada algunos años el padre dejaba el trabajo para ir al cine o a El Expreso, el tablado del barrio. Sentaba a su familia bien lejos del escenario. "No te muevas de acá. Los murguistas son todos unos degenerados, te meten en el camión y no ves nunca más a tu familia". Ese día Marcel supo que quería ser murguista, asegura con el romanticismo que permiten los recuerdos exagerados.

Demasiado travieso. Inquieto. Testarudo. "Siempre se salía con la suya, con la murga fue lo máximo, yo le ponía penitencias y le decía que nunca iba a poder vivir de eso pero resultó lo contrario". Isabel tiene 68 años y enumera los cursos que hizo su hijo, "estudió batería con Osvaldo Fattoruso, foniatría con Daisy Tourné, cantó con Mariana Ingold, aprendió a manejarse frente a una cámara con Cristina Morán". Isabel también hace cursos, ahora baila tango. Fue durante una clase que se enteró que su hijo cantaba a escondidas y salía en una murga en el Club Olimpia. "Mi hijo no canta", soltó ella, hasta que lo fue a ver. Krikor se enteró por un repartidor del supermercado. La reacción fue la misma. En el barrio era un secreto a voces.

Las cómplices eran Delia y su sobrina Siria, dos vecinas que cada noche de verano iban a disfrutar del Carnaval a los tablados del barrio. Delia tiene 82 años y habla con emoción, se apura en elegir los detalles más tiernos. Era empleada del padre y además hacía tareas en la casa de los Keoroglian. Marcel nunca ayudaba. No le gustaba estudiar. Se pasaba la tarde jugando con amigos. Con la parte de un auto roto hicieron una chata y se tiraban por Millán. A las seis de la tarde llegaba bañado y engominado y se cruzaba de piernas a esperar que alguna de las dos dijera "vamos". Entonces iban con el resto del barrio caminando hacia el tablado. Él se sentaba en primera fila y solo se movía para probar toda la comida que vendían. Hace poco se lo encontró en un corso. Marcel estaba haciendo un móvil. Dice que la sentó en su falda y le repitió que la culpa de que fuera carnavalero era toda suya. Delia no puede estar más feliz.

La primera murga que armó se llamó Los Josepiantes. Un vecino le regaló un bombo y Marcel obligó a sus amigos a jugar a la murga. Se presentaron en un tablado abierto. Tocó el redoblante en La estrella de Sayago. Se unió a El Firulete, la murga de niños más prestigiosa de mediados de los 80. "El Pitufo (Lombardo) y Alejandro (Balbis) se habían ido a otras murgas y había una especie de mala prensa con ellos". Se reencontraron en Contrafarsa. Hace 25 años que Marcel y el Pitufo son amigos y juntos hicieron algunos de los mejores cuplés del Carnaval. "Es un gran amigo", dice Lombardo separando las palabras en sílabas, como si eso fuera lo único que se necesita saber.

Contrafarsa se presentó por primera vez en 1987. Marcel tenía 15 años y necesitaba un permiso del menor. Cinco veces Krikor inscribió a su hijo en colegios y de los cinco lo echaron. Una profesora de literatura -por supuesto del barrio- le dijo que sus problemas eran con la autoridad. Eso parece haberlo aliviado, "yo creía que todos me odiaban". Marcel no tenía cuadernos porque solamente quería aprender de murga. Dejó el liceo en segundo año. La murga para la familia Keoroglian se resumía a un mal destino: los únicos murguista que conocían eran los tres borrachos de Sayago. "Yo soy un comerciante honesto, nunca le robé a nadie, porqué me pasa esto". Krikor hizo un último intento desesperado y arrastró a su hijo a la comisaría. El agente anonadado los derivó al comisario. El comisario separó al adolescente y le dijo al oído: "yo salgo en Los Nuevos Saltimbanquis".

—Mi padre era como mi hermano, dice Anush. Se enojaba, era puro grito y al rato aflojaba. El vídeo club lo puso para que Marcel trabajara y lo terminó atendiendo él. No le gustaba la murga y compró una filmadora para ir a grabar cada vez que Contrafarsa actuaba en el concurso. Mi casa se transformó en la casa del barrio. Toda la murga se venía después de las 12 en las fiestas y cantaban hasta el amanecer.

Cuando ve a Rampla Marcel se olvida que es famoso. En el cuarto de las baterías señala una lámpara diseñada por él mismo: tiene a los jugadores de Rampla. Rampla es un vicio inculcado por Krikor y en los momentos más duros el partido del domingo era la única excusa para aflojar tensiones. "Un gol era un abrazo".

De madrugada se veía el humo salir por la persiana entreabierta de la casa Keoroglian. Krikor se pasaba horas fumando y haciendo anotaciones para salvar al club que se iba en picada. El hombre más práctico y lúcido que conoció Marcel, hacia planes de robar un banco y llegó a jugar al 5 de Oro por la camiseta. La familia no lo podía creer. Marcel no es tan distinto. Volvió a la comisaría por pelearse con un dirigente y otra vez un jugador al que insultó lo fue a buscar atrás de las rejas. Era de Rampla.

En la televisión todos quieren ser graciosos. Los que lo conocen dicen que la que más divertida es su mujer. Marcel tiene inteligencia para el humor, lo aprendió en la murga. Asegura que lo que dice siempre viene con un palito y que el secreto está en la voz, así aprendió a hacer sus mejores imitaciones. "Si sacás la voz las posturas llegan solas". La postura de Marcel hoy es la de un oso cansado.

Hubo un tiempo en que convocarlo para actuar en cortos de cine era una moda entre estudiantes. Cree que eso se terminó con la exposición de la televisión. Germán Tejeira y Julián Goyoaga lo citaron para cortos, para componer una canción y cantarla en el film de animación Anina y para protagonizar Una noche sin luna. Escribieron una serie titulada Hombre público; es sobre un tipo de barrio que tiene una participación en televisión y se convierte en famoso. El protagonista será Marcel.

Isabel no sabe decir a qué le tiene miedo su hijo. Según él, a los estrenos no. No se puso nervioso en el festival de San Sebastián ni en el de Zúrich, donde la película ganó el mejor premio. En Suiza se hospedó en el Hotel Gregory, salía 80 euros la noche pero estaba en la zona roja. Lo regentaban las prostitutas que atendían el burdel de abajo. Tejeira se ríe imaginando todos los sufrimientos que debe haber pasado Marcel en una habitación que parecía una cárcel. En Roma fueron a visitar el Coliseo. Marcel le gritó al taxista que los estaba paseando, Tejeira cambiaba los insultos por otras palabras en italiano.

El tránsito lo pone nervioso. "Soy muy peleador, me caliento, pero me dicen que una persona pública no puede hacer eso. Que soy conocido. A veces me bajo del auto, bo hijo de puta y el tipo me mira y le dice a la mujer, ¡mirá quién es!, el de la tele y se empiezan a reír. Están acostumbrados a que yo los divierto y ahí ya no puedo hacer nada. A veces lo controlo y a veces no. Porque yo sigo siendo el mismo tipo que vive en el mismo barrio." El barrio que puede ver desde el techo de su casa, donde los cambios son más lentos y él es el nene gracioso y testarudo que se salió con la suya y ahora sale por tevé; ese lugar donde todos quieren ser cómicos y caerle bien a sus vecinos invisibles.

Pasaje por el cine.

Participó de la película A Dios Momo (Leo Ricagni, 2005) y del documental La Matinée (Sebastián Bednarik y Andrés Varela 2007). Actuó en los cortos Machos marinos (Guillermo Kloetzer, 2006), Gol (Germán Tejeira, 2004), Tanto tiempo (Julián Goyoaga, 2004) y Matrioshka (G. Tejeira, 2009), entre otros. En varias oportunidades le tocó actuar junto a Roberto Suárez. Marcel no estudió actuación, dice que utiliza la intuición para encarar los papeles.

El perfil de un hombre público.

Esta nota propone un conocimiento distinto de Marcel Keoroglian, murguista, letrista de candombe, músico, actor, imitador, conductor de TV y cómico radial. La excusa fue el estreno de su segunda película, Una noche sin luna (Germán Tejeira). La charla se concentró en entender mejor qué hay detrás de este personaje mediático que nunca se alejó del barrio que lo vio crecer.

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