UN AZAROSO NEGOCIO

La incansable búsqueda de la almeja

En Rocha hay una comunidad de pescadores que no se mete al agua: arranca almejas en la orilla. Es una difícil tradición de décadas que consiguió volverse un buen negocio. Pero, ahora que los mejores restaurantes quieren almejas, el cambio climático podría arruinarles el futuro.

Tradición: Brian Rocha tiene 22 años y arranca almejas desde los cinco. Foto: Ricardo Figueredo
Tradición: Brian Rocha tiene 22 años y arranca almejas desde los cinco. Foto: Ricardo Figueredo

La almeja amarilla esperó durante siglos que llegara su momento de gloria. Enterrada en la arena de las playas de Barra del Chuy y, sobre todo, de La Coronilla, primero la pisotearon indios y piratas. Luego fue testigo de los primeros colonos, que en 1863 llegaron para integrarse a una colonia agrícola, creada para darles servicios a los obreros de una futura obra majestuosa: un puerto de aguas profundas que nunca se construyó. Los pobladores, desanimados por el abandono de las autoridades, se fueron yendo. Un tiempo más tarde, a comienzos del siglo XX, el Estado lanzó otra promesa: la construcción de un ferrocarril que atravesaría el país desde La Coronilla hasta Bella Unión. Pero este proyecto también cayó en el pozo del olvido.

A pesar de un destino signado por el naufragio de sus ilusiones, La Coronilla se mantuvo erguida como el único balneario de Rocha además de La Paloma, y vivió su época dorada desde la década de 1940 hasta fines de 1970 con sus siete hoteles colmados, un camping sin cupos y el éxito de un casino y una discoteca donde cada fin de semana se reunían unas 500 personas de Montevideo, Argentina, Brasil y Paraguay. Dicen que las temporadas se extendían por cinco o seis meses. Fue allí, entre bronceadores y un glamour añejo, que la almeja comenzó a ser arrancada de la arena para convertirse en carnada, pulpa de conservas y platillos típicos del lugar.

Todo era esperanza, pero aquellos que soñaban con alcanzar el estatus de Piriápolis vieron cómo el esplendor se apagó durante la dictadura militar, cuando se tomó la decisión de ampliar la cuenca del canal Andreoni, llenando el mar de agua dulce y arrastrando, con las tormentas del invierno, vacas y caballos muertos en el campo, a las playas en las que antes se tomaba sol.

Nino Agüero, nacido hace 68 años en este balneario, trabajó junto a su padre y sus cinco hermanos colocando césped en los hoteles, pelando almejas para la fábrica de conservas y como obrero de esta tarea maldita. Fue a él que un maquinista, tras ordenar el mordisco inaugural de la pala de una retroexcavadora, le anunció: "Bueno Agüero, a partir de este momento La Coronilla deja de existir". Agüero, que se presenta como "el decano de esta costa", dice que desde ese día su pueblo "fue ahogado". De la Ruta 9 hacia el norte se multiplicaron las arroceras y hacia el sur las playas se vaciaron.

Sin turistas no había clientes y de a poco los hoteles cerraron, dejando sobre las dunas un cementerio de cimientos destruidos y fastuosas piscinas de agua estancada. Pero, a pocos metros de este escenario decadente, bien cerca de donde muere la ola, las almejas empezaron a abundar como nunca antes, como si fueran una ofrenda para los 2.000 pobladores que se habían quedado con las manos vacías. Durante la década de 1980 y comienzos de 1990, era tanta la cantidad y tan grande su comercio como carnada, que El Cuarteto de Nos les dedicó una canción que decía: "El primero fue un buen año/ y el segundo también/ prosperaba día a día/ crecía mes a mes".

Desde La Coronilla hasta Barra del Chuy, a lo largo de 23 kilómetros de playa, un grupo de familias pasaba el día con la espalda doblada: tres generaciones hundiendo la pala en la arena y juntando almejas en pilas, hasta contar 1.000 y marcar una raya en la arena. Y así se trabajaba hasta que el sol se iba y subía la corriente. Por aquel entonces, cada balde con 30 kilos se vendía por 10 pesos a los intermediarios de Maldonado y de Montevideo, "que se iban con dos camiones repletos", cuenta Agüero. En esa época la playa se parecía a una chacra con la tierra removida.

En la pesca de la almeja hay tres apellidos que son tradición: Rocha, Pereyra —que habían sido dueños de la única fábrica de conservas— y Agüero. Ahora, 40 años después, con los pies sobre la misma arena que pisa desde niño, Gabriel, hijo del primer Rocha, asegura que para él la almeja "lo es todo", y para explicar qué es todo dice que arrancarlas es el primer recuerdo que conserva de su niñez. Es la imagen que se repite en las pocas fotos familiares. Y es la materia prima de un pequeño negocio que desde 2012 lleva adelante con Nancy Schuch, su mujer. Juntos quieren darle valor agregado a este regalo del mar y convertirlo en un bocado de lujo: para ellos, vender almeja para carnada es darles margaritas a los cerdos.

Cuestión de vocación.

La de la almeja es una historia pasional y uno de sus protagonistas es Omar Defeo, investigador grado 5 de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara) que lleva 30 años —toda su vida profesional— recopilando información sobre este molusco y ensayando una gestión novedosa de manejo del recurso, compartida entre los pescadores y el Estado. Esta vocación se la transmitió a un grupo de biólogos jóvenes que hoy trabajan en mitigar los problemas que generan los cambios del clima en este animal. Es que la alme- ja amarilla es el tema de estudio más longevo de la Facultad de Ciencias, lo que además de una curiosidad es una excepción: nadie en el mundo se interesó tanto tiempo por una pesquería artesanal. Y menos por una tan pequeña, que se extiende desde Río de Janeiro hasta el Golfo de San Matías en Argentina.

Defeo desembarcó en Palmares de La Coronilla en los 80, cuando la almeja era una vedette voluptuosa en las playas que habían quedado desiertas. En ese entonces hubo un pico de extracción de 219 toneladas. Su pesca se había convertido en un buen ingreso para los pobladores más humildes, aunque no alcanzaba a constituir un ahorro para el invierno. Francia Ambrosi, una mujer de 62 años miembro de la familia Pereyra, explica que si cobraba $ 250 por una jornada de ocho horas cocinando en la escuela, esa misma suma la juntaba "en un rato" llenando un balde de 30 kilos.

Tesoro: la almeja se arranca cuando es adulta y mide más de cuatro centímetros. Foto: R. Figueredo
Tesoro: la almeja se arranca cuando es adulta y mide más de cuatro centímetros. Foto: R. Figueredo

Ante la ausencia de control, la Dinara consideró que para no agotar el recurso —como había sucedido unos años antes en Argentina— había que regularlo. A fines de esa década, cuando empezó a disminuir, prohibió que se arrancara por dos años. A partir de ese momento, la cuota y el período de captura lo determina el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca y, en cada estación, la Facultad de Ciencias toma muestras para evaluar su población. Defeo conoce a los Rocha, a los Pereyra y a los Agüero desde que era un estudiante. Los observó. Los estudió. Se hicieron amigos. Por eso dice que la almeja para esta comunidad es mucho más que una changa de verano: "Es una identidad".

Suspicacias.

Como toda historia pasional, este relato está lleno de idas y vueltas. En 1989 la almeja volvió, y desde 1991 hasta 1994 se arrancó bajo el primer sistema de co-manejo que se aplicó en la pesca nacional. "Los 300 kilómetros que separan Montevideo de La Coronilla hacen imposible una fiscalización cotidiana, entonces se quería lograr que los pescadores se autorregularan, identificando cómo cuidar su recurso", explica Ignacio Gianelli, biólogo de la Unidad de Ciencias del Mar de la Facultad de Ciencias. Y aunque cumplieron, un nuevo maleficio pareció caer cuando en 1993 la almeja comenzó a morir debido a un aumento de la temperatura del agua y, posiblemente, la presencia de algún virus y parásito.

La mortandad fue total en Brasil, Argentina y Uruguay. Duró 14 años. Las playas de La Coronilla y Barra del Chuy parecían un cementerio de moluscos amarillos, hasta que en 2007 Nino Agüero golpeó la puerta del despacho de Defeo y le anunció: "Están volviendo las almejas".

La que empieza en 2009 es la prueba de que la comunidad de la almeja es fiel e invencible. Para reiniciar la explotación, la Dinara habilitó un permiso a 37 pescadores. Sin embargo, se calcula que cada uno de ellos suma al menos a otros dos integrantes de su familia a la tarea: solamente entre los Rocha, son 19. Así que a los primeros brazos ahora se agregaron los de sus nietos, y los de los hijos de estos, y los de los hijos de estos últimos: cinco generaciones hundiendo la pala en la arena.

La extracción se reanudó con una nueva gestión de co-manejo que, según Defeo, "por sus buenos resultados inspiró que en 2013 se aprobara una nueva ley de pesca" que en un apartado promueve el desarrollo de la pesca artesanal con consejos zonales. "De esta forma los pescadores tienen representantes y pueden discutir la toma de decisiones, aunque la última palabra la tiene la Dinara", explica Gianelli.

En esta segunda vida la almeja varió su abundancia. Si en 1985 se arrancaron 219 toneladas, en 2015 —la mejor temporada hasta el momento— apenas se superaron las 23. Y para el verano que se viene se estima que habrá entre dos y siete. Como es poca, a la almeja se la busca siguiendo la huella de los agujeritos que deja en la superficie cuando se entierra. Por ahí absorbe el agua para alimentarse y por ahí respira, y en ese intento de supervivencia, se delata.

No solo cambió de cantidad y de generaciones, también fue a parar a otras bocas. Esta parte de la historia tiene intriga policial: codo a codo con Gastón Martínez, científico de la Dinara, Gabriel Rocha y su esposa Nancy se pusieron a investigar a dónde iba a parar la almeja que los intermediarios se llevaban al Este. "Era un verso lo de la carnada", dice Nancy. Los intermediarios les pagaban $ 250 el balde con 30 kilos de almejas, pero en lugar de terminar en un anzuelo, les quitaban la arena sacudiéndolas en una bolsa de arpillera en el puerto de Punta del Este, en el agua sucia de combustible, "y se lo vendían a los restaurantes a $ 500", cuenta Gabriel.

Para tomar las riendas del recurso y darle un valor agregado, esta pareja y algunos almejeros más decidieron abrir una planta y purgar la almeja con el asesoramiento de la Dinara y la Facultad de Ciencias. Es decir: procesarla hasta sacarle toda la arena, para así venderla viva a los mejores restaurantes, como en otras partes del mundo sucede con las langostas. Sin embargo, el enojo de aquellos que no estaban de acuerdo creció, y un grupo ocupó la planta. Estos conflictos internos siguen ocurriendo: uno denuncia al otro por arrancar almeja fuera de la fecha permitida, "pero nadie controla al que realmente lo hace", dice Nancy.

La gran apuesta.

Convencidos de que el camino a seguir era el de la planta de purgación, los Rocha construyeron con sus manos una propia en el fondo de su casa: la primera y única que existe en Uruguay. Redactaron un manual de uso y en 2012 consiguieron la habilitación de la Dinara. El procedimiento es así: los permisarios pueden vender la almeja como carnada —que según Agüero se paga $ 150 el kilo— o vendérsela a la planta, que paga $ 90 pero compra todo lo recolectado. En la planta la purgan durante al menos 48 horas, haciendo dos cambios de agua —que se extrae del mar— y luego, una vez que está limpia, la distribuyen entre sus clientes de José Ignacio, Punta del Este, La Pedrera, La Paloma y Montevideo. Por cada kilo piden $ 300 y, en temporada, si es que hay almejas, venden unos 100 kilos semanales.

Para transportar la mercadería, la pareja cambió una casa por un auto, y para ahorrar lo que se gana se descansa "un par de horas en la ruta", "se come tuco" y "con lo que sobra del tuco se hace guiso", cuentan. Luego de que Nancy insistiera, la novedad de la almeja se expandió entre los chefs más famosos del Este, que desde 2013 la incluyen en el menú. Y así, casi sin imaginarlo, los chefs cambiaron el negocio y los sueños de los almejeros. Nancy cree que si pudiera extraer todo el año, podrían vivir de la venta de este molusco y ponerle fin al multiempleo.

—¿Ustedes probaron algún platillo?

—Nunca. Una vez perdí un cliente porque me negué a comer una almeja a la provenzal que me preparó —dice ella.

—¿Por qué no quisiste?

—Porque no soporto el olor. Me da ganas de vomitar. Me pasé la niñez lavando almejas y tragando arena. Ese jugo con el que hacen sopas deliciosas, para mí es el infierno. Se me chorreaba por el cuerpo y se me pegaban los bichos, era un asco.

—¿Y cómo hacés para trabajar con cientos de kilos de ellas acá, en la planta?

—Es lo opuesto a trabajar en la playa. ¿Vos acá ves una sola mosca? —dice extendiendo el brazo por el ambiente blanco, pulcro, impecable de su local.

Que lleva un año vacío.

Pendientes de un hilo.

Nancy creció en la pobreza, trabajó desde que era niña, vivió en un rancho de lata en la playa, se casó a los 15, se divorció a los 16, a los 18 le dijeron que debido a una peritonitis mal curada nunca tendría hijos y a los 19 le advirtieron que podría desarrollar cáncer en el útero, pero dice que nunca en su vida lloró tanto como por la falta de almejas. "Es mucha la presión de tener tantas familias esperando que suene el teléfono para trabajar", dice. Tampoco sabe qué decirles a chefs como Juan Pablo Clérici o Alejandro Morales cuando le preguntan si van a poder contar o no con el producto el próximo verano. Los almejeros aguardan el llamado de la Dinara que los autorice a arrancar el resto del ínfimo cupo que todavía les queda pendiente de 2016. Por los cambios del clima llevan dos temporadas sin trabajar, y esta podría ser la tercera.

Desde la Dinara, la oceanógrafa Arianna Masello dice que las incesantes lluvias de 2016 afectaron la salinidad del agua matando las almejas. "A esto se suman las mareas rojas, cada vez más frecuentes y más largas que prohíben su consumo", dice Gianelli. Otro problema es el cambio de los vientos: "Los que llegan del sur hacen que suba la corriente y sea muy difícil arrancar almejas".

Hace una semana, cuando por fin sonó el teléfono de Nancy, eran malas noticias: después de un mes de espera, el permiso de extracción no estaba listo, pero sí le confirmaron una nueva marea roja. Omar Defeo, el primero de los científicos apasionados por esta comunidad, opina que "hay que generar alertas tempranas y estrategias para mitigar los efectos del cambio climático", que en este rincón del mundo se manifiesta complicándoles la vida a las almejas.

Una solución es investigar el funcionamiento de una planta que las mantenga en cautiverio, y además de purgarlas las depure de las toxinas de la marea roja. De esta manera se podría stockear el producto en tiempo de abundancia. Los almejeros creen, también, que la Dinara "debería responder más rápido al pedido de extracción fuera de fecha", ya que según su punto de vista, "almejas hay". Pero esta es una sugerencia que para Masello aún no es viable: "La cantidad de recurso que hay hoy no amerita abrir la pesquería todo el año", opina.

Cuando Nancy tocó la puerta de Lo de Tere para ofrecer su tesoro, la chef María Marfetán la recibió, abrió el caparazón y se tragó la almeja cruda. "A mí se me paró el corazón. ¿Y si tiene arena?, pensaba yo. Pero no tenía. La chef me abrazó y me felicitó", cuenta con los ojos brillantes de orgullo.

Le pregunto a Marfetán qué sabor tiene una almeja. Dice: "Es como comerse la playa de una bocanada".

El proyecto que podría asegurar un "buen futuro".

Hay microorganismos que están en el agua siempre, pero a veces se dan las condiciones para que su cantidad aumente, llenándola de toxinas que al ser humano pueden causarle vómitos, diarrea y hasta parálisis: eso es la marea roja. "Para multiplicarse, estos organismos necesitan calor y nutrientes y eso pasa más seguido cuando la temperatura del agua aumenta", explica el biólogo Ignacio Gianelli. Debido al cambio climático, las mareas rojas son más frecuentes y más extensas. Si la de 2011 estableció una veda de la pesca que representó el 13% de la temporada, la de 2016 y 2017 fue del 100%. "A esto hay que sumarle el daño que genera en la pesca la abundancia de las lluvias y el cambio del rumbo de los vientos", agrega. Debido a la suma de todos estos factores, desde hace dos años no se venden almejas, lo que pone en riesgo la continuidad de la demanda que se había conseguido. Pero hay una solución a la que el almejero Gabriel Rocha llama "el buen futuro": generar una planta que, además de purgar, depure a la almeja de las toxinas. En ello está trabajando el biólogo Diego Lercari. "Hace cerca de cuatro años que estamos haciendo pruebas, y ya conseguimos mantener a la almeja en cautiverio hasta por cinco meses. Lo que resta es investigar si efectivamente se eliminan las toxinas y cuándo". Este proyecto tiene sus similitudes con otros que se están realizando en España, "donde el efecto de las mareas rojas en las almejas es infernal", dice. La respuesta local para este problema mundial depende de conseguir los fondos para una investigación profunda. "Hay que ir probando con variar temperaturas, filtros de agua, con la dieta o dejarlas con más o menos cantidad de arena", adelanta. El proyecto aspira a ganar un premio de un millón de pesos que otorga la Agencia Nacional de Investigación e Innovación.

Las rarezas de una pesquería con identidad.

"Este es un recurso en el que el clima está muy metido y su explotación puede ser muy azarosa", explica el biólogo Ignacio Gianelli. La relación entre los pescadores, los investigadores de la Dinara y los de la Facultad de Ciencias es muy sólida debido a los 30 años de estudios que los unen hasta el día de hoy.

Cumplir las reglas que fija la Dinara puede ser un sacrificio. Eso pasó en 2016, cuando la poca almeja se concentró en una zona de baño en Barra del Chuy y los salvavidas denunciaron a los almejeros por "taparles la visual" y los turistas "por romperles la vista al mar". Ese verano solo tuvieron permitido arrancar antes de las nueve de la mañana y el 40% del cupo no se completó.

Brian, pescador joven, dice que de sus cinco trabajos arrancar almejas es el que más le gusta porque el dolor "le entra menos" en el cuerpo que cortando leña o cargando frutas. Para los pobladores de La Coronilla esta tarea siempre fue lo más cercano a ser sus propios jefes, aunque las secuelas se sienten en los dolores de los huesos, los tobillos y en las recurrentes insolaciones.

Las mujeres abundan en esta pesquería: según un relevamiento de la Facultad de Ciencias, representan el 40% de la mano de obra. "No es lo habitual, pero al no tener que meterse en el agua, participan en todo el proceso. Nunca vi entre ellos problemas de actitudes machistas", dice Gianelli.

LOS CHEFS

La pirámide de un negocio que puede crecer

"A todos les daba vergüenza ir a vender almejas a los restaurantes donde van a comer los ricos", cuenta Nancy, dueña de la planta Almejas Palmares. Ella, que nunca había pisado Punta de Este pero sí había vendido comida durante su niñez, se animó. No fue fácil: golpeó varias veces las puertas y regaló kilos y kilos de frascos con almejas vivas "para estimularlos a probar el producto". Dice que a La Huella tuvo que ir "como 15 veces" y una vez pensó que iban a llamar a la Policía, hasta que el chef Alejandro Morales las probó y desde entonces se convirtió en uno de sus mejores clientes. Morales ahora cocina en Montevideo, en Escaramuza y en Manzanar. "Es un sabor explosivo, imposible de sustituir, y es un producto versátil. Lo que pasaba es que nadie sabía cómo quitarles la arena", cuenta. Asegura que en la cocina "mueren por tener almejas", y anuncia: "Yo ya le dije a Nancy que si consigue tener el producto todo el año y viene con 200 kilos, yo en una semana se los vendo".

Venta para carnada.

El destino de la almeja genera discordia entre los pescadores. Están los que quieren venderla a los intermediarios como carnada (unos 12) y los que prefieren darle un valor agregado y apostar a desarrollar un comercio distinto (unos 25). Para carnada el kilo se paga $ 150; en la planta de purgación, $ 90. La almeja tiene cuota de captura y suele extraerse de noviembre a marzo, pero no todos lo respetan.

Un plato de lujo.

Desde que un par de almejeros asumió la distribución del producto, "el precio de la almeja fue aumentando año a año", dice Ignacio Gianelli. En 2012 la planta pagó $ 45 el kilo de almeja sucia (sin pelar), pero al ir sumando clientes su valor se multiplicó y hoy paga $ 90. Se calcula que en un día de trabajo, un pescador puede arrancar unos 30 kilos, cantidad que representa una ganancia de $ 2.700.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)