MÉDICOS TODO TERRENO POR 24 HORAS

Madrugada en el purgatorio

Cada guardia en el Maciel es una nueva aventura. El terror suele atravesar las blancas puertas del recinto trayendo lo peor: baleados, accidentados, suicidas. Lo que más afecta a los médicos y residentes son los niños enfermos. Lo que más pánico les da son los presos del Comcar.

130: es la cantidad de pacientes por guardia que se pueden atender en la emergencia del Maciel. Foto: M. Bonjour
130: es la cantidad de pacientes por guardia que se pueden atender en la emergencia del Maciel. Foto: M. Bonjour

José tuvo un bebé muerto entre los brazos. Ese fue el peor día de su vida. "Intentamos revivirlo, pero no pudimos", recuerda. Fue hace tiempo, pero todavía se le humedecen y ponen rojos los ojos cuando lo cuenta. El segundo peor día de la vida de José fue una semana después, cuando le dieron otro bebé que acababa de sufrir un ataque cardíaco. "Estaba helado, muerto, muertísimo", dice. En una guardia normal de la emergencia del Hospital Maciel puede haber cinco fallecidos o más. Los médicos, residentes y enfermeros que trabajan allí tienen la piel curtida para irse a casa tranquilos, como quien apaga la computadora antes de retirarse de la oficina. Mueren ancianos —solos, sin nadie que haga siquiera una mueca de dolor por ellos—, mueren baleados, mueren apuñalados, mueren politraumatizados después de los peores accidentes, mueren tuberculosos, mueren pacientes psiquiátricos a los que les gana el suicidio. Son gajes del oficio. Pero con los niños no, con los niños es distinto, con los niños está permitido llorar.

A las siete de la tarde una mujer trajo a la emergencia a su hija de dos años. Estaba desmayada, intoxicada, corría peligro de vida. Había agarrado de la mesita de la televisión unas pastillas de diazepam. La estabilizaron y ya la trasladaron al Pereira Rossell. Cuando la vio, José se acordó de los dos bebés. "Por suerte ya está bien", suelta con alivio mientras suena el pitido del microondas. "¿Vos no vas a comer?", le pregunta María, la otra jefa de la guardia. Hoy hay tirabuzones con pan de carne. Es lo mismo que comen los pacientes. "No tengo hambre, merendé hace un rato", responde José y mira con un poco de asco la comida.

"A veces esperan 12 horas por cama de CTI"

El Maciel quizá sea un ejemplo de centro de salud público en Uruguay; sin embargo, no logra escaparle a algunas miserias del sistema. En ASSE a veces las cosas son mucho más lentas de lo que deberían ser. "A veces no hay camas de CTI, entonces tenemos un paciente 10 o 12 horas acá en la emergencia. Si en la Española hay un paciente entubado, con un caño en la boca, va directo para el CTI. Acá se queda con nosotros. Toda la primera atención de un paciente grave, o muy grave, es nuestra", explica un residente que hace bastante tiempo trabaja en la emergencia. "Todo lo que en otro lado hace un médico de CTI, acá lo hacemos primero nosotros. Las drogas son las mismas, pero no es la misma comodidad para el paciente".

En eso irrumpe una de las residentes:

—Llegó la hematóloga.

—¿Por qué la hematóloga? ¿Qué pasó? —cuestiona José.

—Alarma de blastos en el chiquilín.

José se muerde el labio inferior, agita la cabeza de un lado hacia el otro y me explica: "Blastos es una leucemia. Es un muchachito joven. Casi le damos el alta, pero hubo algo que no nos gustó. La ambulancia lo trajo y dijo que era para cirujano. Los cirujanos lo revisaron y dijeron que no era para ellos. Después pensamos que era una hepatitis, pero tampoco. Ahora parece que es una leucemia. Esto es así, hay que ir buscando, trabajando en equipo para dar con el diagnóstico".

Entran a las ocho de la mañana de un día y se van a las ocho de la mañana del otro. Hay médicos que han levantado la voz por esta manera de trabajar, pero José y María piensan que está bien. Que de esta manera pueden hacer, al menos por ese rato, un seguimiento muy detallado de cada uno de los pacientes. Médicos y residentes duermen un poco en la madrugada, a veces tres, a veces cuatro, en contadas ocasiones hasta cinco horas, en caso de que esté muy tranquilo —con los enfermeros es distinto, ellos tienen turnos de seis horas. Esta noche, apenas pasadas las 21:30 horas, ya se les nota el cansancio: hay despeinados, hay ojerosos, hay algunos que no pueden dejar de bostezar. Otros no, parece que entraron a trabajar hace cinco minutos.

La guardia, entonces, la conforman dos médicos jefes, dos cirujanos, cuatro residentes de medicina y uno de cirugía. También hay siempre seis enfermeros y tres nurses. En las 24 horas en que están allí atienden entre 90 y 130 pacientes. Las guardias se hacen una vez cada ocho días. Es decir que si esta semana les tocó el lunes, la que viene trabajarán el martes y la otra el miércoles. Este año ligaron mal. Les toca venir el 24 de diciembre y el 1° de enero. "Qué se va a hacer, por suerte mi señora también es médica, entonces lo entiende", dice José.

La comida parece no estar tan mal. Todos los que comieron, comieron todo. Y el plato de José fue devorado por uno de los residentes que decidió repetir. De postre hay manzanas, pero ellos se compraron un helado. "¿Quién trajo esto? ¿Sambayón? ¿Quién come sambayón? ¿Acaso somos un grupo de viejas?", increpa otro de los residentes, un joven de 26 años, y los demás ríen. Todavía con las cucharas en las manos se reúnen todos frente a una computadora para ver la tomografía de un paciente.

—Parece ser una neumonía —arriesga José.

—Medio rara esa neumonía, ¿no? —le contesta una residente.

—¿Cómo es la historia?

—Él tiene 30 años, es tabaquista, tuvo un traumatismo torácico y una neumonía hace un año…

—Vamos a tener que aislarlo. ¿No es VIH?

—No.

—Hacele un test rápido por las dudas.

Si se confirma, este sería el tercer caso de VIH que descubren en lo que va de la jornada. Los otros dos fueron de un hombre y una mujer. Las cifras oficiales del Ministerio de Salud Pública (MSP) señalan que hay 12.000 personas que tienen el virus en Uruguay, y entre estos hay 2.000 que no saben que lo tienen. Se trata del 0,5% de la población entre 15 y 49 años. El 65% de los diagnosticados en 2016 fueron hombres. Parecen ser pocos, pero la impresión que tienen en la guardia del Maciel es distinta. "Vemos muchísimos casos de VIH y también de tuberculosis, que muchas veces está vinculada al VIH. Por eso tenemos acá dos habitaciones para aislar pacientes. Una vez que nos damos cuenta que la tienen los llevamos para ahí", sostiene.

¿Y antes de que se den cuenta? ¿La tuberculosis no es sumamente contagiosa? —le pregunto a José, y me pongo un poco hipocondríaco porque acabo de recorrer de punta a punta la sala de emergencia.

—Sí, por eso cuando los diagnosticamos los ponemos solos y cuando entramos a esa habitación lo hacemos con túnica y barbijo. Igual a veces te tosen en la cara. Es un peligro. Todos los que estamos acá sabemos que más tarde, o más temprano, nos vamos a agarrar algo.

Borrachos y pistoleros.

Claudio es uno de los dos cirujanos que están en esta guardia. "Hoy está tranquilo", dice. Hasta ahora —y ya es casi la medianoche— hizo solo una operación de apendicitis. Hace más de 10 años que trabaja una vez por semana en la emergencia del Maciel. Ha visto de todo. ¿Lo peor?: "Un muchacho que estaba borracho y se cayó de una escalera arriba del hierro de una tomatera. Los bomberos lo trajeron acá con el palo atravesado, que lo había agarrado de punta a punta, por el costado del cuerpo. Lo abrimos, se lo sacamos, pero esos hierros son huecos, entonces adentro tenía un pedazo de costilla, un pedazo de corazón, un pedazo de pulmón… A los dos días se murió".

María conserva en sus ojos el pánico de cuando atendió a una mujer víctima de un accidente de tránsito. "Se enganchó en una rueda de un ómnibus y fue una fractura muy compleja, con desgarro muscular, desgarro de recto, desgarro de vagina, todo. Eso me impresionó mucho", cuenta. José recuerda otra historia terrible. La de un hombre que se quiso suicidar y se disparó con la escopeta en el mentón. "Cuando llegó la cara le empezaba por arriba de la boca. Era brutal", sostiene, y en este caso ni se emociona, incluso sonríe con cierta morbosidad.

El corazón y la mente se enfrían ante lo repetitivo, lo cotidiano no puede generar estupor, por eso a los que trabajan en la guardia del Maciel les impactan más las excepciones. Algunos horrores ya se convirtieron en rutina. "De gente que se quiera suicidar está lleno, vienen todos los días. A veces más de uno. Ahora tenemos cuatro pacientes psiquiátricos. Personas que se quieren matar, que tienen delirios, que tienen angustias", señala José.

Hay un mito de que los médicos no sienten nada… —le digo, y me interrumpe de inmediato.

—Sentir, sentimos, como me pasó a mí con los bebés, que me tuve que ir de la guardia, que quedé mal. Pero lo cierto es que uno no se puede poner nunca en primera persona. Porque si te tiembla la mano marcha el paciente. Vos tenés que estar decidido a hacer lo que hay que hacer, y para eso hay que estar tranquilo.

Claudio asiente con la cabeza y cambia de tema:

—¿A qué hora piensan traer al preso?

—Ah, sí, ¿tenía que venir un preso, no? —pregunta José, mientras mira el reloj.

—Hace 10 horas que llamaron del Comcar.

En septiembre de 1997 cuatro hombres encapuchados irrumpieron en la emergencia del Maciel para liberar a Edgard Moreira Méndez, un preso que se había autoinfligido heridas en la cárcel para lograr un traslado y una posterior fuga. Todo terminó en un brutal tiroteo con la Policía. Moreira Méndez no logró huir, pero un enfermero, Miguel Martínez, resultó muerto. La emergencia ahora lleva su nombre.

"Recibir presos no es nada cómodo", resume José. Entran por la puerta lateral, por la misma que ingresan todas las ambulancias, y una vez que están adentro se trancan todas las cerraduras. En la sala solo deben estar los pacientes, así que minutos antes se pide a los acompañantes que se retiren. Los presos son atendidos solo por los jefes "porque supuestamente somos los que les podemos brindar asistencia más rápido", señala. Están todo el tiempo esposados y en una habitación en la que no pueden tener contacto con otros enfermos. Los médicos se dan cuenta qué tan peligroso es el prisionero solo con ver cuántos guardias vienen con él y qué tan armados están. La semana pasada "vino uno y con él seis tipos que parecían del grupo GEO, todos con metralletas enormes; ese seguro que era bravo".

Ahora también están a la espera de una ambulancia con un herido de bala. La semana pasada atendieron a dos a los que les habían dado tiros en las piernas. La emergencia cuenta, las 24 horas, con un policía 222. Es común también que lleguen heridos de arma blanca, casi siempre trasladados en patrulleros o ambulancias, aunque a veces pueden venir caminando. Si bien la mayoría de los pacientes se atienden durante el día (el 80% del total), en la madrugada es cuando más casos de este tipo se dan. Lo mismo pasa con los que llegan con sobredosis.

"Lo que más vemos son intoxicaciones alcohólicas. Pacientes que vienen tan borrachos que ni los podés poner en la camilla", advierte María. "Es sobre todo los fines de semana", acota José. "Están como divididos por edad: los más veteranos vienen por el tema del alcohol y están muy mal, ya con cirrosis; lo más jóvenes es por pasta base. Con otras drogas no tanto, con otras drogas" —dice y sonríe— "van a los sanatorios privados". Sin embargo, recuerda una excepción: "Hace un par de guardias, que fue la fiesta de música electrónica, la Creamfields, llegó uno que había consumido pastillas. Pero no es lo común".

Para los jefes este es el mejor lugar del mundo para que los residentes practiquen y aprendan, porque acá la variedad de pacientes es infinita.

—Acá ves de todo, acá ves mulas con tizas de cocaína que le llegan al cuello. ¿Y te acordás de aquel otro, el que iban a meter preso? —pregunta José.

—El que se comió toda la pasta —contesta y suelta la carcajada María.

—¡Se comió la pasta base!

—Eso fue increíble.

—Estaba a 250 kilómetros por hora el tipo. Ves eso. Ves baleados por todos lados. Eso no se ve en todos lados.

—¿Y los empalados? —cuestiona Claudio con ojos de picardía.

—Está lleno —afirma más serio José. Con desodorantes, con caños, con cualquier cosa…

—Hace mucho que no veo —señala María con desagrado, cortando la enumeración, y Claudio afirma que "han bajado un poco".

Los que trabajan en la guardia del hospital Maciel lo hacen durante 24 horas seguidas una vez por semana. Foto: M. Bonjour
Los que trabajan en la guardia lo hacen durante 24 horas seguidas una vez por semana. Foto: M. Bonjour

Un mal chiste.

Ya son casi las dos de la mañana y hay un embotellamiento de ambulancias en la puerta de la emergencia. Entran primero al joven baleado. Le dieron en una pierna, pero sostienen que está bien. Luego es el turno de una veinteañera que tuvo un accidente de moto. "También está bien la muchacha", dice José. "Acá, por la población que atendemos, vienen muchos politraumatizados que se accidentan en motos. En auto es mucho menos. La gente que se atiende en la salud pública no suele tener auto". La joven tuvo que esperar casi 10 horas para ser trasladada desde la policlínica del Cerro. Le pregunto a José por qué se demoró tanto. "Es que a veces no hay ambulancias", contesta con cara de resignación.

La llegada del tercer paciente, en tanto, indigna a toda la guardia. Es una mujer de más de cincuenta años, a la que trasladan desde Durazno por una apendicitis. "Eso sí es un chiste —se queja José. Que te manden a una paciente desde Durazno por una apendicitis es algo increíble. Cuatro horas de ambulancia para venir acá. No puede ser que no haya un cirujano más cerca para operarla".

Mendigos que deja el Mides y pacientes muy nerviosos

Hay un mendigo que no tiene nada más que una importante borrachera. Golpea la puerta de la emergencia del Maciel. Quiere que lo atiendan. En la guardia dicen que son muchos los que llegan en la madrugada, van tarde, cuando ya no pueden entrar a un refugio del Mides. En algunos, además, no los dejan ingresar alcoholizados. Mienten síntomas para ver si los dejan ocupar una cama. Es algo que pasa seguido. Casi nunca se violentan, sostienen. Trabajar en la guardia de un hospital —o de una mutualista, médicos y residentes sostienen que es algo que pasa en todos lados— es hacerse de una coraza para soportar todo: que te insulten, como mínimo. "Si te insulta un paciente que está psiquiátrico no pasa nada, es algo normal, es algo que tiene que ver con su enfermedad; lo que molesta es cuando te insultan los otros", advierte José, el médico jefe de la emergencia. La semana pasada un joven, que no era psiquiátrico, empezó a insultar a todo el mundo porque no llegaban unos estudios que se acababa de hacer. Le terminaron diciendo que se fuera. "Nosotros no tenemos obligación de atender a alguien que no quiere. Eso no es omisión de asistencia, omisión es si la persona está grave, o si es un enfermo psiquiátrico", advierte. Hace un rato, un hombre con una enfermedad psiquiátrica decidió irse. Cuando esto pasa tienen que hacer la denuncia a la Policía. En la emergencia del Maciel todavía recuerdan cuando hace un par de años un hombre le rompió la nariz de un puñetazo a una doctora. No es común que se den situaciones como esta, pero pasa.

Hace un rato pasó algo parecido. Llegó un paciente desde Flores.

—No tenían cirujano ahí, no tenían cirujano en Florida, y terminó viniendo acá. Está mal, porque por ese paciente se tiene que mover toda una familia. No está bien hacerle eso a la gente —continúa.

—Lo que pasa es que los hospitales del interior tienen menos cosas. No hay especialistas, circunstancialmente no hay nadie y se les complica. O no pueden hacer algún examen. Acá comúnmente contamos con todo —sostiene Claudio.

Los tres hospitales de referencia en la capital son el Maciel, el Pasteur y el Clínicas. Al Maciel llegan —o deberían llegar— sobre todo los que necesitan neurocirugías, tratamientos hematológicos, nefrología. Pero, por ejemplo, si lo que se necesita es una cirugía plástica, lo mejor es que sea trasladado al Pasteur. Las derivaciones de los pacientes son centralizadas por la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) que, a veces, alertan los médicos y residentes, se equivocan y envían a los pacientes a sitios donde no pueden ser bien atendidos.

Por ejemplo, en la guardia pasada llegó al Maciel un hombre con múltiples quemaduras porque le había explotado una garrafa en la cara. "Y eso no es acá, eso es en el Centro Nacional de Quemados (Cenaque), que funciona en el Clínicas", explica José. Al paciente, entonces, se le dio una primera atención, y luego fue trasladado. Mientras el jefe de guardia cuenta esto, Claudio, que había salido unos minutos, vuelve a entrar tentado y con cara de incredulidad:

—¿A que no saben? La que vino de Durazno parece que no tiene nada. No es apendicitis.

Todos se miran y lanzan una risotada.

—No te digo, es un chiste, un mal chiste —repite José.

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