GERARDO BERGÉREZ

El actor que se animó a dirigir

Se arrimó al teatro como una aventura. Tenía ganas de hacer algo distinto y de jugar a ser otro. Gerardo Bergérez se formó como actor en la escuela de El Galpón y con 24 años se animó a dirigir su primer espectáculo, La tercera parte del mar.Lo hizo de puro atrevido, con otros jóvenes artistas que también tenían ansías de encontrar un lenguaje propio y una poesía corporal. Recibió muchos galardones, entre ellos el Florencio a Mejor Director por Cocinando con Elisa. Pero no trabaja con la cabeza en los premios. Una vez por año su cuerpo le pide subirse al escenario. En agosto saciará esa necesidad al encarnar a un psicólogo en El viento en un violín. Tiene tres obras en cartel como director: Mi hijo solo camina un poco más lento, Nerium Park y Cocinando con Elisa.

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Tiene tres obras en cartel y asumirá el rol de actuar y dirigir.

—A los 15 años hiciste el primer taller de teatro, ¿querías contar historias?, ¿jugar a ser otro?, ¿o solo divertirte?

—Me crié en Ciudad de la Costa, había una casa de la cultura, se dictaba un taller de teatro y mis intereses me llevaron a acercarme. Salí en una murga de adolescentes, La Pachanguera, hice teatro barrial con amigos, recorríamos escuelas. Después ingresé a la escuela de El Galpón y me formé ahí durante cinco años.

Me acerqué al teatro desde un lado lúdico, como una aventura, una forma de aprender algo diferente y sociabilizar, ya que el teatro desde su génesis es un hecho colectivo. Y para tratar de ser otro, aunque no para escapar de mi realidad, ya que siempre fui un niño feliz.

—Tu formación es actoral, ¿qué te empujó a dirigir?

—Soy esencialmente un actor porque me formé como tal pero soy un actor que se animó a dirigir, y lo hace bien. Me especialicé, tomé cursos. Me formé en Buenos Aires con Juan Carlos Gené y eso me permitió acercarme a una metodología de trabajo y luego le di mi impronta. Soy bastante autodidacta: leo, indago, trato de estar al tanto de lo que pasa en teatro a nivel mundial y voy nutriendo mi formación.

Me impulsaron muchas cosas. Quise experimentar otros caminos de la actuación que no me los estaban dando los directores con los que trabajaba. Entonces me puse al frente del barco y empecé a navegar mi propia nave. Empecé con mucha osadía a tratar de buscar una poética propia. Trabajé un poco en la clandestinidad con actores jóvenes como yo. Dirigí mi primer espectáculo, La tercera parte del Mar, de alejando Tantanian, con 24 años. Estábamos un poco perdidos y necesitábamos encontrar nuestro lenguaje, nuestra poesía corporal. Eso me impulsó a dirigir.

—Como actor sentís más contradicciones y conflictos internos que como director, ¿qué temor te invade al dirigir?

—Para dirigir es necesario confiar ciegamente en uno mismo. Es fundamental tener una claridad muy grande y saber que uno va a equivocarse: las probabilidades de errar en el arte son prácticamente el 100%. Pero uno como director debe transmitir seguridad, saber que está llevando al equipo hacia el lugar acertado. Tiene que ocultar el error porque de lo contrario los actores desconfiarán y abandonarán el camino. El desafío es saber transmitir la energía creadora, ser convincente, tratar al equipo como una unidad y saber conducirlos hacia un lugar seguro.

Mi mayor temor es que se me acaben las ideas. Siempre que emprendo un nuevo proyecto tengo un caudal casi inconsciente de ideas que surgen a borbotones de mi cabeza sobre cómo resolver los problemas, cómo crear situaciones desde la escenografía, las luces, el vestuario, la puesta en escena, el estilo, las actuaciones. Todo lo que surge en mi cabeza al inicio es algo mágico y mi mayor temor es que ese manantial de ideas desaparezca en algún momento y vuelva a foja cero, o me quede en blanco, en el abismo, sin saber hacia dónde llevar al equipo, ni qué camino poético necesita el espectáculo.

—Recibiste más premios como director que como actor. En 2015 te llevaste el Florencio a Mejor Director por Cocinando con Elisa, la obra Horror en Coronel Suárez, escrita y dirigida por vos ganó como Mejor Musical y Mi hijo solo camina un poco más lento obtuvo el premio Escena en 2016 ¿Te sentís exitoso?

—En el arte la palabra éxito es relativa. Los premios siempre ayudan, son caricias y sobre todo los celebra la gente que te quiere, más que uno. No se puede trabajar pensando en eso. Mi prioridad y mi objetivo es permanecer haciendo lo que hago cada vez con mayor calidad. Yo trato de no creerme mucho los elogios ni darle demasiada cabida a las críticas.

—Precisás actuar al menos una vez al año. Dijiste que es casi una necesidad fisiológica, ¿cuál es el plan en 2017?

—Estar actuando sobre un escenario es bastante adictivo, por eso hablé de necesidad fisiológica. Mi cuerpo necesita actuar una vez al año. Ahora estoy en un proyecto donde dirijo y también actuó en un rol menor. Voy a interpretar a un psicólogo en El viento en un violín, de Claudio Tolcachir. Estrenamos a mediados de agosto en el Notariado. Tenía ganas de volver a ponerme en el doble rol y espero que salga bien.

—Dijiste que sin alegría es imposible crear, ¿de qué forma estuvo ese estado en Nerium Park?

—La alegría es una sensación del alma sumamente necesaria para cualquier actividad artística. Trato de transmitir felicidad en cada ensayo. En Nerium Park tuve la suerte de vivir un proceso sumamente divertido, entretenido, ameno, fluido, donde la alegría estuvo presente siempre. La obra es un thriller muy intenso, requiere que los actores vibren, trabajen con una gran impronta corporal y una energía desmesurada, pero ante la mínima tensión aflojábamos con un chiste o risotadas. Esos escapes fueron muy necesario durante el proceso.

—Cuando empezás a ensayar una obra tenés claro la gráfica, te gusta elegir la música, poner tu impronta al texto, ¿cuánto de todo eso aplicaste en Nerium Park?

—Diseñé la puesta en escena en un viaje previo a empezar a ensayar. Fui a grabar una miniserie a Roma y en las noches trabajaba en eso. Estuve en contacto permanente con el autor, Josep María Miró. Teníamos un diálogo muy fluido que potenció la puesta en escena. Yo le contaba las ideas, le hacía preguntas, y él lo celebraba. Contextualicé la puesta en la crisis de 2002 y todo eso lo consulté con él. Al mismo tiempo, le pasaba pistas a los actores constantemente. Cuando llegué a dirigir la obra era todo mucho más fácil y fluido.

—Victoria (Soledad Frugone) y Gerardo (Gustavo Saffores) se mudan e Nerium Park, un barrio privado inhóspito donde nadie quiere ir, ¿buscaron generar un clima acorde a esa sensación?

—Buscamos desde el primer ensayo el clima de misterio y expectación. Generar que el espectador esté en vilo, doblado en la butaca pensando qué va a pasar ahora, hacia dónde va a ir esto. Trabajamos mucho el clima opresivo y levantamos muchas imágenes. Pero el público es el que cierra determinadas situaciones. Y muchas de esas cosas que se visualizan no están en la obra sino en la cabeza del espectador.

—Actuar es para vos "mentir convenciendo", y en tus últimas dos puestas (Mi hijo solo camina un poco más lento y Nerium Park) se percibe mucho realismo. Son historias vivas, ¿transmitís ese concepto a los actores?

—Me interesa hacer un teatro vivo, de sangre, que sucede en el cuerpo de los actores, en sus voces, en sus sentimientos. Proviene del alma del artista y va directo a conectarse con el alma del espectador. Apunto a representar la realidad dándole una impronta poética, sin otorgar una solución, o una posibilidad de cambio, pero sí de reflexión o de mover la sensibilidad. Trato de lograr que mute el pensamiento con mis espectáculos.

—A Cristian Amacoria, quien protagonizó Mi hijo solo camina un poco más lento en 2016, le pediste que se vinculara con la silla de ruedas como si fuera suya, ¿hubo un consejo similar para los actores de Nerium Park?

—Los actores están todo el tiempo mirándose a los ojos. En ningún momento se dejan de mirar y buscar. Les sugerí que en los momentos en que ella o él sienten miedo extremaran esa sensación para hacerla vibrar en el espacio, en el cuerpo, y la proyectaran. Hicimos una búsqueda minuciosa sobre las diferentes formas de sentir el miedo.

—Viviste siete años en Argentina. Trabajaste con Arnaldo André y Andrea del Boca, ¿qué aprendiste ahí?

—Los años en Argentina me sirvieron para formarme y participar de emprendimientos artísticos que me hicieron confiar mucho en mí. Realicé unipersonales, trabajé en cine, hice la miniserie El pueblo del pomelo rosado con Arnaldo André y también trabajé con Andrea del Boca. Si bien he tenido oportunidad de hacer televisión, no es un lenguaje artístico que me interese recorrer. Me siento muy cómodo en el teatro, en el lugar que sea, pero siempre en el teatro. Mi vida está ahí.

—Vas a ver las obras de tus colegas y mirás muchos espectáculos cuando viajás, ¿qué piques originales tomaste para aplicar aquí?

—Nunca he aplicado nada conscientemente. Creo que en el teatro todo está dicho, inventado, escrito y realizado. Pero al haber visto tanto mi inconsciente ha registrado muchas cosas y posiblemente haya aplicado mucho en las puestas que he creado pero sin darme cuenta. Si me toca dirigir un texto cuya obra ya vi trato de alejarme y crear algo totalmente diferente.

—Dirigiste a Estela Medina en Sangre joven y La laguna dorada, ¿fue el logro más importante de tu carrera?

—Fue una de las cosas más lindas que me pasó como director porque la admiré desde muy chico. Estela Medina concentra todo el teatro uruguayo en su cuerpo: actuó en más de 150 obras, ha representado todos los personajes importantes del teatro universal. Es la actriz más importante del país y está sumamente vigente. Haber trabajado con ella fue un logro muy apreciado, pero lo fundamental fue que forjamos una amistad y tenemos una relación muy tierna. Ya estamos pergeñando un espectáculo para el 2018 porque disfrutamos mucho trabajar juntos.

—¿Seguís teniendo como asignatura pendiente dirigir la Comedia Nacional?

—Me han preguntado en varias ocasiones si quiero dirigir la Comedia Nacional y he dicho que sí porque más allá de las posibilidades presupuestales para crear los espectáculos, el mayor potencial son los actores que la integran. Y es difícil trabajar con esos artistas que tanto admiro por fuera de la Comedia Nacional. Creo que tengo las condiciones para hacerlo y es un lugar que nos pertenece a todos, ya que los montevideanos permitimos que la institución siga de pie con los impuestos que pagamos. Pero se tienen que dar muchas variables: que haya voluntad de la dirección artística, de los actores que son quienes votan las obras y que me interesen los textos que plantean.

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