Los colectivos charrúas piden que el Estado ratifique un convenio que les daría tierras y los integraría a organismos. El presidente los ignora y la academia dice que acá el legado indio es guaraní y de los guenoa-minuanos.

La garra minuana

Cientos de uruguayos le piden al Estado que los reconozca como charrúas pero el presidente Mujica dice que de charrúas tenemos poco.

SEBASTIÁN CABRERA

Daba un paso y alguien lo paraba para sacarle una foto. Se sentaba y le pedían un autógrafo. José Mujica viajó a Caracas el 9 de enero y para eso tomó un vuelo comercial que hacía escala en Lima. En ese mismo avión iba Mónica Michelena, activista charrúa y delegada uruguaya ante el Fondo Indígena de Naciones Unidas. Esa era, obvio, la oportunidad ideal para plantearle al presidente unos cuantos reclamos de los colectivos que se autoidentifican como charrúas. Ni bien los pasajeros lo dejaron tranquilo, ella se acercó a Mujica y le pidió, primero, que Uruguay ratifique el convenio 169 de la OIT sobre derechos indígenas.

-Con Surinam, somos los únicos dos países de Latinoamérica que no lo han firmado -dijo Michelena, una morocha de ojos rasgados y pelo negro bastante largo.

El presidente la miró con su cara más pícara y le preguntó:

-¿A qué organización me dijiste que pertenecías?

-Al Consejo de la Nación Charrúa.

-No, no, ustedes están muy equivocados -respondió Mujica-. No hay charrúas en Uruguay…. ¡Ustedes son todos guaraníes! ¡Todos guaraníes!

Ella recuerda con una sonrisa irónica la respuesta del presidente, mientras toma un café con otros tres miembros del Consejo de la Nación Charrúa (Conacha). Los cuatro se ríen de la ocurrencia de Mujica. Aquel día Michelena le aconsejó al presidente que estudiara documentos que muestran que sí hay ascendencia charrúa y que no a todos los mataron en Salsipuedes.

Pero no lo pudo convencer. Mujica se afilia a la tesis de su amigo, el antropólogo Daniel Vidart, quien afirma que el legado indígena en Uruguay es básicamente guaraní. Vidart alguna vez habló de "charrulandia" en referencia a esa idea de que había miles y miles de charrúas en Uruguay y que dejaron un legado trascendente. La tesis pro guaraní es sostenida desde hace un tiempo por otros tantos especialistas, como el fallecido Renzo Pi Hugarte, quien en un artículo que el suplemento Qué Pasa publicó el 19 de mayo de 2001 afirma que "el único aporte de los charrúas a la nueva sociedad fue el uso de la boleadora y ya prácticamente no se usa más". En aquel informe, titulado "Uruguay, tierra guaraní", el periodista Leonardo Haberkorn ponía como ejemplos de herencia guaraní una larga lista de accidentes geográficos, como Batoví, Arapey, Cebollatí o Cuareim.

Hoy en la academia tampoco hay unanimidad sobre la relevancia de los guaraníes. En 2010 el antropólogo José María López Mazz y el historiador Diego Bracco publicaron el libro Minuanos, apuntes y notas para la historia y la arqueología del territorio guenoa-minuán, donde dicen que durante buena parte de la época colonial los indígenas preponderantes en el territorio que hoy es uruguayo eran los guenoa-minuanos. Y no los guaraníes ni los charrúas, que más bien estaban del lado argentino y recién tuvieron algo más de relevancia a mediados del siglo XVIII.

Lo que hoy está claro es que aquello del charrúa como "el indio nacional" fue parte de una construcción colectiva a fines del siglo XIX, en la misma época que se creó la imagen de José Artigas como prócer oriental y que se empezó a fomentar una identidad nacional. Y después, a mediados del siglo pasado, apareció lo de la garra charrúa. Pero se sabe que la garra, en todo caso, sería más bien guaraní. O guenoa-minuán.

Darío Arce, un etnólogo uruguayo que realiza un doctorado en la universidad Sorbonne Nouvelle en París y prepara una tesis sobre la construcción de las etnias en la historiografía uruguaya, dice que la respuesta está "en los textos escolares que presentan al charrúa como el indio por excelencia de Uruguay y en textos literarios como Tabaré", el poema de Juan Zorrilla de San Martín, de 1888. Todo fue parte de una construcción similar a la de Perú con los incas o México con los aztecas, dice Arce. Y destaca que el charrúa era "un indio muerto, un indio que no puede hablar ni reivindicar nada". Es decir, "el indio perfecto" cuando la propaganda en Europa hablaba de Uruguay como "un país sin indios".

El mensaje de los colectivos charrúas, se ve, no recoge demasiadas adhesiones en la academia, a pesar de que en 2009 el Parlamento votó la ley que fija cada 11 abril como el "Día de la Nación Charrúa". Eso fue un aliento para algunos cientos de personas que integran estos grupos que se presentan como descendientes de charrúas y que, de cara a un nuevo aniversario de la matanza de Salsipuedes, juntan firmas para que Uruguay ratifique el convenio de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales.

Los Estados que ratifican este convenio se comprometen a adecuar su legislación para promover los derechos indígenas. Entre ellos, el derecho a administrar sus instituciones y participar en la gestión de las políticas que los afectan. Eso implica, según la Conacha, que debería haber un representante indígena en organismos como la Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación, el Sistema Nacional de Áreas Protegidas y la Dirección de Recursos Naturales Renovables del Ministerio de Ganadería.

El artículo 14 del convenio dice que los Estados deberán reconocer a los indígenas "el derecho de propiedad y de posesión sobre las tierras que tradicionalmente ocupan". Lo mismo con tierras que no estén exclusivamente ocupadas por ellos, pero "a las que hayan tenido tradicionalmente acceso para sus actividades". López Mazz dice que el Estado no ratifica este convenio porque tiene miedo de que "le terminen pidiendo tierras".

En base al convenio 169, la Conacha también pide una secretaría de asuntos indígenas, para encauzar reclamos específicos, según recoge la antropóloga Pilar Uriarte en un informe que elaboró para el Ministerio de Educación y Cultura (MEC).

Ese informe del MEC tiene una línea contraria a la del presidente y a la de buena parte de la academia. Allí Uriarte dice que durante el período colonial la población indígena que ocupó el territorio uruguayo perteneció a la "macro etnia charrúa" (e incluye, como parte de los charrúas, a los guenoas). El informe recoge los reclamos de las organizaciones de descendientes de charrúas. Uriarte dice que esos colectivos realizan "un aporte fundamental" y han sido "invisibilizados en la historia y la narrativa nacional".

CASUPÁ, CASILDO, PIRARAJÁ. "Tanto nos hincharon las pelotas con los charrúas y nadie nos habló de los guenoas o minuanos", se queja López Mazz en el estar de una vieja casona de Pocitos, mientras sus hijos juegan por ahí y él repasa en su computadora el libro que publicó con Bracco.

Allí, en base a estudios arqueológicos y documentos firmados entre 1647 y 1817, dicen que hasta fines del siglo XVIII la "nación guenoa-minuana" era la que predominaba en el territorio comprendido entre el río Uruguay, los pueblos australes de la sociedad jesuítico guaraní y el oeste de la cuenca de la laguna de los Patos en lo que hoy es Rio Grande do Sul. Y destacan el "error" de sobredimensionar el papel de la nación charrúa, que sí dominaba entre los ríos Paraná y Uruguay.

Los dos grupos tenían identidades distintas, aunque ambos eran cazadores y recolectores y usaban herramientas similares como boleadoras y puntas de flecha. Pero Bracco y López afirman que entre los charrúas y los guenoa-minuanos había un estado de guerra permanente, con exterminio de prisioneros, "para robarse unos a otros sus caballos y mujeres".

A mediados del siglo XVIII y luego de una operación militar de la colonia, parte de los charrúas que estaban al oeste del río Uruguay se pasó para este lado. Esa migración comprimió a partir de 1743 el territorio que hasta entonces eran guenoa. Igual, durante la segunda mitad del siglo, los guenoas-minuanos "continuaron siendo los indios dominantes".

El libro también dice que durante años se ha tenido "la convicción casi ciega de que todos los topónimos provenientes de lenguas indígenas eran de origen guaraní" y que eso no es así. López Mazz apunta que está lleno de nombres minuanos en el paisaje uruguayo. "Batoví será guaraní, pero Casupá es un cacique minuano", dice el antropólogo, quien hace unos años se enteró que él también tenía una abuela indígena.

"En Tacuarembó hay un lugar que se llama Paso Casildo y el cacique Casildo era minuán. Está Marmarajá y Pirarajá", ejemplifica. "Y la laguna de los minuanes, el paso de los minuanos, la cañada de los minuanos y otros tantos nombres minuanos que pueblan Uruguay".

Igual, lo de López Mazz y Bracco no es tan novedoso. En la entrada del Museo Histórico Municipal de Paysandú, por ejemplo, hay un mapa que es una copia del trazado por el religioso jesuita Joseph Quiroga en 1749. Allí se ubica a los charrúas al oeste del río Uruguay y del lado que hoy sería territorio uruguayo están los minuanos, guenoas y bohanes. Y en La Guerra de los Charrúas, un libro de 1998 del investigador Eduardo Acosta y Lara, se afirma que "son los minuanos los que realmente hostigarán la penetración española en la Banda Oriental, acosando y manteniendo en perpetuo jaque la cabeza de puente establecida por Zavala en la península de Montevideo".

EL MITO CHARRUISTA. "No son de acá los charrúas, es verdad", dice Vidart en el escritorio de su casa en Pocitos. Es una habitación repleta de libros pero los tres o cuatro que están en exhibición hablan de marihuana y de peyote. El tema de la droga le interesa mucho y tiene pendiente una charla sobre el tema con el presidente Mujica (le dirá, según cuenta, que es partidario del autocultivo pero no de la producción estatal de marihuana).

Sobre la mesa hay un borrador de un nuevo libro. El antropólogo, de 92 años, publicará Cuando Uruguay era solo un río, una recopilación actualizada de viejos trabajos donde, entre otras cosas, también ofrece documentos de que en el momento de la conquista la mayoría eran minuanos en territorio uruguayo. Vidart aclara que respeta el trabajo de Bracco y López Mazz, pero dice que allí no hay nada nuevo.

Y cuenta que, además de los minuanos, había yaros, bohanes y chaná timbúes, entre otros grupos. Los charrúas estaban en el suroeste y del lado argentino. También había enclaves puntuales guaraníes, quienes habían llegado uno o dos siglos antes que los conquistadores europeos.

Vidart dice que los charrúas quedaron en el inconsciente colectivo porque "eran una tribu muy belicosa", murieron "con las armas en la mano y las plumas puestas". Pero el antropólogo, se sabe, es de los que cree que el legado principal lo dejaron los guaraníes, ya que unos 15.000 indígenas de esa etnia ingresaron a la Banda Oriental desde las misiones jesuíticas luego de 1767. Y en 1828 ingresaron 8.000 más: en total más de 20.000 se instalaron en lo que sería Uruguay, contra no más de 1.500 charrúas.

López Mazz, en cambio, dice que destacar el legado guaraní "es privilegiar al indio que se prestó al proyecto de la Iglesia Católica y al modelo de la propiedad de tierra extensiva. ¿Por qué? Porque se hicieron católicos y se presentaron para ser peones de estancia. Mientras que los otros indios resistieron y estuvieron acá 11.000 años antes que los guaraníes".

Vidart prefiere no hablar mucho del tema, está con un poco de fiebre y tiene tarea que hacer. "Tengo un trabajo con todo lo que querés saber sobre los guaraníes", dice, y entrega un documento de 11 páginas que se titula "Nuestro ancestro guaranítico". Allí dice que la población uruguaya es tributaria en mayor grado de los genes del grupo humano amazónico, al que pertenecían los guaraníes, antes que al pámpido, tributario del biotipo charrúa.

Ello se debe, en su razonamiento, a aquellos miles de guaraníes que bajaron desde las misiones, "destribalizados, cristianizados, eurotecnificados, con sus familias monogámicas a rastras, mimetizados sus nombres indígenas originarios tras patronímicos españoles". Se instalaron al norte del río Negro, se expandieron y fueron la base de "las peonadas de las haciendas".

Los guaraníes formaron casi la tercera parte de la Banda Oriental, dice Vidart, ya que cuando Uruguay se independizó no había más de 70.000 habitantes. Ellos "no han merecido nuestro recuerdo", opina, "y menos nuestra atención, devorada por el mito charruista".

La antropóloga Carmen Curbelo, quien también tiene antepasados indígenas por el lado de su abuela paterna, coincide que los guaraníes "eran muchos miles a lo largo y ancho del país". Ella coordina el Programa de Recuperación del Patrimonio Indígena Misionero de la Facultad de Humanidades y estudia el último pueblo de indígenas misioneros en Uruguay.

Se trata de San Francisco de Borja del Yí, 15 kilómetros al este de la ciudad de Durazno y fundado por Rivera en 1833. Hoy quedan solo vestigios arqueológicos. El estudio ha concluido que allí vivieron 2.000 personas. El período de apogeo rondó la década de 1840, pero luego Rivera perdió peso político "y los indígenas fueron obligados a dispersarse".

HISTORIAS. ¿Y por qué todos quieren ser charrúas? ¿Por qué no hay colectivos uruguayos que se definan como guaraníes o minuanos? "Nosotros reivindicamos a los charrúas porque era el pueblo originario de acá", responde Ana María Barbosa, también miembro de la Conacha. Su compañera Mónica Michelena admite que "capaz muchos somos descendientes de minuanos y no lo sabemos, pero el nombre histórico es el del charrúa".

Michelena, Barbosa, Enrique Auyanet y Gerardo Sosa son cuatro militantes del legado de los charrúas. Integran la Conacha, un colectivo que nuclea a nueve organizaciones charrúas y 350 socios. Son esos que Pi Hugarte definió como "charruamaníacos". Auyanet tiene bisabuelo indígena, ojos celestes y nació con la mancha mongólica que indica un antepasado amerindio o africano. Integra la Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa (Adench), tiene 60 años y en la década de 1980 renunció a un puesto en un banco por verlo incompatible con su origen indígena. Hoy es artesano, vive de eso.

Barbosa es de Tacuarembó, tiene 50 años, integra la Comunidad Indígena Guyunusa y hace poco presidió el Fondo Indígena de Naciones Unidas. "Una charrúa presidió a los indios del mundo", sonríen ellos. Barbosa también es una charrúa bancaria: trabaja en el Bandes.

De 42 años, Sosa integra Adench, es periodista, funcionario de Presidencia de la República y el único de los cuatro que admite no saber si tiene sangre charrúa, guaraní, guenoa o de qué etnia. A su abuelo en Cerro Largo le decían "el indio".

Michelena tiene rasgos que podrían ser indígenas. A los 19 años una tía le contó lo de sus antepasados charrúas ("es un tema que siempre se escondió en la familia") y hoy integra la Comunidad Charrúa Basquadé Inchalá. Con 50 años, es profesora de matemáticas y dice que aquello que le contó su tía le dio un sentido a su vida: tiene un grupo que hace música charrúa con canciones en lengua charrúa. Recorre escuelas con ese grupo.

"Para nosotros los charrúas es importante el sentimiento de pertenencia a la tierra", dice Michelena, quien también estudia antropología y en su tesis Mujeres charrúas rearmando el gran Quillapí de la memoria en Uruguay dice que el proceso de resurgimiento del pueblo charrúa "aún no ha sido aceptado como legítimo por la academia y los organismos públicos, quienes siguen invisibilizando a la población indígena". Ella hizo un trabajo de campo en Tacuarembó y Paysandú, cerca de Salsipuedes, "donde se conserva mejor la memoria oral y la conciencia de ser charrúas".

Los cuatro cuentan supuestas costumbres charrúas que mantienen sus familias. Auyanet habla de aquello de guardar el cordón umbilical; en su casa se hacía. Michelena y Sosa, de la presentación del niño a la luna: se hace cuando hay luna llena, el niño es presentado tres veces y desnudo. Pero algunos académicos opinan que no está claro que esa sea una costumbre charrúa. La antropóloga Curbelo, por ejemplo, dice que en realidad es una tradición gitana traída por los inmigrantes europeos.

Fernando Klein, un sociólogo y antropólogo que escribió Nuestro pasado indígena, piensa que la Conacha y demás colectivos son hoy un subgrupo cultural uruguayo, igual que los punks o rolingas, que comparten una forma de vestirse y expresarse. Y dice que la academia no debería rechazarlos. "Pero lo que también digo es que ellos son charruístas, no charrúas", dice Klein. "Si yo descubro que tengo un ascendiente polaco cuatro generaciones para atrás, no me voy a poner a hablar polaco. Esto es igual: tener un antepasado charrúa no te hace charrúa".

ESTUDIOS DE ADN

El 30% es indígena

El 4,9% de la población uruguaya dice tener origen indígena, según el censo de 2011. Pero se sabe que son más. Ese año las organizaciones que se presentan como charrúas hicieron una campaña convocando a identificarse con la ascendencia indígena. Y decían que hay tres indicadores genéticos predominantes en la población amerindia: el diente en pala (la cara interna de los incisivos con forma cóncava), la mancha mongólica (una mancha de nacimiento de origen azulado en la zona baja de la espalda, nalgas, hombros o muslos, que con el tiempo desaparece) y el verticilo (tipo de huella digital que tiene forma espiral). La mancha, de todos modos, señala al que tiene antepasados indígenas o africanos.

La doctora Sinthia Pagano, subjefe del Laboratorio Biológico de la Dirección de Policía Técnica, estudió la distribución de la variabilidad del ADN mitocondrial: de las muestras analizadas, 34% presentó variaciones dentro de los grupos amerindios. "Las muestras se tomaron de todo el país y entre individuos no emparentados, entonces el dato es extrapolable" a toda la población, dice Pagano. El resultado cambia según la región: en el nordeste la mayoría de los linajes son de ancestros nativos americanos y en el sur predominan los linajes europeos.

Resultados similares obtuvo la doctora Mónica Sans, directora del Departamento de Antropología Biológica de la Facultad de Humanidades, quien afirma que por la línea materna cerca del 30% de la población tiene antepasados indígenas, unas 980.000 personas. Si se habla de genes, es decir herencia materna y paterna combinada, el porcentaje baja al 10%. Pero el dato correcto es el primero, "porque quien tiene ADN mitocondrial indígena (herencia materna) sin dudas tiene un antepasado indígena", afirma Sans. Hoy no es posible diferenciar entre las etnias: "Mi percepción es que el charrúa y genoa es mayoritario en el norte, y tal vez el guaraní pese más en Montevideo".

EL DÍA DE LA NACIÓN CHARRÚA

¿Un genocidio?

En 2009 el Parlamento aprobó, con el voto en contra de los colorados, la ley que establece cada 11 de abril como "Día de la Nación Charrúa y de la Identidad Indígena" y que dice que el Ejecutivo y la ANEP deben fomentar "la información y sensibilización de la ciudadanía sobre el aporte indígena a la identidad nacional, los hechos históricos relacionados a la nación charrúa y lo sucedido en Salsipuedes en 1831".

El texto de la ley no habla de genocidio, pero los colectivos charrúas sí usan ese término. Mónica Michelena, integrante de la Conacha, dice en su trabajo Mujeres charrúas rearmando el gran Quillapí de la memoria en Uruguay, que "Uruguay se percibe como un país sin indios debido a que hubo un genocidio del pueblo charrúa por el Estado uruguayo en 1831, que hizo desaparecer casi por completo a la cultura charrúa". Hoy a nivel académico nadie discute que allí hubo una matanza de indígenas, quienes fueron engañados por Fructuoso Rivera. Se habla de un enfrentamiento traicionero y planificado para matar indígenas. Pero la mayoría rechaza que haya habido un genocidio, porque no murieron todos los indígenas que había en Uruguay. Fallecieron entre menos de 100 y 300, según quien lo cuente.

El antropólogo Daniel Vidart dice que en 1702 hubo una matanza mayor a la de Salsipuedes. En ese momento unos 7.000 guaraníes y 400 minuanos se unieron para matar en el Yí a más de 500 charrúas.

Cuando se trató el tema en la Cámara de Diputados, el Frente Amplio acusó a Rivera de responsable del "genocidio" de los charrúas. Los colorados defendieron la actitud del gobierno de la época y relativizaron el legado de los charrúas.

El papel de defensa de Rivera, según la crónica de El País, fue asumido por el entonces diputado Tabaré Hackenbruch, quien lamentó la "particular saña" con el expresidente. Para él, "el charruismo" está de moda y aquel histórico "combate" se plantea "de modo caricaturesco". Los colorados explicaron que Salsipuedes se llevó a cabo para terminar con las tolderías indígenas, donde dominaba "el pillaje".

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