DOLORES TRAS EL TORNADO

“Lo adopté a los nueve años y en solo tres segundos lo perdí”

Michael Espantoso falleció a los 22 años cuando el tornado arrasó el taller mecánico en el que trabajaba.

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La fachada entera cayó sobre el taller. Foto: Fernando Ponzetto.

Plácido Ruiz se presenta y agrega, casi como un epíteto, “el único que hay en el país”. Es jueves al mediodía y limpia los escombros de uno de los panoramas más icónicos de la destrucción que causó el tornado que golpeó Dolores hace más de tres semanas. Hay chapas, autos rotos y ladrillos donde una vez funcionó el taller mecánico en el que falleció Michael Espantoso, su sobrino político de 22 años, empleado en el taller y a quien crió desde niño. “Lo adopté a los nueve años y en solo tres segundos lo perdí”, es lo primero que dice mientras levanta las chapas, viejas y oxidadas.

Desde niño, Michael tenía pasión por los autos, recuerda su tío. Ya en la escuela las maestras tenían que separarlo de la ventana, porque auto que veía venir, auto que le daba motivo para señalar y comentar: “¡Mirá, un BMW!”, o cualquiera que fuera el modelo. “Yo siempre le comentaba a mi señora: no es que no sepa, es que le gustan los fierros”. Así fue que a los 14, sus tíos decidieron que más que para el liceo, Michael estaba para trabajar, y lo llevaron al taller mecánico de Plácido. Empezó barriendo y terminó siendo un mecánico capacitado para arreglar coches en cualquier taller. Y además, se convirtió en el principal promotor del local de Plácido.

Michael tenía pelo y ojos castaños y era de complexión delgada. Pero lo que lo diferenciaba era su personalidad. “Debía de ser uno de los pibes más simpáticos que se estaban criando acá”, describe Plácido. El joven salía en la camioneta Nissan roja del taller y nadie se salvaba de sus bocinazos. Su tío solía quejarse con un poco de orgullo por la cantidad de autos que le traía al taller. Tantos, dice, que tenía miedo de no poder atenderlos a todos. “Bueno tío, ya lo vamos a solucionar”, le contestaba el sobrino. Plácido se despidió de su sobrino con una disculpa. “Cuando lo enterramos yo le pedí perdón por haber sido severo con él. Yo quería que fuera perfecto, pero qué va a ser, si él era todo energía”, relata.

La Nissan terminó volcada con el viento y hoy marcha casi de milagro. El taller perdió la fachada entera, que cayó sobre los empleados. “Éramos cuatro en la pared, en no más de un metro. Y nos cayó todo encima. Era una fachada machaza, antigua, de esas de 60, 70 años”, reconstruye.

Mientras habla, un vecino se acerca y le pregunta por la Coqui y él responde que la Coqui se fue. Era una perra vieja y al momento del tornado estaba atada porque estaba en celo. En medio del ruido y el caos, el tornado hizo que se soltara y desapareciera bajo los restos del taller. A unos pocos pasos estaba Michael. Su tío cree que estaba intentando correr uno de los autos cuando una viga le cayó encima. Plácido señala el lugar exacto en que murió y niega con la cabeza. “Es lo que más me duele de todo esto”, dice, en medio de un taller destruido. “Yo tengo mucha fe pero a veces me quedan miles de preguntas y pocas respuestas”. Ahora, Plácido piensa mover su taller a otro local, juntar plata para ponerle techo y recomenzar con los empleados que tiene. “Pegó duro. Yo acá no quiero estar más, ya cumplí mi misión”.

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