adolescentes y alcohol en punta del este

De fiesta en las "casitas"

Grupos de adolescentes alquilan casas en Punta del Este y prácticamente las convierten en boliches. Atentan contra el descanso de los veraneantes y presentan un verdadero desafío para las autoridades. En estos días se logró desalojar una, pero otras siguen “de fiesta”.

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El fenómeno de las "casitas" comenzó hace casi 10 años.

Lucía se instaló el 1° de enero en la misma casa que ha alquilado muchos veranos en La Barra, Punta del Este, en la calle Rosita Melo entre Carlos Gardel y la ruta. Llegaba a descansar desde Montevideo. La primera tarde, un grupo de adolescentes la llamó a la puerta y le avisó que iban a hacer una fiesta en la casa de enfrente. La música sonó a todo volumen toda la noche. "Soy de dormir como una roca. Mi hijo, más todavía. Pero ninguno pudo dormir", cuenta Lucía.

A la noche siguiente, esta vez sin aviso previo, lo mismo. La calle estaba repleta de adolescentes, recuerda Javier, que vive en la casa pegada a la de las fiestas.

"Tuve que desalojar a mi madre, que tiene 80 años. Era imposible que pudiera dormir", dice. "Les protesté por la música y me apuntaron una batería de fuegos artificiales al jardín. En el techo de mi casa habían puesto un colchón. Entraban a mi jardín a orinar y no entendían mi indignación cuando les preguntaba qué hacían. Conté a 17 adolescentes que entraron".

"Casitas".

El fenómeno de las "casitas", como las llaman los adolescentes y jóvenes que las frecuentan y utilizan como boliches, comenzó hace casi 10 años. Policías que llevan años trabajando en esta zona esteña dicen que este verano hay menos casas, y que han dejado de usarse algunas en otros barrios. Sin embargo, hay tres "casitas" de La Barra que estos primeros días de 2016 han causado más revuelo que todas sus antecesoras.

Dos son casonas que funcionaron como hostales, y la tercera albergó distintos boliches a lo largo de los años. Las dos primeras están alquiladas por dos grupos de amigos que las llaman "Casita Búnker" (la de Rosita Melo) y "Casita Nimbus". La tercera, un quincho semiderruido a la entrada de La Barra, tiene el nombre de "Casita Borakai" grafiteado en las tablas de la cerca exterior y en una tela negra que tapa la vista hacia adentro sobre una reja. Al "Borakai" de las maderas alguien lo editó con el mismo color de grafiti y ahora se lee "Morakaibo".

Las tres están en pésimas condiciones. La mayoría de las ventanas están rotas o sin vidrios. En su lugar pueden verse lonas. Noche a noche, las cercas de madera de la casa que alguna vez fue el boliche Iguana, van perdiendo pedazos por los destrozos de quienes quedan afuera de la movida.

Las fiestas son convocadas por la red social Instagram con diversos afiches. Las casas, en fotos de hace 10 días o un par de semanas, aparecen en un estado mucho mejor al que lucen hoy. Hay fiestas temáticas y se describen las bebidas que se ofrecen. Siempre hay "canilla libre". Cada una de las casas lleva su cuenta.

"Dicen que son fiestas privadas", dice Javier. "Pero en el momento en que las convocan dejan de ser privadas. Eso sí, no entra cualquiera. Los de la casa dejan entrar solo chicas. A las más lindas, claro".

Lío adentro y afuera.

"El problema no son sólo los que están adentro de la casa. Son también los que quedan afuera", dice Javier. "Adentro tienen la música, toman, hacen cualquier cosa. Pero los de afuera se maman en la calle y destruyen".

"Se treparon al techo de mi casa y quisieron arrancar la antena de la tele", cuenta Andrés, otro vecino. "En una de las casas que cuido se dedicaron a hacer tiro al blanco con botellas contra la pared. Al otro día los obligué a barrer. Otros trataron de entrar al auto de mi hijo, que estaba estacionado adentro", agrega, señalando los límites del muro bajo que separa su jardín de la calle Rosita Melo. Su pareja, Diana, acusa que su patio se ha transformado en un baño público: "Ayer había dos chicas ahí, se bajaron las bombachas, las iluminaban unos autos y ellas se reían".

"Yo llamé al 911 y les dije que estaban haciendo cualquier cosa en el jardín del frente de muchas casas. Me preguntaron si estaban en mi frente. Les dije que no. Me dijeron que los llame cuando estén en el mía. Que si era por los ruidos que llame a Ruidos molestos", recuerda Lucía. Eso fue en la segunda noche de sus vacaciones. "Llamé a Ruidos molestos (de la Intendencia) y me dijeron que estaban en otra fiesta. Al rato oí que bajaban el volumen, pero lo volvieron a subir enseguida".

Javier recuerda: "Vi cómo se caía al piso una chica e iban tres chicos corriendo a (hace comillas con los dedos) ayudarla. Mejor hubiera sido que se rompiera la cabeza porque no le quedó nada que no le tocaran".

Lucía, junto a Javier y otros vecinos, juntaron 31 firmas para presentar ante la Justicia y pedir que se termine con las fiestas que no los dejaron dormir durante una semana.

En el almacén de la calle Rosita Melo, María, la dueña, dice que ellos ponen las rejas todas las noches, pero que a la mañana se encuentran con que les robaron algunas frutas y verduras y destrozaron otras. "Todo lo que puedan destrozar, lo destrozan", se lamenta.

Varios vecinos recuerdan incrédulos cómo los adolescentes formaron una cadena humana en la esquina de la ruta para no dejar entrar a la calle a dos patrulleros.

"Cuando vienen los de Ruidos molestos, los chicos, borrachos, los rodean y, sin tocarlos, les soplan la oreja, los escupen. A una mujer hasta le tocaron el traste", asegura Javier.

A varias puntas.

En la entrada de la Seccional 12ª de Maldonado, en La Barra, cuatro adolescentes esperan a ser atendidos. Uno de ellos parece haber llorado minutos antes. Ninguno tiene cara de haber dormido mucho en la noche anterior.

El subcomisario Mauricio Sánchez, jefe de la seccional, dice que otros policías le han contado que hace un par de años había casitas en El Tesoro, en Buenos Aires y el Chorro. "El problema principal es la música. La gente viene a descansar y se encuentra con fiestas que duran hasta las 10 de la mañana todas las noches, pegadas a su casa o a la casa que alquilan".

Policías, funcionarios de INAU, inspectores de la Intendencia de Maldonado y personal de la división de Orden Público, se presentaron el jueves de día en la casa de la calle Rosita Melo ("Búnker") y lograron que cesaran las fiestas allí.

"Atacamos varios puntos: al propietario y al que alquila. Este último no es uno de los menores que habitan la casa o que van a las fiestas. Siempre es un mayor: puede ser un amigo, un hermano, hasta un padre", dice Sánchez. "Al propietario se le aplican las multas en el padrón y le van a llegar en la contribución. El que alquiló es el responsable de todo lo que pase adentro de la casa. Y teniendo en cuenta que la mayoría son menores de edad, la responsabilidad es más pesada", advierte.

"Sabiendo eso, el dueño de la casa a veces cobra de más cuando la alquila, previendo que los van a multar", asegura José Luis Curbelo, alcalde interino del Municipio San Carlos, en cuya jurisdicción está La Barra. "Las fiestas no son autorizadas por el municipio. Hay otras fiestas que sí lo son, con una cantidad de reglas: que haya aseo, que se controle el volumen de la música, que Bomberos esté notificado, que no haya vecinos en los alrededores, entre otras cosas".

El responsable de la "Casita Búnker" fue citado por la Justicia tras las denuncias recurrentes de los vecinos. Los adolescentes abandonaron la casa y se trasladaron a la "Nimbus": una casa enorme, azul, que parece abandonada, sobre Camino del Cerro Eguzquiza, en diagonal a Medialunas Calentitas, sobre cuya fachada ponen todas las noches un cartel que dice "Búnker". Esa casa y la "Borakai" siguen de fiesta.

Democracia.

Aunque Javier señala que varios vecinos, como él, se han ofrecido a trabajar codo a codo durante el año para que haya una reglamentación para limitar el descontrol, tanto los vecinos como el subcomisario Sánchez parecen poco optimistas de cara a una solución.

"Lo único que se me ocurre es que tengan que estar previstas situaciones como estas en el contrato de alquiler", dice Sánchez. "Que exprese que si hay denuncia de ruidos molestos se tenga que desalojar la casa".

Javier, a pesar de las malas experiencias que describe, dice que la situación ha sido enriquecedora de alguna manera y se alegra de que al menos una de las casas haya sido desalojada. "Se sienta un precedente. Porque ellos se sienten intocables, pero vinieron a dar a una calle en la que los vecinos no estábamos dispuestos a quedarnos callados", dice.

Cuenta que intentó en más de una ocasión dialogar con los chicos. Incluso, recuerda, un día estaba dentro de la casa hablando con ellos cuando apareció un hombre mayor en una camioneta a saludar a los adolescentes. Les chocó los cinco a varios de ellos y cuando Javier se acercó y le tendió la mano ("porque yo soy un hombre grande"), no tardó más de un minuto en irse. "¿Quién se va a querer hacer responsable?", ironiza.

En un momento, antes del desalojo de la casa, Javier había llegado a un acuerdo con cerca de 10 de los adolescentes para parar las fiestas. Más tarde se le acercaron varios más y, en mal tono y con alguna amenaza poco seria (del tipo "voy a decir que me pegaste"), le dijeron que la casa era "una democracia" y que el resto había votado por seguir con las fiestas. Como punto medio, acordó que pusieran colchones en la pared que da a su casa, de forma de amortiguar el ruido.

"Yo no creo que los chicos sean malos. Creo que son inconscientes", aclara Javier. "Se nota que son de buenos colegios, con buena educación, por cómo hablan. Pero les faltan valores de los que se enseñan en la casa. No son niños pobres, pero son pobres niños ricos. El problema acá no son ellos, son sus padres".

Atentado a la "Nimbus" y fiestas hasta más de las 10.


El descontrol en las casitas llega a límites que van más allá de las molestias a los vecinos durante cada noche. Ayer circuló un video por Whatsapp en el que se ve la casa "Nimbus" por dentro totalmente destrozada.

  

Los inquilinos la muestran y uno de ellos dice: "Esto no va a quedar acá". En las imágenes pueden verse grandes parlantes destrozados en el piso, vidrios rotos y la pileta del baño partida al medio con un chorro de agua cayendo al piso permanentemente. Incluso, días atrás, los integrantes de una de las casas fueron agredidos a golpes por otro grupo de personas que, según dijeron, eran más grandes que ellos, al menos físicamente.

La gran mayoría de los adolescentes que usan estas casas para fiestas no viven ahí durante el verano. Incluso es común verlos llegar sobre la una de la mañana en autos manejados por personas mayores o por jóvenes de unos 20 años, que los dejan en la puerta y se van. Los grupos de amigos inquilinos se empiezan a juntar en la puerta poco después de la medianoche. Encargan bolsas grandes de hielo a servicios como Punta Hielo, que distribuye en camioneta. Los primeros varones que se acercan y que no son conocidos de los inquilinos en seguida dan la vuelta y se retiran, después de que se les dice que hay una fiesta privada y no son bienvenidos adentro de la casa. En Instagram especifican: "Las esperamos a todas". Las chicas empiezan a llegar en pequeños grupos de cuatro o cinco cerca de las dos de la mañana.

Dentro, las casas tienen instalado un equipo de audio y luces digno de un pequeño boliche. La música fuerte comienza a sonar sobre las dos y media de la mañana y normalmente sigue hasta las 8. En los casos más extremos las fiestas se extienden hasta pasadas las 10. Jorge, jardinero, no lo puede creer: "Si prendés una máquina para trabajar antes de las nueve, ¡te hacen apagarla por el ruido!".

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