Entrevista

Christian Zagía, un actor adicto al riesgo

El uruguayo se desempaña como doble de riesgo, especialista en caídas, luchas y demás escenas de acción. Conocé su historia.

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Christian Zagía

MARIÁNGEL SOLOMITA

Christian Zagía se despierta, se sienta en el borde de la cama y empieza a sonar uno por uno los huesos de su cuerpo. Desde que aprendió los trucos para poder fingir peleas en el cine, el teatro y la televisión, tiene los músculos tensos. Le enseñó Ian Harris, un coreógrafo norteamericano que Zagía describe como “un discípulo directo de Bob Anderson”. Y con eso basta: para los actores adictos al riesgo Anderson es un dios, uno de los artífices de las escenas de lucha más complejas de películas como El señor de los anillos o Piratas del Caribe. Para estar preparado para el combate que se viene, Zagía entrena todos los días. La cuestión es, ¿tiene sentido dominar esta disciplina en Uruguay? ¿Quién necesita un doble de riesgo?

Para Christian Zagía ser actor y coreografiar escenas de acción es lo mismo. "Tenés que sentir mucho gusto por ponerte a prueba y salir de la comodidad", opina. "Si vos me decís que me tire ahora mismo de un balcón para abajo te pido un momento para calcular la altura y cómo caer, pero me pasa lo mismo si me proponés un personaje que nunca interpreté. ¿Sabés qué es lo que pasa conmigo? Que soy un tipo demasiado entusiasta. Medito bastante poco sobre lo que voy a hacer en los próximos 30 segundos", asegura.

—¿En qué pensás cuando aceptás correr riesgos?

—No pienso en nada. Se me llena el cuerpo de adrenalina. Me gusta sentir eso de, ¿podré hacerlo?

Aunque su intención siempre estuvo puesta en la actuación, le gusta decir que cuando era adolescente no leía a Henrik Ibsen, pero se pasaba la tarde y la noche absorbiendo la programación de los canales uruguayos, viendo dobladas al castellano las películas que hicieron ricos y famosos a Sylvester Stallone, Steven Seagal, Chuck Norris, Arnold Schwarzenegger y Jean-Claude Van Damme. "Eran mis héroes, hasta que crecí, empecé a estudiar teatro y vi que había otras posibilidades más interesantes que pegar piñas". Sin embargo, su destino ya estaba marcado.

Como si se tratara de la trama de una película asiática de artes marciales, Christian Zagía encontró a su maestro en el lugar menos pensado. El norteamericano Ian Harris estaba en Montevideo acompañando a su esposa, una profesora de inglés amante de los destinos inusuales. El aburrimiento lo motivó a dictar un par de clases en la Escuela del Actor acerca de cómo coreografiar escenas de lucha. Era el año 2002 y Uruguay estaba más lejos que nunca del cine de género, así que se inscribieron pocos alumnos. "Ese taller fue mi primera aproximación a algo que me parecía divertido y me recordaba al pibe que le gustaban las películas de acción", rememora.

Se hicieron amigos. "Yo sabía que era mi única posibilidad de aprender las técnicas así que me focalicé en entrenarme y me juntaba con él cada día". Ian Harris se quedó por nueve meses y a diario practicaba cinco horas con su alumno, en donde fuera: en una casa, en la calle, en la rambla, en parques, en plazas. "Nos divertíamos mucho. Yo pensaba que si algún día venía una producción extranjera a filmar acá podrían contratarme para dar una mano. Quizás para corregir algún movimiento o para ocuparme de los extras". Zagía no se imaginaba que ante la crisis económica los publicistas locales saldrían al exterior a vender servicios de producción: es decir, filmar acá las ideas que se desarrollaban en otros países. Ese fue el puntapié del desarrollo del sector, y en paralelo comenzó a crecer el número de producción cinematográficas. Los técnicos se profesionalizaron y el costumbrismo típico de las realizaciones comenzó a mutar, abriéndole paso a obras que apostaron por trucos, giros fantásticos y escenas de ejecución compleja, del tipo que Zagía se había entrenado para protagonizar.

"Al poco tiempo la publicidad empezó a hacer escenas cada vez más arriesgadas, y apareció el cine de Gustavo Hernández, series de televisión como Adicciones y Somos. Se fue corriendo la bola de que había alguien que había estudiado cómo coreografiar escenas de riesgo", dice. Y agrega con orgullo que está encargado del 99, 9% de las coreografías que se hacen en los distintos escenarios. Este es el beneficio de ser un pionero.

Doble función.

Además de poner el cuerpo frente a cámara, Christian Zagía ayuda a otros actores a perder el miedo. "Doy clases y tengo muchos alumnos, algunos que a su vez están a su vez dando clases", cuenta para demostrar que su hobby se convirtió en una apuesta laboral y narrativa para varios. "Tenés que tener tendencia al deporte y a las disciplinas cardiorespiratorias porque las coreos en teatro se hacen a una velocidad de tiempo real, pero en el cine es mucho más rápido de lo que el espectador podría imaginarse". Atletas del cine como Jackie Chan y Jet Li logran hacer los movimientos que nos dejan boquiabiertos gracias a un feroz entrenamiento diario que comenzó en su infancia, con jornadas de 19 horas de ejercicios. Jackie Chan, es conocido por no aceptar dobles en sus acciones. Como consecuencia se quebró huesos impensados, por ejemplo los de la mejilla. También se fracturó el cráneo luego de una accidentada caída de 14 metros. Se ha quebrado un pie en pleno set y sigue filmando con un yeso, sobre el que se le dibuja un calzado.

"En Uruguay no tenemos grandes escenas de riesgo", advierte Zagía, que escribió, adaptó, dirigió y protagonizó decenas de obras de teatro, y asegura que estas técnicas se le cuelan en los libretos: los personajes siempre tienen escenas de destreza física. Es inevitable. Lo más complejo que le tocó hacer fue tirarse de un tren en movimiento en la serie italiana La tierra rebelde. Como el maquinista aceleró la velocidad, tuvo que repetir el salto tres veces y quedó malherido, "sentí desde dolores en todo el cuerpo hasta tener encima a un grupo de personas tirándome alcohol arriba de las heridas", recuerda.

Otra vez, en medio de una obra de teatro para niños, un colega le pegó mal con una espada y le cortó el dedo meñique: quedó con el hueso expuesto. "No te creas que fue muy heroico, chorreaba sangre por todos lados pero tenés el cuerpo tan caliente sobre el escenario que no te das cuenta. Cuando terminé sí, estaba temblando". Según Zagía, parte de los lesiones que tuvo se deben a su costumbre de tranquilizar a los actores diciéndoles que piensen en la violencia como en una danza, y que prueben el golpe con él. Eso le pasó durante el rodaje de una de los capítulos de Adicciones, entrenando con boxeadores.

En Estados Unidos hay cada vez más estrellas que se entusiasman con las partes rojas del guión. El caso más notorio fue Tom Cruise en la última Misión imposible. Sin embargo, Zagía explica que muchas veces las aseguradoras se los prohiben o les aconsejan no intentarlo. Uno de los valientes que les cubre las espaldas es uruguayo y se llama Tabaré Carballo. Él se anima a tirarse desde altísimas alturas, cuenta su colega. Zagía, por su parte, estuvo a punto de aceptar ponerse uno de esos trajes que te permiten soportar el fuego por unos segundos. No lo hizo porque se canceló, dice apenado, pero apunta:"El problema que suele haber en los rodajes es que intentan convencerte de que hagas determinadas cosas, y ahí el que tiene que poner el límite sos vos, porque si te lastimás podés generarle problemas serios a todos".

La moda del riesgo.

El boom ahora a nivel local son los trucos con arneses. La semana pasada rodó un corto que en una escena muestra a una mujer que se dirige a abrir la puerta, pero la sorprende un disparo que la hace "volar" hacia atrás. "Para lograr ese efecto se necesita estar muy coordinado porque es un trabajo de cinco personas en simultáneo: vos que dirigís la escena, la actriz, un ayudante que tira la puerta, otra persona que tire el arnés hacia arriba y otro que lo empuje hacía atrás para generar el efecto".

Zagía llegó a filmar en una semana para tres producciones diferentes. Cuando él no está delante de cámara, es el entrenador de los actores, como sucedió en La Redota. Dependiendo de lo que exige el guión, contrata a un especialista en el arte marcial indicada y lo estudia. "Tengo que tener la capacidad de reproducir el movimiento, pero además de elegir aquellos que rindan cinematográficamente. Una pelea aunque dure medio minuto tiene que contar un cuento, vos tenés que entender que hay dos personas que se van a enfrentar y que uno está mejor preparado que el otro, que uno tiene más temor". Pelear es hablar con el cuerpo.

Por tres horas de rodaje, remplaza al guionista y hasta al director, porque suele tener la última palabra para decir si una escena quedó bien hecha. En la película No respires, de su amigo Fede Álvarez (estreno el 8 de setiembre), el equipo puede destinar dos días a rodar una escena de acción, explica maravillado. Zagía conoció al más exitoso de los cineastas locales en el liceo, cuando tenía 12 años. Ese primer día, Álvarez le prestó un VHS que tenía Tiburón 3 grabada de la TV. Nunca se la devolvió. Desde entonces comenzaron a intercambiar films y cuando a Zagía le regalaron una cámara de video para Navidad, él, Álvarez y otros amigos se pasaron un verano completo rodando cortometrajes, que luego mostraban a sus familiares simulando un estreno con alfombra roja. "Yo quería ser director y Fede actor, pero en realidad el que dirigía desde ese momento era él", opina.

Fede Álvarez es noticia en todo el mundo. Acaba de estrenar su segunda película en Hollywood, rompió la taquilla y nada menos que Stephen King la recomendó en su cuenta de twitter. Zagía tiene un personaje, y luce irreconocible: rapado, lleno de tatuajes y con actitud agresiva. "Nos gusta decir que soy su actor fetiche y en un sentido es un poco cierto porque en nosotros se dio una relación ideal: yo quería probar escenas de riesgo y él quería un actor que se animara a hacerlo, así que filmamos decenas de cortos para probarnos mutuamente". De hecho, juntos rodaron uno de los cortos más famosos de la cinematografía local: El cojonudo (disponible en Youtube). "En Budapest, en medio del set de No respires, yo veía a mi amigo dirigiendo y me asombraba lo seguro que se muestra, y cómo sigue siendo ese pibe que rodaba cortos en la vereda de su casa. Le dije: ¿vos te das cuenta de que somos dos tipos de casi 40 años haciendo lo mismo que les divertía a los 12?"

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