PELEA CONTRA EL OLVIDO

Voces en segundo plano

En el país más envejecido de América Latina, los adultos mayores se sienten desaprovechados. Pero en un momento bisagra entre una vejez activa y pasiva, la respuesta a cómo es hacerse mayor en Uruguay es cada vez más heterogénea.

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La publicidad es para los jóvenes, todo es para los jóvenes", dice Luciano Álvarez, que tiene 74 años, aunque no los parece. Él se siente un joven y cree que por eso su cuerpo de bailarín de ballet le lleva la ventaja a la edad. A pesar de su optimismo, reconoce que el mundo no está pensado para los adultos mayores de ahora.

Gloria Pereira tiene la misma edad que Álvarez y hace un año que espera. Espera desde las cinco de la tarde hasta las seis para entrar al refugio donde vive mientras el BPS le consigue un apartamento. Ella tiene 12 hijos pero ninguna casa. En la calle se encuentra todos los días con la indiferencia.

"Estoy bárbaro, no me pasa nada, pero estoy solo". La presidenta de la Sociedad Uruguay de Gerontología y Geriatría, Graciela Acosta, recrea así la respuesta de los pacientes cuando llegan al consultorio. Allí recibe a personas mayores de 65 sanas y enfermas. El único diagnóstico que puede hacer a muchos de ellos es la soledad.

Desamor, encierro y abandono son algunas de las palabras que surgen cuando se les pregunta a los mayores cómo creen que los ve la sociedad. La concepción de la tercera edad como una época de dependencia, invalidez y pérdida de atractivo es lo que, según los especialistas, predomina. Sin embargo, la población mayor de 65 es tan heterogénea como la de menores de 25.

Uruguay es el país más envejecido de América Latina y se espera que en el futuro la franja de la población de más de 65 años aumente. La generación actual de adultos mayores transita entre dos concepciones, dicen los expertos. La de la vejez pasiva y deteriorada, y la del envejecimiento activo.

Bajo techo.

Tener un lugar donde vivir no es un problema para la mayoría de las personas de más de 65, edad a partir de la cual se establece el umbral de vejez. Lo que ocurre, muchas veces, es que esas casas o apartamentos fueron adquiridos en una época de sus vidas en que podían mantener áreas grandes, pensadas tal vez para una familia con hijos o personas con más posibilidades de movilidad, explica Mónica Lladó, directora del Instituto de Psicología Social de Udelar. Las viviendas envejecen con las personas y la mayoría de los mayores de 65 viven solos o con personas de su misma edad.

Según datos de la Encuesta Continua de Hogares analizados en el estudio Las personas mayores en Uruguay: un desafío impostergable para la producción de conocimiento y las políticas públicas, un 34% de las personas mayores vive en pareja, sin hijos, y un 27% lo hace en hogares unipersonales. De hecho, cerca de un 60% de las personas mayores no vive con personas de otras generaciones.

Para solucionar este problema, explica Lladó, hay países que han realizado proyectos de intercambio intergeneracional. En Argentina, por ejemplo, un programa de vivienda ayuda a personas mayores a adaptar sus hogares para reducirlos y alquilar una parte a personas jóvenes que no tienen dónde vivir. De esa manera, una casa grande deja de ser un problema y además se genera un intercambio entre generaciones.

En Uruguay, dice Lladó, los programas de vivienda están más segmentados y eso puede llevar, en ocasiones, a lo que denomina como "guetización" de la vivienda. Eso ocurre principalmente en Montevideo. Si bien es el país de la región con menos incidencia de pobreza en las personas de más de 65 y la cobertura de seguridad social es amplia, para los expertos aún no es suficiente. Según el estudio citado anteriormente, a pesar de que las jubilaciones y pensiones han aumentado en los últimos años, hay una brecha entre mujeres y hombres ya que mientras la mitad de las mujeres cobran pensiones, solo un 8% de los hombres lo hacen. En promedio, una pensión supera los 7.500 pesos y una jubilación los 14.500.

A la especialista le preocupa un sector de la población mayor que está dentro del umbral de pobreza pero que no cobra ni jubilación ni pensión, por lo que no tiene posibilidad de acceder a las viviendas que otorga el Banco de Previsión Social a través de un programa para jubilados y pensionistas.

Trabajar después de los 65.

En los últimos años, por varios motivos, los uruguayos han retrasado su jubilación. Según el informe Cambio demográfico y desafíos económicos y sociales en el Uruguay del siglo XXI, uno de los determinantes fue la unificación de la edad de retiro para hombres y mujeres en los 60 años, en 1995. Además, hoy se pueden ver las consecuencias de un fenómeno que ocurrió décadas atrás, como fue la inclusión de la mujer en el mercado laboral. Eso hace que si se comparan las tasas de actividad entre 1981 y 2013, cambie mucho más para las mujeres que para los hombres. En ambos casos, la gente que se mantiene activa después de los 65 aumenta.

El envejecimiento de la población es un fenómeno demográfico que se viene estudiando desde hace años y que plantea un desafío para la seguridad social. Cuanto más envejezca la población, habrá más pasivos y menos activos que puedan sustentar sus jubilaciones. Eso supone un desafío para el que algunos han propuesto aumentar la edad jubilatoria, aunque el debate no está instalado.

La tasa de actividad en la vejez ronda un 16%, mientras que la del total de la población es de 64%. Y la tasa de desempleo para los mayores se ubicaba en 2,1% en 2014, siendo mayor para mujeres que para hombres. Si bien las razones para trabajar pueden ser otras que la necesidad económica, como la realización personal, ocho de cada 10 de las personas que trabajan lo hacen para obtener su sustento económico o reforzarlo.

Sin embargo, la relación entre el adulto mayor y su productividad para la sociedad se puede ver desde otros roles. La demógrafa Mariana Paredes, coordinadora del Centro Interdisciplinario de Envejecimiento de la Udelar, explica que en los últimos años se ha percibido un cambio de rol entre mujeres y hombres. Cada vez más hombres asumen tareas de orden doméstico luego de dejar de trabajar formalmente. Paredes entiende que en el escenario de reestructuración que implica el dejar de trabajar, cobra relevancia la ayuda que los mayores dan a sus familias. Abuelos que se hacen cargo de nietos, por ejemplo, como el caso de Antonio González, que mientras no trabaja para dejarles un futuro mejor, se dedica a cuidarlos (ver recuadro).

Cuerpo invisible.

A Paredes el término "tercera edad" le hace ruido. "Es estático. Como que llegás y te quedás ahí. Yo prefiero decir viejo". La especialista cree que los estereotipos que predominan son un reflejo de cómo la sociedad ve, muchas veces, a los mayores. El papel de la "vieja insoportable", el "viejo cascarrabias" o el "viejo verde", no hacen más que agrupar bajo un concepto despectivo, opina. "Toda la promoción es para rejuvenecimiento", indica Paredes, quien agrega que esa es una forma de discriminar todo aquella que no cuadra con el canon. "Nadie te dice qué bueno que está ser viejo".

De todas formas, el psicólogo especializado en vejez Robert Pérez cree que cada vez las personas mayores están teniendo más lugar en los medios. Eso va acorde a una población mundial cada vez más envejecida y aunque el tema empieza a dejar de ser un tabú en los medios, el experto cree que está lejos aún de la aceptación.

"Todavía estamos en una sociedad muy represiva de la sexualidad, en general, y ni qué hablar de la de los viejos", aclara. "Ver a dos personas con carnes flácidas, pelo blanco y tejido adiposo besándose apasionadamente parecería que no es una imagen de belleza". Eso no es impedimento para el bailarín Luciano Álvarez, que a sus 74 años no tiene reparos en presentarse solo frente a centenas de personas en su espectáculo de baile "Al borde de la piscina" (ver recuadro).

Esto se traslada a la consulta médica. "En general, podría decir que los profesionales de la salud son más prejuiciosos que los propios viejos", explica Lladó, quien cree que los problemas sexuales en la tercera edad no están lo suficientemente planteados dentro del consultorio.

El trato que el sistema de salud les da es, para Lladó, "espantoso". Según sostiene, minimizar los problemas de las personas mayores puede llevar a no ver enfermedades que luego los transforman en personas dependientes. "La dependencia de personas mayores en Uruguay es muy baja, lo que pasa es que tiene más prensa la dependencia que la independencia, dice Lladó". Un 11% de las personas de 65 o más se encuentran en esa situación y de ellas, solo un 3,2% está en una posición de dependencia severa.

En ese sentido, la geriatra Acosta entiende que hacen falta médicos de su especialidad y una perspectiva integral del adulto mayor. Confirma que las mutualistas nacionales en general no tienen equipos interdisciplinarios a disposición de estos pacientes. Muchas de ellas ni siquiera cuentan con un geriatra.

El adulto mayor es más frágil, dice Acosta. "Es un paciente que está polifraccionado en muchas especialidades. Lo ve el cardiólogo, el traumatólogo, el urólogo, el neurólogo. Entonces, la geriatría como tal engloba todo eso".

El aumento de la expectativa de vida, que según la Organización Mundial de la Salud creció de 73 a 77 años entre 1990 y 2012, cambió la forma de cuidarse de las personas. "Son mucho más cuidadosas de su calidad de vida, hacen más cosas para mantenerse saludables, tienen más vida social y cultural, les interesa más seguir estudiando, satisfacerse, sentirse realizados", agrega Acosta.

Una madre de 12 adultos sin nada más que una valija con ropa, una foto y el sueño de una casa propia, y una eterna solitaria que se rodea de sus memorias, hablan de vivir con el pasado a cuestas. Una mujer que se convirtió en campeona de carreras y un bailarín que desafía las leyes de la gravedad, cuentan cómo aprovechar el presente. Un viudo que redescubrió el amor y un abuelo que cultiva para el porvenir de sus nietos se preparan para el futuro con la incertidumbre del final. Lo que sigue son seis relatos que reflejan cómo es envejecer hoy en el país con más ancianos de Latinoamérica.

Voces en segundo plano: dos mujeres que guardan su pasado en objetos
Voces en segundo plano: dos mujeres que guardan su pasado en objetos

La eterna solitaria que se rodea de sus recuerdos.

A Wada Akiki le da miedo salir a la calle.

De joven era viajera, profesional y estudiosa. Tal vez haya sido su espíritu de aventura, difícil de seguir, el que la llevó a no tener hijos. A pesar de los años y a falta de un trabajo vinieron los cursos, las reuniones con amigos y los conciertos. Si bien no tiene nietos, están sus sobrinos, para quienes es una abuela más. Fue docente y todavía siente el cariño de antiguos alumnos. Cree que las personas mayores son ignoradas. Lamenta que no la aprovechen a ella y su experiencia pero también intenta adaptarse a los tiempos que corren. Sin embargo, la soledad le preocupa. Ya no camina tan rápido, ni tiene la misma seguridad que años atrás, y se pregunta qué pasará cuando el cuerpo no le alcance. "Empiezan las goteras, hay que ver cómo las voy a enfrentar", dice Wada. Se siente cada vez menos segura sobre su cuerpo y la posibilidad de tener que dejar su casa por un residencial la asusta. ¿Por qué no mudarse a un espacio más chico, que le demande menos cuidado? "¡Qué esperanza!", exclama. De vivir en una casa en el Prado pasó al encierro de un apartamento, pero con ella se llevó muchos de sus recuerdos y hoy, cada mueble, cuadro y adorno le hacen revivir su infancia feliz. Tita, como le dicen, teme que la vejez le robe la libertad.

Una madre sin techo que lleva sus memorias a cuestas

Lo único que tiene Gloria Pereira, además de sus 12 hijos, es una foto y una carta de amor. Tras haber repartido la mayoría de sus pertenencias y con un problema en la rodilla que le impide trabajar, esta mujer de 74 años espera un apartamento y el turno para hacerse una cirugía. Luego de perder su trabajo como empleada doméstica en una casa de Pocitos, vivió durante un año un refugio del Centro de Montevideo. Su rutina pasaba entre las tardes en la explanada de la Intendencia de Montevideo, la iglesia y el médico, pero lo que para muchos es el gris de la ciudad, para ella es la compañía de todos los días. Dice que no está en la calle, sino "falta de techo" y lamenta la mala convivencia que hay entre las personas del refugio. Hace pocos días abrió el poema que el amor de su vida le escribió antes de morir y se emocionó. "¿Verdad que se sufre? Amás años y después ¿qué pasa? Cae el lazo. Tanto que te apretaba, se reventó". Vive con una pensión que apenas le da para comer pero tiene la esperanza de que por fin le toque su turno y el BPS le dé una vivienda donde instalarse. La felicidad, para esta mujer, está en el vínculo cotidiano con el otro. El niño que vive a la vuelta, la pareja que la saludó en la sala de espera del médico o el perro del vecino, que la reconoce al instante. Lo que quiere Gloria es que alguien la cuide.

Voces en segundo plano: cómo es vivir en un cuerpo envejecido
Voces en segundo plano: cómo es vivir en un cuerpo envejecido

El bailarín que desafía las leyes de la gravedad.

Cuando Luciano Álvarez baila sus ojos sonríen. Se lo ve cómodo. Esa confianza no es casualidad, hace más de 50 años que su cuerpo habla por él. Comenzó como bailarín del Sodre, pero hoy realiza danza contemporánea. Cree que envejecer no es sinónimo de deterioro: sus arrugas le permiten contar y transmitir sensaciones que cuando joven no podía. Cuando actúa con bailarines nuevos, siente que se complementan. Él les enseña sobre expresividad y aprovecha para contagiarse de su energía. Luciano tiene 74 años y no siente vergüenza al hablar sobre sexo. Sabe que no es la misma "polvorita" que cuando tenía 20, pero reconoce la belleza en otros lugares y ritmos. Cuando pasó los 30 años y como su profesión dependía de su cuerpo, pensó que tenía que buscar una forma de reciclarse. Así fue que empezó sus investigaciones en actuación y hoy integra esas dos pasiones en una misma obra. Dice que la ilusión es lo último que se pierde, por eso aún no se ha bajado del escenario. Hoy actúa en una obra que lo llevó a presentarse ante centenas de personas en San Pablo.

La campeona que empezó a correr a los setenta años.

Un día Sara iba caminando por los canteros de Centenario y sintió un impulso. Había una voz que le decía que se moviera, le hizo caso y empezó a correr. El primer día completó media cuadra, después tres, más tarde siete y así empezó la historia de una de las campeonas de la tercera edad. Sara trabajó toda su vida como empleada doméstica. Habla con orgullo sobre lo bien que hacía su trabajo y del reconocimiento de sus jefes. Ese era el ejercicio que conocía hasta que cumplió 70 y emprendió otro camino. Por recomendación de su hijo fue un día a la pista, donde se reunían varias personas de su edad. Practicaban ejercicios de movilidad, pero ella quería correr. Su talento innato no pasó desapercibido y un docente la incentivó a que probara correr una carrera. Lo logró y ese fue el primer paso hacia un medallero que comenzó en septiembre de 2003 en Colonia, donde ganó el oro en 400 metros y el oro en 800 metros. El ejercicio se volvió la vida de Sara. Sus piernas firmes la mantienen arriba y a los 83 se cuida cuando le llega algún dolor. El día que no le dé para más, va a empezar a tocar la guitarra.

El viudo que redescubrió el amor y sueña en viajar.

"Buen día, Pedro", saludan los transeúntes que pasan por el kiosco de 18 de Julio y Yi. En realidad, Pedro Britos comenzó su jornada mucho antes. Para él, los siete días de la semana arrancan a las 4:30 y a las 7 ya está todo pronto para atender a los clientes. En ese tiempo reparte, en medio de una ciudad muda, aquellos diarios que le quedan de camino. Hace 23 años que se lo puede ver en la misma esquina. Tiene 74 años, trabaja hace 61, y está cansado. Nació en Rivera, no conoció a sus padres, y tras dejar la escuela empezó a trabajar. A los 22 conoció a su esposa y con ella construyó una casa, formó su familia, aprendió lo que es la Navidad y los regalos. Con ella, también, enfrentó la muerte. "Chichita", como le decían, sufría de ataques de pánico, cáncer de mama y dificultades respiratorias. Hace un año falleció. Sin embargo, después del sufrimiento, él todavía sueña. Su salud no le preocupa, planea ir hasta donde "la nafta" le permita. Sigue creyendo en el amor y desde hace un tiempo tiene novia. Hoy quiere vender su kiosco, viajar junto a su hija por Uruguay y tal vez llegar hasta Brasil.

El abuelo que cultiva por el futuro de sus nietos.

A una hora de Montevideo, cerca de Empalme Olmos, donde las bocinas se desvanecen, el tránsito mengua, y el sonido de los cardenales y teros toma fuerza. Ahí, en el kilómetro 41 de la ruta 8, vive, desde que nació, Antonio González. Pasaron 65 años y él no conoce otra realidad. Fue a la escuela y al liceo, pero siempre trabajó en medio de los cultivos y el ganado. En algún momento quiso estudiar Agronomía, pero las necesidades de su familia le obligaron a quedarse.

Trabajó demasiado. Levantaba cargas que pesaban lo mismo que él, dormía cuatro horas y volvía a trabajar. Hace 20 años el médico le dio una advertencia final: si no se cuidaba podía terminar en una silla de ruedas. A partir de ahí entendió que su cuerpo le gritaba que aflojara y aflojó, pero no paró de trabajar. Ahora controla más el esfuerzo y se permite ir más lento o parar a descansar. Sin embargo, hace no tanto comenzó un emprendimiento basado en boniatos snacks con el que espera ayudar a sus nietos en el futuro. Ahora se cuida. Desafía diariamente a la silla de ruedas, pero no quiere parar.

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