CARNAVAL

Álvaro Recoba, la voz de Dios Momo

Sus primos lo arrimaron al tablado, su padre al fútbol y terminó soñando en grande. Álvaro Recoba quería ser relator y presentador del Teatro de Verano. Se le dieron las dos. Estuvo en las transmisiones de Universal durante años, pero hace tiempo que el periodismo deportivo dejó de quitarle el sueño: “Afectó mucho mi familia por cosas que hice mal”. Hoy su expectativa se concentra en ser el animador oficial del Ramón Collazo.

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Foto: Carnaval en fotos.

Su vida cambió por completo aquella tarde de 2010 en un paseo casual por Paso Molino. Se cruzó a José Morgade, miembro de Daecpu, y éste le comunicó en una tienda y sin anestesia que habían decidido que sería el nuevo presentador del Teatro de Verano. “Pensé que me estaba cachando”. Pero era real. Nunca arregló el dinero que iba a ganar porque para Recoba esa actividad no tiene precio. Es magia pura.

—El Carnaval no es una pasión heredada. A tus padres no les gustaba, pero vos te sentabas en los tablados a mirar espectáculos con cinco años, ¿quién te llevaba?

—Iba con primos y algunos vecinos que les encantaba. Mi madre tiene 85 años y no tiene la más mínima idea de lo que es una murga. Este año fue una noche con mi señora, que tampoco es carnavalera, a ver Don Timoteo, la murga del "Chino" Recoba que es sobrino mío. La que mamó de chiquita el Carnaval y lo disfruta es mi hija. Es mi gran consejera, me marca los errores y me siento orgulloso porque sabe muchísimo y me da muchas pautas.

—También te gusta el fútbol y el basquetbol y fuiste relator durante años, ¿cómo apareció esa vocación?

—De niño le pedía a mi mamá que me trajera el equipo de Nacional. Mi padre era fanático del fútbol y yo soñaba con ser relator y acompañar a Jorge Da Silveira. Lo veía muy lejano, pero tuve la suerte de transmitir, relatar clásicos y viajar con él. Mi radio de toda mi vida ha sido Oriental. Fui un privilegiado porque logré varios objetivos. Yo animé muchísimos escenarios de barrio. Empecé en el Paso de la Arena y pasé por el Defensor Sporting, el 1° de mayo, y soñé con ser el presentador del Teatro de Verano.

—En tus dos roles apelás a la voz, ¿siempre supiste que tenías cualidades o un tono especial?

—Si fuera por la voz hay mil locutores profesionales que me pasarían el trapo en esto. Pero creo que va un poco por la personalidad y cómo te dirigís, más que nada en Carnaval. Me siento muy seguro de lo que hago. Tengo una relación bárbara con la gente. Cuando se abre el telón siento que estoy en el living de mi casa. Si bien me corre un cosquilleo porque me enfrento a cinco mil personas, no me puedo equivocar y tengo que estar concentrado, eso no me genera nervios como para decir, me muero, que abran el telón porque me siento seguro de que la gente me acepta.

—¿Cómo fue la primera vez?, ¿qué conjunto presentaste?

—Presenté La Yapa, una murga chica que no pudo salir más. Eran las ocho de la noche y había 200 personas nomás. Había hecho un estudio de la situación del escenario, dónde estaban los bafles, los micrófonos, cómo se abría el telón, la fosa. Se abrió el telón y se me terminó el mundo porque tropecé con un bafle y pensé, debo de ser el tipo que estuvo menos al frente del Teatro de Verano: un día. No me preguntes qué fue que pasó que me mantuve y presenté la murga.

—La primera vez que te escuchó Enrique Espert, presidente de Daecpu, fue en el tablado de Paso de la Arena, ¿recordás qué te dijo?

—Me acuerdo perfecto. Apareció un día con Los Saltimbanquis, me vio presentar y me dijo, yo te voy a llevar a animar a mi escenario en Bulevar y Dante. Me llenó de satisfacción porque Los Saltimbanquis era mi murga referente de niño. Me crié en Corrales y Centenario e iba a los ensayos en Villa Española. Veía a esos monstruos como algo soñado y que uno de los dueños de la murga me dijera que me iba a llevar me llenó de orgullo.

—¿Qué relación tenés hoy con Espert?

—Somos muy amigos y estoy orgulloso de eso. Enrique es mi sostén. Él fue quien me llevó al Teatro de Verano, me dio la confianza y he hecho todo lo posible para no defraudarlo.

—Servando Ruiz "El Boyero" había sido tu referente como presentador del Teatro de Verano, pero te planteaste crear tu propio estilo, ¿sentís que lo conseguiste?

—No va a haber otro como El Boyero. Debe de ser el único animador que rezongaba a la gente y lo aguantaban. Yo era de ir mucho a mirarlo y decía, capaz que algún día tengo la posibilidad de estar ahí. Pero nunca traté de imitarlo en nada porque era imposible. Espert y (José) Morgade me decían que uno no la puede complicar cuando presenta en el Teatro de Verano. Fue lo primero que aprendí: la gente no te va a ver a vos, quiere ver el conjunto. Cuanto menos le hables, mejor porque tenés menos posibilidades de meter la pata. Decís los anunciantes, de dónde viene el conjunto, la ficha técnica y ya está. Eso es parte del éxito.

—¿Se percibe una energía especial cuando el Teatro de Verano está repleto de gente?

—Sí, hay conjuntos que te das cuenta. Diablos Verdes es impresionante: la Teja se muda al Teatro de Verano. Los Zíngaros, Nazarenos, Patos Cabreros, Don Timoteo, La Gran Muñeca también se sienten; Agarrate Catalina en su momento. Este año con La Clave percibías la energía de la gente en la tribuna. Eso te lleva a sentir un cosquilleo diferente porque tenés que salir con todo. Son gajes del oficio.

—¿Qué sentís cuando suena la música que te avisa que es hora de presentar el siguiente conjunto?

—Siento que es un aviso para la gente y me imagino a los artistas apurándose detrás del telón. Sinfonía de Tambores (Eduardo Da Luz) es una música fenomenal. Los dos años que no estuvo Tenfield se cambió y no fue lo mismo. Tiene algo especial que está prendido en el carnavalero. Cuando vas a salir y te ponen esa música sentís una adrenalina diferente.

—¿Desde dónde mirás los conjuntos?

—No tengo un lugar fijo. Cuando tengo un interés real en un espectáculo lo miro desde la primera fila para no perderme nada. Otras veces comparto la tercera o cuarta fila en un sector de abonados, o lo miro desde la cabina de Radio Monte Carlo.

—¿Mirás todos los conjuntos?, ¿cuál es tu categoría preferida?

—No miro todos. Soy murguero de alma. Me vuelvo loco con un platillo, un bombo, un redoblante y un coro que mate. El parodismo en segundo lugar. Y me gusta el humorismo cuando está bien planteado, como pasó este año con Cyranos, que fue algo maravilloso y no me perdí ninguna rueda.

—¿Te gusta ir a comentar y opinar en el pedregullo?

—Trato de estar ajeno a eso y de no ir porque el pedregullo es bravo: lo que menos hay es objetividad. A mí nadie me dijo que no puedo opinar pero lo tomé yo así por respeto ¿Voy a ir a mentirle a la gente? A que cuando se baje el conjunto me digan, ¿y?, ¿cómo nos viste? Bárbaro. Y capaz que el espectáculo no fue bueno. Trato de no estar en ningún lado cuando se bajan así por lo menos evito dar mi opinión que no sirve de nada. El pedregullo es algo folclórico, el día que deje de existir se termina el Carnaval.

—¿Alguna vez te dieron ganas de subirte al escenario?

—Me dan unas ganas bárbaras pero no puedo cantar, no tengo oído, soy un desastre. Me encantaría cantar en una murga pero no me podrían llevar ni con un parlante donde saliera la voz del Canario Luna. Disfruto viendo.

—El viernes pasado decías en un vídeo que subiste a Facebook que pasaste momentos inolvidables este Carnaval, ¿cuál destacás?

—Estar en el Teatro para mí es mágico. No tiene precio. Nunca arreglé el dinero que iba a ganar y no es que no me importe: son 45 noches y lo que gano es importante, pero para mí lo mágico es poder ser el animador, recibir a todos los carnavaleros en ese entorno que es único porque el que no vive el detrás del telón no sabe lo que pasa. Yo me siento feliz.

—¿Fuiste testigo de la pelea entre Horacio Rubino y Eloy Calvo este febrero?, ¿estabas ahí?

—Estuve muy cerca. Cuando Horacio se baja del escenario a uno de los primeros que encuentra es a mí en el costado porque sabía que Eloy venía por ese lado y lo quería volver a encontrar después del incidente, que no lo vi. Lo único que hice fue decirle, Horacio, ya está, pará, por favor. Fue un hecho desgraciado de un tipo bárbaro y noble como Horacio. Eloy es un periodista muy punzante. Ojalá puedan recomponer la relación. Aprecio a los dos, pero al no haber sido testigo presencial no puedo tomar partido por ninguno. Ojalá pueda solucionarse. A veces hay que desdramatizar un poco. Me parece que el Carnaval mejoraría si no fuera tan cruel la competencia.

—La última etapa no es un adiós, pero sí un hasta luego largo…

—Es agridulce: cuando llegás a las cuarenta noches no das más, pero la última noche querés seguir. Es una sensación rara. Se te hace difícil porque compartís más de un mes ocho horas todos los días con la misma gente.

—Esta noche de fallos la pasaste en el Club Paysandú con Don Timoteo, ¿qué hacías en las anteriores?

—Yo hago un programa de Carnaval en Radio Monte Carlo, terminamos como a las cinco y pico y siempre me voy a acostar. Pero este año volvía Pitufo (Lombardo), un referente, Marcel (Keoroglian), un fenómeno como cupletero, Pinocho Routin, otro tipo que adoro. Además me imitaban en una parte de la actuación de Don Timoteo y me parecía que era una obligación ir a saludarlos. Fue una de las pocas veces que fui a un club después de que se conocieron los fallos. Quería abrazarme con el Chino Recoba porque se lo merece. Voy a estar agradecido de por vida por cómo se ha portado conmigo.

—¿Qué hacés la noche después de la ronda de ganadores?

—Siempre pienso en salir del Teatro e ir a comer algo con mi hija pero terminamos a las cinco de la mañana. Lo diferente en mi vida fue que el domingo pasó sin pena ni gloria: me levanté el lunes de mañana muerto. Te cae la ficha, el cuerpo se afloja y es una cosa bárbara.

—¿Cuánto te dura esa sensación de desazón que queda en los carnavaleros cada vez que se termina esta fiesta?

—Dura hasta que pueda ir al teatro a ver algún espectáculo. Ahora ya estoy pensando en todo lo que se viene: la entrega de menciones, los premios Sudei, y ya saqué entradas para ir a ver a Cyranos y La Clave que van a estar en El Galpón. No me pierdo ningún espectáculo. Voy a ir a ver a la Falta y Resto hacer Anarquía el 21 de junio. Eso me mantiene prendido hasta que llega la Prueba de Admisión.

—Fútbol, basquetbol y carnaval son tres ambientes complicados, ¿te tocó sufrirlos alguna vez?

—Te mentiría si te dijera que en el Carnaval son todos buenos. Sería demagogia pura. Pero pienso que el ambiente lo hace uno. Mi padre no terminó la escuela pero me enseñó a saber en qué lugar de la vereda ponerme.

—¿Te sentís más cerca del periodista deportivo o del presentador de Carnaval?

—Ahora del presentador de Carnaval. Yo disfruté mucho el periodismo deportivo porque me permitió viajar por el mundo, cosa que por mi condición económica no hubiera podido hacer. Me pellizcaba cuando estuve en el Partenón. Pero el periodismo me quitó mucho también y me afectó mucho la familia por cosas que hice mal. Por eso lo tengo de costado. No me interesa volver y tampoco creo que al periodismo deportivo le interese que yo vuelva. No me quita el sueño relatar. Hoy lo que me quita el sueño es poder ser presentador de Carnaval. Lo espero con expectativa y lo disfruto. El día que no sienta ganas de ir al Teatro de Verano voy a ser el primero en decirles que pongan a otra persona en mi lugar. Hoy disfruto porque me siento querido por la gente del Carnaval.

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