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Un pueblo al borde del cierre

La industria uruguaya perdió 8.300 empleos en los últimos dos años. El impacto es mayor en las localidades que basan su producción en pocas fábricas. Nueva Helvecia, Ecilda Paullier y Juan Lacaze sí que saben de eso. A esta última, la crisis en Fanapel la tiene al borde de la "emergencia social".

Recorrida por Juan Lacaze. Foto: Fernando Ponzetto
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Recorrida por Juan Lacaze. Foto: Fernando Ponzetto
Recorrida por Juan Lacaze. Foto: Fernando Ponzetto
Recorrida por Juan Lacaze. Foto: Fernando Ponzetto

A veces los detalles más triviales configuran la línea que divide lo que era de lo que ya no es. Para Ramón Páez (41) ese detalle es un silbato. El silbato que cada ocho horas (a las 6, 14 y 22) indicaba el cambio de turno. A Páez, que trabajó 22 años en Fanapel, la ausencia del sonido no solo le indica que actualmente está desempleado, sino que una industria de más de 100 años está muriendo y con ella el pueblo que la contenía: Juan Lacaze.

En esa localidad de Colonia el epicentro no es la plaza principal o la iglesia, cuyas campanadas marcan el ritmo del pueblo. En Juan Lacaze, a diferencia de la mayoría de las ciudades del interior, las calles no siguen ninguna regla de cuadrícula, sino que son ramificaciones de las dos mayores industrias, la textil y la papelera.

Ambas están ubicadas junto al Río de la Plata porque en esa zona del departamento los primeros pobladores encontraron "la mejor agua" para uso industrial. Desde entonces es tal el apego a estos emprendimientos productivos que uno de los símbolos del escudo del municipio es una fábrica.

En Juan Lacaze no hay un desarrollo agropecuario, como en sus vecinos Rosario, Colonia Valdense o Tarariras, y tampoco un desarrollo turístico como en Nueva Helvecia o Colonia del Sacramento. En Juan Lacaze se respira el humo que emanan las chimeneas y se escuchan los camiones que cargan leña para alimentar las calderas. Por eso los lugareños hablan de dos pulmones que dan oxígeno al lugar que hoy, para seguir con la analogía, está necesitando de un respirador artificial.

La situación está al borde de una "emergencia social" y a punto de ser comparable al temporal de Dolores, dice el alcalde frenteamplista Darío Brugman. Si bien el proceso de deterioro de las industrias de la ciudad data de 1993, cuando cerró la textil Campomar, en los últimos ocho años se perdieron más de 1.000 puestos laborales y se tocó fondo el 23 de diciembre pasado, con la paralización de la producción de Fanapel.

Según Brugman, ya no se trata de un problema local o departamental, sino que requiere de la intervención del Gobierno nacional. Por eso pidió colaboración ante la Agrupación Nacional de Gobierno del Frente Amplio, a la que fue invitado hace una semana. El alcalde insiste en la inevitable diversificación de la matriz productiva, y repite que para repensar la ciudad son necesarios "cerebros de la universidad y el Gobierno".

Desde que el alcalde asumió el cargo, en 2010, este es el momento más "complicado" del pueblo, incluso más que cuando se inundó hace tres años, dice. "Todos los días se acerca más gente al municipio pidiendo trabajo, y de los cinco líderes del Concejo de la ciudad, hay tres afectados por la paralización en Fanapel".

El papel de la industria.

Más del 80% del papel de fotocopiado que circula en Uruguay fue producido en Fanapel. Esta fábrica que surgió en 1898, en pleno gobierno de facto de Juan Lindolfo Cuestas, estaba acostumbrada a crear su producto desde la plantación del árbol. Su poderío fue tal que en su época de oro llegó a emplear a unos 1.400 trabajadores, la décima parte de toda la población que hoy tiene Juan Lacaze. Pero en 2013, ante la imposibilidad de competir con UPM y Montes del Plata, pasó a comprar celulosa y se aceleró la pérdida de obreros.

En este sentido, Fanapel sale desfavorecida ante las medidas que benefician a otros sectores en Uruguay. Porque además de la compra de celulosa a multinacionales, la apertura económica que el presidente argentino Mauricio Macri impulsó al asumir el mando en diciembre de 2015, a la fábrica le significó perder su principal mercado. La tonelada de papel chino cuesta casi US$ 300 menos que el producido por la industria uruguaya. Y los chinos, más que nunca, están buscando el mercado sudamericano.

"Fanapel pasó a ser, en el último tiempo, el kiosco de la esquina", dice el sindicalista Páez, el que extraña el silbato de la fábrica. "La empresa pasó a dedicarse a los pequeños pedidos y quedaron atrás las exportaciones de 5.000 toneladas". La baja llevó a que en diciembre se optara por la paralización de actividades y que 300 empleados, entre puestos directos e indirectos, estén sin trabajar.

Los temores que genera este cese de actividad, sobre todo en familias cuyos ingresos se basan exclusivamente en esta empresa, "está generando un ambiente de angustia colectiva", cuenta María Laura Alles, la tesorera del Centro Comercial.

Esta gremial de comerciantes estuvo cerrada durante 15 años porque "todo marchaba bien y no era necesario juntarse", cuenta. Pero hace dos años debió reabrir ante la crisis generalizada que hoy, según Alles, alcanza su pico máximo, superando al de la crisis de 2002.

"Cuando los papeleros y los textiles cobraban el salario, el pueblo era una fiesta", dice el alcalde. Ahora, en cambio, la ciudad se vacía cada mañana porque quienes consiguen trabajo lo encuentran fuera de Juan Lacaze.

Ya en el último censo (2011), cuando todavía no era tan evidente la crisis en Fanapel, el porcentaje de pobladores de Juan Lacaze que trabajaban fuera de la localidad duplicaba al promedio del país. El 12% de los lacacinos está empleado fuera de la ciudad.

El título de ciudad dormitorio está más vigente que nunca y la comerciante Alles, dueña de una florería en pleno centro, ve cómo los ómnibus transportan a muchos trabajadores a Montes del Plata, inclusive a su hijo de 27 años. La hija del medio estudia en Montevideo y la menor aún está en el liceo, pero sabe que deberá emigrar, dice con angustia.

"Esta ciudad es un bastión frenteamplista, y aunque esto no tiene colores partidarios, es el momento de recibir una ayuda", sentencia. "Es ahora o nunca".

A tal punto llega la búsqueda de colaboradores, que el propio alcalde interrumpe la charla con El País para comentar: "Mañana tengo que llamar al Cebolla (Cristian Rodríguez) para ver qué podemos hacer juntos... él va a dar que hablar en Peñarol y hay que aprovechar".

Los padres del "Cebolla" fueron trabajadores de Fanapel, así como José Carbajal, "el Sabalero", fue empleado de Campomar. Porque en este pueblo del litoral, quien no trabajó en la papelera o la textil tiene algún familiar que sí lo hizo.

Mariana Castro, cooperativista en Puerto Sauce, la textil recuperada por los trabajadores que antes fue Agolan y en el comienzo Campomar, recuerda que cuando era niña su madre no la dejaba salir a la calle a las 14 horas, porque era el cambio de turno en las dos fábricas y la ciudad colapsaba. Pero también rememora que cuando no quiso estudiar más, al término de cuarto de liceo, empezó a trabajar en Campomar porque las industrias eran la fuente laboral por excelencia.

Así es que hace 33 años que está en la textil y, al igual que ella, la mayoría de los 91 cooperativistas son adultos que pasan las cinco décadas. Esta particularidad, sumada a los incentivos de jubilaciones por las sucesivas reestructuras de las industrias, hace que quienes mueven el dinero en Juan Lacaze sean los más veteranos.

Hoy la textil Puerto Sauce lucha por pagar el préstamo de US$ 1,69 millones que le brindó el Fondes. Recién hace dos meses llegaron al punto de equilibrio de una producción de 35 mil metros de tela fabricada. Y aunque están teniendo "buena salida", dice el presidente Johnny Solaheguy, les es muy difícil competir. Los tejidos uruguayos cuestan la mitad y tienen 6% más de calidad, según un estudio del LATU, pero aun así pierden frente a los paños italianos.

La textil ocupa menos de la mitad del predio de 25 mil metros cuadrados que una vez fue Campomar. En la otra mitad están algunas metalúrgicas y el Parque Industrial que, según el alcalde, "es el lugar indicado para diversificar la matriz productiva". La industria uruguaya perdió 8.300 puestos de trabajo en los últimos dos años, y en un pueblo que vive de solo dos fábricas el golpe se sufre.

La otra Suiza de América.

Según un estudio que lideró el economista Adrián Rodríguez, Colonia es el tercer departamento con mayor incidencia de la industria en el empleo. A la vez, es una de las regiones con mayor diversidad productiva. Sin embargo, al momento de analizar cada localidad, la realidad es bastante más cruda y hay otros casos que se suman a la coyuntura de Juan Lacaze.

Nueva Helvecia, ese enclave de inmigrantes suizos que llegaron a Colonia, está sufriendo los coletazos del cierre de dos de las principales industrias: la lechera Ecolat y la imprenta Pressur. Entre 2012 y comienzos de 2015 este pueblo perdió más de 450 puestos de empleo. Y la población apenas supera los 10 mil habitantes según el último censo. El impacto es comparable a que en Montevideo se pierdan 59 mil puestos de trabajo. Por eso la sobriedad característica de la cultura suiza, que aún reina en Nueva Helvecia, esta vez se permite expresar tristeza y preocupación. El mes pasado terminaron de cobrar el seguro de paro ampliado los últimos extrabajadores de Ecolat. Y "algunas decenas" de ellos están sin empleo, dice el exempleado Javier Fandiño.

Fandiño (41) nació en Soriano, pero se mudó a Nueva Helvecia para estudiar en la escuela técnica de lechería. Fue así que entró a trabajar en Parmalat, la antecesora de Ecolat. "Estaba dado que los estudiantes cursábamos pasantías en la fábrica y la mayoría terminábamos empleados", reconoce este sorianense que prefirió quedarse con su familia en Colonia.

Los extrabajadores de Ecolat no sabían que la fábrica iba a cerrar. Ellos, que producían más de 120 mil litros de leche al día y otros productos derivados, jamás imaginaron que iba a haber una quiebra justo cuando se prometía una inversión millonaria. Apenas habían tenido un sacudón en 2012, cuando hubo algunos retiros incentivados, pero "jamás un despido o un envío a seguro de paro".

Al igual que el papel y la lana, a la leche le cuesta competir en precios. Según dijo a radio Carve el presidente de la Sociedad de Productores Lecheros de Villa Rodríguez, Guillermo Berti, el sector acumula deudas por encima de los US$ 300 millones y está en crisis desde hace dos años.

En Nueva Helvecia se hace sentir en las mañanas, porque "ya no se escuchan las motos yendo a la fábrica" que quedaba a tres kilómetros de la plaza, cuenta Ulises Esteche, otro exempleado. Y hay otro detalle: "tampoco están los productos que eran los preferidos en el pueblo".

Cada tanto surge el comentario de que la fábrica está por reabrir. Incluso al edificio de Ecolat siguen yendo algunos exgerentes que mantienen comunicación con los inversionistas de Perú. Además, hay una guardia permanente para que no se ocupe la planta, que tiene equipos comprados en los últimos 10 años y un cartel en la puerta que reza: "No se reciben curriculum vitae".

También circula el rumor de que abrirá Pressur, la imprenta que llegaba a producir tiradas de 150 mil libros para enviar a Brasil. Victoria Montes de Oca, quien trabajó allí 14 años, escucha cada tanto que hay un inversionista interesado en reactivar la planta ubicada en la zona franca de Nueva Helvecia.

Este pueblo suizo, de casas al estilo europeo y escudos de cantones en las puertas, vive hoy de lo "poco que produce" la zona franca y del turismo. De hecho, Montes de Oca consiguió un trabajo como moza en un hotel tras un año y medio de búsqueda. "El problema es que en este nuevo empleo gano un 70% menos que el salario que tenía en la imprenta", explica mientras arma las mesas del restaurante para el almuerzo.

Varios compañeros suyos emigraron a Montevideo o a Colonia. Porque cuando un pueblo basa su producción en unos pocos emprendimientos, dice, "está destinado al cierre".

Emigración tras crisis de la industria láctea.

"Aquel vecino se fue a Buenos Aires, aquel otro está en Montevideo...". Sandra Amado (40) señala las casas de Ecilda Paullier, en San José, y muestra cómo el pueblo está vaciándose. En junio de 2015 la estadounidense Schreiber Foods había anunciado el cese de operaciones, dejando a 170 trabajadores sin empleo. La mayoría residía en Ecilda Paullier, el poblado ubicado a ocho kilómetros de la fábrica. La empresa extranjera había adquirido tres compañías del sector en 2010 y había invertido más de US$ 35 millones. Hoy, a siete años de su llegada al país, la industria mantiene la maquinaria casi intacta y miles de kilómetros cuadrados construidos sin uso. Los vecinos esperan la reapertura.

Los otros postergados de Juan Lacaze.

El predio que una vez albergó a Campomar tiene la clásica distribución de las fábricas de hace un siglo. La industria estaba dividida en dos alas, la producción era en serie siguiendo el recorrido alargado del edificio, y el tren con la leche ingresaba justo por el medio. A un costado de la entrada hay una plaqueta que recuerda a los 53 obreros despedidos durante la dictadura, 28 de los cuales ya murieron.

En pleno feriado del 18 de julio de 1973, la fábrica había recibido un telegrama que ordenaba el despido de esos trabajadores basándose en un decreto del 4 de julio en que se ilegalizaba las huelgas. Los damnificados no obtuvieron un despido pago, ni seguro de paro y mucho menos el cobro de las licencias no gozadas.

Más de 40 años después, y aun con una ley que compensa a los afectados directos por la dictadura, los extrabajadores solo obtuvieron un reconocimiento de los 12 años en que no pudieron trabajar y una jubilación básica de $ 16 mil.

El problema, explica el damnificado Rafael Lagarriga, es que los aportes que hacían antes llevan a que su jubilación deba supera los $ 25 mil. Además, antes de que asumiera su primer mandato, en una gira por Colonia en 2004, Tabaré Vázquez abrazó a los exempleados y les prometió "justicia". Pero poco cambió desde entonces.

Incluso el ministro de Trabajo, Ernesto Murro, se comprometió a abordar el tema cuando charlaron en el Consejo de Ministros que se hizo en Carmelo a mediados de 2016. Y nada.

El País se comunicó con Murro, que se excusó de hablar del tema. Pero se supo que estuvo en contacto con una diputada oficialista a quien le transmitió que "en estos momentos que está viviendo Juan Lacaze, salir con lo de estos trabajadores sería tirar una bomba".

El diputado Daniel Bianchi, que hoy adhiere al Partido de la Gente, presentó un proyecto para reconocer el trabajo de los empleados afectados, pero aún no fue abordado.

Lagarriga asegura que en el caso de estos trabajadores de Campomar está disponible toda la documentación y las pruebas, incluso el telegrama original del despido, indispensable para obtener lo que les corresponde.

EL ESFUERZO Y LA ESPERANZA DE LOS LOCATARIOS.

Pressur: el "regalo" de un propietario que los trabajadores jamás pudieron festejar.

El propietario de la imprenta ubicada en la zona franca de Nueva Helvecia "cedió" la empresa a sus empleados. Pero lo que pudo ser un "lindo gesto" de un "señor mayor", terminó siendo en la práctica una pesada carga de deudas y una industria con los días contados. Aquel "regalo" con capacidad para producir 50 mil ejemplares de libros tapa dura por día, terminó siendo un dolor de cabeza para los 120 trabajadores que se arriesgaron a tomar el timón. A los empleados les fue aprobado un préstamo del Fondes por US$ 6 millones, pero la mayor parte fue a cubrir deudas con proveedores y para garantía del banco. Cerraron y están intentando conseguir un inversor.

Ecolat: la fábrica a la que siguen yendo a pedir trabajo aunque esté cerrada desde hace dos años.

El cartel de "PARE" y el de "No se reciben currículum vitae" parecen no surtir efecto. Los vecinos de Nueva Helvecia van cada tanto a la fábrica de Ecolat, a tres kilómetros del centro de la ciudad, para dejar sus credenciales laborales. Es que siempre resurge el rumor de que la industria láctea reabrirá. El pasado jueves no fue la excepción. Mientras El País conversaba con dos sindicalistas en la puerta, una señora en moto frenó para dejar un sobre. Justo dos de los exgerentes estaban en una videoconferencia con los inversores de Perú. Según el sindicato, en caso de reabrir se necesitaría una limpieza profunda de los tanques. Por lo demás, "está todo bastante nuevo".

Shreiber Foods: una pinturita que hace más de un año no produce alimentos en base a leche.

En el kilómetro 92 de la Ruta 1, a ocho kilómetros de Ecilda Paullier, está el predio en que Shreiber Foods invirtió US$ 35 millones en 2010. La maquinaria parece nueva y por estos días un grupo de obreros trabaja en el mantenimiento. A diferencia de las otras industrias cerradas, en que varios trabajadores quedaron desempleados, en esta lechera de San José el acceso carece de controles. Según comentan en el pueblo más cercano, existe el interés de reabrir una vez que culmine la crisis de precios de la leche. Previo a su cierre, la empresa venía recibiendo unos 240.000 litros diarios de unos 70 productores. Y casi toda la producción iba a parar al exterior.

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