FESTEJOS DE INDEPENDENCIA EN BUENOS AIRES

La "uruguayidad" al palo

En la noche temprana del 25 de agosto, 600 uruguayos que viven en Argentina se reunieron en la residencia del embajador Héctor Lescano. Jubiladas, encargados de edificios y gente de a pie compartieron choripanes, murga y emoción patria. Desde el corazón de la Buenos Aires diplomática, crónica de la "uruguayidad" al palo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Archivo

Orientales, la patria o la tumba canta, de pie, Eduardo Karsaclián, profesor de Derecho Público en la Universidad de El Salvador, nacido en el centro de Montevideo, habitante de la ciudad de Buenos Aires desde hace 50 años. Libertad o con gloria morir le sigue, a unos pocos metros, Robert Quesada, llegado en 1986 desde San José de Mayo, encargado de un edificio en la esquina de Conde y Avenida de los Incas, barrio porteño de Belgrano. Es el voto que el alma pronuncia entona con fuerza Iris Yolanda Curbelo, de Paysandú, 77 años, 40 como empleada doméstica en La Plata, hoy jubilada. Y que heroicos sabremos cumplir remata Miguel Ángel Salvati, nacido hace 65 años en Millán y Boulevar Artigas, llegado en 1973, vendedor de relojes y habitante de Castelar, oeste del conurbano bonaerense. El himno argentino se cantó con respeto, pero el uruguayo sacude las paredes en la residencia del embajador Héctor Lescano. Son las ocho de la noche del viernes 25 de agosto. Unos 600 residentes fueron invitados a celebrar el aniversario de una patria que quedó allá. Afuera la lluvia es una amenaza que adentro se desvanece.

Estuve en este mismo salón hace 10 meses, en la presentación de la temporada turística Uruguay Natural. Entonces hubo crepes de salmón y caviar negro. Fue ver un país pequeño agigantándose, seduciéndonos a todos con el esplendor de su verano y vestido de etiqueta para exportar una de sus grandes industrias. Esto es otra cosa. Todo lo "otra cosa" que pueda caber dentro de las mismas paredes.

Los Texeira Nuñez: operados de alargamiento de piernas. Foto: Alejandro Seselovsky
Los Texeira Nuñez: operados de alargamiento de piernas. Foto: Alejandro Seselovsky

Ahora, acá, lo que hay es gente de a pie, trabajadores del día a día, paisanos encontrándose después de combinar un tren y dos colectivos para llegar desde Ezeiza, desde De Grand Bourg, desde City Bell. La Plata está a 60 kilómetros de esta esquina paqueta, por ejemplo. Sesenta kilómetros en el transporte público básico son dos horas y media... de ida. Buenos Aires tiene eso, las distancias asesinas, que además se duplican en días de lluvia furiosa como este. Y sin embargo acá están. Acá estamos. Soy un argentino mirando uruguayos celebrar, envidiándoles un poco la emoción de la juntada, agradecido de que el caviar se haya transformado en este choripán que ahora tengo en la mano.

El embajador abre la noche con una bienvenida y después un oficial mayor del Cuerpo de Blandengues repasa la historia canonizada con voz de mando militar. Calladita, a un costado, corrida de las luces, la funcionaria estrella de este cuerpo diplomático: Lilian Alfaro, la cónsul. Yo la vi bajar de su auto un domingo a la mañana en la esquina de Berutti y Presidente Perón, calle de tierra, Ezeiza al fondo, con una impresora bajo un brazo y un scanner bajo el otro para sacarles documentación de emergencia a los uruguayos que no pueden viajar a capital en la semana porque pierden el adicional por presentismo, gente para la que mil pesos argentinos hacen la diferencia entre comer o no.

Iris Yolanda Curbelo, 77 años, oriunda de Paysandú. Foto: Alejandro Seselovsky
Iris Yolanda Curbelo, 77 años, oriunda de Paysandú. Foto: Alejandro Seselovsky

Camino entre las personas. Los miro. Algo los difiere del argentino promedio pero cuando creo que puedo explicarlo, otra vez se me escapa. Tiene que ver con la ausencia de una afectación, de una jactancia, gente con menos enrosque para enunciarse a sí misma, venida de alguna matriz interior. Hace 12 años que estoy casado con una uruguaya que además es de Juan Lacaze, o sea, el interior al cuadrado. Cuando me pierdo en el sinsentido de mis propios laberintos, es ella la que me recuerda que las cosas son más simples, que de los laberintos se sale por arriba.

Me saca de esta contemplación idiosincrática uno que de golpe me grita: "¿Vos sos reportero? Si no nos reporteás a nosotros no existís". El hombre que me asalta es más bien breve, los ojos claros, un rubio que debe haber tenido años mejores, y que está acompañado por alguien que lo replica como en un eco perfecto de la materia orgánica y los tejidos. Son los gemelos Texeira Núñez, Javier y Ernesto. Uno es plomero, el otro cerrajero, y la misma sonrisa les estalla por dos en la cara cuando me cuentan que son los primeros en haber sido operados de alargamiento de piernas en la historia de la medicina rioplatense: 20 centímetros a cada uno. Diez de fémur, 10 más de tibia y peroné. Fue en el año 91 y fue en el Ricardo Gutiérrez de la calle Mansilla, a tres cuadras de la casa donde crecí. No puedo evitar un oleaje de orgullo por el hospital público argentino cuando me lo dicen, lo que se me debe haber notado porque me terminan agradeciendo como si los hubiera operado yo. Me agradecen otra cosa, en realidad. El país que les dio trabajo, familia y salud, deber ser. Los dos acá de pie son una declaración de fraternidad, la constatación de que detrás de todas nuestras tensiones somos dos pueblos que se hacen bien.

Profesor: Hugo Ferreira, 64 años,  enseña percusión en las cárceles. Foto: Alejandro Seselovsky
Profesor: Hugo Ferreira, 64 años, enseña percusión en las cárceles. Foto: Alejandro Seselovsky

En el frente del salón, de cara al público, la comparsa prepara sus tambores. A un costado, alto, macizo, verificando el romance que el varón uruguayo tiene con su bigote, está Hugo Ferreira, 64 años, autor de Chico, repique y piano: breve historia de la llegada del Candombe a la ciudad de Buenos Aires (Ediciones Ciccus, 2015). Hugo nació en Montevideo, barrio Palermo, y después de haber viajado por el norte de Brasil estudiando la afrodescendencia de su música, se quedó a vivir en Buenos Aires, Parque Avellaneda, barrio bravo en el límite con Mataderos, sur de la ciudad. Vive de sus clases, dice. Y sus clases son dentro de las cárceles argentinas. Llevó la percusión al Complejo Penitenciario de Varones I, Penal de Ezeiza, y en septiembre arranca su taller en el de Marcos Paz. Nos corremos un poco del gentío para hojear su libro y leemos el prólogo de Rubén Rada que abre diciendo: "Me quiero referir a mis negros uruguayos en Argentina". Entonces caigo: hay negros. Esta noche, acá, hay negros. El nuevo negro de Buenos Aires vende relojes sobre una manta y viene de Senegal, de Sierra Leona. Por lo demás, estamos desacostumbrados al cambio de raza como no sea la de nuestro propio mestizaje español. Conversar con una persona de raza negra que habla igual a mí es recobrar una memoria perdida, claramente salvada por el Uruguay.

La noche va buscando su clímax y algo se relaja en la multitud. Ya comimos, ya bebimos, afuera la lluvia se hizo llovizna y en este palacete de la avenida Figueroa Alcorta —a unas cuadras de Barrio Parque y la casona de los Macri, o del piso que Mirtha Legrand tiene sobre avenida del Libertador— la gente comienza a cosquillear la danza de los tambores.

Unas mozas florean sus vestidos de raso azul estampados con el sol del 25 y al centro de mesa que decía Uruguay en letras de queso le faltan dos vocales. Narendra Lima tiene 78 años, nació en Rivera y hace 40 que vive acá. Se pasó una vida trabajando en el transporte escolar, llevando y trayendo de sus escuelas a chicos de Villa Ortúzar. Organizó, cada vez que pudo, las reuniones por el aniversario de la independencia en la plaza 25 de Agosto del mismo barrio. Ahora se queda mirando todo con algo de nostalgia. Le digo que en las ocho letras de su nombre cabe toda la poesía latinoamericana. Se ríe, Narendra. Después levanta su copa de tannat. Después me dice que viva la patria.

Antes de que todo finalice en un baile de tamboriles, la murga canta una vez más. Alguien me informa que ese coro se llama clarinada. Buen dato, aunque no necesitaba saberlo para apreciar la belleza de su conjunción. Dicen algo de acompasar al sol. Y lo dicen acá, en una patria que es otra. Que la murga cantará, dicen también. Y que lo hará donde quiera que estés.

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