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La sombra del colibrí

Los comentarios de Fabiana Goyeneche en redes sociales siempre tienen fervientes detractores y defensores. Mujer, joven, exponente de un discurso políticamente correcto y siempre recordada por ser la cara visible del no a la baja, Goyeneche da pelea. Pero, ¿por qué es tan odiada?

Fabiana Goyeneche enciende las redes con cada comentario. La critican por ser portavoz de lo políticamente correcto pero la defienden por insistir con los derechos de las minorías. Algunos odian su tono, sus palabras, ven en ella el lobby de las organizaciones sociales a las que estuvo vinculada. La tildan de "acomodada" o consideran que capitalizó el éxito de la campaña en contra de la baja de la edad de imputabilidad para catapultar su carrera política. Otros la elogian, destacan su juventud, su condición de mujer, la animan a no aflojar. ¿Por qué despierta reacciones tan opuestas? ¿Quién es Fabiana Goyeneche y qué hay detrás de su figura tan controversial?

El origen.

Un día de 2011 se arrimó a la Comisión Nacional No a la Baja. "Hola, soy Fabiana, ¿qué puedo hacer?", cuenta que preguntó. Detrás de esa aparente inocencia no había ingenuidad. Ella sabía que se metía en territorio hostil. Sabía que implicaba combatir una causa a la que adhería el 70% de la población. Al principio, los militantes del no a la baja iban de a cuatro a repartir folletos a las ferias para evitar ataques.

Ella, que era de las pocas formadas en derecho, asumió la tarea de dar charlas en los barrios. De ahí pasó a ser la que hablaba con los medios. En 2013, un plenario de la comisión la designó formalmente a ella y a otro como voceros, pero Goyeneche siempre fue la cara más visible de los oponentes a bajar la edad de imputabilidad. No tenía militancia previa, no venía de ninguna organización, pero dice Sebastián Aguiar, que integraba la comisión, que su liderazgo se afianzó rápidamente porque "demostraba solvencia y compromiso". "Logró que todos la quisiéramos. En ese momento fue muy criticada y respondió con altura", recordó.

El resultado en las urnas fue favorable, pero tuvo su contracara. "Jamás recibí tanta violencia como después del plebiscito", asegura Goyeneche. Ahí reside el "gran origen" del odio que hoy aún le expresan y que, según ella, se agrava por su condición de mujer, joven y del Frente. "Por decirlo groseramente, no me lo perdonan".

En la campaña recibió propuestas de varios sectores del FA y una del Partido Nacional. Ella dice que rechazó todas porque no quería ni podía asumir militancia partidaria hasta pasado el plebiscito. Insiste —y esto se lo preguntan "una vez por semana"— que nunca dijo que no haría política. Lo que sí dijo fue que no lo haría en ese momento. "¿Qué persona se compromete a no hacer algo de por vida? Y menos una de 30 años", razona ella. Más allá de las declaraciones, su decisión cayó mal a algunos de sus compañeros de la comisión y forma parte de las críticas que recibe con frecuencia.

A Aguiar no le molestó, dice que es lógico que alguien "con compromiso" quiera seguir participando. Le impresiona la "brutalidad" con la que la insultan y solo lo entiende por "rencor": "creían que iban a ganar y se lo dimos vuelta en cuatro meses".

Julio Calzada, que como director de Políticas Sociales tiene a Goyeneche de jefa, advierte un "ensañamiento" en su contra. "Rompió el molde. Es lo que surge cuando alguien no es esperado. Ese bullying que le hacen en las redes morales es porque no la logran asimilar, porque no es encasillable. No tiene pedigree, no militó en la FEUU, discute de igual a igual y se incluyó en el sistema". Calzada también está impactado por lo que, según él, es un caso sin precedentes. "La política uruguaya no se centra en un ataque a la persona; eso no está en la estética de la política ni en su moral".

Las redes.

Goyeneche venía de una semana dura por sus comentarios sobre el affaire del Coffee Shop, la denuncia de discriminación y la intervención de la intendencia, cuando en su casilla de mensajes privados en Twitter apareció el de una desconocida que le hacía una propuesta. "Hola Fabiana, te escribo porque participo de un colectivo feminista y hoy en el chat comentamos algunos tuits donde te pegan con comentarios remachistas. No sé cómo vivís vos esto y queríamos expresarte nuestra solidaridad total. También queríamos preguntarte si podemos hacer tipo a las 13 horas desde distintas cuentas feministas capturas de esos tuits y criticarlos. Problematizar que te tratan de esa forma porque sos una mujer joven y progresista".

Con 32 años y apenas cuatro en el ruedo político, Goyeneche está más curtida que muchos. Acostumbrada a los golpes. Prácticamente inmunizada. Por eso les contestó que sí, que tenían vía libre para hacer lo que quisieran.

Así, de un momento al otro, el asedio diario que ella tiene naturalizado quedó al alcance de quien quisiera verlo. El 14 de abril, con el hashtag #mujeresenpolítica, circularon cientos de mensajes que tenían a Goyeneche como blanco de insultos de los menos sutiles y hasta deseos que incluían violaciones de parte de menores y abortos fallidos. En Twitter hay quienes la apodan "Goyeleche" o "Goyoneche", y se toman el tiempo de superponer en la cara del dictador los rasgos de la directora del Desarrollo Social de la Intendencia de Montevideo.

"Mucha gente decía no la criticamos por ser mujer, la criticamos por tal cosa", cuenta. "Pero a un hombre tan criticado, también del Frente Amplio, como Sendic, nunca le van a decir vos llegaste ahí porque te acostaste con… o el problema que tenés vos es que te falta sexo. Es algo que trasciende los partidos y les pasa a las mujeres que están en política, sobre todo a las jóvenes, y que si sos linda hacés tal cosa, y si sos fea hacés tal otra, siempre cosificando, siempre tiene que ver con tu aspecto físico, con cómo te vestís o qué comés".

Goyeneche ha tomado medidas. En Facebook no comparte fotos de ella. En Twitter, donde la siguen más de 8.400 personas, lo que más hace es replicar mensajes de otros. Sabe que las "oleadas" de agravios no son espontáneas y ha aprendido a detectar qué las genera, quién las reproduce, quién las incentiva. Separa las "críticas legítimas de las violentas". Ya no se fija quiénes son sus atacantes porque se dio cuenta de que por lo general se trata de "un determinado perfil de gente" con la que no podrá discutir. A esa gente la tiene silenciada y de esa forma consiguió acallar un poco su celular, pero también es consciente de que quizás se pierda de escuchar reclamos y comentarios legítimos de ciudadanos.

Una vez, Goyeneche recurrió a la Justicia. En las redes estaban hablando de dónde era su domicilio e insinuando que iban a ir a buscarla. "Pensé que podía derivar en algo concreto, así que hice la denuncia. Hice un montón de capturas de tuits y de mensajes que había recibido. Y cuando me citaron del juzgado, el juez me dijo que lo que tenían hasta el momento era que podía hacer un juicio por difamación e injurias, no otra cosa. Dije que no. Yo no quería una judicialización del tema. Que la gente exprese lo que quiera expresar. Yo lo que quería era saber si corría peligro", relata. Además, empezar a denunciar a todos los que la insultan en redes y foros sería algo de nunca acabar.

Es miércoles al mediodía, Goyeneche sale de la reunión de gabinete y camina con dos periodistas por 18 de Julio. Lleva un traje formal, botas de taco bajo, se maquilló los ojos y se pintó los labios de rojo. Dice que siempre se arregla, que está acostumbrada a hacerlo desde los 24 años, cuando empezó a ejercer la abogacía, porque si no con esa "cara de nena" en los juzgados no la tomarían en serio.

La idea es ver qué le dicen por la calle y lo cierto es que apenas le cruzan alguna mirada, tal vez por su apariencia, tal vez porque la reconocen. Goyeneche cuenta que siempre se mueve a pie y que a lo sumo alguien se le acerca para comentarle algo sobre la intendencia o para preguntarle —sin violencia— si ella es "la del no a la baja" y qué está haciendo ahora. El asedio en su vida es virtual, no real.

La intendencia y después.

Que es apática, que está a la defensiva, que a menudo paga el costo de su inexperiencia y su falta de trayectoria política. En la intendencia Goyeneche no tiene grandes detractores, pero sí algunas resistencias. Y sus vínculos amorosos son materia de rumores recurrentes.

Hace un mes, cuando se anunció que Daniel Martínez haría cambios, se especuló que ella sería una de las desplazadas. Sin embargo, Goyeneche se mantuvo en el cargo. Algunos colaboradores cercanos al intendente aseguran que nunca estuvo en la mira. La opinión de Martínez sobre su gestión es favorable en general, más allá de alguna discrepancia, dijo uno. La ve como una "persona con proyección política", agregó otro. Es la segunda suplente del intendente pero hasta ahora no le ha tocado ejercer ese rol.

También hay quienes ponderan su juventud como un valor —su antecesora, María Sara Ribeiro, es al menos cuatro décadas mayor. Calzada destaca su capacidad de "absorción, comprensión y elaboración de las cosas a las cuales se acerca". La elogia por su facilidad para comunicar y por no poner obstáculos a las ideas de los demás.

Goyeneche dirige un departamento que integran 600 personas y del que dependen desde las policlínicas y la regulación alimentaria, hasta los servicios sociales barriales. Entre estar en todo y no estar en nada, elige lo primero. Es consciente de que en su área no se juega el éxito o el fracaso de Martínez pero reivindica su importancia: "Si falla, lo sienten los más vulnerables, y lo van a reclamar".

Entre tanto, tiene un ojo puesto a la interna frenteamplista. Se mantiene independiente pero evalúa los movimientos de algunos sectores para eventualmente afiliarse. "Para mí hay temas importantes que el FA no tiene resueltos: violencia de género, feminicidio, ley de cuotas, cómo se aborda la seguridad, los discursos del aumento de penas y cómo se dan por la vía de los hechos. Quiero ver cómo se canalizan para saber si al fin y al cabo tengo tanta afinidad o no (con uno u otro sector)", explica.

Tampoco tiene certezas sobre metas futuras. Sabe que quiere seguir en el FA, pero asegura que no ambiciona un rol determinado. Dice que ama su profesión, que no tendría problemas en volver a los juzgados. "Eso es algo en lo que estoy pensando mucho hoy: hacia dónde seguir y de qué manera", revela. Lo que tiene claro es que en el lugar en el que esté siempre buscará la "promoción de derechos", concluye con esas palabras tan suyas. Y que digan lo que quieran.

"Sigo pagando por no a la baja; no me lo perdonan".

Goyeneche: figura pública que varios sectores políticos quisieron conquistar. Foto: F. Ponzetto
Goyeneche: figura pública que varios sectores políticos quisieron conquistar. Foto: F. Ponzetto

El la oficina de Fabiana Goyeneche, en el tercer piso del edificio municipal, hay dos plantas, un mapa de Montevideo y ocho cuadros con las palabras y las consignas que tanto le recriminan en las redes: "La solidaridad no se agradece, se retribuye", "Mujeres rurales en la capital", "Objetivos de Desarrollo del Milenio". Goyeneche sabe que esos mensajes irritan a algunos porque, en el fondo, "hablar de derechos es cuestionar los privilegios e interpela a los privilegiados".

—¿De dónde crees que viene tanto odio?

—Yo hago un análisis generacional de lo que me pasa, un análisis con perspectiva de género. Estoy totalmente de acuerdo con que si yo fuera hombre, las agresiones serían diferentes. Pero el origen de todo esto sigue siendo el no a la baja. La gran cantidad de gente que me critica de la forma más violenta lo hacía en 2013 y 2014. Todo lo demás es el vehículo del momento para canalizar el agravio.

—Seguís pagando el haber sido la imagen del no a la baja, ¿decís?

—Totalmente. El núcleo duro del agravio es ese. Sobre todo del agravio violento (yo no hablo de las críticas, que son no solo legítimas sino bienvenidas). Nunca fue tan grave y tan concentrado como después del plebiscito. Una vez tomé la medida de hacer acciones legales porque recibí una amenaza. Una cosa es expresar indignación y disgusto, otra es que tome tinte de que puedan agredirme.

—¿No te dan ganas de apelar a la Justicia para frenar la difamación?

—¿Sabés lo que pasa? Que si yo hago un juicio por instigación al odio tengo que denunciar a decenas de personas. Yo sigo creyendo que resolver por vía penal los conflictos de convivencia no es la mejor manera. Lo importante sería incluso trascender mi persona, porque yo hoy estoy acá, mañana no sé si voy a ser figura pública, si voy a estar en política partidaria o qué. El problema es que esas cabecitas y esas maneras de proceder van a seguir estando. Yo lo vivo de una manera porque soy una mujer adulta, pero ¿qué pasa con los hijos de esas personas cuando leen que el padre, la madre o la hermana mayor escribe de esa forma sobre alguien? ¿Cómo le decís que no haga bullying en la escuela o que no le arruinen la vida a alguien en el liceo? Me preocupa, y eso no lo arreglo con una denuncia por difamación.

—¿Qué se puede hacer?

—Yo desde la administración he intentado generar instancias de diálogo. Organizamos un foro por el tema comunicación, libertad de expresión y derechos humanos. Invitamos a gente coincidente y no coincidente con lo que promovemos desde acá. Fue muy enriquecedor. ¿Cómo hacemos para expresarnos cuando estamos de acuerdo o no con alguien? ¿Por qué hablar de lo supuestamente políticamente correcto genera tanto odio? ¿Por qué a la gente le genera más reacción de odio hablar de género, de diversidad sexual, de discriminación, que hablar de la basura? (sube el tono de voz, mira a la ventana, levanta la mano y señala hacia la calle) ¡La gente se pone más violenta cuando le decís por favor no seas racista que por favor no tires la basura en el contenedor! Lo digo siendo autocrítica, porque sé que es un tema que se le reprocha a la intendencia y que todavía no está resuelto de la mejor manera, y sin embargo pareciera que eso no genera el odio y la ensañación que generan las feministas cada vez que convocan a una marcha.

—¿Cuál es tu hipótesis de respuesta?

—Creo que el trasfondo del asunto es que todas estas movilizaciones por derechos están cuestionando los privilegios. Y te están señalando e interpelando por ser una persona privilegiada en el sentido amplio: por ser mujer blanca frente a mujeres afro, por ser persona de clase media cuando hay personas indigentes… Yo te puedo decir que soy abogada y escribana porque me rompí el lomo laburando, porque me separé de mi familia para venir a Montevideo, bueno, yo porque tuve el privilegio de poder hacerlo. Cuestionar tu lugar de privilegio y el status quo genera muchísima violencia.

—¿Los ataques hacia tu persona son solo en redes o también en tu vida real?

—Creo que es generalizado que la gente en las redes y en los foros virtuales manifiesta lo que no se anima a decir en la cara. Me ha pasado en alguna ocasión, pero las cuento con los dedos de una mano o de las dos a reventar, de alguien que me cruce en la calle y me cuestione. Y de una forma agresiva, no recuerdo. Capaz no de la mejor manera, pero no con la violencia de las redes.

—¿Qué te han dicho en la calle?

—Cosas sobre la intendencia. O ah, vos sos la de no a la baja, ¿qué hiciste ahora?.

—Eso que pasa en las redes hacia ti, en definitiva, ¿viene por no a la baja, por ser joven, mujer, de izquierda?

—Sí, creo que es una sumatoria. Lo de no a la baja es el gran impulsor y el gran origen, que no se pierde y que, por decirlo groseramente, no me lo perdonan. Creo que ese fue el gatillo. Y si a eso le sumás que encima soy mujer y joven… Ver a una mujer en ese grado de exposición, a mucha gente no le gusta porque vivimos en un país de una gerontocracia brutal. Enseguida te dicen y vos, que sos tan joven, ¿qué hacés ahí? Algo habrás hecho. Mirá que me dicen acomodada ahora pero también me decían acomodada en mi trabajo anterior, en un cargo al que entré luego de haber concursado con 100 personas más. Si sos joven, algo habrás hecho. Y si sos mujer, ya sabemos lo que sospechamos que hiciste. Y si después con lo que insistís es con cuestiones de feminismo, políticas afrodescendientes, reclamás la cuota, y encima sos de izquierda, tenés el combo completo.

Sanducera, estudiosa y de familia apolítica.

Fabiana Goyeneche tiene 32 años, nació en Paysandú y creció junto a sus padres y sus dos hermanos en una casa en la zona de la Plaza Artigas, cerca del puerto. Su madre era maestra y su padre, ingeniero electromecánico. Fue a un colegio de monjas, hizo hasta tercero de liceo en el colegio Rosario y bachillerato lo cursó en el liceo 1. Se mudó a Montevideo para estudiar abogacía. En la capital vivió un tiempo con su hermana mayor y hoy comparte apartamento con su hermano menor, Facundo, de 27 años.

Facundo contó que Fabiana siempre fue muy estudiosa y aplicada, "al punto de llorar por exámenes en los que le había ido mal, y después le iba perfecto". No fue una adolescente rebelde, pero le gustaba salir con amigas y a menudo tenía cruces con su madre. Facundo no recuerda discusiones políticas en su casa hasta que Fabiana se metió en la comisión por no a la baja. Su padre —que falleció en enero— era el que más dudas tenía con la causa en la que militaba su hija. La hermana mayor de Fabiana milita en el Partido Nacional e integró una lista para la intendencia de Paysandú, pero coincidía con ella en la postura contraria a la reforma. Al final, dice Facundo, todos festejaron el triunfo del no. Fabiana había votado al Frente Amplio antes pero no tenía militancia política ni sindical previa. Se afilió al partido a fines de 2014. A principios de 2015 se sumó a la campaña de Daniel Martínez por la intendencia de Montevideo. Es segunda suplente y directora de Desarrollo Social.

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