VIVIENDA COMPARTIDA

La comunidad de los techos

Para lidiar el costo del alquiler, o por estilo de vida, cada vez son más que eligen compartir el hogar. Son jóvenes, profesionales e incluso parejas con niños. El mercado puso el ojo en esta tendencia y apronta el lanzamiento de la primera propiedad concebida para estimular la vida comunitaria.

Fernando y Juan viven en una casa de Malvín junto a otras 5 personas, entre ellas una niña. Foto: A. Colmegna
Fernando y Juan viven en una casa de Malvín junto a otras 5 personas, entre ellas una niña. Foto: A. Colmegna

El día en que Juan y Fernando llegaron a "El Pilcomayo" el ambiente era de fiesta. Era un 17 de julio, la fecha en que los inquilinos de esta casa de Malvín celebran el aniversario de un nuevo año de convivencia bajo un mismo techo. "Festejamos, dormimos entre cajas de la mudanza y al día siguiente acomodamos nuestra habitación en el garaje, que era el único espacio que quedaba libre. Fue como entrar de lleno a la experiencia de vivir en comunidad", cuentan.

Llegaron con dos camas, dos heladeras y dos cocinas. Los electrodomésticos fueron a parar al sótano junto a las otras heladeras y las otras cocinas que antes aportaron los otros habitantes de este hogar: un empleado municipal, el asesor de una diputada, una moza, un carpintero y Laia, una niña de nueve años que vive allí con sus padres y tiene un cuarto propio, el único que está en la planta baja.

De ese momento ya pasó más de un año. Ahora, estos chicos que rondan los 30 recuerdan sus primeros días mientras Laia escucha la entrevista y afirma con un movimiento de cabeza cada vez que quiere darles la razón a estos tíos postizos que la casa le regaló. Luego se va de la mano de su padre a la escuela, dejando detrás a un conejo y dos gatas que disfrutan del buen clima echados en el jardín. Si uno la observa desde la vereda, no hay nada en esta residencia que sugiera que allí dentro comparten el techo siete personas sin vínculos de sangre.

—¿Y el propietario?

—El propietario es vecino nuestro: su patio da a nuestro patio. Lo saludamos como a cualquier otra persona del barrio —cuenta Fernando.

La opción de compartir vivienda está ganando adeptos en Montevideo, en parte como una forma de vida y sobre todo como una manera de esquivar el alto costo de los alquileres. La demanda para arrendar nunca fue tan alta, lo que provocó una expansión del mercado y generó —luego de la promulgación de una ley para estimular la construcción de viviendas de interés social—, un crecimiento de la oferta del 39% en el último año.

Pero los precios no bajan y si el costo de la vivienda, según los especialistas, debería representar idealmente entre el 25 y el 30% del ingreso de un hogar, está constituyendo el 50%. Este valor hace que, además, sea difícil acceder a una garantía, ya que los recibos de sueldo no suelen alcanzar el monto exigido para garantizar al propietario: el costo del alquiler no puede superar el 30% del ingreso. En este contexto, compartir un espacio surge como una solución.

Según un promedio que calculó El Gallito Luis, el alquiler de una casa en Malvín ronda los $ 33.000. Viviendo juntos, Fernando, Juan y el resto de los habitantes de "El Pilcomayo" pagan una mensualidad de $ 7.500 cada uno, incluyendo el gasto de luz, gas, agua e internet.

En otra parte de la ciudad, en el Centro, en un apartamento "medio aristócrata que ocupa un piso entero, que tiene seis cuartos pero está en un edificio un poco venido a menos", vive Rodrigo, de 36 años. Allí son seis adultos y dos niños: su hija pequeña y el bebé de otra pareja.

—Yo acá vivo desde hace cinco años y puede sonar a hacinamiento, pero la realidad es que cada uno tiene sus rutinas y sus horarios y es hasta difícil estar juntos.

Si Rodrigo quisiera alquilar un apartamento de un dormitorio en esa zona, debería pagar por lo menos $ 12.000; compartiendo el techo, el costo es de $ 3.000 más $ 800 que cada inquilino aporta a un fondo común para comprar productos de la canasta básica y artículos de limpieza.

—Cuando me mudé lo hice en un 90% por un tema económico, pero hora me conquistó la parte de vivir con compañía, aunque la convivencia tiene altibajos: es como una relación de pareja —opina.

—Y en todo este tiempo, ¿el costo sigue siendo el principal estímulo para esta convivencia?

—No. Un 50% es por el costo y un 50% porque este grupo ya tiene estabilidad y uno aprende a no estar solo, a tener un plato de comida listo si uno llega cansado, a abrirse socialmente con personas que no son de tu familia. Esto de compartir techo es una lección de humildad muy grande, porque es la forma extrema de aprender a aceptar al otro.

—¿Hay alguna condición en la casa?

—La única regla es no poner cerradura en las puertas de los cuartos.

—¿Por qué?

—Porque si vamos a vivir como una familia tenemos que poder confiar en nosotros. Y funciona. Acá la gente dice que esta casa es como un imán: te atrae y después no te podés ir.

La curiosidad por este modelo de vida es habitual entre los amigos de Juan, que cumplió 36 años y es de profesión biólogo. La casa de Parque Batlle en la que vive le cuesta $ 5.500 a cada inquilino.

—Este modelo de vivienda conlleva la ventaja de los recursos extendidos de los que te podés beneficiar, por ejemplo, para conseguir un trabajo —cuenta.

Esto le sucedió a Rodrigo, que era mozo hasta que consiguió trabajo como instructor de tai chi en una clínica en la que trabaja una compañera de techo.

Por lo de Giovanna, a media cuadra del puerto, pasaron más de 20 personas en los 10 años que lleva alquilando las cinco habitaciones que no usa en "La Gotera". Cada una cuesta $ 9.000 por mes más $ 300 para compras básicas: casi la mitad del precio de alquiler de un apartamento de un dormitorio en Ciudad Vieja.

—¿Cómo deciden a quién aceptar?

—Le hacemos una entrevista en nuestra cocina, que es el espacio que más nos une, conmigo y con otro de los chicos de la casa. Y ahí decidimos.

—¿Y nunca falla?

—Hubo una sola persona que no cuadró con nosotros y mirá qué increíble: fue la única persona que no pasó por esa charla previa. Fue, además, la única que puso una tranca en su puerta.

La casa de Giovanna fue construida en 1870. Antes de ser el hogar de un músico de rock, un carpintero, una cantante de tangos, un economista y una acompañante terapéutica, fue una platería, una carpintería, un taller mecánico, un astillero y una pensión.

—Me autoproclamé "la emperadora de las bóvedas" porque vivo en una casa con pisos de mármol de Carrara, de cristal belga y dameros, claraboyas, tirantes de lapacho y tengo una azotea con vista al puerto. ¿Qué puede ser mejor? —dice Giovanna.

—Y la gente que vive contigo, ¿qué es para vos?

—Siempre se convierten en amigos. Yo no podría vivir de otra manera.

Nuevo, nuevo uruguayo.

Entre los que eligen vivir con otros, Martín Larre —argentino, abogado, fundador de WoOw, la plataforma infantil Kidbox, director de TEDx Montevideo y asesor de Sinergia Cowork— cree que está el "nuevo ciudadano: el nómade digital". ¿Quiénes son? "Esos jóvenes que decidieron trabajar fuera de una oficina y ahora eligen vivir por fuera de un alquiler con contrato. Gente que quiere ser parte de una comunidad porque le gustan los espacios comunes, conocer a personas distintas y además porque valoran el networking", que en otras palabras son los lazos cortos que pueden generar oportunidades laborales. Este perfil, dice, "es similar al que consume la propuesta del cowork", una forma de trabajar compartiendo espacio que en Uruguay fue un éxito y ya superó los 10.000 m.

Tirando ideas para expandir Sinergia, alguien le sugirió pensar en el "coliving", un concepto que ahora mismo está tomando forma en Nueva York, Berlín y Londres, y que consiste en generar viviendas para que sean ocupadas por comunidades, sin exigir garantías, depósitos abultados ni contratos de alquiler: se apuesta a la flexibilidad. Larre confía en que esta idea tiene el potencial para ocupar "muchos metros más que el cowork".

Mateo Campomar, director de la inmobiliaria ACSA, escuchó la iniciativa y decidió asociarse. "Los jóvenes nos estaban pidiendo dinamismo con los alquileres y esta es la forma de cumplir con sus necesidades", dice. Es que el 65% de los "nuevos inquilinos" buscan apartamentos de un dormitorio o monoambiente, contratos por un año, ubicación céntrica y por un valor que no supere los $ 15.000. Considerando todos estos pedidos, la sociedad entre Sinergia y ACSA se propuso lanzar el primer coliving de la región en Montevideo: rentó un edificio en la esquina de Bartolomé Mitre y Sarandí, y diseñó habitaciones para 30 personas haciendo hincapié en priorizar la interacción en los lugares comunes (cocina, sala de juegos, sala de yoga, minicine, sala de pool y una zona de trabajo). Aunque el lanzamiento será próximamente, ya hay una lista de espera que supera su capacidad.

Los precios de cada habitación varían entre los $ 16.269 y los $ 25.143 (con gastos incluidos). No se pedirá garantía ni habrá contrato pero, eso sí: los interesados solo podrán llegar con una valija, deberán aplicar y en base a su perfil serán aceptados o no. "Queremos una comunidad diversa. Nos imaginamos extranjeros, emprendedores acostumbrados a viajar y jóvenes del interior viviendo juntos", dice Larre. A su lado, Campomar lanza con entusiasmo: "Estamos innovando al mismo tiempo que el resto del mundo, porque es el mundo el que se está adaptando al coliving". Quizá esté llegando el día en el que "vivir ligero de equipaje" simbolice algo más que un consejo gastado.

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