ENTREVISTA

"En el escenario tenés que creerte el mejor"

Alejandra Wolff lleva casi 30 años actuando pero sigue sintiendo miedo cada vez que se enfrenta a una obra. Arrastra una relación del mismo tiempo con la música, pero en ese escenario hay un diálogo distinto. El 11 de agosto presenta en la Sala Zitarrosa el primer disco de una banda que lleva su nombre. "Me voy a enfrentar a un personaje nuevo", dice.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Alejandra Wolff

"El miedo tiene que ser como un tigre que va al lado tuyo”, dice Alejandra Wolff. Un tigre al que hay que mantener con la correa corta y detrás de uno, nunca delante. Aunque lleva casi 20 años destacándose en el elenco de la Comedia Nacional, aunque cantó en bandas quejosas y explosivas como La Chancha y La Tabaré, todavía tiene que lidiar con esa fiera que la acecha. Ahora que ya sobrevivió a varios protagónicos y que tiene una vida más organizada, se plantea el desafío de encabezar una banda que formó junto a Gabriel Brickman pero que lleva su nombre: Wolff.

—Cuando elegiste el teatro, ¿qué estabas buscando?

—Siempre tuve un interés por lo social. Aunque mi padre fue un director muy importante no viví su etapa de brillo acá, porque no era nacida. Me perdí su glamour, digamos, y viví el exilio en Argentina. Calculo que algo me debe haber influenciado. Pero a los 18 años yo decía que iba a ser abogada, cantante de rock y periodista.

—¿Y qué pasó?

—Me di cuenta de que derecho no era como en las películas y me metí en Humanidades. Fui a la escuela del Galpón y cuando me enteré que había una audición en la que había que estar solo en el escenario me asusté, sentí mucha vergüenza y nunca más volví.

—¿Qué te intimidaba?

—Lo que me sigue intimidando hasta hoy: exponerme a que un jurado me evalúe en la oscuridad. Tener que demostrar mis cualidades en dos horas. La diferencia es que ahora pienso que si ayer lo pude hacer voy a poder hacerlo hoy, y sigo por analogía.

—¿Estás del lado de los actores que sufren?

—Sufro bastante. Cada vez que empiezo una obra pienso que no voy a poder, que debe haber otro que lo haría mejor que yo. Tengo un tema ahí con el autoestima.

—¿De dónde sacaste fuerza para volver al teatro y además probarte en la Comedia Nacional?

—Es que me pudrí de lo académico, ahí no había fuego de pasión. Me dije "dejate de joder" y empecé la EMAD y aunque me venía ese pánico escénico sabía que ese era mi lugar.

—Al mismo tiempo debutaste en la música, integrando bandas en un contexto punk, en la época post dictadura.

—Siempre, siempre, siempre amé la música. Sin importar el género. Y me pasó que me enteré de que buscaban a alguien para cantar coros en La Chancha Francisca.

El 11 de agosto presenta Primer Ángel, disco debut de la banda de rock Wolff.
El 11 de agosto presenta Primer Ángel, disco debut de la banda de rock Wolff.

—¿Y te animaste enseguida?



                                                                                                                                                                                                                                                      —Cantaba muy bajito y asustada, muerta de vergüenza, en pánico absoluto. Pero empecé a agarrarle el gustito. En mi casa yo cantaba y me grababa.

—Entonces el tema era, otra vez, que te vean los demás.

—Claro. El placer de la música es compartirlo y que la gente te mire, te escuche y te juzgue.

—¿La energía en un escenario de teatro y de música es distinta?

—Totalmente. Son maravillosas las dos. Igual depende de la obra: si estás haciendo una comedia la explosión de las risas te lleva. Pero el rock tiene una cosa visceral, o concretamente tocar con La Tabaré, que es lo que yo sé. Es lo más grande que hay en el universo.

—Aunque al principio los escupían.

—Sí, al principio el público era más agresivo, te mandan a la puta madre que te parió al segundo de decirte que te amaban. La Tabaré fue mi escuela, sobre todo por la inconsciencia de Tabaré Rivero de darme la mitad del repertorio.

—Sos una invitada eterna de la banda, ¿todavía recordás las letras?

—Hay algunas que las tengo en el ADN.

—¿Es cierto que comprás anillos y accesorios para acercarte a los personajes que te ofrecen?

—Sí, me gustan los anillos, los collares, los sombreros, los chales, los zapatos. Para los personajes los zapatos son fundamentales porque te dan mucha información, por ejemplo cuál es su pisada, su forma de caminar. Esto es un viaje de uno: yo voy construyendo de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, según el proyecto.

—Pero el vestuario te ayuda.

—Es la punta de un ovillo que está dentro de uno, porque la cabeza está en una búsqueda permanente y de golpe ¡pin!, encontrás algo. Puede ser tan útil un anillo como una música, un texto de otro autor o los zapatos.

—¿Tenés algún recuerdo específico de un objeto?

—No, son cosas en el camino, como las cábalas: las tengo y las suelto. Así como soy metódica soy circular: cumplo un ciclo con un amuleto y lo cambio. Por ejemplo, me maquillo siempre de la misma manera durante un mes porque me sirvió para apoyarme en el proceso.

—Es una combinación entre creer en tu talento pero a la vez confiar en la suerte.

—Es que uno también precisa un bastón para empezar. Yo tenía una medalla que usaba siempre agarrada con un alfiler en el sutien. La usé dos años y creía que si no la tenía algo iba a pasar. Pero la dejé. Otros días necesito hacer una oración, otros correr en el escenario o llevar las fotos de mis padres o de mis maestros al camarín, de gente que te ayuda por alguna razón, o dedicarle la función a alguien vivo, muerto, presente o no. Son distintas formas de sostener tu trabajo.

—¿Por qué necesitás confiar tanto?

—Por mi forma de ser tengo la hiperconsciencia de estar expuesta y por eso el miedo es tremendo, porque la gente te va a ver y vos no te podés equivocar. Esa es la paranoia que tenemos muchos actores. Es como pilotear un avión o hacer algo de mucho riesgo. Y el público no tiene porqué saber cuánto te costó o cuánto te puteaste con el director o si ese día estás mal de la barriga. Todo eso no se ve.

—¿Cómo te gusta ensayar?

—En casa. Leo el libreto para mí, en voz alta y moviéndome, por eso me gusta estar sola, porque es un espacio de intimidad. Y estudio en la calle y en el ómnibus. Los monólogos los repaso antes de dormir, en la cama. Y los viernes que tengo función abro los ojos y empiezo a repasar todo el parlamento.

—¿Qué pasa cuando te toca una obra que no te gusta?

—Ahí hay que ser filosófico y pensar que aún en eso hay que aprender. Pero siempre se saca algo, aunque sea ver a un colega hacer un trabajo estupendo.

—¿Cómo es hacerse cargo de un protagónico?

—Tenés que estar muy entero, porque la responsabilidad es enorme pero al mismo tiempo la satisfacción es muy buena, ahí sos Suárez. En el teatro no tenés posibilidad de achicarte. El miedo tiene que ser como un tigre que va al lado tuyo, agarrado de una correa corta, y al que nunca tenés que permitirle ponerse delante.


—En agosto lanzás Wolff, ¿por qué estar al frente de una banda?

—¿Y por qué no?

—¿Es una necesidad personal?

—Sí. Estoy en un momento de cambios positivos. Me llamó Gabriel y me dijo: "Soñé que te producía un disco", y yo le respondí que estaba loco. Pero tengo una hija de casi 15 años, una vida organizada y cantar mis canciones era un pendiente.

—¿Cómo vas a lidiar con tanta exposición?

—Creo que maduré. Cuando le di mis letras a Tabaré le dije "me voy a otro lado, no quiero ver", y me tapaba la cara, salí corriendo, pero ahora no tuve mucho tema. Debe ser parte de animarme a decir finalmente que sí.

—¿Ya estás repasando las letras con la cabeza en la almohada?

—Todavía no. Estoy intentando encontrar mi lugar en esto, porque acá no estoy en el Teatro Solís, no estoy en un concierto con La Tabaré. Este es un protagónico en la música, es un personaje nuevo.

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