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La espera más ruidosa

Las 17 ferias de frutas y verduras que dependen de la IMM deben rotar cada tres años y las 137 administradas por el MEF luego de cinco. Pero siete de cada 10 están hace más de un lustro en el mismo lugar y el promedio de rotación es de 20 años. Vecinos proponen que el cambio sea automático y rápido, una opción que no conforma a los feriantes.

Hay 154 ferias alimentarias en Montevideo. Foto: Fernando Ponzetto
Hay 154 ferias alimentarias en Montevideo. Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto
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Al ser detenidos, los rapiñeros dicen que las armas las compraron en ferias. Foto: F. Ponzetto
Al ser detenidos, los rapiñeros dicen que las armas las compraron en ferias. Foto: F. Ponzetto

El sueño de Roberto empezó en una calle tranquila del Buceo. Era un sueño sencillo: poder sacar el auto de su garaje a la hora que quisiera, el día que quisiera, o dormir hasta tarde par a disfrutar de su jubilación. Diez años después, Roberto sigue luchando por cumplir ese deseo que se hace añicos cada miércoles, cuando tiene la feria de Thiebaut y Jacinto Vera en la puerta de su casa. A esta altura su sueño se confunde con otro: que esta feria cambie de lugar y así poner fin a más de cinco años de peregrinar por la burocracia de las oficinas estatales.

Roberto sabe mucho de organismos públicos: desfiló por el Área de Defensa del Consumidor, del Ministerio de Economía, de donde dependen nueve de cada 10 ferias que hay en Montevideo. Primero le dijeron que tenía que reunir firmas de otros vecinos, luego que necesitaba más firmas, después que mejor vaya a la Intendencia, que administra las restantes 17 ferias de la capital. De la comuna lo mandaron a la Alcaldía, de allí al Centro Comunal, luego a hablar con un consejero vecinal y, en resumidas cuentas, a cruzarse de brazos y esperar.

Montevideo tiene 154 ferias de frutas y verduras por semana. Siete de cada 10 están hace más de 5 años en la misma calle y el promedio de rotación ronda los 20 años, según la Unión de Ferias y Periferias de Montevideo, un conglomerado de 200 uruguayos que busca automatizar "el cambio de lugar para que sea justo con todos los ciudadanos".

La feria es un movimiento comercial que se formaliza hace casi un siglo y que solo conoce los lunes como día de descanso. El resto de la semana, sin falla, algún vecino está condenado al ruido de los fierros chocando entre sí y generando un estruendo inverosímil antes de que salga el sol, a no poder sacar el auto, a sufrir el olor a pescado o la lechuga podrida que queda en la vereda. Otro vecino, en cambio, se beneficia porque hay movimiento en el barrio, consigue frutas más cerca y a mejor precio. Y hay otros, como Roberto, que reúnen la doble condición: perjudicado y beneficiado a la vez.

Es que el fin de este sistema de mercadeo no está en discusión. "Las ferias son reguladoras de precios", dice el axioma repetido por todas las autoridades consultadas y que justifica su vinculación con las dependencias económicas. De hecho este tipo de comercios compran el 30% de las frutas y verduras que salen del Mercado Modelo, equivalente a US$ 300 millones, sin contar los productos que pasan directo del productor al feriante, dice el ingeniero agrónomo Pablo Pacheco, de la comisión administradora del Mercado.

"En esta época de desaceleración es cuando más se nota ese valor económico de la feria", señala Diego López, presidente de la Asociación de Feriantes del Uruguay. Lo dice en referencia a que varios vecinos optan por sus precios y, además, porque las ferias de la ciudad dan trabajo directo a unas 5.000 personas. La cuarta parte son los propios dueños.

Aun cuando las ferias sean un lugar de encuentro y un buque insignia de la capital, la rotación es "sana y una disposición reglamentaria", aclara Ricardo Posada, director de Promoción Económica de la Intendencia. Para las ferias que dependen directamente de la comuna, la normativa es clara, lo que no significa que se cumpla en tiempo y forma: deben rotar cada tres años. En el caso del Ministerio de Economía el texto es más difuso y establece que recién a partir del quinto año el vecino puede elevar su queja ante la cartera pidiendo el cambio de lugar.

Según Ana Agostino, defensora del Vecino de Montevideo, lo aconsejable sería que una vez cumplido el plazo de permanencia "los vecinos hagan sus solicitudes de realojo y que se estipule un tiempo razonable para concretar el traslado". Para Agostino es inviable que la rotación sea automática cada tres años, como propone la Unión de Vecinos de Ferias. "La dinámica de una ciudad no permite prefijar calles", explica. "Puede que donde tenías planificado poner una feria, mañana habrá una escuela o que implique demasiados desvíos del transporte colectivo…".

Los propios feriantes admiten que la rotación parece "lógica" desde los derechos del vecino, pero a ellos como comerciantes les implica volver a conquistar a la clientela. "Es como barajar y dar de nuevo, con cada cambio, por más mínimo que parezca, hay que volver a empezar", dice López, de la Asociación de Feriantes.

En ese sentido, López insiste en que "a muchos negocios de la zona les sirve que haya una feria porque les trae clientela". Cita el ejemplo de un almacén que está detrás de su puesto y que, gracias a las compras de los propios feriantes, incrementa las ventas ese día.

Flavio Harguindeguy, representante de los vecinos organizados, retruca diciendo que "depende del rubro" del comercio para saber si se beneficia o no, y que además los vecinos sufren una depreciación del valor del inmueble de un 20%. Pone el ejemplo de una vecina de Carrasco que quiso vender su negocio y un potencial comprador llegó de visita justo un día de feria. "Cuando vio eso se dio media vuelta y nunca regresó", recuerda.

Según Leticia Modernell, vendedora de Inmobiliaria Kosak, "el valor de un inmueble no se ve afectado por la presencia de una feria". Lo dice en base a la experiencia de trabajar en el rubro hace años y, especialmente, en Pocitos, un barrio con más de 10 ferias y un alto precio del metro cuadrado.

De hecho en Pocitos es donde hay mayor cantidad de conflictos entre feriantes y vecinos, reconoce el feriante López. Y por una razón sencilla: "Hay una mayor densidad de población".

Varios de esos vecinos de Pocitos son jerarcas del gobierno o amigos del propio intendente de Montevideo. Cada tanto alguno de estos ciudadanos intenta influir, sin éxito, sobre las decisiones de la comuna. Esa firmeza reconforta a Posada, el director de Promoción Económica, que muestra los mensajes de WhatsApp que le llegan a su celular y cómo no hace distinción en los reclamos.

"En los últimos 14 meses rotaron, o están por rotar, 22 ferias", dice Posada. "La idea de la nueva administración es que se cumplan los tiempos y que, unos meses antes de los tres años que establece la normativa, ya vaya gestionándose el traslado". Incluso propone que sea la propia Intendencia la que exija al Ministerio de Economía la rotación de sus ferias sin que un vecino deba presentar una solicitud formal ante el organismo.

Según el jerarca las demoras actuales se deben a falta de planificación y que, cada vez que se rota una feria "la decisión involucra al menos siete oficinas distintas e intereses encontrados entre vecinos, feriantes y el resto de la población". Y, sobre todo, agrega, "el crecimiento económico de los últimos años hizo que la gente esté cada vez más ansiosa y quiera todo ya... y los tiempos de la Administración no pueden seguir ese ritmo".

Comercios del siglo XXI.

Las persianas de la casa de Elia están bajas todos los jueves. Como aquellos reyes que enviaban construir muros para esquivar a los plebeyos, ella cierra las ventanas e intenta abstraerse de la feria que tiene en la puerta de su casa hace 36 años. Cuando era más joven, recuerda, la feria era una complicación menor, pero ahora, a los 82, le irrita el orín que queda en la puerta, la mugre que "no junta el camión que solo limpia la calle" y la camioneta del feriante que estaciona en la vereda y le rompe las baldosas de Serrato y Pablo Pérez.

Sus quejas son algunas de las que comúnmente recibe la Defensoría del Vecino. El ruido y la limpieza son, después del pedido de rotación, los reclamos más frecuentes dentro de las 106 denuncias sobre ferias que el organismo recogió en la última década.

Según el director de Promoción de la Intendencia no es necesaria demasiada reglamentación. "Son reglas básicas de la vida: el que ensucia debe limpiar y el que rompe, paga". Aun así su área está intentado persuadir a los feriantes para que las ferias se transformen en negocios del siglo XXI.

La actual directiva de la Asociación de Feriantes coincide en que la higiene es su responsabilidad. Por eso el año pasado acordaron con la Intendencia que los privados se harían cargo de colocar baños químicos en las bocacalles y del barrido posterior. También reconocieron que comenzar a armar un puesto después de las 5 de la mañana es un horario "razonable".

Sin embargo, a pocos meses de entrado en vigencia el acuerdo, feriantes y la propia Intendencia reconocen falencias y ya se habla de la "revocación" del protocolo. Por el momento, los feriantes pagan $ 6 por cada metro cuadrado que ocupa su puesto y, adicional, unos $ 180 por seguridad y limpieza.

"En realidad lo que nos dan son solo dos bolsas de basura", se queja Mabel Cardozo, una feriante desde hace más de 20 años, quien además de levantarse todos los días a las tres de la mañana, paga los impuestos, le exige a sus empleados que limpien, le avisa al vecino de atrás de su puesto para que saque la camioneta y es una acérrima defensora de este sistema de comercio.

Eso sí: señala con su mano hacia la punta de la feria y lanza: "Aquellos están de vivos". Se refiere a los periferiantes, esos puestos irregulares que están a los costados de la feria convencional y que, según la Unión de Vecinos, son los causantes de la mayoría de los problemas de seguridad.

"A veces venden mercadería robada o se pelean entre ellos, y como no responden a ninguna autoridad, nadie los controla", dice Harguindeguy.

Por un acuerdo las periferias deberían situarse a una cuadra de distancia de la feria convencional, pero eso nunca sucede, señala López de la Asociación de Feriantes. "Para los feriantes son una competencia y una complicación". Sin embargo, reconocen que es una realidad y un resultado "de la falta de control y de la necesidad de conseguir trabajo".

Carlos Galiazzo es prueba de ello. Fue echado de una multinacional de refrescos en la que trabajaba y con el dinero del despido abrió un kiosco que no prosperó. Por eso juntó la ropa que ya no usaba y algo que encontró en la calle y empezó a vender en un puesto, hace 14 años.

"Siempre voy a la misma feria, a la misma hora, tengo las facturas de la ropa que compré y buen trato con los vecinos", dice para explicar que no es un delincuente y que, por el contrario, la feria es su modo de ganarse el pan.

"Desde la Intendencia tenemos la obligación de que se cumpla el reglamento, pero la solución no pasa por inspeccionar más o por multar, sino por trabajar con los periferiantes para que se regularicen", insiste Posada. El caso más renombrado es la periferia de Larravide, que obstaculizaba hasta el paso de las ambulancias del hospital Pasteur. "Y ahora está más acotada y en camino a regularizarse".

Es que en esto de las ferias cada cambio beneficia a unos y afecta a otros. Mientras Roberto sueña y el feriante también.

Un intento de compensar la "condena".

La Defensoría del Vecino de Montevideo y la Facultad de Derecho de Udelar estudian la viabilidad de impulsar un proyecto de normativa para que los vecinos que tienen una feria en la puerta de su casa tengan una exoneración fiscal. La idea "no es una solución al problema de fondo", reconocen los docentes del proyecto, pero busca "compensar los daños" con una disminución de los tributos municipales. Por ahora está a estudio.

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