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Adios a la cabina: a Yannuzzi le toca comentar su vida

Tiene 65 años y eligió jubilarse en el mejor momento de su carrera. Su mujer y sus hijos coinciden: fue una decisión sabia. Se mudó a Piriápolis el 12 de diciembre para disfrutar de la naturaleza, los asados y sus afectos. Un perfil del periodista deportivo para conocerlo mejor.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Marcelo Bonjour

Hay 30 grados. Enrique Yannuzzi está recostado en el sillón del living con el aire acondicionado al mango y la spica en el pecho. Dormita. Acaricia a su perra Luna, de 14 años. Son inseparables.Lo extraña cuando viaja, tanto, que lo ignoró durante cinco horas el día que volvió del Mundial de Sudáfrica. No oye el timbre. Su esposa y Mariana, su hija menor, me lo habían advertido: escucha la radio a todo volumen. Lo despierta el teléfono, lo espero en la puerta de su casa junto al fotógrafo. La AM mal sintonizada y el chancleteo de Yannuzzi despabilaban a Mariana cada mañana. El fútbol fue la banda sonora en su casa por más de cuatro décadas. Hace un año decidió que se retiraría y tomó una distancia prudencial. Dejó de ver partidos, y Mariana le mostró Youtube. Descubrió a Tabaré Cardozo, Alejandro Balbis y Lucas Sugo.

—¿Quiénes son Los Ramones?- pregunta Mariana, de 21 años.

—Una barra brava de Peñarol-contesta su padre.

Canta y baila horrible. No tiene oído. Es muy memorioso para el fútbol pero en materia musical le va pésimo. No recuerda letras. Inventa. Es malísimo con el inglés. Alberto Kesman se divertía mucho cuando lo veía interactuar con extranjeros en las coberturas internacionales: hablaba en español con acento inglés y creía que lo entendían.

Solo puede cantar Yesterday y Anna, de los Beatles. El único músico anglo que conoce es Paul McCartney y está convencido de que de joven era igualito a él. La noche anterior a esta entrevista se sentó a ver un programa que lo descolocó: no estaba enterado de la supuesta muerte del beatle y de la teoría de que pudo haber sido sustituido. Todavía no cae.

La menor de los Yannuzzi tuvo una época de rebeldía. Le molestaba que su padre y su hermano Pablo fueran monotemáticos. Fútbol, fútbol y más fútbol. Se quejaba cada vez que entraba a su casa y todos los televisores tenían un partido sintonizado.

Mariana y Soledad, la hija mayor de Yannuzzi, ni siquiera se enteraban cuando se jugaba un clásico, "lo rechazaba tanto que lo bloqueaba".

"Mis hijas sufren mucho, no les gusta el fútbol, pero debe de ser porque este deporte les robó un poco al padre, entonces cualquier comentario que hago lo multiplican por diez".

Fue empleado público en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, periodista deportivo y profesor. Trabajaba de lunes a lunes. Salía de su casa a las ocho de la mañana y llegaba a las once de la noche. Un profesional intachable, según Kesman. Nunca faltó, salvo cuando tuvo que operarse.

Se perdió fiestas escolares de sus hijos. No estuvo para ayudarlos a hacer los deberes. Faltó a todos los almuerzos familiares de los fines de semana. Llegó tarde a la mayoría de los cumpleaños sus hijos Soledad, Mariana y Pablo, caía para cortar la torta. Iba con ellos al Parque Rodó de mañana, esperaba que abrieran los juegos, daba dos vueltas y corría al estadio para transmitir.

No se queja. Dice que jamás lo vivió como un sacrificio. Disfrutó cada momento. Ejerció su pasión, trabajó donde eligió y en lo que le gustaba.

"Pensó y dijo lo que quiso, se va en lo más alto de su carrera, con el cariño y respeto del público y sus compañeros. Mejor que eso imposible", opina Kesman, amigo y colega de radio Universal desde hace 30 años.

Sus familiares saben que extrañará pero confían en que el retiro fue la decisión más sabia. Verónica, su esposa, sabe que ama su profesión pero no daba para más. Es hora de que disfrute de su familia, sus afectos, la naturaleza y su casa en Piriápolis, donde se mudó junto a Luna el 12 de diciembre y ya está instaladísimo. Verónica va los fines de semana porque trabaja.

Yannuzzi le debe todo a la pelota. Recorrió el mundo gracias al fútbol pero nunca salió del país con su familia. Su hijo y él son hinchas de Gimnasia (equipo argentino). Ahora tiene tiempo ocioso de sobra y Pablo quiere que salden esa cuenta pendiente. Tiene en mente una escapada a Buenos Aires junto a su padre para pasear y de paso ver el equipo que les gusta.

***

Nació en Ricaurte y General Farías, a una cuadra de la sede de Bella Vista. La cabina número 2 del estadio Nasazzi lleva su nombre.

Su infancia se redujo a trompo, bolita y fútbol. Con cuatro piedras hacían dos arcos y se armaba un partido. No pasaban autos. Su madre vivía con el corazón en la boca porque Enrique se escapaba y cruzaba las vías de los ferrocarriles.

Ir al estadio Centenario era una travesía. El fútbol para su generación era el diario, la radio y Carlos Solé. Escuchaba ese relato y sus pensamientos volaban: imaginaba cómo sería ese túnel de dónde salían los jugadores.

La primera televisión del barrio la tuvo la familia Pilo - Costa en la calle Ricaurte. Yannuzzi era uno de esos diez gurises que se colgaban de la ventana para ver Lassie. Pablo perdió la cuenta de la cantidad de veces que escuchó esa anécdota de boca de su padre.

Recuerda al "Japonés," el diariero más grande que hubo en Bella Vista y añora aquel grito del canilla que no volvió a escuchar.

Extraña a sus amigos de la niñez. En algún momento de la semana les dedica un pensamiento. Es hijo único. Soñaba con tener un hermano. Lo esperó por años, no llegó y se frustró.

Era malcriado. Comía muy pocos platos. Las tías le hacían pascualina. Si había pollo, no se sentaba a la mesa; hoy hasta lo cocina.

Hay rasgos egocéntricos que mantiene. Si hablan sin parar y no lo escuchan, los corta. Se compra helado dietético pero prefiere comer del otro antes, así acumula más para él. Le encanta la muzzarella y cuando queda el último pedazo pregunta, ¿alguien lo quiere? Si le contestan que sí, su cara se desfigura. Igual que un niño chico.

Le sacó canas verdes a su madre. En sexto de escuela dejó plantada a su compañera de pericón en medio del acto. Empezó la música, dijo, no bailo nada y salió corriendo.

Pasaba Semana Santa en Carmelo. Sus tías eran muy católicas y él las hacía rabiar cada Viernes Santo. Yannuzzi se escapaba de la casa para comer panchos en la plaza.

Kesman piensa que hoy sus picardías son igual de ingenuas: "dice que no come y se levanta de madrugada a buscar algo dulce; que no toma pero desaparece el whisky temprano".

Se pone de muy mal humor si no hay agua en la heladera, si se queda sin luz y sin cable. Pero la furia crece cuando se rompe la impresora.

Se enoja poco, pero cuando sucede, te dice, gracias por ser como sos. La peor agarrada entre padre e hijo tuvo como protagonista una spica. Pablo entrenaba en Miramar, se llevó una radio que el periodista quería mucho, la rompió y pasó tres días sin hablarle.

***

Enrique conquistó a Verónica con la indiferencia. Trabajaban oficina de por medio. Una tarde, ella lo quiso saludar y él le lanzó un hola bastante seco. "Este gordito pillado", pensó.

La primera impresión fue malísima. La ignoró durante días. La cosa se dio vuelta sin que se percatara, "no sé de qué técnico lo habrá sacado pero fue una buena táctica". La invitó a salir, aceptó y fue a la primera cita de traje y chaleco. Ella no recuerda que hayan hablado de fútbol.

Enrique odiaba a los perros. Verónica vivía con Zulú y él no lo quería cerca. Fue una lucha lograr convencerlo para que aceptara una mascota en su casa. Sus hijos hicieron fuerza y cedió.

Puso dos condiciones: no podía entrar en su dormitorio ni estar al lado suyo mientras comía. Pero Luna lo conquistó y a los tres meses dormían abrazados. Se volvieron tan inseparables que se la llevó a vivir a Piriápolis y le insiste a Kesman que por su forma de ser le haría bien comprarse un perro y llamarlo Mariscal.

***

Yannuzzi recorrió los cinco continentes gracias al fútbol. Hizo más de 150 viajes al lado de Kesman. Abría y cerraba la transmisión deportiva. Fue el único en hacer previa y comentario.

La decisión del retiro no fue de un día para el otro. Está saludable, lúcido, se siente perfecto, camina 4 kilómetros por día, pero "en el estadio he visto a colegas que no saben qué día es. Yo no quería llegar a eso".

Le comunicó al equipo de Universal que daría un paso al costado en el Mundial de Brasil (2014). "Estoy podrido de muchas cosas del fútbol, estoy cansado de venir tan temprano al estadio y pasar tantas horas. Ya está, me quiero ir a vivir a Piriápolis, caminar, tomar mate". Kesman reconstruye la cita que usó su amigo al esbozar su deseo de retirarse a los 65 años.

—Te respeto, hacé lo que quieras, pero estás en el mejor momento de tu carrera- saltó el Mariscal.

—¿Qué voy a esperar, a jubilarme el día que esté enfermo?- justificó.

Yannuzzi piensa que Kesman no creyó que lo concretaría tan pronto. Sánchez Padilla tampoco, "pero hace seis meses se dieron cuenta de que era irrevocable".

Sus hijas no quedaron muy convencidas con su explicación inicial el día que reunió a su familia e hizo el anuncio. Ninguno opuso resistencia. Pablo es testigo de que la rutina agotó a su padre. Aunque la caída del ejecutivo que presidía Sebastián Bauzá en la Asociación Uruguaya de Fútbol aceleró la decisión.

Es un tipo frontal, de fuertes convicciones. Defiende a capa y espada su postura. No tiene la señal de fútbol uruguayo en sus televisores, "siempre fui crítico de Tenfield, no iba a tenerlo en mi casa. Ahora que me jubilé y estoy por fuera quizá lo ponga, pero por ahora no. Respeto mucho a los trabajadores y periodistas de la empresa, mi discrepancia es con los dirigentes que los dejan hacer cosas que no deberían".

***

El 6 de diciembre no fue una transmisión más. Le dijo a Verónica que era un día como cualquier otro pero le adelantó que no sabía cómo iba a terminar. Todo dependía de sus compañeros.

Hizo la previa y el partido como siempre. El teléfono no dejaba de sonar. Llegaban mensajes a su celular y al de Kesman de aquí y del exterior.

Cuando el árbitro dio el pitazo final y se terminó Peñarol - Juventud, el relator hizo el gran anuncio, es el último partido de Yannuzzi. En seguida largó el moco: el periodista lloró como un niño. En su casa ninguno contuvo la emoción. Se quebraron al oírlo.

Pide perdón a la hinchada aurinegra por no haber comentado el partido en que Peñarol salió campeón, "estaba metido en lo que me pasaba a mí, se me vinieron imágenes del pasado, del presente, se me escapó la cosa. Por suerte Gerardo Terra tomó las riendas. Yo era un pañuelo, lloraba sin parar. Me acordé de mis padres, mi familia e intenté sin apuntar nombrar a todos los que me habían abierto una puerta".

Se quebró al mencionar a su entrañable amigo Ariel del Bono. "Me gustaría que estuviera acá. Me formó, me hizo periodista. No hay nadie como Ariel. No lo va a haber. Lo extraño mucho", dijo al aire, como pudo y entre lágrimas.

Mariana es testigo de que su padre se emociona cada vez que habla de Del Bono. Los ojos se le ponen vidriosos. Lo mismo le sucede al recordar a su mamá. Ariel era muy cercano. Llamaba todos los días a la casa de Yannuzzi y se enojaba si no conseguía comunicarse con él. Hablaban mucho de política.

Mariana era chiquita y Ariel siempre le hacía el mismo chiste. "Soy tu compañero de clase, estoy sentado atrás tuyo", le decía. Y le pedía que le pasara con su papá.

Ella no lo veía seguido, pero sabía que era el mejor amigo de su padre. Cuando se enteró de que había fallecido, lloró muchísimo. Había perdido a otros familiares y le extrañó esa reacción. Hoy lo comprende, "esa ausencia llegó hasta mí por un tema de energía y lo que causó en mi padre".

***

El 7 de diciembre se levantó como si nada. Se despidió de los oyentes en La Oral Deportiva (CX 22) y en Estadio Uno (TNU). Pensó que se iría a su casa y no pasaría mucho más. Jamás imaginó la cantidad de reconocimientos y homenajes que recibió. Ni la repercusión que causó su retiro.

Se sorprendió. Se emocionó. Y no puede decir más que gracias, gracias. No para de repetirlo.

Le llovieron los mensajes pero hubo un saludo que lo descolocó. Lo llamó el "Pato" Aguilera. El exfutbolista está vinculado a Tenfield, pero siempre se manejaron con mucho respeto. Jamás hubo un enfrentamiento entre ellos pero Yannuzzi sabe que están en trincheras opuestas.

"Más allá de la buena relación, nunca pensé que iba a sonar el teléfono y al atender escucharía su voz. Me tuvo un largo rato hablando. Fue la llamada que menos esperaba y la que más llamó mi atención".

Los pases de Yannuzzi

Fue lustra muebles. Hizo una pasantía en diario Acción junto a Mosteiro y Zanocchi, pasó a BP Color y cubrió policiales en Extra. No planeaba hacer radio. Entró por la revista Todo Fútbol, salía los lunes, se cruzó con Dalton Rosas Riolfo, arrancó con Héctor Moras, "no sé por qué me llevaron a la Sport, hice la previa, me escuchó Kesman y fueron 30 años".

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