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Christian Font: artista por premonición

El conductor, actor, crítico y murguista acaba de editar un libro sobre ninguna de estas materias. Padre de dos hijos, se lanza como autor de¡Pa! Los padres también cuentan, queaborda la paternidad en tiempos de Whatsapp. La presentación será el miércoles 13 de julio a las 19: 30 hs en Sala Undermovie.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Christian Font

Christian Eugenio Font Plasencia llegó al mundo el 2 de octubre de 1978, tras catorce horas de trabajo de parto. Llovía a cántaros en Montevideo. Héctor Font dejó a Rosita Plasencia en el Casmu a las seis de la mañana, se fue al laboratorio a trabajar y al llegar se enteró que lo habían despedido por reducción de personal.

Disimuló la mala noticia un par de días para que su esposa solo se focalizara en el bebé. Héctor dice que el nacimiento de su primer hijo lo motivó a pelear contra cualquier huracán. El papá quería llamarlo Luis Eugenio, pero la mamá ganó la pulseada. Es católica y le gustaba Christian por el significado. Quiso escribirlo con ‘h’ porque sonaba mejor al combinarlo con el apellido. Desde que lo eligió supo que vería el nombre de su hijo escrito en carteles.

Héctor Font no entró al parto porque no se estilaba. Christian Font ni siquiera se planteó la opción de no acompañar a su esposa, Flavia Surka, en esa instancia, pero casi no llega al block quirúrgico. No tuvieron en cuenta su tamaño y todas las túnicas que le daban para probarse le quedaban chicas. Al final, se puso cualquier talle, tironeó, y como pudo aterrizó en la sala para presenciar el nacimiento de Lorenzo (3 años).

Christian es corpulento desde el día uno. Pesó 3,750 kilos. Dicen que los niños vienen con un pan debajo del brazo, pero esa regla no aplicó para Héctor y Rosita. Los primeros días con el bebé en la casa fueron difíciles. Eran una pareja joven (él 24, ella 22) que debía acomodarse a la llegada del nuevo habitante y encima el papá primerizo tenía que encontrar empleo.

Hoy Héctor minimiza el hecho: "Costó un poco, pero no pasamos penurias", dice a 15 mil kilómetros de distancia de Montevideo. Viajó a probar suerte a Nueva Zelanda durante la crisis del 2002, fue por unos meses y se transformaron en años. Héctor no conoce personalmente a Manon (1 año y medio), su nieta más pequeña, y eso entristece a Christian. El Skype y el Whatsapp acercan pero no hacen milagros. "Que no conozca a mi hija está muy lejos de ser la situación ideal". Para Héctor también es duro. Dice que se paga un precio altísimo a nivel afectivo por estar lejos de la familia: "La oportunidad de un café o de cinco minutos con tu hijo es invalorable".

Es madrugador. Funciona mejor en horas sol y le cuesta conciliar el sueño desde que nació. Una médica le diagnosticó "terror nocturno" con 10 meses. No existía Google para saber de qué se trataba. Rosita estaba desesperada porque Christian se despertaba en medio de la noche en un llanto solo. El día que le hicieron el electroencefalograma tardó muchísimo en dormirse. El estudio dio normal. El pequeño había sido inducido al sueño con demerol y el doctor les dijo que no se asustaran si dormía todo el día. Lo subieron al taxi y a las diez cuadras ya tenía los ojos como el dos de oro.

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Presentación de ¡Pa! Los padres también cuentan

Será el miércoles 13 de julio a las 19: 30 hs en Sala Undermovie. La entrada es gratuita. La capacidad es limitada. Las invitaciones se retiran desde las 17: 30 hs en la boletería.

Christian lidió con el insomnio durante años. Se acostaba con exceso de adrenalina y se despertaba sobresaltado. Tiene el sueño muy liviano, así que se levantaba él cuando sus hijos eran bebés. La época en que durmió mejor fue a los 25 años. Le detectaron un problema respiratorio grande y tuvo que ordenarse con las comidas durante el tratamiento. Cenaba a las siete de la tarde y funcionaba bien. Con los niños no puede darse ese lujo, pero el insomnio ya no lo aqueja: cae fundido.

Héctor y Rosita eran músicos: él venía del palo del rock pesado, ella del folclore. Christian los escuchaba tocar la guitarra, cantar y agarró el instrumento de forma espontánea.

Encontró los viejos vinilos de su padre en un cajón de la casa de su abuelo Aníbal y quiso escucharlos. Héctor rescató el tocadiscos y cuando sonó la primera melodía del álbum The Magical Mistery Tour se abrió un portal mágico en la mente de este niño de 10 años: "Quise tocar la guitarra porque me obsesioné".

Le pidió a su padre que le enseñara y este le mostró los acordes de Norwegian Wood, otra de los genios de Liverpool. Después fue autodidacta. Xavier Font, su hermano menor, recuerda que Christian no se despegaba de la guitarra ni para ir al baño.

AC/DC lo salvó de una profunda depresión con 14 años. Sus padres se habían separado, se tuvo que mudar de su casa en Nuevo Malvín a las cooperativas de Zum Felde. Dejó su barra de amigos, la cuadra y aterrizó en un lugar desconocido. Y para colmo no tenía teléfono.

Eso no era todo. Un sábado llegó al liceo y sus compañeros habían formado una especie de comitiva para darle una terrible noticia: su amigo Sebastián había muerto en un accidente. "Fue un mazazo. Estaba muy enojado, confundido, sentía mucha impotencia".

Con Sebastián compartía las horas de clases, las tardes en AEBU y las idas al estadio a ver a Peñarol. Christian no quería salir de la cama y lo tuvieron que medicar. Al mes se fue de campamento y al volver se encontró con un concierto en vivo de AC/DC que transmitía Canal 10. Lo grabó en VHS y lo gastó. Esas canciones le dieron una inyección de vitalidad. Y el día que los vio tocar en vivo en el Monumental lloró como una "magdalena del rock and roll".

El primer cumpleaños de Christian se celebró en la casa de su madrina con una espectacular torta blanca. Pasaron notable. No fue así cuando festejó el primer año de sus hijos: su mujer Flavia cree que él absorbió todo el estrés que ella sentía.

Para Christian era tradición festejar cada año en la cochera del edificio con comida y jugos caseros. Su padre le hacía las invitaciones a mano y siempre estaban Los Beatles en las tarjetitas.

La única vez que quiso celebrar con sus compañeros de clase fue en primero. Llevó torta y bebida a la escuela Cuba, institución a la que asistió durante un año. Él solo recuerda la fachada señorial del edificio ubicado en la calle Maldonado, pero tiene muy presente el peregrinaje que suponía viajar desde Malvín a la Ciudad Vieja. Su diversión en el trayecto era memorizar calles y carteleras de cine. No recuerda qué película se estrenó ayer, pero sabe que en el 86 el Cine Central exhibía Manon del manantial. Años después, buscó un nombre original para su hija y apeló a ese film francés de Claude Berri.

Rosita guarda todos sus carné. Era sobresaliente. Solo acumuló nueve inasistencias en los cinco años que cursó en la Escuela N° 111 (Caldas y Avenida Italia). No se enfermaba nunca. Tuvo varicela y ni siquiera faltó al jardín porque se la agarró en vacaciones de julio.

En primero de liceo se llevó dibujo a febrero por no entregar las láminas. En sexto inventó todas las respuestas de un examen de derecho y casi pierde la calidad de estudiante. Prefería ir a Cinemateca a sentarse a leer fotocopias. Rindió en diciembre y salvó con buena nota. Volvió a su casa en bicicleta del Liceo 15 cantando La quiero a morir (DLG).

Llegó a las clases de teatro joven en AEBU con una necesidad imperiosa de ser aceptado y apreciado. Esa movida también ayudó para que saliera del bajón emocional que le provocaron la separación de sus padres, la mudanza y la muerte de su amigo.

Escribió su primera obra a los 17. Se titulaba La banana a pedal. Era hincha de Los Adams y este texto estaba más cerca de ser un espectáculo de parodistas que una dramaturgia. Rosita guardó el afiche porque fue la primera vez que vio el nombre de su hijo escrito en un cartel como había soñado, pero no entendió nada del argumento. Era un delirio.

Una tarde, Christian escuchó un sonido familiar en el teatro y subió. Era la BCG. Lo deslumbró y empezó a ir a AEBU a toda hora solo para verlos ensayar. Se presentó ante el Flaco Esmoris y le pidió para desfilar por 18 de Julio con ellos.

Ese febrero del 93 precisaban gente que recreara los juegos del Parque Rodó en la platea del Teatro de Verano, y Christian aceptó hacerlo. Cinco minutos antes de empezar sintió náuseas y ganas de vomitar. Pero se metió entre la gente y se olvidó de todo.

Al año siguiente quiso entrar al coro. Rafael Antognazza le tomó una prueba y no quedó: "Estaba recontra verde". Esmoris le ofreció que se sumara a la BCG en 2006, este llamado no lo tomó por sorpresa porque intuía que su sueño se cumpliría.

—¿Te gustaría volver a salir en Carnaval?

—Sí, pero mi vida transcurre por otro carril. Durante un tiempo estuve reticente a actuar. Ahora estoy con ganas de subirme al escenario pero Carnaval no va conmigo. Consideré la posibilidad y hasta me reuní con directores de murgas, pero no.

Aunque no estén en sintonía su foto de Whatsapp es de una actuación en Buenos Aires con Demimurga. Fue un sábado de tarde del año 2000 y había 40 grados a la sombra. Cantaron en la calle. Christian todavía recuerda esa experiencia con mucho cariño.

Es hincha de Unión Atlética por elección. Era el club que estaba cerca de su casa, y fue la forma que encontró de seguir vinculado al barrio cuando se mudó. Siempre quiso volver a Malvín y cuando formó su familia lo hizo.

Su padre es hincha de Danubio, su hermano de Wanderers, su madre es simpatizante de Peñarol y todos los Font son rabiosos de Nacional. Christian fue fanático Peñarol, aunque ya no.

—Todos los domingos me llevaban a ver a Nacional. Una vez que hubo fecha libre fuimos a ver Peñarol contra Defensor al estadio. Yo tendría 7 años. Peñarol arrancó perdiendo y descontó. Ante el estupor de mi familia, grité el gol. Una cuestión de piel. Y al otro año (1987) fue una locura porque salió campeón de la Libertadores.

Su abuelo Aníbal no lo sacó hincha del cuadro de sus amores, pero sí logró hacerlo amante del cine. No lo adoctrinaba desde el consejo: "él hacía y vos le seguías el tren o no". Era súper fantasioso y usaba el humor como recurso, algo que Christian heredó.

Los paseos con el abuelo eran una expedición. Todo servía de excusa para inventar historias. Los Font filmaban películas caseras durante esas travesías familiares. "Subir el Cerro Pan de Azúcar era el Reto a las alturas", recuerda Rosita.

Los domingos almorzaban en lo del abuelo, que después de la comida convertía la talabartería ubicada al lado de su casa en El Gran Cine Unión. Pegaba la programación en la puerta del negocio de hípica y proyectaba las películas en súper 8 ú 8 milímetros. Sus cuatro nietos disfrutaban de la ceremonia del cine en primera fila.

—Mi abuelo era como un gourmet. Armaba todo al detalle: sabía dónde colocar el proyector, la pantalla, dónde iban las sillas e incluso la estufa.

Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967)era un clásico de esas matinée de domingo. Christian es fanático de esa película y se jacta de tenerla en todos los formatos posibles: súper 8, Blue Ray, VHS original y DVD.

El film que más veces vio fue ¿Y dónde está el piloto? I (Abrahams y Zucker, 1980). La Naranja Mecánica (Stanley Kubrick, 1971) es otro de sus títulos favoritos; su madre jamás pudo terminar de verla porque le resultaba muy violenta. Xavier le recrimina hasta hoy lo mucho que se aburrió cuando lo acompañó al cine a ver La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998).

Christian tenía un vasto acervo audiovisual y en épocas donde no existía al cable pasaba horas mirando esos vídeos. Grababa películas y documentales que pasaban en televisión abierta. Y tenía registrado todos los capítulos de Los Simpson. Cada tanto pasa por las galerías y compra algún VHS original. La última adquisición fue un recopilado de los sobrinos del Pato Donald que consiguió por 50 pesos.

Christian conoció a Flavia, que ya era mamá de Gerónimo desde hacía tres años. La pareja asumió el desafío de ensamblarse: "Yo venía con miras a integrarme en sus vidas y seguir construyendo una familia".

—¿Es verdad que te imaginabas papá de una nena?

—Sí, no sé por qué, pero me imaginé papá de una o varias nenas. Por una cuestión genética lo veía improbable: en la familia Font no hay prácticamente mujeres. Mi papá tiene dos hermanos y tuvieron que nacer cuatro varones para que llegara una nena, que es mi única prima. Mi hermano tuvo dos varones, mi primo otros dos y yo primero tuve a Lorenzo. Cuando apareció Manon en la ecografía no daba crédito.

Xavier no recuerda que su hermano mayor verbalizara sus ganas de formar una familia. "Se me ocurre que llegó a los 30 y pensó que era momento de sentar cabeza". Héctor tampoco habló con su hijo sobre ese tema.

Rosita se enteró de sus deseos de ser papá alguna vez que le contó que una relación no prosperaba porque la chica le decía que no quería ser mamá.

—¿Siempre quisiste ser papá?

—Siempre lo sentí como algo que iba a ocurrir. Yo sabía que esa experiencia iba a formar parte de mi vida.

Padre moderno


La paternidad generó en Christian un tusnami de sensaciones: alternó alegría extrema con pánico y angustia. No se desbordó, exorcizó sus miedos desde la escritura y el humor. Así apareció ¡Pa! Los padres también cuentan. La narración se vio afectada por su ritmo de vida: se le borraron un par de capítulos a medio empezar porque uno de sus hijos apretó la tecla equivocada.

Voracidad musical


En su aniversario número 11 cantó And I saw her standing there con una Gibsn SG original. No daba más de felicidad. La guitarra se convirtió en su pasatiempo preferido. No la dejaba ni para ir al baño. Una vez la encontró con un candado puesto: era un castigo de sus padres por no hacer los deberes.

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