Entrevista

Diego Delgrossi: el cómico solemne

El capocómico que presenta su nuevo show unipersonal La Recaída(jueves en el Teatro Movie) deja la risa a un lado por unos minutos para hablarmuy en serio. "Las redes sociales permiten cosas buenas pero también que cualquier idiota pueda insultar", critica.

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Diego Delgrossi. Foto: Rafa Botto

En su vida cotidiana se lo conoce como un hombre cordial, simpático y culto. Diego Delgrossi lleva esos atributos también al escenario y así mantiene vivo aquel humor “con distinción” de Telecataplúm que supo ser una marca identitaria de la cultura uruguaya. "Es el estilo que me hace sentir más cómodo", explica. Y sospecha que gracias a esa línea logra empatía con un público adulto que lo sigue desde Plop y que no se pierde sus espectáculos para reírse de la actualidad pero bajo códigos parecidos a los de otrora.

Pese a ese respeto que lo caracteriza, Delgrossi sostiene que no se deja amedrentar ante los nuevos colectivos que representan a las minorías y que "llevan adelante una cacería de comediantes". Llama a rebelarse a través de la risa frente a estas tendencias que gobiernan especialmente en las redes sociales y buscan especificar sobre qué hay que reír y qué no.

El diálogo se lleva adelante con un desayuno que invita Delgrossi en una librería-cafetería frente a la Rambla. La entrevista solamente se interrumpe con la llegada de unas medialunas y más tarde con la aparición de la profesora Ana Ribeiro, colega y exprofesora de Delgrossi, que pasaba por casualidad por el local y no se resiste a saludarlo. "¡Lo que nos reíamos con él en clase!", recuerda con una sonrisa dibujada en el rostro. 

A lo largo de la entrevista, no hay asunto que parezca incomodar a Delgrossi: habla sobre su hartazgo de las imitaciones a políticos, su simpatía por el Partido Colorado y aquel día en el que pensó quitarse la vida. Eso sí, es entonces cuando uno de los hombres más graciosos del país habla muy en serio.

Además de sus funciones en el Movie, Delgrossi participa del programa <i>Consentidas</i>. Su rol allí le valió el Premio Iris por Mejor Labor Humorística en 2014. Foto: Rafa Botto
Además de sus funciones en el Movie, Delgrossi participa del programa Consentidas. Su rol allí le valió el Premio Iris por Mejor Labor Humorística en 2014. Foto: Rafa Botto

—¿Cuál es tu fórmula para hacer reír?

—No sé si la tengo. Me ayuda el físico: yo ya soy cómico en el porte y eso juega a favor... Después le pongo mucha actualidad a los monólogos y trato de hacerlos con respeto y cierta ironía. También me ayudaron las imitaciones, porque no hay muchos imitadores de personajes políticos en la vuelta. Hace 28 años que me dedico a esto y estoy muy agradecido a la gente que me ha acompañado.

—Se te atribuye un humor "políticamente correcto", ¿lo considerás así?

—Sí. Mi humor es 100% políticamente correcto, pero detesto el corset. Ahora me estoy rebelando un poquito porque ha surgido una movida generalizada hacia la caza de los comediantes. El artista es rebelde siempre y se rebela frente a la prohibición. Irónicamente las voces de censura provienen de gente que se dice progresista y son los que defienden la equidad por la mujer o por los derechos de los homosexuales, por lo que nosotros bregamos desde siempre. Los supuestos abanderados de la equidad y la libertad son los que están en contra de una manifestación artística, que no es más que lo que siente un individuo dentro de una sociedad. Así como los reaccionarios de derecha le querían hacer un juicio a (Jorge) Esmoris porque hizo un espectáculo que se llamaba Orientales la patria o la cumbia y creían que se tenía que prohibir que se usara una frase del himno, ahora hay reaccionarios de izquierda que están vigilando en las redes a ver qué decís y qué no decís. Yo no les hago caso. La solución no está en la represión sino en cambiar la base de la educación para que cuando alguien haga un chiste racista, que yo no hago, la gente no se ría.

—¿Estos colectivos no te condicionan al momento de escribir tus monólogos?

—No. No me condicionan los que reprimen, me condicionan tal vez aquellos a los que puedo ofender con un chiste. Pero no a sus personeros. Esos grupos seudo representantes de minorías no me amedrentan en lo más mínimo. Al revés, me provoca a meter más el dedo en la llaga, porque el humorista es provocador. Lo hacíamos con las noticias cantadas de Telecataplúm en plena dictadura cuando no querían que habláramos. El derecho a la libre expresión es el derecho humano fundamental. Me revienta que haya quienes están tremendamente susceptibles con cosas con las que no deberían estarlo. No hay una campaña de los comediantes para atentar contra ningún colectivo. No la hay. Alármense por otras cosas.

—¿Estás enojado con las redes?

—Las redes sociales han permitido cosas muy buenas pero también que cualquier idiota insulte. Los que nos creemos racionales tenemos que lograr que estas cosas no nos afecten. Uno no tiene que cambiar el rumbo de lo que hace artísticamente por una crítica infundada. No hay peor cosa que tratar de ponerle límites a la creación de un artista. Con eso solamente se logra que el artista rompa esa pared y se desborde.

—¿Qué te hace reír a vos? 

—Me hacen reír mucho mis colegas. Suelo meterme el microchip del artista que voy a ver: cuando voy a ver a Orpi sé que sale disfrazado de mujer y se sienta en la falda de alguien, lo mismo cuando voy a ver a Gustaf o al Tío Aldo. Me adecuo a cada circunstancia y disfruto todos los estilos. Yo tomo como un relax reírme, y cuando voy me río muchísimo. Me encanta la nueva camada de gente que hace stand up como Seba González o Laura Falero. Toda persona que intenta con su actuación hacer reír al otro está teniendo un gesto de nobleza, la gran mayoría de comediantes son buenas personas.

—Tenés un público mayor, incluso bromeás sobre eso en el escenario. ¿Pensás tus espectáculos dirigidos como para ellos?

—Yo hago ese humor políticamente correcto que es con el que yo me siento cómodo. Y ocurre que la gente que miraba Telecataplúm y Plop tal vez ve en mí a alguien que intentó continuar con la línea de ese humor. Tal vez por mantener ese humor tan "a la uruguaya", con distinción y respeto, yo tenga un nicho de mercado que me es fiel. Yo les agradezco constantemente. Y también me parece que cumplo una función social, porque es un público muy olvidado. En los últimos años todo está dirigido hacia las generaciones más jóvenes, y yo les hago sentir a esa gente mayor de 70 que todavía hay un humor que ellos pueden escuchar sin escandalizarse y que los hace recordar a la televisión que solamente tenía solo cuatro canales. Siempre digo que si Tabaré viene a uno de mis shows se queda sin tablets para repartir...

—¿Y eso no te distancia de las generaciones más jóvenes?

—No, por suerte. Eso se lo agradezco a la docencia. Al estar conviviendo con chicos entre 12 y 17 años uno más o menos tiene sus códigos y muchas veces lo mecho en los monólogos para que ellos se rían de sí mismos. Además, en mis monólogos hablo de las cosas que pasaron en los últimos meses y ellos también las vivieron.

—En la reciente gala de los Premios Iris agradeciste que los humoristas tengan espacios en programas que no son de humor, ¿lo lógico no sería reclamar que los haya?

—Ortega y Gasset decía "yo soy yo y mis circunstancias". Éstas son las reglas, el partido viene así: casi no hay programas de humor en ninguna parte del mundo, el humor dejó de ser el producto de un programa y pasó a generalizarse. Eso es lo que tenemos. Si bien no contamos con el monopolio de un programa para nosotros, hemos invadido de forma imperialista programas que han sido serios. Así estoy yo en Consentidas, o Marcel Keoroglian en el magazine de Canal 12.

—¿Pero estos espacios le hacen justicia al potencial de los artistas?

—No, obvio que no, pero eso es porque si algo dura más de 40 segundos la gente cambia de canal. Hay que tratar de hacer en ese tiempo lo que en un programa de humor se podía hacer en 10 minutos. Hay que reconvertirse y si uno no se reconvierte se puede morir con gloria pero famélico. Hay que tratar de defender lo nuestro pero bajo esta nueva estructura, que es "fast". No sé si está bien o mal pero son las monedas con las que nos toca intercambiar ahora.

—En los últimos años has dicho que la gente te pide imitaciones en los shows pero vos las querés dejar de hacer, ¿por qué?

—Es que ya me tienen cansado las imitaciones, las he querido sacar. A veces me doy el gusto de no hacerlas y la gente igual aplaude de pie. Imitar fue lo que me hizo marca registrada en el ambiente...

—Si es lo que te distinguió, ¿por qué decís que te das "el gusto" de no hacerlas?, ¿no las disfrutás?

—Las disfruto pero tengo miedo de aburrir. Todo tiene un proceso y el mío lleva años. A algunos, como Tabaré Vázquez o Julio María Sanguinetti los vengo imitando desde fines del 80, y hay otros que ya no están más.

—¿Los nuevos políticos vienen en un "formato menos caricaturizable"?

—Es complicado. Los políticos antiguos eran más histriónicos. La nueva camada no lo es tanto porque se maneja más por la televisión y las redes, donde no tienen que hacer esos gestos grandilocuentes en actos megalómanos de otrora. Uno tiene que adecuarse a eso también, pero ya van a caer…

—¿Hay humor político en Uruguay?

—Falta. Los artistas siempre se identificaron con el antiestablishment, y hasta hace unos años la autoridad fue colorada, blanca o militar, entonces la reacción artística era ser de izquierda. Ahora el establishment es de izquierda, entonces como la mayoría de artistas son afines a este gobierno les cuesta sacarse la bandera que enarbolaron durante toda una vida para criticar a ese mismo gobierno. Si uno se embandera tanto después cuesta… Yo lo respeto.

—¿Qué pensás en relación a eso? Vos te has identificado con el Partido Colorado y sin embargo te has permitido sercrítico con sus gobiernos...

—Claro, cuando imitaba a Sanguinetti en su gobierno no era para elogiarlo... El dueño del Cambio Nelson era colorado y yo me gasté de hacer chistes sobre ese tema porque es la coyuntura, ¿o voy a barrer debajo de la alfombra? Pero para muchos el corazoncito pesa más que la elaboración de las ideas. Lo que noto es que se están perdiendo una materia prima estupenda para hacer chistes. Si la gente tiene humor debería reírse de las cosas que pasan. Es bueno que los humoristas mantengan cierta línea de neutralidad por más que se identifiquen con una ideología política.

—¿Cómo es tu vínculo con el Partido Colorado?, ¿es una militancia que te enorgullece o una simpatía que hubieses preferido que no se supiera públicamente?

—Yo digo orgulloso que soy batllista. Mis padres son de izquierda, militaron con Zelmar Michelini, y yo soy colorado desde el 84. Soy socialdemócrata. Hay quienes dicen que es mejor que la gente no lo sepa pero en mi caso creo que todos ya lo saben. Y el que me ha visto en el escenario sabe que no me embandero en mis espectáculos, sino que me puede ir a ver un simpatizante de cualquier partido. Además en este país todos somos un poco batllistas. Y si bien yo soy militante, no soy un voto cautivo en lo más mínimo porque soy racional. Lo que no me gusta, como a cualquier libertario, es la gente que se embandera y transforma lo político en algo deportivo, como si fuese estar con Peñarol o Nacional en las buenas y en las malas. Lo político no tiene que ver con eso porque el político que yo voto es para que maneje mi plata, y si se equivoca se lo tengo que hacer notar. Por eso en el 2004 voté al Frente Amplio, a la 2121 de Danilo Astori. Había amigos en ese sector y lo voté con convicción y con gusto. Después hubo cosas que no me cerraron del primer gobierno de Vázquez y volví a votar a los partidos tradicionales. Ahora vamos a ver si queda algún colorado para votar…

—¿Te incomoda que te pregunten por tu vínculo con la masonería, luego de que tu nombre haya salido publicado en una lista de un libro de Fernando Amado?

—No, para nada. Si yo fuera masón no lo podría decir, y si no fuera masón también diría que no lo soy. Yo tengo una grata relación con Amado, lo conozco hace años. Después del libro tuve un par de charlas y me dijo que no había averiguado bien. "Bueno, la próxima averigualo". En el libro había varias fotos, estaba la primera que era la de Rivera y la mía que era la última. "No seas malo, me pusiste en el lugar que me iba a ver todo el mundo", le dije. Me pidió disculpas y no incluyó mi foto en las siguientes ediciones como un gesto de respeto.

—¿Compartís los valores que representa esa institución?

—Es un grupo que ha formado parte de la vida institucional del país desde los comienzos, al punto de que dos enemigos aparentemente irreconciliables como Oribe y Rivera eran masones. Por lo que sé representan la libertad, la igualdad y la fraternidad, y creo que me siento muy identificado. Ojalá esos valores tengan más fuerza en Uruguay y no nos acerquemos a la irracionalidad de otros países.

—En enero de 2014 protagonizaste un aparatoso accidente contra una parada de ómnibus y un quiosco al volver de un casamiento. ¿Lo recordás como un episodio lejano y terminado o uno que te sigue marcando hasta hoy?

—Fue algo que me marcó para bien, pero no me persigue para nada. Ya pasaron cuatro años. Aprendí lo que no se debe hacer porque nadie es inmortal, ni uno ni quienes lo rodean. Me sirvió para valorar la vida, darme cuenta de quiénes son amigos y quiénes no. Descubrí gente impresionante como Stella Bañuls, la dueña del quiosco, que falleció hace poco. Me quedó su sonrisa y su abrazo cuando me puse a llorar en sus brazos y me decía "ya está, son unas chapas rotas".

—¿Realmente llegaste a pensar en quitarte la vida el día después del choque?

—Sí. Yo quedé politraumatizado, me habían llevado al hospital y la policía no me había llegado a decir si había algún muerto. Si llegaba a ser así yo tenía pensado en su momento con un escribano testar a favor de esa familia, que todos mis bienes fueran para ellos, y quitarme la vida. Nadie tiene derecho a quitarle la vida a otro. Por más que lo mío hubiese sido sin intención, es muy bravo cargar con la vida de alguien. Lo pensé durante unas horas, cuando el hecho era más candente y las redes atacaban. Fue algo muy del momento, hasta que me llamaron para decirme que no había muerto nadie. Durante unas 24 horas estuvo latente ese sentimiento. Era una cuestión de honor.

—¿Tu esposa sabía que habías llegado a pensar en eso?

—No, se enteró a la semana y me pegó una relajada importante. En el trabajo le dijeron "no me digas que Diego se quería pegar un corchazo". Me dijo que dejara de hablar pelotudeces.

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