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Tupabandas: la sospecha que quedará inconclusa

La participación de Mujica y Fernández Huidobro en las tupabandas está plasmada en varios libros y testimonios de tupamaros. Para este informe se suma la voz del policía que capturó a los asaltantes. Su relato reafirma la versión que, por ahora, la Justicia y el Parlamento prefieren no investigar.

El hombre que capturó a los tupamaros que robaban bancos en los años 90 vive a dos cuadras del océano y a más de 300 kilómetros de Montevideo. Hace poco más de un mes, cuando escuchó que la Justicia iba a desempolvar el asunto, Eduardo Vica Font pensó que lo iban a llamar. Estaba pronto para interrumpir su tranquila vida en un balneario rochense, pero no. "Fui el autor de la debacle de la tupabanda, y a mí no me citaron. ¿Quisieron hacer algo? No, hicieron venta de humo", dice, y dispara así su primer tiro.

La fiscal Stella Llorente se limitó a revisar expedientes de la época y no encontró mérito para abrir una investigación, así que los senadores de la oposición pidieron que lo hiciera el Parlamento. Presentaron un documento de 31 páginas en el que entrelazan mucha de la información publicada en libros y en notas de prensa, y concluyen que hay indicios suficientes para solicitar una comisión preinvestigadora con el fin de esclarecer si las tupabandas efectivamente volcaron dinero al MLN y al MPP. Los delitos están prescritos; el interés era ponderar la "responsabilidad política". Tal como se preveía, el pedido fue denegado el viernes por la mayoría frenteamplista.

La movida de los senadores quedó trunca. Sin embargo, la polvareda que levantó el libro Eleuterio Fernández Huidobro. Sin remordimientos, de la periodista María Urruzola, sigue en el aire. La información que publicó respecto a las tupabandas en base a una fuente anónima no es del todo novedosa, pero sí logró concitar la atención sobre este tema como nunca antes. Según Vica, contribuye a "destapar los tarros, y está saliendo mucho olor".

Quienes conocieron a don Vica en acción recuerdan a un policía vivaracho, inteligente, de los que atan cabos, con muchos tiroteos arriba. Estuvo 23 años en el departamento de Hurtos y rapiñas, fue jefe de cuatro seccionales, y en 1998 lo pusieron al mando del departamento en el que creció profesionalmente. Pero antes de eso, en 1994, en la zona que custodiaba hubo un episodio que de casualidad lo condujo a los tupamaros. Fue un tiroteo en una casa de citas entre un guardia de seguridad y dos asaltantes. Uno, de apellido Santander —colombiano, guerrillero de las FARC y refugiado de Acnur—, resultó muerto. El otro era, en realidad, una chica de 19 años que recibió un tiro en el estómago. A ella le encontraron "documentación sediciosa comprometedora" en un allanamiento —"organización de campamentos, práctica de tiro, literatura revolucionaria"—, y la pista los llevó a la novia de Santander. Vica recuerda bien a esa segunda mujer, que se animó a deschavar a sus compañeros porque una vez los había escuchado tramando su asesinato, ya que supuestamente "no se integraba bien" a la banda.

"Ella fue la que nos dijo que después de cada acto iban al comité de base de la calle Ejido, de Eleuterio Fernández Huidobro, a llevar el dinero. Cuánto llevaban, cuánto dejaban, no lo sé. El que me lo podría haber dicho (Santander) se murió en el tiroteo", cuenta Vica.

Esa fue la punta del hilo de la que cinchó durante tres años. Fue recolectando información, "armando el esquema para poder hacer el procesamiento (de Fernández Huidobro) algún día". Cuando por fin tuvo el tiempo de dedicarse al asunto (en Hurtos y rapiñas), había asaltos todos los meses a bancos e instituciones financieras. La prioridad era sacar a los ladrones de las calles. Se hablaba de "superbandas", "polibandas", "mercobandas" (supuestamente integradas por gente de países del Mercosur) y "tupabandas". Dice Vica que a esa altura "conocía a más delincuentes que familiares". Al cabo de un año, la mayoría estaban presos.

En su libro Urruzola cita a Beto, un tupamaro de los que perpetraban los asaltos, afirmando que fue "un gambusa" del Movimiento Revolucionario Oriental (MRO, que tuvo actividad con el MLN) el que los entregó. Beto cuenta, incluso, que un día lo encontró por la calle, lo acribilló a tiros pero no lo remató, y luego supo que se salvó y siguió colaborando con la Policía.

"No es así la historia" —dice Vica, que con sus 71 años luce una memoria privilegiada. "Acá está la persona que dirigió todas las operaciones". El "buchón" fue M.M., uno de los pocos delincuentes comunes que en 1971 se fugó del penal de Punta Carretas con un centenar de tupamaros. Vica no quiere revelar su nombre porque, si sigue vivo, no quiere que lo maten por su culpa. Lo conocía desde hacía años, y cuando quedó registrado ante cámaras en su enésimo asalto, lo mandó a buscar. "Lo hice venir porque quiero hablar con usted. Polibanda, superbanda, como le quiera llamar...". El hombre bajó la cabeza y, tras pensar un segundo, le dijo que hablaría a cambio de que lo dejara en Cárcel Central.

A partir de ahí Vica consiguió dibujar el mapa de las bandas. Según dice, eran seis. Una estaba integrada por cinco policías aglutinados por Uberfil Píriz, un joyero al que le gustaba la caza. Cayeron durante un asalto a un banco en Sayago, justo cuando el ministro del Interior daba su discurso por el día del policía. Otra, también considerada "superbanda" por su capacidad logística y operativa, estaba conformada por delincuentes comunes, algunos de ellos del 40 Semanas, entre los que estaba el renombrado "Cotorra loca".

Las otras cuatro eran, de acuerdo a Vica, "células" integradas por tupamaros, algunos históricos de la primera época y otros reclutados en democracia. La primera en caer, en 1991, la dirigía uno de los viejos dirigentes, Ricardo Perdomo, que casualmente perdió su cédula cuando asaltó una distribuidora de diarios —la sospecha es que fue entregado por sus compañeros. La segunda la delató M.M. porque había robado alguna vez con ellos: fue la llamada "banda de Oriol". La tercera era dirigida por el "Pájaro" Carbajal Monroy, que en 1998 protagonizó el sangriento y frustrado golpe a un local de cobranzas del BPS en Parque Posadas —a Carbajal lo agarraron tres años después y murió en el tiroteo. Y la cuarta estaba conformada por un grupo de tupamaros jóvenes que cayó en la calle Niágara tras un enfrentamiento con Vica y su gente. En estas bandas, "sin lugar a dudas, eran todos tupas", remata Vica.

El fallecido Eleuterio Fernández Huidobro y el expresidente Mujica. Foto: Presidencia.
El fallecido Eleuterio Fernández Huidobro y el expresidente Mujica. Foto: Presidencia.

Mujica y las finanzas.

En 1985, con la ley de amnistía, quedaron libres miles de presos políticos, muchos de ellos tupamaros. Enseguida fueron convocados por los antiguos dirigentes del MLN para discutir la pertinencia de reorganizarse. Algunos seguían pensando en la lucha armada; otros aspiraban a trabajar en política.

Al mismo tiempo, surgía la necesidad de financiar la actividad. "Se planteaba resolver el problema de las finanzas necesarias para cumplir con sus dos objetivos más urgentes: la puesta en marcha de un semanario (Mate Amargo) y de una radio (CV44 Panamericana)", dice el periodista Federico Leicht en el libro Cero a la izquierda. Una biografía de Jorge Zabalza. En una primera etapa se recibió ayuda de organizaciones amigas. Pero, dice el politólogo Adolfo Garcé en Donde hubo fuego: El proceso de adaptación del MLN-T a la legalidad y a la competencia electoral: "El tema económico comenzó a convertirse cada vez más en un problema serio a finales de la década del ochenta, cuando empezó a disminuir el flujo de apoyo del exterior (...) Los testimonios coinciden en que, más allá de los debates, pese a la decisión de actuar en la legalidad, los tupamaros siguieron haciendo finanzas a la antigua".

A lo que surge de estos libros y otros, se agrega el crudo relato de Beto ante Urruzola: "Se necesitaba meter el caño para financiar al MPP porque había poca plata (...) De cada operación se repartía una parte, y luego se le daba a la Orga".

Beto dice, también, que fue Mujica el que en 1989 le preguntó "¿estás dispuesto?", a lo que él respondió que "por supuesto". Urruzola se basa en el testimonio de Jorge Zabalza —quien ha hecho profusas y contradictorias declaraciones sobre este tema en distintas oportunidades— para decir que en la reorganización del MLN postdictadura es el expresidente el que asume un rol decisivo al frente del "nivel operativo" que se ocupaba de "la seguridad del MLN" y, secundariamente, "conseguir finanzas". "El único que contaba con consenso" era Mujica, asegura Zabalza.

Algo parecido dice el extupamaro Sergio Lamanna en una entrevista que le hiciera el portal guichoninfo.com tras la publicación de Urruzola. Lamanna —que en 2011 increpó públicamente al expresidente en la Rural del Prado—, dice que así como "en los años 60 se expropiaron bancos para conseguir una transformación social, en los años 80, 90 y 2000 se expropió plata para hacer carreras políticas individuales y en muchos casos para enriquecerse". Cuando le preguntan quién dirigía la acción de estas bandas, responde: "El jefe era Mujica".

Más adelante, Mujica intentaría desvincularse de este asunto y trasladarle a Perdomo "la parte armada", según surge del testimonio del mismo Perdomo en el libro Los dos demonios, del periodista Álvaro Alfonso. Según Garcé, "era prácticamente imposible" que Mujica y Fernández Huidobro "desconocieran" el asunto.

Ayer, en una entrevista con el portal Ecos, Mujica volvió a negar vínculos con las bandas.

Beto, Oriol y el bar.

A Luis Alberto Oriol lo agarraron en mayo de 1998. Para ese entonces ya tenía al menos siete rapiñas encima. En el expediente queda claro, tanto por declaraciones como allanamientos, que Oriol era el líder de la banda que se reunía en el bar Pedrín, una cantina ubicada en República Argentina y Grecia (Cerro). "En dichas reuniones se planificaban atracos, se asignaban tareas a cada uno de los partícipes de los delitos, se distribuía el armamento y luego de consumados los hechos retornaban al lugar en donde se repartían el botín", se lee. El bar pertenecía a Alejandro Carlos Otero, hijo de un tupamaro histórico, y Oriol era su socio.

Por su rol preponderante, Oriol obtuvo una pena de 20 años de prisión, mientras que los otros 11 integrantes de la banda —entre los cuales estaba Gustavo Lepere Mederos, el que secuestró a Milvana Salomone en 2015— afrontaron menos de 15. "Me habrán acusado por los antecedentes políticos", declaró Oriol entonces, enojado y proclamando su inocencia. De todos los miembros del grupo, él era el único que había estado preso entre 1972 y 1985.

En las declaraciones no aparece mencionado el MLN ni la actividad sediciosa ni la posibilidad de robar para la organización. Sin embargo, de una lectura atenta del expediente resulta claro que Beto y Oriol son una misma persona. De modo que lo que se decía en 1998 ante la Policía y el juez, es muy distinto a lo que se revela hoy para una publicación periodística.

Vica lo dice claramente: lo que no se menciona en el expediente es porque no se pudo probar. Sin embargo, en aquel momento circulaban comentarios que venían de los interrogatorios. Así fue que el exjefe de Hurtos y rapiñas oyó, por ejemplo, que Fernández Huidobro y Mujica frecuentaban el bar Pedrín con Oriol y compañía.

Luis Hierro López, que tuvo un breve pasaje al frente del Ministerio del Interior entre febrero y noviembre de 1998, cuenta que su jefe de Información e Inteligencia, Luis Pereira Saldías, le dijo en aquel tiempo que los asaltantes de Parque Posadas eran tupamaros. "La impresión era que robaban para sí, no por motivos políticos", dice Hierro. "Yo desacreditaba el dato de que fueran tupamaros, no le asigné verosimilitud a la versión. Luego, cuando leí los libros, comencé a enterarme", reconoce.

Al respecto Saldías afirma: "En su momento estaba visto. Se asociaba a una cosa con la otra. Algunos acontecimientos vinculados con esa gente daban la pauta". El exjerarca, que siguió en su cargo hasta 2005, dice de todos modos que "no se sabía mucho" de la actividad del MLN y que para ese entonces no había orden de hacerles un seguimiento a los tupamaros.

Dónde está la plata.

Cuando Vica y su gente tuvieron a todas las bandas tras las rejas, lo que seguía era investigar dónde había ido a parar el dinero. En las declaraciones que hoy se leen en los expedientes, los asaltantes decían haberlo gastado en cancelar deudas o en compras de ropa y drogas. Pero en ninguno de los más de 100 allanamientos se encontró una sola compra que se notara nueva.

Beto (u Oriol) dice en el libro que en los nueve años que robó con su grupo lograron reunir US$ 20 millones que entregó a la organización. Agrega que él con "lo único" que se quedó fueron US$ 3 millones con los que levantó un barrio. En el expediente figuran cifras de cuánto sacaron de cada atraco, aunque en algunos casos se menciona el total y en otros aparece lo que obtuvo alguno de los asaltantes. La suma da unos US$ 180.000.

Para Vica, lo de los 20 millones es "un reverendo disparate". Él se quedó con la duda, porque, según declara, cuando se aprestaba a conversar con los jueces para revisar cuentas, una llamada le "cortó el mambo". Provino de una autoridad importante del segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, que no se anima a mencionar porque no tiene testigos.

Más allá de los testimonios, no hay pruebas fehacientes de que el MLN se quedara con el dinero de los asaltos. Pero, para un operador policial que prefirió no ser mencionado, la pregunta clave es: ¿de dónde salió el dinero para hacer funcionar todo lo que hicieron en esa época? La radio, el semanario, los locales y los bienes que la organización puso a nombre de sociedades anónimas, como fue el caso de la chacra de Mujica hasta 2011.

Para los senadores de la oposición, el pedido de investigación se justifica por el "absoluto secretismo" que ha rodeado este tema. El pacto de silencio se plasmó incluso en un reglamento interno del MLN. "Guardaron silencio siempre, y una vez en el gobierno, lo institucionalizaron", advierten los legisladores en el texto de la comisión que no se creará. Por ahora, la sospecha seguirá inconclusa.

"Es pura bulla": una historia mil veces negada.

"Todos inventos", dijo el expresidente José Mujica a Búsqueda el 20 de abril, tras la publicación del libro Eleuterio Fernández Huidobro. Sin remordimientos, de la periodista y exmilitante frentista María Urruzola. "Yo interpreto todo este caso como parte del rubro suciedad de la campaña electoral que ya ha empezado. No es más que eso", declaró Mujica, y agregó en referencia a Urruzola: "Hay gente que cambia de cuadro y se ve que ahora se mueve por intereses económicos". Ayer, en una entrevista con el portal Ecos, le preguntaron acerca de la intención de la oposición de instalar una comisión investigadora sobre las bandas que robaban bancos en los 90 y el MLN. "Están logrando que se piense que todos somos una mierda", disparó. Apuntó especialmente a Pablo Mieres, senador del Partido Independiente, que fue quien dio declaraciones el viernes cuando se supo que no habría votos suficientes para la comisión. "Ese lo que está haciendo es ruido para que ustedes le den micrófono. Es pura bulla", expresó. La postura del expresidente coincide con sus excompañeros tupamaros. En el libro de Federico Leicht Cero a la izquierda. Una biografía de Jorge Zabalza, el periodista le preguntó a Fernández Huidobro respecto a las tupabandas y le contestó: "¿Qué querés, mandarme preso? ¿No te das cuenta que si yo contesto alguna de esas preguntas voy preso?". Lucía Topolansky, Luis Rosadilla y Eduardo Bonomi también se han negado a hablar del tema.

EDUARDO VICA FONT - JEFE DE HURTOS Y RAPIÑAS (1998-2000).

"Me llamaron para que cortara la investigación"

—Algunas publicaciones sobre este tema señalan a José Mujica y a Eleuterio Fernández Huidobro como los que dirigían los asaltos. ¿Qué se decía sobre ellos en esa época?

—Bueno, a mí me quedó muy claro —aunque sin probarlo— que Fernández Huidobro era el que recibía el dinero. Porque así lo dijo la novia del colombiano Santander muerto en el motel Goes en 1994: que recibía en su sede del comité de base de Ejido los dineros provenientes de los asaltos de esa banda que integraba Santander. La segunda mención a Fernández Huidobro aparece vinculada a la banda de Oriol, que iba al bar de República Argentina casi Grecia. Era el bar del hijo de Otero, un viejo tupamaro. Fernández Huidobro se reunía con Oriol e integrantes de la banda de Oriol en el bar. Ahí es la primera vez que escuché que iba Mujica también.

—¿Usted los vio?

—Yo no los vi. Son versiones de interrogatorio. Lo que pasa es que después, lo que se dice frente a la Policía se cambia ante el juez, y la palabra que vale es la que está en el juzgado. Cuando ves que no se menciona a fulano de tal, es que no conseguimos ni esto de prueba. Qué se le va a hacer. A mí me queda claro desde el punto de vista policial, pero de ahí a que se pruebe y se proceda…

—Y el hecho de que estuvieran en el bar, en el caso de que hubiera pruebas, tampoco demuestra nada.

—Obvio (…) Pero ahora se están destapando los tarros, y está saliendo mucho olor (…)

—Sobre la declaración de que parte del dinero iba a parar a un comité de Fernández Huidobro, ¿tampoco se pudo avanzar?

—No. Si no está mencionado en los expedientes es porque no se llegó a tener ni una semiplena prueba de eso. Lamentablemente, en el momento no la tuvimos. Por eso es que yo quería seguir trabajando después y me cortaron el mambo.

—Cuénteme eso.

—Yo recibí felicitaciones de ciertas autoridades, y una de esas autoridades que no la voy a mencionar —y es una muy grande—, me dejó en el aire que no siguiera con las investigaciones de los destinos de los dineros. Esa fue la primera pauta.

—¿En qué año fue eso?

—Año 2000. El único testigo que tenía de esa conversación se me murió. Si no, no tendría problema (en revelarlo). La segunda pauta: asciendo de grado. Y al mejor, o uno de los mejores conocedores de ladrones de la Policía, con el nuevo grado, en vez de dejarlo en Investigaciones para seguir metiendo la cabecita en lo que sabía, ¿a dónde me mandan? Segundo jefe de inspección administrativa de tercera zona. No, no, no. Me fui. Me retiré.

—Cuando recibe esa llamada, ¿qué era lo que sabía, hasta dónde había llegado?

—Estábamos empezando a trabajar. Al tener resueltos los procesamientos, lo que quedaba era obvio. ¿Por qué quiero como policía llegar a los destinos del dinero que se robaron en los bancos durante siete u ocho años de corrido? Porque en cada uno de los allanamientos que hicimos, que fueron más de 100, no encontramos una birome Bic nueva. ¿Y dónde estaba la plata de los bancos? Si no había ni una birome, ni un televisor, nada nuevo, ¡nada! Una vida rudimentaria en todas las casas que allanamos. En algún lado tenía que estar esa plata, ¿verdad? Más todavía: las versiones que venían sobrevolando de Mujica y Fernández Huidobro, bueno, eran pautas que se venían dando. Entonces, había que pedir levantamiento de secreto bancario, esto y lo otro, ir manejándolo con los jueces, porque todas esas cosas se hacen por orden de juez.

—No llegaron a moverse.

—No. No tuve oportunidad.

—¿Usted en algún interrogatorio escuchó a alguien decir que robaba para la organización política?

—No, yo en ningún momento. Yo era el jefe del departamento. El que tiene que hacer las cosas es el subcomisario, Enrique Mariño (NdR: Mariño no quiso hablar para esta nota). Yo tengo que supervisar, pero no tengo que estar presente.

—¿Mariño le dijo si escuchó algo en ese sentido?

—Claro, pero como dichos. En los interrogatorios, los individuos, sobre todo los hábiles declarantes, los avezados como yo supongo que son la mayoría de estos tupas viejos, saben lo que el Código del Proceso Penal dice: cuánto es el tiempo que tiene la Policía para trabajar con ellos, cuánto de mentira le pueden meter después al juzgado. Ellos trataban de que pasara el tiempo en el que el policía podía trabajar con ellos. ¿Cómo? Mintiendo, dando información falsa.

—¿Puede estimar cuánto dinero robaron las bandas de tupamaros?

—No. Ahora, esa barbaridad de millones de dólares (que maneja el libro), imposible.

—¿Por qué?

—Porque si contamos los asaltos que se hicieron a bancos e instituciones financieras en siete, ocho años, y calculamos la cantidad de cajas que tienen, y sabemos que por caja había unos 10 mil dólares —lo que permitía el BCU—, llegás a una suma importante, sí, pero no a eso que dice el libro. Es un reverendo disparate. No tengo la seguridad de cuánto fue ni cuánto dejó de ser, pero 20 millones de dólares, no.

El cazador de las Tupabandas de los 90.

Yo conocía a más ladrones que a personas de mi propia familia. Más líneas que Antel tenía yo, de verdad. Empecé chequeando cosas, información, captando documentación, fui hilvanando despacito”, cuenta Vica Font desde su paz en Rocha y a casi 20 años de aquel tiempo. Vica se entusiasma al relatar cada uno de los procedimientos -muchos de ellos sangrientos- que pusieron tras las rejas a los asaltantes de las bandas de los 90. Recuerda a casi todos ellos, las edades que tenían, si habían estado presos antes. Es capaz de describir cuatro “células” de “todos tupas”.

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