CUIDACOCHES: ENTRE MAFIAS Y OPORTUNIDADES

Trabajar en la calle para salir de ella

La Intendencia de Montevideo tiene registrados a 830 cuidacoches y hay una cifra similar de trabajadores informales. Algunos tienen antecedentes penales, imposibilitando su formalización.

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Cuando no se les da propina, mujeres reaccionan más agresivamente. Foto: F. Ponzetto

La Policía lo sabe, pero prefiere no intervenir mientras la calle esté en calma y las personas tengan una salida laboral. Tanto la comuna como la fuerza de seguridad reciben una denuncia cada cinco días contra los cuidacoches. La ocupación de espacios públicos, el cobro de tarifas y la agresividad encabezan la lista de reclamos.

La seccional 2a está rodeada: en un radio de cuatro manzanas hay al menos ocho cuidacoches con antecedentes penales. La Policía sabe que "trabajan" en la informalidad y que técnicamente no podrían estar ofreciendo este servicio, pero prefiere no interceder mientras el barrio esté en aparente calma.

En una de las oficinas de la Policía, sobre una cartelera, hay una lista con los rostros y antecedentes de los cuidacoches de la zona. H. A. es uno de ellos. Cometió al menos cinco delitos y dos fueron rapiñas con arma de fuego. Con tan solo 34 años ya estuvo dos veces en prisión. Al salir no le quedó otra opción que apelar a la voluntad de los choferes que, con su ayuda, estacionan en el Centro.

H. A. es uno de esos trabajadores "macanudos". Gracias a su carisma y las más de 12 horas diarias de trabajo recauda un promedio de $ 1.000 al día, el doble que la media del resto de los cuidacoches. Mientras su comportamiento siga siendo "correcto", como lo es desde hace tres años, la Policía prefiere que continúe trabajando, incluso en la informalidad.

La Intendencia de Montevideo tiene registrados 830 cuidadores de vehículos. pero hay una cifra similar que trabaja "en negro". El objetivo de la comuna es saber quiénes son estas personas que pasan horas en las calles, de ahí que sea requisito presentar la cédula, el carné de salud y los antecedentes penales.

Por su historial, H.A. no tiene chance de ser un cuidacoches formal, aunque se niega a abandonar su puesto. Se siente querido y "distinto" a algunos de sus pares, dice señalando a sus colegas que están en la cuadra contigua. "Aquellos están reventados, solo les importa la droga".

En las zonas de mayor circulación de autos y dinero, como en el Centro y Pocitos, algunos cuidacoches hacen de mula. Llevan y traen droga, como el jugador número 10 en el fútbol que arma el juego sin que su presencia se robe todas las miradas. Y la Policía está atada de manos para actuar: "pueden justificar que esa cantidad de sustancia es para consumo personal o se nos requiere una filmación validada por la Justicia para procesarlos… es muy difícil", admite uno de los oficiales que rastrilla la zona céntrica.

Los colegas de H.A., esos que están en la otra cuadra, son jóvenes, tienen "mala" apariencia física y un "lenguaje pobre", todas variables que, según un estudio de la Universidad de Montevideo publicado este mes, aumentan su probabilidad de reaccionar agresivamente.

Los hombres de entre 15 y 30 años con apariencia física apartada de los estándares, tienen un 58% más de probabilidades de reaccionar de forma agresiva con sus clientes, revela el informe elaborado por los economistas Magdalena Blanco, José María Cabrera y Alejandro Cid.

Más allá de confirmar algunos prejuicios, lo que más sorprendió a los investigadores fue la diferencia de género. Cuando un cliente no da propina, las mujeres cuidacoches suelen reaccionar peor que los hombres. Hay un 9% más de probabilidades que ellas le pongan mala cara frente a lo que lo haría un hombre, un 7% que lo insulten, un 7% que no impidan un robo y un 1% que la próxima vez le dañen el vehículo.

A la inversa es más frecuente que ellos no duden en apelar a los golpes si otro cuidacoches "invade" su cuadra. Esta tendencia se hace más explícita cuando hay espectáculos públicos, sobre todo partidos de fútbol.

Trapitos al sol.

Previo a las elecciones presidenciales argentinas, hubo una frase del candidato Daniel Scioli que dejó mudo a su contrincante Mauricio Macri: "¿No terminaste con el problema de los trapitos en la ciudad y querés terminar con el narcotráfico?".

Los trapitos, como se conoce en Buenos Aires a quienes acomodan y lavan autos, tienen vínculos con las barras del fútbol e, incluso, con los municipios. El clímax ocurrió en enero cuando un hombre corpulento, supuesto jefe de un grupo de trapitos, tumbó a un cliente que no quiso pagar el estacionamiento. La víctima quedó inconsciente y luego internada con fracturas en la mandíbula. El victimario perdió su trabajo, porque era un funcionario municipal del área de Tránsito, informó El País de Madrid.

En Uruguay se desconoce una conexión tan lineal, explica Pablo Ferrer, director de Tránsito de la Intendencia de Montevideo. Sí la comuna y la Policía reciben una denuncia cada cinco días por malos tratos de cuidacoches, invasión del espacio público o el cobro de tarifas.

Según fuentes del sindicato de cuidacoches, en los perímetros de los hospitales, durante el Carnaval en el Teatro de Verano y los días de partidos en el Estadio Centenario son los puntos más conflictivos. Por eso los trabajadores sindicalizados están elaborando un proyecto, junto a ediles liderados por Edgardo Novick, para quedarse de forma legal con el estacionamiento del nuevo estadio de Peñarol y evitar "la intervención de la barra".

También hay una propuesta de cobrar una tarifa fija, de $ 20, pero esto implicaría que los cuidacoches deban pagar los aportes patronales. Ferrer admite que los trabajadores le plantearon esta iniciativa pero que, a su juicio, no es un asunto de Tránsito sino de "alguna otra órbita de la Intendencia".

El edil nacionalista Diego Rodríguez tuvo que pagar $ 100 por estacionar su auto cerca de un recital. Desde aquel episodio comenzó a indagar sobre el control de los cuidacoches y constató que "la Intendencia dice que hay fiscalización, pero en la práctica no existe". Ferrer le da la razón porque, a su juicio, "si hay inconvenientes la responsabilidad es de los policías o de la seguridad social".

La problemática de los cuidacoches no es nueva. La Intendencia tiene los primeros registros en la década de 1930. La crisis de 2002 fue el gran disparador del escenario actual y la desaceleración actual lleva a que haya "más gente en la calle y menor formalidad", cuenta Ramiro Romero, presidente del sindicato de cuidacoches.

El aumento de cuidacoches informales no necesariamente está ligado a un incremento de las personas en situación de calle. Uno de cada 10 de estos trabajadores no tiene techo, según el estudio de la Universidad de Montevideo. Hay un 76% que cuenta con cobertura de salud y para el 85% este empleo es su único ingreso. Eso sí: más de la mitad quiere dejar de ser cuidacoches, pero en promedio están ocho años en este rubro.

Arranques.

Graciela Rodríguez (64) es cuidacoches hace 15 años. Por aquel entonces su marido estaba internado por cáncer y ella había perdido el trabajo por tener que cuidarlo. Luego él falleció y ella tuvo que buscar nuevos ingresos. Una vecina la convenció y es así que pasa nueve horas diarias, de lunes a viernes, en Canelones y Zelmar Michelini.

Ella es de los trabajadores que prefieren no aceptar la propina si son menos de $ 10. Devuelve las monedas, dice "gracias" y se da media vuelta. Es que siente que cumple un rol: tiene que exponerse (incluso físicamente) para evitar un robo o debe ayudar a los vecinos a estacionar. Para el director de Tránsito de la comuna, "la primera es una función que le compete a la Policía y la segunda la debe saber todo conductor que tenga libreta vigente".

Su sola presencia en la cuadra, dice Rodríguez, evita "la llegada de algún avivado o de algún colega que quiera quedarse con la cuadra". Para algunos choferes, en cambio, la figura de esta cuidacoches estorba. La quieren lejos, hasta fuera del país.

Ocurrió un día de lluvia, en agosto. No recuerda si fue hace dos o tres años. Cuando un cliente no le dio dinero y ella le agradeció, él se bajó del auto y puso el rostro a escasos centímetros su cara. "Los negros no tienen que estar acá", le recriminó en referencia a su color de piel y luego la escupió. Ella, indignada, dio la vuelta a la manzana e intentó hacer la denuncia en la seccional 2a. Pero el chofer la siguió, se le adelantó y exigió hablar con el comisario. Todo terminó en la nada, o en un acto más de discriminación de los tantos que ha sufrido Rodríguez.

"¿Me merezco esto?", dice con la voz quebrada y con el esfuerzo de mantenerse en pie, pese al frío y la fibromialgia que le aqueja hace unos meses. "No me queda otra, ayer solo saqué $ 220, pero hay que seguir". Como también siguen H.A. y otros tantos uruguayos, aunque en la calle la mano venga brava.

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