UNA CORONA OXIDADA

La belleza en cuestión

El carnaval deja de premiar la belleza en su concurso de reinas en pos de la igualdad de género. En la región suspenden algunos concursos de estética y en el mundo de los certámenes se añora el esplendor de otros años. Aun así, doce mujeres todavía quieren ser misses.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Los certámenes para ser reinas de carnaval requieren duro esfuerzo. Foto: Fernando Ponzetto

La música habla del sol y de la arena. Repite una y otra vez un mismo ritmo y ellas lo siguen con cara de que entre su público imaginario está esa persona a la que tienen que demostrarle que son fabulosas. Caminan con el paso marcado por tacos de 15 centímetros, y al verlas uno se puede imaginar los destellos de los flashes, el brillo de las lentejuelas y hasta los suspiros del público. Pero ahora están de ropa deportiva, un poco transpiradas y, aún así, con el maquillaje intacto. La pasarela está delimitada por una serie de sillas alineadas sobre la moquette gris de un salón de eventos.

"No hablen cuando están ensayando", grita con fastidio Mario Lorenzo, el coreógrafo que juega al policía malo y al tío simpático al mismo tiempo y que, en solo cincuenta horas, les va a enseñar cómo presentarse en la pasarela de Miss Atlántico Internacional. Ellas luchan por bajar los brazos en forma de semicírculo sin perder la sonrisa ni caerse de sus zapatos, o quedar fuera de sincronía. Ni bien terminan Lorenzo sentencia: "Horrible".

El mundo de los concursos de belleza existe entre luces y sombras, dice Nerea Arroyo, mejor conocida como España. En este concurso no hay nombres, sino nacionalidades. Así, se lo puede escuchar a Lorenzo exigiéndole más paso a Chile (Fernanda Méndez) o señalándole a Perú (Karen Sánchez) que se acomode en su lugar. Las luces están en la exposición que les dan las cámaras, la experiencia de meterse en el mundo de los certámenes y los contactos que adquieren. También hay algo de esa mirada ajena que se sorprende al conocer una "miss" y admira la belleza del maquillaje, la delgadez y la mirada entre ingenua y seductora que lucen al pararse en el escenario.

Los prejuicios son parte de las sombras, dicen casi a coro en diferentes versiones del español: "chula", "plástica", "de mentira", "prepotente", "creída", las escucharon todas. También está el esfuerzo que tienen que hacer para mantener las dietas, el ejercicio y los cuidados estéticos, que solo para una mañana de ensayo les pueden llevar cerca de una hora y media. Aseguran que el antídoto para todo esto es la confianza en sí mismas y el motor es la adrenalina de subir al escenario, que apaga todas las dudas.

Quienes están en el mercado de los concursos de belleza saben que ya no es lo mismo que antes. No terminan de entender por qué, pero detectan una crisis. El caso más reciente fue el fin del concurso de la "Mejor cola del verano", que organizaba la marca Reef desde hace dos décadas en Argentina. En otros lugares, organizaciones civiles protestan contra los estereotipos de belleza que se promueven, y en Uruguay las reinas de Carnaval dejaron de ser evaluadas por su belleza.

Los organizadores de Miss Atlántico dicen que es difícil conseguir patrocinadores y que los concursos más tradicionales, especialmente de Punta del Este, han desaparecido. Culpan del declive a organizadores poco escrupulosos, pero también reconocen que su propio certamen se había quedado en el tiempo.

Otros actores vinculados al mundo de los concursos consideran que el concepto de reina de belleza quedó viejo y que las mujeres no quieren referentes solamente estéticos, obligados a sonreír todo el tiempo y mantener una postura impecable para agradar a un jurado que las mide. De todas formas, aclaran que para ver portadas de revistas con desnudos o programas donde sobra la piel sí hay audiencia, y mucha. La revista Playboy, que había decidido eliminar los desnudos, reconoció el "error" un año después, y en su edición del mes que viene titulará "Naked is normal" (la desnudez es normal).

Un tema de género.

Si hay una voz que se opone al mundo de los concursos, esa es la de las feministas, que ya desde mediados del siglo pasado repudian los concursos. El discurso a favor de una mayor igualdad de género tiene hoy otro lugar en la agenda. No sólo en Uruguay, donde está instalado en las políticas de Gobierno y en el Parlamento, sino también en países como Argentina y Brasil.

Mientras en Uruguay el mundo del Carnaval lloraba la muerte de la cuarta víctima de la violencia de género en el año, la bailarina Valeria Sosa, en Argentina la represión del topless de dos mujeres en una playa de Necochea llevaba a que se organizara un "tetazo" en contra de esta prohibición. El lema, en este caso, era: "la única teta que molesta es la que no se puede comprar". El cuerpo de la mujer y las formas de verlo siguen estando en el debate.

"Los concursos de belleza constituyen una especie de carrera de objetos", dice Elena Fonseca, integrante de Cotidiano Mujer desde hace casi tres décadas. "A la larga, yo espero que todo el análisis que tantas mujeres están haciendo de sí mismas lleve a que las propias mujeres no quieran ser medidas en un canon de 90-60-90", dice, y se pregunta: "¿Quién impone el canon? No es la mirada femenina que creamos para mirarnos a nosotras, es masculina". Los concursos le resultan una reproducción más de esa mirada.

Hay varios temas en los que las distintas corrientes del feminismo son irreconciliables, dice la antropóloga y feminista Susana Rostagnol. Uno es la prostitución, vista por unos como manifestación de una sociedad patriarcal y como algo que debe abolirse, o, por otros, como un trabajo que la mujer tiene la libertad de ejercer. La pornografía como espejo del deseo masculino o como algo que se podría encarar desde una perspectiva del deseo de la mujer. No es que tengan que ver con los concursos, aclara la antropóloga, pero para este tema hay poco disenso y por lo general no se transa. "El problema no está en mostrar el cuerpo, vamos arriba si lo querés mostrar. El problema está en ese cuerpo que desfila, que es mirado con lupa", dice Rostagnol. "Hay pocas cosas más parecidas a un concurso que un desfile de ganado en el Prado", opina, y dice que premiar la belleza es premiar algo banal.

La reina sin corona.

El origen de los concursos de belleza no está en Donald Trump, el multimillonario presidente de Estados Unidos que financió Miss Universo hasta iniciarse en su carrera política. Está en los tradicionales festivales de varios países: existen hace décadas reinas de la vendimia, del carnaval y hasta de la cerveza. No fue hasta que las corporaciones se interesaron en los concursos como negocio que se transformaron en misses. El carnaval uruguayo no escapa a esta tradición.

"¿A quién preguntaron si las reinas nos sentimos tratadas como objetos?", preguntaba una exparticipante del concurso de Reinas de Carnaval antes de que se modificara su reglamento, en 2016. A muchos no les gustó que el certamen eliminara los topes de edad y los criterios para elegir a quien, por tradición, abre los desfiles más importantes. Ahora participan mujeres de todas las edades, personas transgénero, y tampoco se limita a quienes tengan una discapacidad. Enrique Espert, presidente de Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares de Uruguay (Daecpu), fue una de las voces críticas, y anunció que la gremial organizará su propio concurso, "a la vieja usanza".

En 1999 el reglamento decía que se evaluaría a las reinas por su belleza, simpatía, elegancia y cultura general —en último lugar. Hacia el año 2001 la nueva norma enumeraba dinamismo y alegría carnavalera, comunicación con el público, simpatía, elegancia y cultura general. El último reglamento busca reinas con conocimiento de carnaval, participación en proyectos de su barrio, dinamismo y comunicación con el público.

Si se mira las fotos de las premiadas este año y en carnavales anteriores, el cambio cobra vida. No llevaron tiaras, sino sombreros blancos en honor a los 100 años de La Cumparsita. No usaron un vestido brillante y ajustado, sino trajes enteros que les cubrían todo el cuerpo, con calzas coloridas debajo, flores y championes Converse.

Las nuevas reinas han visto con buenos ojos los cambios, mientras que entre sus antecesoras hay varias objeciones. Un informe encargado por la Dirección de Cultura a la socióloga Micaela Tellechea recoge algunos testimonios, como el de la exparticipante que se queja por el grado de inclusión que admite el concurso: "Más allá de las diferencias entre todas, que siempre las hay, creo que es difícil juzgar a una persona de 60 años con otra de 24". Las nuevas reinas, por su parte, destacaron la amplitud de participación y el cambio de vestuario, que les permite bailar más cómodas.

A Mariana Percovich, directora de Cultura de la Intendencia de Montevideo, no le gustan los libros infantiles de princesas ni las coronas, ni los vestidos apretados ni los tacos. Sin embargo, dice que el proceso de cambio del reglamento lleva varios períodos y que no fue ningún verticalazo. Muestra un informe que resume las discusiones con los concejos vecinales, comisiones de cultura y otras divisiones de la comuna. Todos los cambios se votaron desde los barrios, dice.

"Eso es lo que a veces no se entiende desde afuera. No es una imposición nuestra ni de los vecinos, es un proceso participativo", explica y agrega que es parte de la política de la Intendencia eliminar los estereotipos de género, por lo que se promovió la discusión. De todas formas, las comisiones zonales todavía conservan parte del formato anterior, como el cartón con el número de participante en la muñeca de las candidatas o vestidos de noche.

Hoy, la Elección de Reinas de Carnaval, Llamadas y Escuelas de Samba ya no es un concurso de belleza. Los dos millones de pesos que cuesta se destinan a la elección de una representante, una figura más, que ni siquiera es la más representativa de la celebración, pero cuyo rol ha sabido despertar pasiones.

Miss feminista.

Al hablar de género, cada una de las participantes de Miss Atlántico Internacional tiene algo para decir. Camila Correa representa a Brasil, un país donde el año pasado la difusión de un video que muestra la violación grupal de una adolescente de 16 años llevó a miles de personas a marchar en reclamo por el respeto de los derechos de las mujeres. "Nuestra forma de vestir no quiere decir que nos pueden llamar putas. Si yo me siento bien con como soy eso no implica que puedan pegarme ni abusar de mí", dice.

Laura Prada se autodenomina feminista y representa a Colombia. Viene de Santander, una zona a la que describe como muy desigual para las mujeres, y ella lo vivió en carne propia. Su padre siempre quiso un hijo varón, que llegó recién a la hora de tener su cuarto hijo. "Era súper machista", cuenta entre lágrimas sin dar más detalles. Sin embargo, la familia pasó por situaciones difíciles en las que el apoyo de las mujeres de la familia fue fundamental y dice que eso lo obligó a cambiar.

Yesenia Barrientos es bailarina y representa a Bolivia. Cuenta que realizó una coreografía en la que se abordaba el tema de la violencia de género. Cuenta también que una vez, tras subir una selfie en ropa de ensayo a su cuenta de Snapchat, un conocido le escribió diciéndole que si fuera de su propiedad no la dejaría andar mostrándose.

Las discusiones sobre temas de género las interpelan y convocan. Algunas participan en actividades voluntarias que trabajan el tema. Sin embargo, al pensar en sus cuerpos vistos como un "objeto", entienden que eso es parte de la mirada ajena, pero no la propia. Ser una miss es más que tener una cara bonita, sostienen. Implica conocer sobre sus países, hacer trabajo voluntario, estar en contacto con sus comunidades y ser referentes de "buenos valores".

Prácticamente ninguna de las participantes del concurso cumpliría con las medidas 90-60-90. Eso sí, la altura mínima para participar es 1,68, explica la directora ejecutiva, Margarita Acosta, que defiende ciertos criterios que aplican a la hora de elegirlas como parte tradicional del formato del concurso de belleza. No estar casadas ni tener hijos es otro requerimiento, porque según dicta la norma internacional deben ser "señoritas". "Quienes comparan estos desfiles con concursos de ganado las están discriminando. No es una pasarela, para mí es una integración cultural", indica, y agrega que hoy se evalúa a misses "luchadoras", con proyectos personales, carreras universitarias y estudios. "Que tengan ese plus".

Si el objeto esencial en la cartera de la miss son los tacos, el gesto obligado es la sonrisa. La chica a la que todos llaman Colombia explica su técnica para lograr una imagen fresca, aún cuando nadie la esté mirando: ella muestra los dientes solo si lo siente. El resto del tiempo alcanza con extender los labios a los costados con gesto complaciente.

Una miss mantiene la espalda recta, las piernas cruzadas y el gesto amable incluso cuando se apagan las luces y se terminan los brillos. Ellas son las expertas en el arte de parecer naturales en un mundo donde el que reina es el artificio.

El Municipio C no presentó candidata este año.

Este año el Municipio C resolvió no presentar una candidata al certamen de reinas de Carnaval. "Mucha gente quedaba por fuera y eso hacía que no fuera tan atractivo", explica el alcalde Rodrigo Arcamone. Históricamente se habían presentado cada vez menos mujeres con pretensiones de ser reinas y eso llevó a que varias categorías no alcanzaran el mínimo necesario de postulantes. En cambio, con el dinero del concurso se financió la participación de 150 colectivos que abrieron el desfile inaugural. La decisión fue discutida y votada por los concejales y fue apoyada por la comuna.

Desde adentro.

A Martina Graf los certámenes de belleza nunca le gustaron. Era un paso necesario para darse a conocer, ganar cancha con el público, con las cámaras y moverse bajo los focos. La modelo y conductora de televisión cuenta su experiencia desde México, donde ahora vive y trabaja. "Nunca más voy a hacer un certamen en mi vida, sin embargo, ese contacto me dio más experiencia, que se acumuló para la parte del modelaje", explica. Graf opina que el perfil de una miss tiene que ser sumiso y que acatar órdenes es una de las partes más complicadas del trabajo. La modelo recuerda que, hace unos años, cuando participó de Miss Uruguay, las exigencias del certamen la obligaban a estar horas, desde la mañana hasta la noche, participando de eventos y fotos con pocas instancias para comer y descansar, algo que considera una explotación. Ella no reniega de su participación en estos concursos, e incluso se lo recomienda a las aspirantes a modelo porque entiende que es una forma de darse a conocer. Sin embargo, es crítica sobre la forma en que funcionan, en especial por los resultados arreglados, los malos tratos y las polémicas que surgen en torno a la financiación de algunos concursos. Tampoco reniega de sus fotos con poca ropa, pero está segura de que eso no la define más que el resto de sus intereses y trabajos. Sabe lo que es usar el cuerpo como una herramienta y cuestiona: "¿Quién es uno para juzgar?".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)