URUGUAYOS EN NUEVA YORK

El fantasma de la deportación

Las noticias traen una realidad a distancia: la llegada de Donald Trump cambió la reglas de juego migratorias para los residentes latinos en Estados Unidos, y la comunidad uruguaya no quedó al margen. ¿Pero cómo se ve de cerca el latido cotidiano de los uruguayos que eligieron vivir allí?

Piece of heaven dice la carta del Tabaré Uruguayan Restaurant, sobre la 1 y Roebling Street, en el muy hipster, canchero y cool barrio de Williamsburg, distrito de Brooklyn, ciudad de New York. Con porción del Paraíso, la carta está queriendo dejar explicado qué cosa es el dulce de leche. Son las ocho de la noche de un martes de abril y en esta cuadra del mundo el Tabaré se llena.

Afuera, en la puerta, Ramiro Lescano, dueño del restaurante e hijo de Héctor, conversa con amigos en un suave español neutro. Ramiro tiene 36 años, nació en Montevideo, creció en Punta Gorda y vino a los Estados Unidos durante la crisis de 2002. Primero fue turista, luego fue estudiante, ingresó en una universidad pública, se licenció en turismo y gastronomía, obtuvo la ciudadanía, y hoy es uno de los 32 mil uruguayos residentes en New York, uno de los 120 mil uruguayos que viven en los Estados Unidos y uno de los 700 mil uruguayos que no viven en el Uruguay.

Para él, como para el resto de los migrantes latinos, la llegada de Donald Trump al gobierno enrareció las cosas. Desde los días de campaña, cuando la promesa de un muro en la frontera sur se volvió el designio de una cruzada, y especialmente desde enero, cuando la nueva administración dispuso que se emplearan 10 mil oficiales de inmigración adicionales y 5 mil nuevos agentes de Patrulla Fronteriza, ser un latino en los Estados Unidos es ser alguien en la mira del Estado, el nuevo sujeto estelar de la agenda pública, un tópico en la conversación de los medios. Dice Ramiro que él tiene sus papeles en orden y eso lo tranquiliza, pero que el miedo se siente en el aire. En las reuniones con compatriotas, en los encuentros casuales. Que algo ha cambiado, dice. Que el temor está.

—¿Y a quiénes alcanza?

—A todos. Los que tienen la tarjeta de residencia temen que no se la extiendan. Los que tienen visa de artista, que no se la renueven. Los que tienen la de turistas, que no los dejen entrar.

—¿Qué pasa con el que no tiene nada?

—El ilegal sabe que la más mínima infracción que cometa, una contravención vial por ejemplo, puede significar la deportación.

—¿La comunidad uruguaya tiene alguna ventaja sobre otras comunidades?

—Tal vez el agente de migración de un aeropuerto es menos exhaustivo con el que tiene pasaporte uruguayo que con el que tiene pasaporte colombiano, o mexicano. Pero una vez acá adentro, todos quedamos bajo la misma lupa del gobierno. Acá latinos somos todos.

—¿Qué se puede esperar?

—Es difícil saberlo, hoy todo es incertidumbre.

Escena latina: el dueño de Maravilla, la peluquería de Wyckoff Avenue, es un dominicano que se pasa la tarde mirando los noticieros de Univisión. Incluso cuando te está rasurando tiene un ojo puesto en sus tijeras y el otro en la pantalla, así que si vas por un corte de pelo al Maravilla Barber Shop es imposible no enterarse de lo que los periodistas de Univisión tienen para contar. La historia del día es la de un mexicano a quien "la Migra" fue a buscar porque tenía una multa por manejar en estado de ebriedad. La deportación se efectuó esa misma tarde. La multa era de hace tres años.

Silvana Sislián, sin embargo, tiene una mirada menos inquieta. Tenía once años, cuando conoció los Estados Unidos. Aquí vivían sus hermanos y ella iba y venía entre New York y Montevideo, barrio La Comercial, hasta que un día se quedó acá para siempre. Desde entonces es una de las dueñas de La Gran Uruguaya, la panadería referente para todos los uruguayos de Queens. "Acá nos juntamos todos. Vienen los de Peñarol, los de Nacional, pero no hay broncas porque saben que para mí primero está la celeste", dice Silvana y es extraño que 40 años después conserve la potencia de su acento, esa marca del habla que parece habérsele vuelto una resistencia, como una terquedad.

—¿Te sale natural o lo estás forzando para el grabador?

—No, yo hablo así. Mis hijos son norteamericanos y hablan igual que yo. Cuando vamos de visita a Montevideo pasan por uruguayos, los gurises míos.

—¿Cómo viven los uruguayos de Queens la nueva situación migratoria?

—Ahora ya se tranquilizó la cosa. Pero apenas ganó Trump, acá entraron todos en pánico. En la 82 Street, la gente lloraba porque creía que la iban a venir a buscar. Hubo un primer momento de mucho miedo y desesperación, pero ya nadie está esperando que caiga una redada.

—¿La 82 es una calle de uruguayos?

—De latinos, en general. Y de paisanos también, cómo no. Acá todos hablamos español. Si yo tengo el acento es porque en esta zona apenas el 20% habla inglés.

—Ya pasó el miedo, decís vos, entonces…

—Pero sí. Es que la gente fue entendiendo. Si vos trabajás, hacés las cosas bien y no te metés en problemas, no te van a venir a buscar.

—¿Incluso siendo ilegal?

—Incluso siendo ilegal. ¿Sabés qué pasa? Si echan a los ilegales de este país, hay que cerrar la economía de los Estados Unidos. ¿Quién va a cosechar los campos? ¿Quién va a hacer el trabajo manual? Ningún norteamericano me va a venir a lavar los trastos de la panadería.

Remesas.

En el centro del problema migratorio, en la médula de su nudo inexplicable, hay de todas formas una explicación, y claro, es una explicación macroeconómica: los trabajadores indocumentados pagan impuestos pero no reciben jamás la devolución de esos impuestos, ni bajo la forma de un seguro de desempleo, ni de un seguro médico, ni de aportes previsionales, ni de ninguna otra, por lo que esa masa líquida de recursos incrementa directamente el tesoro federal. El problema es que sigue siendo imposible calcularla porque sigue siendo imposible calcular la cantidad real, verificada, científica, de los trabajadores indocumentados.

Durante el gobierno de Barack Obama quedó convenido que había unos 11 millones de ilegales en todo el territorio norteamericano, y ese número se afianzó, pero entre la muchas cosas que fueron removidas con la llegada de Trump a la Casa Blanca, también quedó removido el acuerdo sobre esa estimación. En su discurso de campaña, Trump aseguró que esa cifra no tenía base real, y que tanto podían ser 11, como 3 o 30 millones.

En cualquier caso, un ilegal gana entre 900 y 1.200 dólares al mes y paga impuestos por el 30% de esos ingresos. Impuestos que no vuelve a ver. Hasta aquí, entonces, la ventaja es exclusiva de la reserva federal y la economía estadounidense, sin contar el beneficio de la mano de obra disponible para trabajos de escasa o nula calificación que sin embargo son insoslayables en las primeras fases de la cadena de producción. ¿Por qué entonces el trabajador ilegal acepta esta coyuntura en desventaja? Bien, porque al cambio con las monedas de sus países de origen, sigue siendo ventajoso trabajar aquí y enviar remesas en dólares a las familias que quedaron allá.

Según el Banco Central de México, las remesas que llegaron desde los Estados Unidos durante 2015 alcanzaron los 25 mil millones de dólares, que es más de lo que México obtiene por sus exportaciones de petróleo. El 16,5% del PBI de El Salvador y el 10,5 del de Guatemala están formados por las remesas que llegan desde los Estados Unidos.

Es un acuerdo silencioso, algo furtivo, entre dos actores que se convienen: una economía que se sirve de un trabajador desesperado, y un trabajador desesperado que aplaca la desesperación propia y la de su familia que espera por sus dólares allá en el país donde le tocó nacer. En la cabeza de nadie está que el gobierno de Donald Trump irá por la deportación en masa de ilegales; en la de Donald Trump es probable que tampoco.

Escena latina dos: la red del metro de New York es compleja, funciona toda la noche y un boleto simple cuesta 2,75 dólares. El programa Under New York promueve artistas que montan sus shows en las grandes estaciones de enlace como Times Square o Grand Central. Muchos son latinoamericanos, como el Raíces Group que hace música andina en Union Square. Sin embargo, no hay banners de publicidad en español. En los espacios publicitarios de los pasillos, incluso en el interior de las formaciones, los comerciales están escritos en inglés. Excepto uno que aconseja no beber de más. El texto del aviso dice en perfecto español: "Un trago más sí hace daño. Evita que tus amigos se hagan daño a sí mismos o lastimen a otros. Detenlos antes de que beban demasiado". Un enunciado latino, escrito para latinos, pensado para latinos.

El conocimiento que Juan Andrés Fagúndez tiene de la comunidad uruguaya en Estados Unidos es, digamos, más técnico. Llegó en 1988 y hoy, a los 45, coordina el Departamento 20 para la región noroeste de América del Norte. Departamento 20 es el programa del Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay que busca unir, mantener en contacto y poner en red a la diáspora uruguaya que se reparte por el mundo. Fegúndez, además, está a cargo de Uruguayos en Manhattan, un espacio en Facebook con el que busca hablarles a la primera y segunda generaciones de hijos de uruguayos nacidos en la región de New York y New Jersey.

—Una especie de resguardo paternal de la cultura, sería.

—Algo así. El objetivo es que esos chicos tengan dónde encontrarse con la cultura de sus padres. La página ya tiene 10 años.

—¿Por qué es tan arduo, tan endemoniadamente difícil, pasar de ilegal a ciudadano con papeles en este país?

—Primero hay que distinguir la composición de una comunidad y el tipo de migrante. No a todo el mundo le resulta igual de difícil.

—¿Cómo es esa distinción específicamente en el caso uruguayo?

—La comunidad uruguaya en los Estados Unidos está compuesta por dos tipos muy diferentes. Una es la clase académica que responde a una fuerte tradición de migración uruguaya hacia América del Norte. Esta tradición ya puede rastrearse en el siglo XIX, durante la colonia. Si vas al puerto marítimo de Maine, en la puerta vas a encontrar una pictografía de 15 metros de alto con la bahía de Montevideo. José Pedro Varela, el gran reformador de la escuela uruguaya, comprendió aquí, junto con Sarmiento, cuál era el futuro de la educación en nuestros países.

—Entiendo, pero supongo que no es esta la clase de inmigrante uruguayo que tiene problemas con sus papeles.

—No, claro, porque después está la otra clase, el uruguayo que llegó después del 2000, que es un trabajador empobrecido, endeudado, y que aprovechó la visa Waiver para volver a empezar en este país.

—¿Qué pasó con ese uruguayo expulsado por la crisis del 2002?

—Recién ahora, 15 años después, está en condiciones de pedir la residencia permanente para él y para sus hijos, los dreamers. Es el tiempo mínimo que piden las leyes migratorias norteamericanas para solicitar un primer reconocimiento de parte del Estado. Esto es lo que vuelve tan difícil la situación de los ilegales, los años que necesitan para volverse visibles.

—Son procesos muy largos.

—Tenés que apostar la vida acá.

—¿Qué sucede cuando esa apuesta sale bien?

—Encontrás un oficio, te desarrollás. Te integrás. Por ejemplo, aquí les va muy bien a las mujeres uruguayas en los puestos de supervisión y management. Al norteamericano le cuesta esa comunicación hacia abajo, en cambio las uruguayas son cálidas, están socialmente predispuestas y tienen la capacidad de hablar con cualquiera, lo que las vuelve confiables y requeridas para esos cargos.

Escena latina tres: The New York Times descubre con asombro que de todos sus periodistas que cubren béisbol, James Wagner consigue las mejores historias. Wagner no es el más experimentado y tal vez no tenga la mejor pluma, pero la plantilla de los New York Mets confía en él más que en nadie y le entrega las mejores primicias. El Times convierte a Wagner en nota cuando descubre su secreto: es el único periodista del staff asignado a las ligas mayores que habla español, y según el Instituto para la Diversidad y la Ética en el Deporte de la Central Florida University, en la temporada 2017 el 30% de los jugadores de la Major League Baseball (MLB) serán latinos.

Los cambios que la justicia le frenó a Trump.

Al programa de exención de visa (Visa Waiver Program) aplican solo aquellos países con baja tasa de inmigración ilegal, democracias estables y altos índices de desarrollo humano. Este programa concede el ingreso a Estados Unidos sin necesidad de visados a personas de los países participantes. Comúnmente conocida como la visa Waiver, los inmigrantes que acceden a ella tienen un primer período de 90 días para ingresar y permanecer en territorio estadounidense. Luego deben tramitar la continuación del programa. Hace tres meses, cuando el gobierno de Trump decretó la finalización de los programas para refugiados y la prohibición del ingreso para ocho países islamitas, también incluyó el fin del programa Waiver. La Justicia detuvo la orden del gobierno y hasta el momento la pulseada entre estos dos poderes no ha tenido una definición.

Alto en las zonas rojas y agradable desde EEUU.

Fue algo más que una promesa de campaña: el muro fronterizo para separar a México de los Estados Unidos fue el gran fetiche ideológico sobre el que Donald Trump montó su aparato discursivo. Cada una de las personas que lo votaron, votaron también ese muro. Pero hasta el 27 de marzo pasado había sido una idea fuerza, un concepto. Ese día, junto con el primer plan presupuestario, la administración Trump publicó las especificaciones técnicas que el muro debe tener, y entonces, lo que era solo idea, tuvo su primera materialización.

El plan dispone que se destinen 2,6 mil millones de dólares a infraestructura táctica y medidas de tecnología de frontera, lo que incluye el planeamiento, el diseño y la construcción del muro. Incluye también las disposiciones del Departamento de Seguridad Nacional, según el cual el muro debe estar hecho de concreto reforzado y, dice textualmente el documento, debe tener "una altura física imponente".

Entre los detalles solicitados a las empresas constructoras que presenten sus prototipos, está la obligación de que el muro tenga nueve metros de alto en las zonas rojas de la frontera y en ningún caso una medida menor a 5,5 metros. Para evitar la construcción de túneles que lo socaven por debajo, el muro debe estar enclavado sobre dos metros tierra adentro, además de ser atractivo a la vista. Dice el documento: "La parte norte del muro (la que mira a los Estados Unidos) debe ser estéticamente agradable a la vista según su color y su textura, y debe ser consistente con el ambiente general que lo rodea".

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