HUMBERTO DE VARGAS

El artista detrás de los aplausos

Firmó su primer contrato laboral a los ocho años: recibió mil pesos por interpretar durante diez episodios al Padre Vicente niño en un radio teatro. Humberto Gerardo Vitureira se puso un nombre artístico con 14 años para un concurso de canto y desde entonces todos lo llaman Humberto De Vargas.Al conductor de Arriba Gente y Vivila otra vez le llegó la propuesta para interpretar uno de los protagónicos más codiciados y no dudó: es Tevye en El violinista en el tejado (Nacho Cardozo).

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De Vargas en el rol de Tevye. Foto: Alejandro Cámara.

El niño Humberto De Vargas tuvo la suerte de jugar a hacer radio en estudios reales. Era común verlo entre consolas mientras su madre, la actriz Marisa Paz, grababa bolos de radio teatros. Los operadores tenían una técnica para que el pequeño no se aburriera: lo entretenían dejando que tocara las perillas de sus equipos.

Su primer contrato de trabajo data de cuando tenía ocho años y fue como actor. Precisaban a un niño que hiciera la voz del Padre Vicente (interpretado por Berto Fontana) al evocar su infancia y recurrieron al hijo de Marisa Paz porque el chico siempre andaba en la vuelta.

En los créditos figuró como Humberto Gerardo Vitureira ya que no tenía seudónimo hasta esa época. Guarda en su memoria la imagen de su madre que llegó feliz a entregarle el sobre con los mil pesos que le pagaron allá por 1968 por ese bolo radial. "No me olvido más, era un papel billete de color violeta", rememora.

Humberto De Vargas es hijo de una pareja creada en los medios: Marisa Paz era actriz de radio teatro y Humberto Vitureira, conocido como Humberto De Feo, era sonomontajista y periodista. Humberto De Vargas era la mascota entre tanto adulto. Todos lo consentían. Una vez le hicieron creer que había tocado con el cantante Horacio Guaraní. Humberto andaba con una guitarra de madera a cuestas en los pasillo de Radio Carve. Con ese juguete se entretenía mientras sus padres trabajaban. Una tarde lo pararon arriba de un cajón, le pusieron un micrófono, prendieron la luz verde, luego la roja, y le juraron que él era otro de los guitarristas que acompañaba a Horacio Guaraní mientras éste tocaba en el estudio lindero. "Esos juegos fueron una manera de aprender el oficio de locutor y actor. De repente lo que nunca definí fue la vocación: decir qué era lo que más me gustaba de esas disciplinas pero porque todo me atraía por igual".

Relató fútbol, es cantante, locutor, actor de cine, teatro y conductor de ciclos bien distintos. Hoy lleva adelante Arriba Gente y Vivila otra vez. ambos por Canal 10. Su versatilidad es indiscutida pero él prefiere hablar de audacia. "Trataba de destacarme a nivel escolar y liceal: le pedía a las maestras que me dejaran cantar las canciones en los actos patrios. Aplicaba ese rostro tímidamente para compensar mi haraganería en el estudio".

Se crió rodeado de registros vocales impresionantes: "Para entrar en esos medios tenías que tener una voz que hiciera temblar las paredes", recuerda. Escuchaba a su padre dialogar con Julio César Ocampo, Lea Castillo, Cristina Morán, Julio Cabot y Rodríguez Tabeira. Su oído se acostumbró a voces impostadas y eso le generó, además, una necesidad de aprender a proyectar y vocalizar.

—¿Practicabas o ensayabas para conseguir un timbre ideal?

—Sí, ahí mi gran maestra fue mi mamá. Ella me hacía leer muchísimo en voz alta para mejorar mi escritura. Me hacía proyectar. Le gustaba mucho que leyera poesía. Y me ayudó a la vocalización porque parte de cómo impostás la voz tiene que ver con cómo ahuecás la boca para hablar y ella vivía poniéndome lápices en la boca para que mejorara la dicción. Papá mantiene hasta el día de hoy una impostación de voz bárbara. Así que viene un poco de cuna también.

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En su cédula de identidad figura Humberto Vitureira, pero pocos lo conocen por su nombre real. Se llama igual que su padre que también optó por un seudónimo. El Humberto más grande eligió De Feo porque es hijo de crianza de esa familia.

Humberto hijo adoptó un nombre artístico por sugerencia de Mario De Carlo, conductor de El Millonario, concurso de cantantes que emitía Canal 10. Tenía 14 años, se presentó en el género melódico y quedó pre seleccionado para integrar el staff de ese ciclo durante el año 1977.

—Se me acercó Mario (De Carlo) y me dijo que Humberto Vitureira era demasiado largo, me sugirió que me pusiera Humberto Vitur. Llegué a mi casa, se lo comenté a mi madre y no le gustó que cortara mi apellido. Suena a cantor de tango, busquemos otro, me dijo. Me terminó convenciendo de me pusiera el apellido de su abuela. Ella era María Julia Paz De Oliveira De Vargas. En ese momento era muy popular un cantante de tangos llamado Pedro Vargas, entonces opté por el apellido de mi bisabuela. Y cuando arranqué en los medios ya no tenía sentido cambiarlo.

A la madre de Humberto de Vargas no le alcanzaba para mantener su hogar solo con los bolos de los radio teatros, así que en 1969 le salió un cargo como directora del Consejo del Niño en Durazno y debieron mudarse. El cambio de aire le sentó bien a Humberto. Se presentó a un concurso de canto infantil en Paso de los Toros y debutó con el pie derecho: ganó y nunca paró de cantar.

Improvisaba salas de ensayo y dedicaba horas a imitar las voces de sus ídolos. Su escuela fue el espejo, el tocadiscos, y el cepillo o desodorante como micrófono. "Ponía discos de Sandro, Raphael, Leonardo Favio y Carlos Gardel. Me obligaba a cantar en registros que no me quedaban cómodos porque llegaba un momento que en la reiteración terminabas aprendiendo".

Mantiene esa perseverancia hasta hoy. Se obsesiona por alcanzar la perfección cuando asume una responsabilidad laboral. Aceptó el desafío de protagonizar El violinista en el tejado porque Tevye era uno de esos personajes que ningún actor puede dejar pasar, y además, porque la dirección de Nacho Cardozo era sinónimo de exigencia para él y para lo más de 40 artistas que componen este gran musical.

"Me gusta mucho la exigencia en el rubro artístico y tiene que ver con todo: horarios, saber la letra, trabajar en tu casa, aportar, generar un grupo humano con la consciencia profesional de que desde el momento en que iniciás el primer ensayo estás convencido de que vas a hacer un gran espectáculo. Todos debemos funcionar con ese nivel de profesionalismo y cuidar cada detalle porque a veces un error técnico se paga carísimo".

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Hace 25 años participó del musical Ópera Do Malandro y hasta hoy lo recuerdan por ese éxito. Para Humberto De Vargas era un llamador volver a trabajar con dos de los talentos que integraron ese staff: Omar Varela lo dirigió aquella vez y en El violinista en el tejado versionó el texto de Joseph Stein, y Carlos García volvió a hacerse cargo de la adaptación musical. "Había una cuestión medio de cábala, pah, capaz que se da lo mismo". Y con Martín Angiolini como arreglador coral sabía que el elenco cantaría bien: "Iba en coche", dice.

"Hay una producción, un material, un elenco, una juventud, un talento en esta gente que si logramos que todos los astros coincidan y trabajamos de determinada manera podemos sentar un precedente de un espectáculo musical, como sucedió con Ópera Do Malandro".

Cuando asumió el reto de encarar este clásico lo hizo consciente de que quería que hubiera un antes y un después en su carrera y en el género. "Quiero que exista el orgullo del público de ir al teatro El Galpón a ver un musical íntegramente realizado por uruguayos y digan, vi un espectáculo de nivel internacional. Nada más. Pero para que los uruguayos digamos eso es bravísimo".

Para ser el travesti Nini en Sangre en los tacones, obra en la que también debutó como director, aprendió a maquillarse, lo hacía previo a cada función, y se dejó las uñas largas porque decía que sentir esa femineidad en los detalles modificaba su esencia interior.

Este lechero llamado Tevye en El violinista en el tejado es judío, vive en Rusia a principios del siglo XX, está casado con Golde, es pobre, humilde y padre de cinco hijas. Para ser Tevye en la obra, Humberto se dejó la barba, el pelo más largo, y cambió de forma minuciosa matices en su físico con el fin de crear a un lechero rústico en gestos, movimientos y voz.

—Trato de componer a un hombre curtido, que es capaz de arrastrar su carro como si fuera un caballo, o sea que tiene que ser una suerte de toro. Un tipo que demuestre fortaleza, cierta torpeza. Las cosas en Tevye tienen que ser de brocha gorda. Cuando ama y sufre lo hace de forma tosca, sin estar exento de la ternura que puede tener la roca. Me genera un andar distinto, bajar los hombros, tener la espalda y el pecho más ancho, sentir que las manos se me hinchan. No tiene la delicadeza de quien está acostumbrado a escribir en el celular, sino de quien lidia con animales. Busqué generar eso desde el escenario con cosas como su manera de acomodarse la gorra o de rascarse la cabeza.

Construyó desde adentro a Tevye y cuidó detalles mínimos en el afán por sentirse tosco en carne propia. "Quise que todo lo que está dentro del carro fuera real. Esos tarros de leche pesan mucho y yo los levanto sobre una baranda con una mano sola. Lo tuve que ensayar mucho. Pero tengo que mostrar que este tipo tiene la fuerza de poder arrancar un árbol de la tierra. Y más allá de lo actuado, lo tengo que sentir. Es un bruto bueno. Es querible, tiene su humor, sus reglas, es un gran conservador".

Tevye mantiene largas conversaciones con Dios y Humberto dice que esta obra le sirvió para reconciliarse con ese "algo o alguien" con quien solía hablar mucho. "Hago catarsis, a veces incluso cuando no lo necesito. Me ha pasado de recorrer un espacio abierto en casa entre la cocina y el fondo, ver el cielo estrellado y agradecer por la salud de mi familia, por poder desarrollar mi trabajo. Y cuando paso mal también suelo recurrir a esas charlas, aunque increpo menos a Dios que Tevye".

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Hablar de El violinista en el tejado es hablar de amor. Lo que más conmovió a Humberto De Vargas fue el vínculo de su personaje con las cinco hijas: Tzeitel (Miguela Giménez), Hodel (Melanie Catan), Chava (Sofía Scarone), Shprintze (Julieta Sellanes/Maia Rivero) y Bielke (Catalina Imperial/Luna García).

Durante el proceso creativo retrocedió hacia ciertos momentos muy dolorosos que vivió con su hija mayor, Josefina (21): "Los primeros años de relación con ella no fueron lo que había soñado. Después la vida me dio la posibilidad de ir reconstruyendo. De todas maneras, reconstruir es rearmar algo que en algún lado está roto. No sucedió lo mismo con los dos menores, Facundo (17) y Sofía (12), que construimos juntos. Yo soy hijo de padres divorciados y lo ideal es papá y mamá juntos. La historia de que nos divorciamos, nos llevamos bárbaro y los chiquilines no sufren es mentira. Hay sufrimiento y una piecita del rompe cabezas que no queda en el lugar adecuado".

—¿Te cuestionaste tu rol de padre a partir de esta obra?

—No, disfruté enormemente cada decisión amorosa de Tevye. El personaje me sirvió para darme cuenta de que las decisiones tomadas con amor cuando no son barbaridades están cubiertas por un halo de perdón, aunque haya sido equivocada, y en todo caso me tengo que pedir perdón a mí mismo. Frente a mis hijos y mi pareja me gusta jugar a ser Superman, mostrar que a mí no me afecta, ni me duele nada. Esa cosa de que estoy por encima del bien y del mal: yo asumo la carga, la responsabilidad, el castigo. Después el tiempo acomoda todo. Y es mentira. El tiempo no acomoda nada.

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El público se sorprenderá al descubrir a un Humberto De Vargas bien distinto al que sale a diario por la pantalla de Canal 10. Canta, baila y actúa durante las dos horas y media de espectáculo.

"Mucha gente en la que confió como espectador teatral me dice, no sé si es el vestuario, la postura física o lo que generás con la voz que se mantiene durante toda la obra, pero no se ve al conductor de Vivila otra vez. Hay una composición de otra persona que yo creo que es Tevye. Me gusta mucho esa magia teatral de creer que podés ponerte el traje y el alma de otra persona, hacerla vivir durante dos horas y media, sacártelo y volver a las actividades normales".

En el medio de ese camino sucede la ovación final, los aplausos, los gritos. Esa respuesta positiva del público modifica por completo el alma de este actor. "Siento que sucede algo fuerte con la gente. Los veo parados, llorando, haciendo palmas por el tema anterior y digo, ¡lo que generamos! Cuando miro hacia atrás observo caras de goce, placer y felicidad".

Pero Humberto no logra disfrutar esos segundos cargados de energía y adrenalina. Y solo piensa en bajarse del escenario e irse al primer bar a tomar una cerveza bien fría con su esposa, o solo, pero sin que nadie le hable sobre Tevye, las hijas del personaje o la obra.

—Debería quedarme a disfrutar pero me quiero ir. Ya está. En términos futboleros sería, terminá el partido, juez, ya lo ganamos, la clavamos en el ángulo, vámonos. Dejame con esta imagen. Que nada lo empañe. Es una estupidez, pero está el temor de que algo malo pueda suceder. Nacho (Cardozo) me ha hecho esta crítica, pero sabe que con eso no puede. Cuando vio lo que pasaba con la gente en el pre estreno me insistió con que disfrutáramos del aplauso, que esperara. Pero para mí sucede una mezcla rara entre que con esto está bien y que me da un poco de pudor.

—Siempre repetís que te llevás mal con la fama, que no tenés el glamour suficiente para formar parte de la farándula, ¿no aparece tu ego en esos momentos?

—No. Soy el último en salir y voy encapuchado con un jogging todo rotoso y una camiseta de Bendita TV. No salgo tarde a propósito. Mi ropa queda esparcida por todo el teatro y me encargo de recoger cada prenda, colocarlas en perchas, y separar lo que hay que enjuagar o lavar para llevarlo a mi casa. Todo eso me significa tiempo. Termino cada función con gran excitación así que prefiero hacerlo con tranquilidad. Pero la salida tarde obedece a la manía con dejar todo acomodado.

—¿Qué te dice la gente?

—La gente es muy generosa y quienes son de la colectividad salen profundamente conmovidos. Los comentarios que más me han llegado son de gente que pasó por situaciones como el éxodo, o que viene de padres o abuelos que lo vivieron. Ya cuando te empiezan a mencionar con una cara de circunstancia particular es donde te das cuenta de que estás contando la historia de muchísima gente y cada cual en esa platea lo está viviendo de una forma completamente diferente. Si no estuviera bien hecho no te lo creerían y se sentirían mal porque invadís su terreno. Ahí es donde decís, qué lindo es esto del teatro.

Visita especial.

Tabaré Vázquez asistió a El Galpón la noche del estreno de la obra. Humberto lo supo antes que sus compañeros por "una deformación profesional": hace 30 años conduce los ciclos de ADM y conoce a todos los guardaespaldas de los políticos. Así que se dio cuenta antes de que le avisara la producción. "Supimos que al presidente le encantó. Por razones de agenda tenía previsto ver solo el primer acto, pero se quedó hasta final y vio hasta el último aplauso. Quedé gratamente sorprendido".

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