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La muerte pasó por Dolores

El tornado dejó cinco personas muertas y dos graves que continúan en el CTI. Los rostros de pánico siguen intactos en muchos de los vecinos de la ciudad, que a pesar de haber perdido todas sus pertenencias, agradecen la suerte de continuar con vida tras la peor de sus pesadillas.

Daños en el cementerio de Dolores. Foto: Fernando Ponzetto.
Daños en el cementerio de Dolores. Foto: Fernando Ponzetto.
Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto
El estado prevén inyectar tecnología y formación a meteorología uruguaya. Foto: F. Ponzetto
El estado prevén inyectar tecnología y formación a meteorología uruguaya. Foto: F. Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto
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El pasado 13 de abril se desató un tornado que hizo destrozos en Dolores. Foto: Fernando Ponzetto.
El pasado 13 de abril se desató un tornado que hizo destrozos en Dolores. Foto: Fernando Ponzetto.
Foto: Fernando Ponzetto
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Después de arrasar con la Cooperativa Agraria de Dolores (Cadol), el tornado continuó con furia hacia el taller de chapa y pintura de Carlos Mateu, de 58 años. Él y su hijo estaban trabajando. Ambos vieron cómo se aproximaba arrancando los techos de cada construcción con la que se topaba. Buscaron refugio en el interior de un auto. El tornado pasó y tiró el techo y una pared. La lluvia de escombros cayó sobre el automóvil. Ellos quedaron debajo. Carlos no logró salir. Su hijo, sí. Desesperado luchó por sacar a su padre. Pudo hacerlo un rato más tarde gracias a la ayuda de algunos vecinos. A Carlos lo llevaron al sanatorio CAMS. Ya estaba muy grave. Lo enterraron a las 11 de la mañana del otro día.

Segundos después el tornado llegó al taller oficial de la Ford. Allí trabajaba William Espantoso, de 22 años. Al ver el viento que se avecinaba salió a la calle para entrar el auto de un cliente que estaba estacionado en la puerta. El techo y una pared del taller se desplomaron cuando ingresaba. Cayeron sobre él. Murió al instante. Otro compañero suyo, que había quedado en un auto adentro del taller, fue rescatado con vida unas horas más tarde por los bomberos. Dolores tenía 15 bomberos cuando fue el desastre. El jefe, suboficial mayor Marcelo Garay, vio el tornado desde la ruta y debió refugiarse con su familia en una estancia el viernes a las 16:16 horas de la tarde cuando el torbellino estaba dejando la ciudad. Ese mismo día se iba a hacer cargo del destacamento. Uno de sus primeros trabajos fue el rescate en el taller de la Ford.

Cuando los niños y la maestras de la escuela 102 salieron a la calle, luego de refugiarse tirados en el suelo en un pasillo y un baño, todo lo que veían a su alrededor era una zona de guerra: los escombros, las casas sin techo, las chapas tiradas sobre el frente, los padres que corrían a buscar a los chicos, los llantos, la desesperación. Pero la imagen más aterradora era la que se veía en la esquina. Por allí pasaba Domingo Menge, de 49 años, repartidor de soda, en el mismo instante que el tornado venía rompiéndolo todo. Lo vio acercarse por el espejo retrovisor. Se detuvo y bajó rápido con la intención de meterse abajo del camión. Cuando puso un pie sobre el piso un auto que venía volando por la fuerza del viento cayó dado vuelta y lo aplastó. El tornado se cobraba otra víctima.

A unas cuadras de allí, Zirle Mateu, prima de Carlos, vio como el enorme tubo de viento pasaba por encima de la escuela 102. "¡Eso es un tornado!", gritó. Llegaba a la casa con su nieta de tres años. Su hijo de tres y otra nieta de cinco estaban justamente en esa escuela. Luchó para que no le ganara la desesperación y fue en busca de refugio. Entraron a la casa. Allí estaban sus otros dos hijos veinteañeros y su nuera. Pensaron en meterse debajo de la cama. La niña se puso a llorar y a gritar: "¡Ahí no, abuela!, ¡ahí no!". Zirle no sabe por qué, pero le hicieron caso. Eso les "salvó la vida", sostiene. El tornado llegó y lanzó una ráfaga de vidrios hacia ese lugar. Ellos aguantaron agachados, apretados y abrazados al lado de una de las mesas de luz.

"Después que pasó como que nos adormecimos. Empezamos a mirar para todos lados. No había nada. No teníamos paredes. Se habían caído los techos. No teníamos luz. Y las puertas apretadas, retorcidas, que no se podían abrir. Cuando salimos todo era un desorden. Mis hijos se fueron en el auto a buscar a mi otro hijo chico y mi nieta. Y fue desesperante. No se podía llegar. Era un caos", explica. Finalmente los dos niños estaban bien. Pero la muerte pasó muy cerca de Zirle.

Ella conocía a tres de los fallecidos por causa de tornado. "Con Carlos éramos de vernos, había mucho trato, no era una familia alejada", dice y se le caen las lágrimas. Frente a su casa vivía Celina Torres, de 66 años. Ahora en ese lugar no quedan más que escombros. La mujer trabajaba en una empresa de servicio de acompañantes. El techo y las paredes cayeron sobre ella. Murió 48 horas después en el CTI del sanatorio Amedrin de Fray Bentos. "Siempre conversábamos, de los niños, de las escuelas, de los estudios… Era una señora divina", dice.

Luego de devastar las casas de Celina y Zirle, el tornado siguió por la misma cuadra rumbo a la casa de Felipa Bentancor, jubilada, de 73 años. También murió aplastada. "La conocíamos de toda la vida. Le decíamos Lita", cuenta Zirle y mueve la cabeza de un lado para el otro. Todavía no lo puede creer. Felipa estaba en su casa con sus cinco hijos, que lograron salvarse, al momento de la tragedia.

Los cuerpos.

Carlos Urán y Héctor "Catete" Arregui son amigos. Hace más de diez años que trabajan en el cementerio de Dolores. A las 16:13 del viernes 15, cuando el tornado tocó tierra, ellos estaban enterrando a un fallecido. Los deudos ya se habían ido. Habían depositado el cajón y estaban cerrando el nicho. El viento soplaba y se empezó a sentir, recuerda Carlos, "un ruido como si fueran las turbinas de tres o cuatro aviones de guerra, como en las películas". Miró hacia un costado y vio cómo un árbol se hamacaba de un lado hacia el otro. Le tocó el hombro a su compañero y le dijo bajito:

—Catete, ese pino se está moviendo.

Sin siquiera levantar la vista de lo que estaba haciendo, el otro le respondió:

—No, qué se va a mover.

—¡Te digo que se mueve! —le insistió. Y en el mismo instante el pino se vino abajo, quebrando a otro árbol más pequeño en el camino.

Catete quedó paralizado. Carlos lo agarró de un brazo y lo llevó a una habitación sin puertas, donde van los restos reducidos de los muertos. Catete no entendía qué era lo que estaba pasando.

—¿Qué es eso? Viene con papelitos.

—¿Qué papelitos? ¡Esas son chapas!

"Vimos la forma del tornado. Se metió para acá adentro. Tiró 17 pinos. Y venía lleno de chapas. Pasó y las chapas seguían cayendo", dice Carlos. El piso del cementerio está repleto de árboles, chapas y piedras. Algunas lápidas se rompieron. En la ciudad de Dolores las chapas aparecen en los lugares más increíbles, enroscadas en las columnas y clavadas en el piso, desde el cementerio se ven altos árboles del lado de afuera en los que están perdidas entre las ramas.

Desesperado, Catete vio como el tornado iba rumbo al barrio en el que él vive, los Altos de Dolores, el más pobre y el más destrozado. Allí estaba toda su familia: su esposa, sus hijos y sus dos nietos chiquitos. Una vez que amainó el viento se fue corriendo para allá. "Gracias a Dios, todos estaban bien", dice, sonríe aliviado, y hasta parece no importarle haber perdido todo lo material. Su casa se vino abajo. Su familia está ilesa.

Después que chequeó que estaba todo bien, volvió al cementerio. Él y Carlos se sentaron a esperar que llegaran los fallecidos. Pasadas las 0 horas arribó el primer cuerpo. Le tuvieron que pedir ayuda a la Policía para sacar las chapas que tapaban la puerta de la morgue. Las autopsias se hacen en el cementerio. Las víctimas hasta ahora son cinco. En el CTI continúan internados un niño de cinco años y un joven de 17. Están graves.

En Dolores hay más caras de pánico que de tristeza. Muchos están en estado de shock. Los voluntarios que van a llevar comida a las casas que, aunque golpeadas, aún se mantienen en pie, cuentan que la gente no quiere ni salir a la puerta, que se asoman a la ventana con miedo, que algunas ni siquiera quieren aceptar los alimentos. El horror está marcado a fuego en sus ojos. A nadie le importa mucho lo material. Algunos religiosos creen que están vivos de milagro, los que no lo son no logran comprender lo que pasó.

Todos están agradecidos de la ayuda que llegó de todas partes del país: ropa, comida, juguetes, materiales de construcción. Sin embargo, existe el miedo a que, luego que pase el tiempo, los dejen solos. Al pueblo le va a costar ponerse de pie. Hay comercios enteros que desaparecieron. Las fuentes de trabajo, que eran pocas, se prevé que sean aún menos. El rumor en la calle es que los comercios más grandes que sufrieron el tornado cobrarán el seguro y se irán. La muerte pasó por Dolores y dejó marcas en las venas de la ciudad. (Producción: Daniel Rojas)

Voluntarios llegaron de todo el país a la ciudad.

El sábado 16, un día después del tornado, Fabián Pereyra y su hermano Nicolás empezaron a mandarse mensajes por WhatsApp. Al rato estaban pidiendo por Facebook donaciones a todos los que vivieran, igual que ellos, en Solymar. El domingo fueron a levantar ropa, comida, sillas, ventanas y lo subieron como pudieron en el auto. Hasta les dieron plata para la nafta. El lunes llegaron a Dolores y desde ese día no pararon. En Janka, el depósito donde se canalizan las donaciones, se empieza a trabajar a las siete de la mañana y no se para hasta pasadas las diez de la noche. Él y su hermano duermen allí, tiran uno de los colchones donados al suelo. Se levantan, comen algo, y arrancan a descargar lo que llega en los camiones. Son muchos los voluntarios que han llegado de todo el país. Sin embargo, en la ciudad advierten que se necesita más gente. "Ya el mismo lunes, cuando llegamos, salimos a repartir cosas. Llevamos pañales, aceite, azúcar, yerba, harina", cuenta Fabián. Él tiene 22 años, es electricista, pero ahora está desocupado. "No cuesta nada dar una mano", dice y ofrece una amplia sonrisa.

"Los saqueos existen; se escapa de las manos".

La iglesia del Sagrado Corazón de Jesús es uno de los cuatro lugares desde donde salen a diario desayuno, almuerzo, merienda y cena para las víctimas del feroz tornado. Está ubicada en una esquina, y es justo allí que comienza el barrio Altos de Dolores, el más afectado por la tragedia. "Nuestra ayuda va desde darles alimentos a brindarles productos de higiene. Recibimos las donaciones y las vamos distribuyendo de tal manera que vaya sirviendo, porque tampoco se puede atropellar con cosas a la gente", señala Federico Villalba, miembro de la comunidad de Sagrado Corazón.

En horas del mediodía hay unas 20 personas adentro de la iglesia trabajando en equipo. Están haciendo un guiso gigante.

De las donaciones que llegaron a Dolores, lo que más se reparte es comida, productos de higiene y colchones. También se han preparado bolsas de juguetes para los niños que permanecen durante horas en el refugio. Los muebles, en tanto, se están almacenando para repartir luego de que se reconstruyan las casas.

Quienes trabajan en Janka y en el estadio cerrado Carlos Magnone, donde se almacenan las donaciones, advierten que se está teniendo sumo cuidado por el tema de los saqueos. El mismo viernes en que pasó el tornado robaron varios comercios devastados.

"El apoyo de la Policía está siendo fundamental —advierte por su parte Villalba. Sobre todo de noche nos acompañan a repartir la cena. Ellos están patrullando constantemente. La verdad es que los saqueos existen y es algo que se escapa de las manos de todos. Hay gente que en vez de ayudar se aprovecha de la situación".

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