OTRA MIRADA

Barra brava: la frontera entre el hincha y la violencia

Las barras bravas constituyen un heterogéneo universo. Allí se encuentran hinchas y fanáticos capaces de hacer cualquier sacrificio por amor a su club, oportunistas que ven en ese micromundo la posibilidad de hacer algún negocio y violentos responsables de empañar tantas tardes de fútbol.

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Pocos miran el partido sentados. La mayoría salta, canta, agita. Y no para de hacerlo. La adrenalina sube al ritmo ensordecedor de cánticos que alientan, insultan y provocan, acompañados de bombos y platillos. A algunos les molesta el olor a porro y se alejan. Otros toman whisky o vino. Hay niños, no muchos, que corren, ríen y juegan con las banderas. Cada gol provoca una avalancha. El ambiente es festivo, y no por ello deja de ser, al menos por momentos, tenso. Es la barra brava, la que siempre está, la que forma parte esencial del espec- táculo y da color a las tribunas. La que también se asocia a hechos violentos y delictivos y ha sido objeto de una exhaustiva investigación por parte de la Dirección de Inteligencia. Así es ese micromundo de hinchas a los que la pasión por su equipo los empuja a encontrarse cada semana en la tribuna.

Platillos y bombos.

Faltan cuatro días para la inauguración del Campeón del Siglo. El ensayo comienza. Son las 19:29 hs. del miércoles 23 de marzo. Cada vez son más los hinchas que tiñen de amarillo y negro los alrededores del Palacio Peñarol. Algunos se saludan como amigos. Otros esperan sentados en la escalinata con la bandera en la espalda. Predominan los hombres, pero las mujeres también dicen presentes. La tarde avanza y el público aumenta. Corre un rumor de que van a tocar sobre la calle Minas.

A los pocos minutos, una camioneta blanca llega a toda velocidad. Viene desde el barrio Marconi. Trae a los encargados de la percusión. Platillos, bombos y trompetas bajan con sus dueños como si fueran los reyes de la noche. Las personas que estaban dispersas por la zona, se acumulan ahora sobre la escalinata de Minas. Las puertas cerradas del Palacio ya están decoradas con banderas de todos los tamaños y representan a decenas de barrios de Montevideo.

Uno de los que bajó de la camioneta pone tres bombos en medio de la calle y corta el tránsito. Así, sin más, como quien cierra la puerta de su casa. El vino en caja y el porro circulan de mano en mano. Entre la muchedumbre, la fresca noche gana temperatura. Hay niños, jóvenes y adultos. Todos visten los colores del carbonero y esperan el inicio del ensayo, o mejor dicho, la previa de la fiesta en el flamante estadio.

"Nadie nos da plata. Ahora ya no es como antes. Vendemos pósters, pegotines y shorts, o rifamos remeras. De esa forma juntamos plata para arreglar los instrumentos y también para la pintura. Nos organizamos nosotros", dice a El País uno de los referentes de la percusión, encargado de dirigir los instrumentos. Mientras, la banda toca.

Una ronda gigante cubre toda la calle y parte de la vereda; el punto central lo marca un niño de unos 3 años que juega a tocar un tambor. En primera fila está la percusión y a su alrededor una capa de gente que canta con euforia, hace pogo de a ratos y se mezcla entre el humo de alguna que otra bengala. Hasta los vecinos de la cuadra salen a ver el espectáculo. "La conflictividad en la barra de Peñarol viene de años. Siempre se dijo que está llena de delincuentes y que no se puede ir a la Ámsterdam. No opino eso, ahora no hay problemas. Puede haber discusiones, pero eso se arregla entre nosotros. Somos fanáticos, pero también trabajadores", agrega el hincha, mientras vigila a unos metros de distancia el tumulto de personas.

Tras los incidentes en el clásico de la final del campeonato pasado, la Comisión de Seguridad de Peñarol decidió crear un nuevo cuerpo profesional para controlar a la hinchada en los partidos. Sin Jorge Rivero alias "Jorgito" como líder de la barra y sin Washington Vega como encargado de seguridad, el club tuvo que hacerle frente a un cambio de líderes y referentes, a la vez que intentaba evitar conflictos entre hinchadas. "Los diferentes grupos dentro de la hinchada se amplían y se achican con facilidad. Los liderazgos no son muy claros y no hay un control de la interna de ese grupo por parte del líder", explica Julio Luis Sanguinetti, actual presidente de la Comisión de Seguridad de Peñarol.

Según él, en Peñarol no hay una barra brava, sino que hay un universo de diversos grupos que no tienen un funcionamiento coordinado. Esto hace que no se parezca en nada al fenómeno que se conoce como barras bravas en Argentina, donde los líderes son amparados por los clubes y hasta manejan parte de sus negocios. Al igual que el referente de la percusión, Sanguinetti asegura que el club no entrega dinero a los hinchas .

En cuanto a la seguridad, al haber varias empresas de seguridad contratadas por la institución, se avala la posibilidad de que alguien de la hinchada pueda ser contratado para trabajar.

"La barra brava no es un fenómeno que solo ocurre en función del fútbol. Hay que contextualizarlo. Es un fenómeno en el cual el fútbol es un escenario más para expresar una violencia que está latente en la sociedad", sostiene Sanguinetti.

Pasado y presente.

"Yo compraba las entradas en la AUF, se las daba a Jorgito y él se las entregaba a su gente. Así funcionó durante cinco años hasta que nos fuimos los dos", cuenta Washington Vega, exencargado de Seguridad de Peñarol y policía retirado.

Ya desvinculado del club, Vega explica que Jorgito se encargaba de la tribuna, en la cual tenía a cargo entre 50 y 60 personas, y él del resto de la seguridad. Mantenían reuniones asiduas en el Palacio Peñarol para la organización previa. El dinero que recibía Jorgito para la seguridad era repartido a su vez entre aquellos que ayudaban a la causa. Cuando Jorge se va, quedan como referentes "El Tatito" (asesinado el año pasado) con antecedentes delictivos y "El Nandito". "Varios de los muchachos que están ahí tienen antecedentes, pero la vida privada de cada uno está al margen de lo que se maneja en la tribuna", afirma.

Se acercan las 9 de la noche. Hay muchos afónicos y manos cansadas, pero ninguno muestra intenciones de parar. Los instrumentos que hace vibrar la barra Ámsterdam en todos los partidos, entonan el último cántico: "Vamo el carbonero/hay que poner huevo/dar la vuelta en el estadio nuevo/que los jugadores sientan los colores/pa ganar otra Libertadores…".

Detrás del arco.

El equipo ya salió a la cancha a calentar. Faltan unos minutos y empieza el partido. La Abdón Porte se sigue llenando. Todavía hay gente afuera. A unos metros de las filas de ingreso hay dos encargados de seguridad que controlan el ambiente. Desde afuera ya se escuchan entonar los bombos y platillos. "No me importa nada te vengo alentar/como no soy manya no sé abandonar/soy de la Blanqueada, me hago respetar/preguntale al carbonero que te va a contar", reza con fuerza el cántico.

El tejido detrás del arco se transforma de a poco en un mosaico de color rojo, azul y blanco. Dos por tres se escucha la voz de un vendedor de gorros y banderas, que a veces es socavada por los parlantes que vociferan jingles comerciales. El carrito de comida cerca de la entrada siempre está lleno. La percusión no subió todavía a la tribuna porque no empezó el partido. La voz de los hinchas casi ni se escucha; la percusión ensaya un tema nuevo. Detrás del arco, con precisión milimétrica, va quedando un espacio vacío.

La pelota se mueve en la cancha. Los instrumentos están posicionados y suenan como si fueran a explotar. Desde la baranda del sector de arriba hasta el tejido se atan un par de cuerdas que sostienen las banderas largas; la vista a la cancha es estrecha desde ahí. No se puede estar sentado porque todos saltan. Y se hace difícil ver el partido con aquellos, que casi colgados de las cuerdas, cantan desaforados revoleando el brazo que les queda libre.

Alrededor de la barra hay gente sentada, que canta, pero con la mirada fija en el partido. Los niños corren cerca del tejido. Otros, lo trepan. Una llovizna corta las ráfagas de marihuana y el olor a comida que viene del carrito. Muchos toman coca. Los anfitriones, whisky. El partido transcurre con normalidad.

"Muchas veces nos ponemos nosotros entre la Policía y la gente porque la Policía empieza a provocar a los hinchas. Si estamos nosotros hay más tranquilidad para los aficionados", explica uno de los actuales referentes de Nacional. Dice que es común que en la puerta del ingreso a los partidos, sin importar la cancha, se escuche a los policías decir "¡Dale mugriento, a ver esos trapos! ¡Mostrame esa porquería que tenés acá!".

Los integrantes de la barra dicen que muchos de los conflictos con la Policía se generan a la hora de entrar determinados objetos, como humo de colores o bengalas, que son bloqueados a pesar de haber recibido los permisos con anticipación. Y lo que es peor aun, ver que el cuadro contario sí los tiene. "Cuidamos a nuestra gente porque confían en nosotros. No nos metemos con la gente común, pero tampoco somos santos. Pero nos interesa que las personas vayan a la cancha", agrega una de las referentes y socia del club hace 40 años.

Dicen que la relación con el club es buena. "No trabajamos para ellos, pero tenemos buena sintonía con el club. Cuidamos la tribuna en los partidos y en caso de que pase algo, nos reunimos en ese momento para ver quién fue", dice el referente. Al igual que los de la percusión de Peñarol, venden calcomanías, rifan camisetas para recaudar plata ya sea para entradas como para reparar instrumentos o banderas. Incluso se les deja vender en la puerta de la sede.

Según Wilson Miraballes, uno de los encargados de seguridad de Nacional, la Comisión de Seguridad del club tiene un componente diferente a Peñarol: dos de sus referentes son empleados del club, uno de ellos desde la época de la presidencia de Ricardo Alarcón. Esto quiere decir que perciben un sueldo para mantener la seguridad en los partidos; y reciben las órdenes que a su vez tienen que ser transmitidas al resto de la barra.

"De esta forma el club tiene la potestad de exigirles cuáles son los comportamientos que nosotros queremos y que ellos lo transmitan", aclara.

"En los partidos más complejos, como los clásicos, las reuniones se llevan a cabo con la Comisión de Seguridad de la AUF y con el otro club, para determinar las condiciones del juego, las entradas de los visitantes, los precios", explica Miraballes. "Estos se diferencian de los partidos por Copa Libertadores, como el de Boca. En estos casos la Conmebol envía un oficial de seguridad, encargado de informar cómo transcurrió el partido".

"En Uruguay hay grupos de hinchas, no barras bravas en el sentido de los muchachos malos", opina Miraballes. "Son un grupo de personas que se juntan y están organizados. En nuestro caso son de diferentes barrios".

Ya pasaron las nueve de la noche y la tribuna Abdón Porte queda vacía. Algunos esperan sentados que se disperse el tumulto de gente. Los dueños de las banderas en el tejido se trepan para descolgarlas. Las cuerdas desde la que se sostenían los hinchas son desatadas. Solo quedan vasos vacíos en el piso, colillas de cigarrillo y papeles.

En la víspera de un clásico, las hinchadas ya se preparan para repetir el ritual.

El derecho de admisión y la capacidad de que se cumpla.

El derecho de admisión, ¿una de las posibles soluciones para mejorar la seguridad en los espectáculos deportivos? El año pasado Luis Lacalle Pou presentó un proyecto de ley para implementar el derecho de admisión, algo que el presidente de la Comisión de Seguridad de Peñarol, Julio Luis Sanguinetti, también consideró conveniente. "Escuché decir a autoridades que el derecho de admisión ha fracasado. Creo que ni siquiera ha llegado a implementarse porque no solo es competencia del dueño del espectáculo ejercerlo, sino que alguien también lo tiene que hacer efectivo ya que el organizador no tiene siempre la posibilidad de hacerlo", afirma Sanguinetti. "¿Es pertinente ejercer el derecho de admisión en la puerta del estadio? Eso genera violencia. El derecho de admisión tiene que tener un protocolo de actuación y de ejercicio". Argentina aplica derecho de admisión y lo concibe como "la función de supervisar durante el ingreso del público al estadio". Además de evitar el ingreso de elementos que puedan utilizarse para agredir, impide el acceso de personas bajo efectos de drogas o alcohol.

Aquella llamada inesperada para hacer las paces entre dos barras bravas problemáticas.

"A mediados de julio de 2015, un martes por la noche, Franco Pérez recibe una llamada. Era Wellington Rodríguez Segade, más conocido como "El Tato", uno de los referentes de la barra de Peñarol en aquel entonces. El motivo de la velada: hacer las paces con la hinchada de Cerro, para evitar conflictos en los futuros partidos. Franco, referente de su hinchada hasta el día de hoy junto con Bruno Fernández, era el indicado. Dos barras bravas consideradas las más problemáticas se reconciliaban. Venían de una época de enfrentamientos.

Ahora, dicen, los problemas tienen otro origen. "La violencia empieza cuando un milico te dice villero mugriento o pichi en el momento de la revisión", cuenta Franco. "No todos te maltratan, pero a veces se te juntan los insultos con un mal resultado y en algún momento explotás", justifica. "Las banderas son el principal generador de problemas entre los hinchas y la policía. Si bien yo les doy órdenes, también hay que entender al hincha. En los partidos de Peñarol y Nacional tienen banderas colgadas por todos lados. La gente de la barra te lo hace saber; por qué los clubes grandes pueden y nosotros no", explica Enrique Silva, actual encargado de seguridad de Cerro. "En algunas ocasiones el policía no aporta para que el espectáculo se lleve con normalidad. En la AUF me dicen qué es lo que se puede entrar a la cancha pero después, cuando llegan a la puerta, un jefe operativo te dice que no. Eso también genera problemas", agrega.

Los hinchas de Cerro también dicen que cargan con el estigma de su barrio. "Decís Cerro y te dicen zona roja por lo que pasa en Cerro Norte y en Casabó. Las personas dicen eso y nunca vinieron. Hay mucha gente laburante acá". "Cada uno se paga su entrada y si alguno no tiene tratamos de ayudarlo. Para juntar plata vendemos canguros, gorros y hacemos rifas con las camisetas de los jugadores", explica Franco. "Pero del club no recibimos nada". Hace 10 años que Enrique trabaja como encargado de seguridad del club y no recibe sueldo. "Yo no cobro, lo hago porque soy hincha y quiero lo mejor para el club. El club no da entradas ni plata para los camiones", afirma.

Un domingo de abril a media tarde, la cancha de Juventud abría sus puertas para jugar con Cerro. La hinchada de Los Villeros no estaba completa, seguramente porque no todos tenían para pagar la locomoción. Fue victoria de la blanca y celeste. Tras el final deambularon de parada en parada hasta encontrar una línea de ómnibus que les sirviera. Recién a las 18:21 subieron a un 175. Los cánticos altos en alusión a su cuadro pusieron de mal humor al conductor. Y más aun cuando se dio cuenta de que uno no había pagado el boleto. Todos se ubicaron en el fondo. Con el Gucci sonando les esperaba un largo camino a casa.

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