UN ESPACIO DE MALA MUERTE

Las morgues del país en el olvido de la Justicia

La morgue de Montevideo está en un nuevo edificio, pero el lujo no logra aplacar los problemas. Por falta de presupuesto no hay suficientes médicos; de los que trabajan, la mitad está de licencia por enfermedad y ganan tres veces menos que en centros privados. Una visita al lugar donde la Justicia se descompone.

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Foto: Ariel Colmegna

El edificio de la morgue judicial de Montevideo es nuevo, pero sigue oliendo a descomposición. El desfile de cadáveres que llenan esas salas cada día o lo cuerpos que permanecen en ocasiones más de una semana, tiñen de muerte hasta las habitaciones más inmaculadas.

Allí, en los dos pisos inferiores de una funeraria devenida en morgue en pleno Barrio Sur, la muerte tiene olor, color y hasta sonido. El impacto de la sierra contra el esternón eriza, aunque para los peritos no es más que una parte de su profesión, como un carpintero que todos los días repara tres o cuatro muebles.

También puede decirse que la sala en que se realizan las autopsias patológicas, esas que examinan los tejidos, tiene la impronta de un laboratorio de biología, como los que hay en el liceo. Un corazón en un frasco con formol, un hígado o un cerebro rebanado como un queso. En cada detalle puede estar la clave para descubrir el autor de un crimen o determinar la causa de una muerte violenta.

Esa es la diferencia del médico forense con el carpintero o del patólogo con la profesora de Biología: detrás de su trabajo hay seres humanos, familiares desesperados y causas judiciales abiertas. Por eso en esta visita periodística cuidan todo detalle, no puede aparecer ni la mano del señor de cuarenta y pico al que le acaban de hacer una autopsia.

El año pasado se realizaron 998 autopsias en la morgue de Montevideo, un promedio de tres por día, y hubo 1.140 reconocimientos de personas fallecidas. Por si fuera poco, hubo 6.443 pericias sobre personas vivas por orden judicial. Un ritmo similar hay este año. Para todo ese trabajo en la capital hay seis médicos de turno y tres están con licencia por enfermedad.

Si esa es la imagen de la morgue "modelo" de Montevideo, como la define la subdirectora pericial del Instituto Técnico Forense, Patricia Porley, peor es la situación de las más de 30 sedes del interior. En Trinidad "la morgue está en el subsuelo de un hospital, al lado de un depósito de materiales en desuso", recuerda Jorge Kluver, un escribano con más de 40 años de trabajo en el Poder Judicial que desde setiembre dirige el Departamento de Medicina Forense ante la falta de un idóneo para el cargo. "Y como instrumental propio solo cuentan con una tijerita".

En otros rincones del país "hay morgues adentro de cementerios y los recursos son escasos", reconoce Porley. De hecho la única posibilidad de hacer una radiografía es en la capital, por lo que saber si un proyectil quedó atrapado en una cavidad es como encontrar "una aguja en un pajar".

Cuando ocurre un crimen, la distancia entre Montevideo y el interior se profundiza. Cada minuto es, paradójicamente, vital para la investigación. "En verano, con 40 grados, las pocas horas de viaje (hasta llegar a la morgue central) son una eternidad", explica el médico Guillermo López. Al igual que con la carne de ganado, desde el fin de los saladeros, la refrigeración es la base para la conservación.

Pero ahí también hay fallas. La sede de Montevideo, esa modelo, puede albergar hasta 40 cuerpos a la vez. "Si el desastre de Dolores hubiese cobrado 80 o 100 muertes no habría espacio", dice Kluver. Una solución, casi como lluvia de ideas, es que Uruguay sea una sede regional para el depósito de cadáveres ante una tragedia mayúscula, para ello se está buscando el apoyo de Estados Unidos.

Buena parte de la explicación de estas falencias es presupuestal, al menos eso dicen las autoridades. Un médico forense gana $ 60.000 por 137 horas semanales de trabajo —van rotando por semana—. "En el ámbito privado puede llegar a ganar el doble o el triple", cuestiona Porley. Y a eso se le suma que "aún no se logró que el país cuente con la cantidad necesaria de profesionales en esta materia".

La falta de expertos y de recursos hizo que hace un año y medio se modificara el sistema. Antes cada juez tenía a su médico forense de cabecera, con quien conformaban un equipo. Ahora cada médico cumple un turno semanal y está a disposición de quien lo llame primero.

"Para los jueces es una gran complicación porque se terminó la retroalimentación que teníamos", dice Nelson Dos Santos, juez del 12° turno. "Antes uno ya sabía cómo pensaba el médico y tenía confianza plena en sus hallazgos".

A esta carencia de trabajo en equipo, dice el médico Guillermo López, se le agrega la falta de tiempo. Muchas veces hay que sacar conclusiones en 48 horas, que es el período que puede permanecer alguien detenido, y es muy poco para una autopsia compleja. Los cuerpos que quedan más días son de anónimos o extranjeros. Un pescador chino estuvo un mes y medio.

Primero lo primero.

Suena el teléfono, es el juez que pide que el médico forense vaya de urgencia a la escena del crimen. La policía no tiene permitido tocar el cuerpo, puede "llegar solo hasta la ropa", dice el médico jubilado Guido Berro. Comienza el examen en el propio lugar, porque allí, in situ, se esclarecen "dos tercios de la investigación". Pide extraer muestras de aquello que no logrará obtener después. Y cuando sacó todas las conclusiones necesarias, ordena que la Policía traslade el cadáver hacia la morgue para la autopsia. Recién entonces la Policía puede actuar.

Ese primer encuentro con el cadáver suele ser, según los forenses, el momento más cruel. Puede que haya familiares en la escena, que el cuerpo sea de un niño o que solamente haya partes de lo que fue un ser humano. Por eso en la morgue trabaja un antropólogo forense que debe reconstruir las partes, una tarea bastante habitual en casos de restos de desaparecidos durante la dictadura, cuenta Porley.

En la autopsia forense los tiempos son otros. Se dice que ese es el momento en que el médico hace hablar al cadáver. Como muestran las series de televisión, va analizando milimétricamente el cuerpo mientras un fotógrafo deja registrados todos los detalles. Para trabajar con el cuerpo, usa elementos quirúrgicos y otros de carpintería, como las pinzas que cuestan 2.500 pesos. También está obligado a protegerse —y preservar las pruebas— con guantes, túnica, gorra y tapaboca. Una licenciada en enfermería es quien controla y cuida esos detalles.

Mientras avanza en el examen, va tomando muestras o separa órganos que enviará a los laboratorios correspondientes. En ese terreno el médico es quien manda y ya sugiere a los otros técnicos los análisis que serán necesarios.

Cuando una persona murió sin recibir asistencia, es frecuente que sea la empresa fúnebre la que lleve el cuerpo a la morgue. El trabajo del médico, en esos casos, es más sencillo y tiene que determinar si hubo una causa de muerte violenta.

Violencia es la palabra más repetida en la morgue, porque de ella depende si habrá culpables o no. La científica que realiza las pericias patológicas esta semana recuerda un caso violento que le llegó en una bolsa de basura. Eran los restos de un bebé justo poco después de que ella había sido madre. Durante días le costó dormir. La muerte no avisa y el dolor tampoco.

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