EL PEOR DE TODOS

El diario íntimo de Ricky y una historia sin fin

Tiene 23 años. Empezó a delinquir a los ocho. Hace 10 años que entró a la Colonia Berro, de donde se fugó al menos 18 veces. Carga con un homicidio, un intento de asesinato y muchas rapiñas. Él le echa la culpa al sistema y a su historia, pero no deja de admitir sus “errores”. Este es el diario íntimo de Ricky, el interno más peligroso.

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Colonia Berro: el Ricky dice que no se siente un "súper escapista". Foto: Archivo El País

Ingresé al Centro de Internación Transitoria (CIT) el 31 de noviembre de 2014. Cerca de las 23 horas. Me trajeron engañado desde el centro Ser… Mientras me traían me quemaban la espalda con cigarrillos. Tengo las marcas en la remera. Me requisaron en el patio y me maltrataron. Antes de salir me inyectaron a la fuerza. Después me asignaron una pieza y estoy solo. Aislado. No tengo compañeros. No me permiten hablar con los jóvenes que ingresan. Así empieza el diario de Ricky, un documento de 18 páginas en las que uno de los delincuentes más sonados del Uruguay escribió durante su reclusión, y que forma parte de su legajo judicial. Allí cuenta sobre las 17 fugas, su intención de cambiar el modo de vida ante el inminente nacimiento del segundo de sus hijos y su deseo de que lo dejen trabajar, tal como el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa) se lo permite a otros jóvenes. Ricky volvió a caer esta semana tras la que sería su fuga número 18, la que perpetró justamente gracias a que se le otorgó el aval para salir a trabajar en el puerto de Montevideo.

Fue uno de los menores infractores más peligrosos (si no el más). Se lo conocía en los juzgados como el "lord inglés", por la teatralidad con la que saludaba a los funcionarios cada vez que tenía que ir a declarar. A sus víctimas las trataba con mucho respeto. "Abra la cartera y denos el dinero, señora. Quédese tranquila. Ya nos vamos a ir", decía. Pero a veces le ganaba la impaciencia y era ahí que las cosas se le iban de las manos. Fue parte de la "banda de la granada", en momentos en que a esta se le imputaba la responsabilidad de siete asaltos a restaurantes y pizzerías de Buceo y Carrasco Norte. Después se pasó a la "banda del marrón", que se especializaba en robos a locales de cobranza. Y más tarde se convirtió, con apenas 16 años, en el mandamás de la "banda de Malvín Norte", donde regenteaba a delincuentes incluso mayores que él. Con esta arremetió a los tiros en 2010 en el restobar "Gazpacho" de la Unión. Allí baleó a un cliente en una pierna y le revisó el bolsillo en busca de dinero mientras estaba tirado en el piso.

Carga en sus espaldas con seis rapiñas y el homicidio de un guardia de seguridad que trabajaba en un Discount Bank de Goes. Lo arrestaron, lo condenaron a cuatro años de reclusión, pero la pena creció con cada fuga. Ricky confesó haber participado también de ocho copamientos y en asaltos a bancos. Pasó por varios establecimientos del INAU. Protagonizó motines. Él reconoce sus faltas, pero al mismo tiempo se siente una víctima de la sociedad y de la historia que le tocó vivir. El diario de Ricky está escrito con claridad en cuanto a su sintaxis, pero contiene varias faltas de ortografía que fueron retiradas para facilitar la lectura.

"Mi primera infracción".

Sé que es difícil que me crean. Cometí muchos errores. Creo que tengo en total 17 fugas. Estuve en un motín en el Piedras (uno de los hogares de la Colonia Berro) en 2009, que fue por la mala alimentación. Pasábamos mucha hambre. Me peleé varias veces en los hogares. Además, lo poco que estuve en la calle rapiñé. Hurté y estoy procesado por homicidio. Durante mucho tiempo hice las cosas mal. Me gustaría volver el tiempo atrás. Y no haberme fugado. Si fuera así hoy estaría en libertad. En la calle. Esa fuga (en 2009) me costó carísima (…)

Estoy preso desde los 13 años. Siempre que salía a la calle fue porque estaba fugado. Nunca me dieron licencia. Nunca me unificaron las causas. Nunca tuve o recibí un tratamiento psicológico que me ayudara a mejorar, a trabajar mis problemas para mejorar. Quise estudiar y siempre que comencé algo me trasladaban (…) Pienso qué voy a hacer el día que salga y no sé. No quiero seguir robando. Mi novia ahora está embarazada de cinco meses. Cuando salga tengo que hacerme cargo de mi familia. No tengo estudio, no tengo oficio, no tengo referencias de nadie. Mis brazos están todos cortados. Ya con eso la mayoría no te da laburo (...).

Lo que tengo que solucionar es lo de mi exnovia, que tuvo un hijo mío y se fue y nunca me lo dejó ver. Yo quiero darle mi apellido. Verlo. Que sepa quién es su papá. Capaz que si hago las cosas bien puedo formar mi familia con mi actual mujer y mis dos hijos (…) No quiero que ellos se equivoquen como yo.

Cuando yo era chico era tremendo. Iba a la escuela y jugaba al fútbol. De una escuela me echaron por portarme mal. Tenía mala conducta. La que siempre estuvo ahí fue mi abuela. Era la que me obligaba a estudiar. Yo la quiero mucho y hace mucho que no la veo. Mi madre nunca se ocupó de mí. Llegué a pensar que nunca me quiso. Nosotros somos tres hermanos (…).

Me acuerdo que era chico. Tendría 8 o 9 años. El marido de mi madre se quiso propasar con mi hermana, se le tiró arriba. Ella estaba acostada. Mi hermano quedó paralizado. Yo del susto agarré un cuchillo de la cocina y me le tiré encima y lo pinché. Después el malo fui yo. Mi madre nunca me defendió. Esa fue mi primera infracción.

"Una oportunidad".

Ricky es uno de los 120 presos mayores de edad que permanecen en hogares del Inisa, pues están cumpliendo penas de tiempos en que eran menores de edad. Él tiene 23 años. Fue capturado en la tarde del jueves por la Policía en Cerro Norte, luego de fugarse por última vez el pasado 18 de mayo.

Logró la autorización para salir a trabajar a instancias de la jueza Patricia Borges, que argumentó que "él se merecía una oportunidad". Lo hizo pese a que la fiscal Nancy Hagopian y los informes del Instituto Técnico Forense (ITF) recomendaban lo contrario.

Ricky ha pasado 10 años de su vida en centros de reclusión. En 2007, con 13 años, estaba en el hogar Piedras. En el diario cuenta cómo en aquella época los guardias lo "picaban a palos" cada vez que lo encontraban fumando marihuana. "Esto como si la culpa de las malas requisas fuera nuestra", se queja. Y tras esto expone todo un periplo de torturas por parte de los funcionarios dentro de los hogares del INAU.

"Querían que nos matáramos".

Me acuerdo que una vez (en el hogar Puertas) me puse a patear puertas porque quería que me sacaran para la Colonia Berro. Entraron unos 5 funcionarios. Me esposaron. Me inyectaron, siendo que yo no quería, y después encima me dieron una paliza.

Otra que me acuerdo es cuando los gurises estaban prendiendo papel higiénico para hacer mecheros. Estábamos sin fuego, no me acuerdo por qué. Yo estaba tranquilo, pero esa vez me la comí de costado. Entraron los funcionarios y nos abrieron las puertas a todos. Gritaban "somos los funcionarios viejos de Miguelete y La Tablada". Ese día nos esposaron, nos engrilletaron y nos dieron palo lindo. Hasta nos patearon la cabeza. Éramos como 10 gurises en ese módulo (…).

Una vez para provocarnos nos tiraron un balde lleno de puntas. Querían que nos mandáramos, que reaccionáramos. Esa vez nos quedamos quietos. Sabíamos que del otro lado eran un montón y estaban esperando para matarnos a palos. Nos provocaban. Les faltaban el respeto a nuestras familias en la visita. Así se generaban los problemas, cuando nosotros no aguantábamos más y nos desacatábamos. Ahí hacían entrar al retén (la GEO). Y ahí nos dejaban cuatro o cinco horas contra los perimetrales haciendo "la estrellita" o la "motoneta" (formas de tortura). Lleno de botones atrás de nosotros que donde bajaras los brazos o se te aflojaran las piernas te pegaban. Nos tenían desnudos como Dios nos trajo al mundo. En invierno (...).

"Llegabas y te ibas".

De 2009 en adelante el Ricky empezó a fugarse. La primera vez fue con otros compañeros, haciendo un "boquete en la pared con un pedazo de chapa". Eran cinco. Fue en el hogar Ser. "Nos fuimos agarrados de la mano por la neblina del campo". A los pocos días volvió a caer por rapiña. Pasó a otro centro de reclusión "más tranquilo", dice que pidió para sacar la basura y se volvió a fugar. Volvieron a atraparlo tras un hurto. "Me llevaron a la Casona. Ahí estuve una hora y media como mucho. Llegabas y te ibas. No pasaba nada. A nadie le importaba".

Días después marchó otra vez preso por una rapiña. Fue trasladado al hogar Paso a paso. Ahí estuvo tres meses, hasta que se le ocurrió fingir una apendicitis que, según él, un médico del Maciel confirmó tras examinarlo. Allí lo abrieron para extraerle el apéndice. "No llegué a 12 horas de operado y me fugué", cuenta. "A la semana fui al Paso Molino a robar un local. Cuando voy saliendo me tiran por la espalda y caigo. Me llevan al Pasteur, de ahí al Italiano, y estuve una semana internado", continúa. Luego lo mandaron otra vez a la Colonia Berro.

Pocos días después, con ochos compañeros, redujeron a dos guardias y se fugaron "por la puerta del fondo". Luego volvió al hogar Piedras, donde dice que lo "picaban a palos". Volvió a fugarse. "Salté los perimetrales, me fui a Toledo caminando, de ahí agarré la ruta 6...". Estuvo cuatro días libre hasta que volvió a caer por un copamiento. Se fugó de nuevo. Y otra vez fue detenido por una rapiña. Dice que lo golpearon tanto cuando llegó, que luego debieron llevarlo a un hospital.

"A veces pienso sobre el tema de las fugas que no era yo el súper escapista, sino que los funcionarios me dejaban ir o se hacían los bobos. No me corrían. No me buscaban. No sé, quizá es cosa mía", dice, y continúa con un interminable derrotero de fugas. Así fue creciendo Ricky, burlando la seguridad del INAU, saliendo, armando bandas, robando y haciendo copamientos. Y así, poco a poco, empezó a sentirse invencible. Pero una de esas fugas le costó cara. Dice que sospecha que le dejaron abierto un candado para que saliera. Que lo dejaron ir. Y que luego a fuerza de golpes fue que le hicieron confesar un homicidio que, según él, no cometió.

"Tenía mucho poder".

Me entrego el 16 de mayo de 2011 (tras la fuga) en una seccional de Policía (…) Me hago responsable de seis rapiñas y nada más, me dejaron en el calabozo y me trataron bien. Hasta que me vinieron a buscar de homicidios. Y ahí sí la pasé mal. Esa vez pensé que me moría. Primero me tuvieron como una hora colgado de las manos, pegándome por todos lados, principalmente en la boca del estómago. Tenía una bolsa de tela en la cabeza y arriba otra de nailon. No podía respirar. Creo que me desmayé unas tres veces. Después me dejaron desnudo en un calabozo y me tiraron baldes de agua fría. Después me llevaron a una pieza donde me esposaron con los brazos abiertos. Uno de ellos tenía un fusil. Lo cargó. Me apuntó a la cabeza. Y me decían: "O te hacés autor o te matamos". Para que me dejaran tranquilo me hice autor del homicidio. Pensé que todo terminaba ahí. Pero me tiraron en un calabozo y me siguieron pegando (…).

Cuando volví al hogar tenía todo como cualquier pibe. Visita, llamadas, DVD, Play. Todas las transas que había visto antes las empecé a manejar yo. Tenía buena plata en la calle y podía pagar los privilegios. Y sabía a quiénes tocar para obtener lo que quería. Tenía celular, droga, cónyuges y buena comida. Por entrar el celular pagué 500 pesos y por el porro cuanto más cantidad más pagabas. (…) Fue una época en la que yo tenía mucho poder en el hogar. No porque fuera malo. Sino por lo que sabía de muchos funcionarios que trabajaban allí. Qué cosas no. Lo situación cambió. Los que una vez me cagaron a palos y me humillaron ahora me alcahueteaban por miedo a que yo hablara y contara todo lo que sabía.

Estoy seguro que fue por un funcionario que me fugué. Nadie me saca de la cabeza que el candado me lo dejaron abierto adrede para que me fuera, o si no para tentarme. Dijeron que pasé cinco rejas y es mentira. Aproveché cuando un compañero salió y me mandé. Los directores sabían que quedaba abierto y por ahí me fui (...).

Si me preguntan qué quiero hacer, me gustaría salir a trabajar, que me dieran alguna licencia corta, para acostumbrarme a la calle de a poco. Poder estar en el parto de mi segundo hijo. A veces siento miedo de mí mismo. De las decisiones que tengo que tomar en la calle. Un funcionario me dijo una vez que cuando salga va a ser lo mismo que un adicto a las drogas después de rehabilitarse. Voy a tener que decir que no todos los días. Y no sé si estoy preparado para eso. Otra cosa que me tiene muy preocupado es el entorno de mi novia. No es bueno ni para ella, ni para mi hijo que viene en camino. Tengo miedo que le pase algo a ella o al bebé. Yo estoy encerrado. No puedo ayudarlos.

"Promovía las fugas, conocía cada recoveco de los hogares".

"Él se escapó muchas veces en una época en que las fugas eran cuestión de todos los días. Ahí fue uno de los principales promotores de las fugas. Conocía cada recoveco. Sabía los turnos que estaban más endebles, con menos gente. Conocía a los funcionarios", explica el presidente del sindicato del INAU (Suinau), Joselo López.

El dirigente reconoce que jóvenes como Ricky son "muy complicados" y "difíciles de recuperar", y dijo no perder las esperanzas.

"Hay botijas que son difíciles. Que vienen de familias insertadas en el delito. Con padres y madres que han estado en cana. Si a eso se le suma alguna sustancia psicoactiva, y algún entorno complejo, se hace un combo que es difícil de sostener, máximo cuando no hay un orden en la gestión. Hay una inestabilidad terrible en el sistema", se quejó el sindicalista, que tiene grandes diferencias con las autoridades.

El día en que el INAU quiso multar a El País.

En 2010 El País publicó un artículo en el que contó la historia de Ricky y de dos jóvenes delincuentes más, que en ese momento eran identificados por las autoridades como unos de los menores más peligrosos. También mencionó la zona en la que vivían. Tras esto el INAU entendió que el medio había violado "el derecho a la privacidad" de Ricky, quien ya había participado de varias rapiñas y un intento de homicidio, y que, un año después, estando fugado de un hogar, terminó participando del asesinato a sangre fría de un guardia de seguridad de un banco.

El INAU entendió que el artículo de El País tenía "expresiones que son peyorativas y se encuentran dotadas de lesividad de los derechos del adolescente que sin nombrarlo lo individualiza por el seudónimo, que precisamente es como se le reconoce".

Haberlo identificado por el seudónimo fue para el Instituto del Niño "lo más grave" porque "dichos jóvenes son más conocidos por ellos que por sus propios nombres y apellidos, por lo que claramente se deduce (de la nota) a quiénes se está refiriendo, individualizándolos palmaria y notoriamente".

El País recurrió la resolución del organismo y el Tribunal de lo Contencioso Administrativo terminó por darle la razón al diario, desestimando lo considerado por el INAU.

El País alegó que "el INAU es incompetente para sancionar a la prensa con multa; que las publicaciones del artículo en cuestión no violaron la privacidad de la vida de el Ricky; que lo publicado no provocó perjuicio alguno a los menores involucrados; que no hubo identificación ni individualización de los mismos; que no existen en la nota periodística elementos altamente discriminatorios y denostantes, como menciona la resolución impugnada".

El Tribunal, por su parte, entendió que, en cuanto a que se haya nombrado a Ricky, "el apodo ha sido manejado en oportunidades varias y anteriores por otra prensa, y por propios jerarcas del INAU, sin mencionar a qué persona corresponde dicho apodo". Y señaló, en cuanto a "que se haga mención a las edades, a la condición de menores, al lugar o barrio donde residen", que esto "no parece ser un indicativo suficiente como para estimar que hay una individualización, clara y precisa de tal o cual menor".

“Yo no soy un santo, me mandé muchas”.

En su diario, Ricky a veces reconoce sus errores. “Yo no soy santo y me mandé muchas cagadas”, dice. Y expresa su incertidumbre sobre lo que podrá hacer cuando salga. “No sé qué voy a hacer. El barrio, los amigos, los negocios, las cosas que quedaron pendientes, los que me deben mucho... quiero hacer las cosas bien, pero no sé si voy a poder”, reconoce. Sucede que el crimen es parte de su identidad. Según el INAU, empezó a delinquir a los ocho años. Tiene 23 y lleva 10 cumpliendo penas.

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