HOMBRES QUE QUIEREN DEJAR LA VIOLENCIA

Uno menos

Este es el relato del encuentro de una periodista con tres hombres que decidieron abandonar la violencia; que quieren dejar los insultos, los cachetazos, los golpes. Tres hombres que no quieren integrar la estadística de asesinos de sus parejas. Tres que no llegarán a ser asesinos.

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Foto: Nicolás Pereyra

Voy a encontrarme con Juan Pérez en la Plaza Cagancha. Él viene de lejos, yo estoy a dos cuadras. Me acerco a la fuente y le mando un mensaje para decirle que estoy ahí. No encuentro ninguna característica física que me distinga, así que le escribo, sin pensar, que soy la de vestido azul. Le estoy diciendo a un hombre que ejercía violencia, que soy la del vestido azul. Decido mandarlo igual y no pasa un minuto hasta que se aparece él, de unos 60 años, un aire de Jackie Chan pero sin los rasgos chinos, sonrisa radiante e inesperada. Se presenta con nombre y apellido. Mira por un segundo mi ropa y le sale de adentro algo relativo a que el vestido no es tan azul, pero mientras lo dice se va censurando, bajando la voz. Le señalo un banco vacío y allá vamos. Con el típico gesto de caballerosidad me invita a sentarme primero.

Juan participa de un programa de atención a hombres que quieren dejar de ejercer la violencia. Es un taller que se da en la Intendencia de Montevideo desde 2012 en convenio con el Centro de Estudios sobre Masculinidades y Género. Va por la "clase" número 13 de un total de 24. Es un alumno intachable, que espera cada lunes con ansias y no falta por nada, que disfruta del grupo y extraña, dice, cuando los dos o tres que él más aprecia no van.

"Empecé porque vi que me estaba poniendo violento y mi señora, que es excelente persona y trabajadora, todo lo que me decía tenía razón. Le contestaba mal. Había sido tomador. Había dejado un poco la bebida pero me afectaba, tenía dolores de cabeza, y cuando empecé a dejar le contestaba mal. Cuando tomaba también. Ella no tenía la culpa de nada y yo le contestaba mal, ¿viste? Ella me hablaba bien y yo le contestaba mal. Me estás hablando mal, me decía. Después yo me daba cuenta, solo, ¿viste? Ella tenía razón".

De ella fue la idea de consultar en la mutualista, y allí le hablaron del taller de la intendencia. Eso fue un jueves y el lunes ya estaba en la primera reunión. No hubo dudas. "La idea mía era cambiar. Tratar de salir, de no ser negativo, de ser positivo", dice Juan con su hablar sencillo, sus manos anchas de dedos cortos y su risita de niño. Él, que está sin trabajo y viajó 50 kilómetros en ómnibus solo para encontrarse conmigo. Se puso perfume, una camisa estampada al cuerpo y un pantalón pinzado gris. Trajo en una bolsa de nailon blanca, lisa y limpia el manual del taller en el que tiene puestas sus esperanzas de no perder otra vez a su compañera y su hogar.

Uno.

Cuando tomaba alcohol, Juan llegaba a casa de madrugada e igual entraba a los gritos, despertando a su esposa y a sus hijos porque no había nada para comer. Por su trabajo en la construcción viajaba mucho al interior y debía quedarse a dormir en los pueblos. Se quedaba 15, 20 días, a veces más. Le giraba plata a su esposa para los niños y rumbeaba para la cantina.

"Y ella no se iba a quedar encerrada, me di cuenta después. Ella tenía dos hermanas solteras que iban a todos los bailes. Al principio decía no, yo no salgo, si Juan se entera...., a lo que ellas contestaban pero si él va a todos lados. Y empezó a ir".

Si Juan sabía que su esposa no estaba, se sentaba a una cuadra a esperarla. La veía bajar de una camioneta blanca y sentía que se prendía fuego por dentro. Le daban ganas de tirarle algo por la cabeza. La acosaba a preguntas. En esas escenas él ejercía "violencia emocional", pero "nunca violencia física", dice. "Desde que me conozco no sé si alguna vez le levanté la mano a una mujer".

Al final se separaron y él se fue a vivir a otra ciudad. El hombre de la camioneta terminó siendo la pareja de su exesposa y prácticamente quien crió a sus hijos.

Juan proviene de una familia basada en un matrimonio "como los de antes": la mujer debía tener todo limpio, los niños bañados y la comida servida cuando él llegara. Ella cumplía, pero no era de callarse. A veces, en las noches, él y sus seis hermanos escuchaban cómo su padre, que era chofer de camiones, sacaba el vehículo apagado y lo prendía a la cuadra para buscar a su madre. Ella agarraba sus cosas y se iba, pero él siempre iba por ella, y al día siguiente estaban "como si nada". Nunca lo vio pegarle, pero sí discutir fuerte.

—La violencia, ¿la traés de tu casa?

—Sí, son los códigos aprendidos.

Sus hermanos, tanto los hombres como las mujeres, son así como él: de "hablar fuerte, de tener discusiones, de tratar al otro con potencia en la manera de hablar".

—¿Te sentís capaz de un paso más?

—No, creo que me dolería más a mí. No te miento, no me acuerdo (de haberlo hecho).

Pero en ese instante se acuerda, y entonces yo me acuerdo de los especialistas diciéndome que a los hombres violentos lo que más les cuesta es aceptar la violencia física. Y ni que hablar de la sexual.

"La única vez, y de esto di testimonio (en el grupo), fue cuando le cinché el pelo a una novia que tenía", comienza Juan. "No sé si te interesa el caso", dice, y cuando asiento empieza a contarlo de cero.

"Fue una novia que tuve cuando me separé de la madre de mis hijos. Era mucho más joven que yo. Vivíamos con su tía y sus primos, todos en la misma casa. Eran bien pegados conmigo, me querían, los sacaba a pasear. Uno me dijo mirá que fulana se está viendo con el del almacén. No le creí, pero viste que los niños no te mienten casi nunca. Yo me iba a a visitar a mi madre y ella me dijo que no iba a ir a ningún lado. Era un jueves y volvía el domingo de noche, pero me vine un sábado y no avisé. Fui derecho a la casa. Cuando abrí, los chiquilines quedaron como desubicados. ¿Fulana de tal? No está, salió, vino zutana a buscarla para ir al baile".

Se transformó. Sintió nervios, taquicardia, las orejas calientes. Dejó los bolsos y se fue caminando unos tres kilómetros hacia el boliche. Pasaba la gente y le gritaba pero él iba como ciego por la ruta. En su cabeza recreaba lo que le habían dicho los niños y algunas actitudes de ella. Llegó al lugar, vio que abrían la puerta y se metió sin pagar entrada.

"Y ahí la veo bailando en el medio con las primas. Y al peludo del almacén. El loco bailaba suelto con una cerveza en la mano. Ella estaba de espaldas. La vi porque era más alta, sobresalía. Entré a pechar gente. No veía nada, solo a ella. Le cinché el pelo. ¿Qué estás haciendo acá? Me miró, no lo podía creer. Se quiso quedar y yo la cinché del buzo. El muchacho vio que era yo y ni se metió. Me vinieron los de la entrada, la guardia, que qué estás haciendo, que no podés entrar así. Salimos y nos fuimos caminando. Ella se quería quedar, yo la apuraba y le gritaba de todo un poco. No la iba a dejar quedarse, ¡si ella estaba conmigo! Me pertenecía a mí, pensaba en ese momento. Era mi manera de pensar. Así fuimos todo el camino. Se me hizo más largo de vuelta que de ida. Volvimos, los chiquilines ya no estaban. Abrí, la peché y se fue al cuarto. Yo agarré y me fui para afuera. Me senté en el escalón de la puerta y me puse a fumar. Todavía me acuerdo de la noche, clarita era. Semejante luna había".

Juan cuenta este episodio con el nivel de detalle de quien recuerda una historia de amor. Cuesta imaginar su rostro bonachón protagonizando tanta violencia.

La rabia se le fue "aplacando, aplacando", y cuando decidió acostarse ya era de día. A la mañana siguiente discutieron y la relación se terminó. Él se fue, la tía no dijo nada y los niños lloraron.

Ahora, que busca salvar la tercera pareja significativa en su vida, sigue sufriendo arranques de ira, pero en esos momentos aplica las herramientas que le dieron en el taller. Con las dos manos en el pecho inhala diciendo "no soy" y exhala completando "violento". También hace lo que denominan "retiro", que implica alejarse durante una hora y avisar a un compañero que uno se encuentra cursando una "frustración fatal".

Cuando en el taller alguien ofrece testimonio de una situación en la que ejerció la violencia, se abre una instancia para que los demás agreguen algo, siempre evitando juzgar. Si no hay opiniones, aplauden. "Te sentís aliviado. Es como una mochila que vos te sacás. Hay casos que da gusto escuchar. Uno de un día para el otro no cambia, pero no procedés como procedías antes. Y a la vez mirás los casos que pasan en la televisión y comparás toda la violencia. Y cómo llega una persona a ese extremo de matar a una pareja y con los niños adelante…".

—¿Y qué sentís ahí?

—Yo no llegaría ni loco.

—¿No serías capaz?

—No, no.

—Pero a la vez estás en el camino de dejar la violencia. ¿Creés que el que terminó matando a su pareja capaz empezó…?

—(…) como empecé yo. Sí.

—Estás frenando algo antes de que pase a mayores, por así decirlo.

—Sí. A mí me dan ganas de venir a las marchas esas que hacen (señala hacia 18 de Julio). Ahora le dije a mi señora "vos tenés que participar en la del 8 de marzo".

Dos.

Ahora me voy a ver con Pablo Martínez, pero esta vez la cita es en la plaza Isabel de Castilla, en Rondeau y Galicia, porque él trabaja a unas cuadras de ahí. Lo del vestido no salió mal así que reincido: soy la de vestido beige y blanco, le escribo. Él avisa que demora unos minutos.

Por su voz clara y su modulación perfecta y pausada al teléfono, espero a un oficinista, pero no: de repente aparece él, lleno de energía, en bicicleta y de overol. Es rubio y sus ojos son celestes. Siguiendo con las comparaciones cinematográficas, Pablo tiene el encanto gélido de Vincent Cassel o de Vincent Gallo. No me saluda porque dice que está sucio.

—¿Dónde trabajás?— mi sorpresa es evidente.

—No te voy a decir eso.

Tampoco me dirá en qué barrio nació y evitará revelar incluso cuántos hijos tiene. A pesar del anonimato prometido, Pablo es pura desconfianza. Y a diferencia de Juan, su rostro sí delata violencia.

—En realidad la idea más que nada es hablar del grupo, del modelo Cecevim, que es lo que nos convoca hoy, ¿verdad? Lo que hacen para reeducarnos, que es lo más importante.

—Eso es lo que querés contarme.

—Sí, porque en realidad yo tengo mis defectos. No soy el típico hombre que llega borracho a la casa y le pega a la esposa. Soy una persona que tengo un temperamento más explosivo. Lo que a una persona común le lleva un rato, a mí con tres o cuatro palabras ya me hiciste explotar. Me pongo a gritar, a golpear alguna cosa, pero no llego a la violencia física directa.

Pablo lleva 43 lunes participando del grupo de la intendencia, y lo suyo es exclusivamente por voluntad propia, porque su esposa ya lo dejó y nadie le obliga a ir. "Reconocí enseguida que 24 clases no eran suficientes. No podés cambiar en 24 días años de conducta", argumenta. Ha incorporado los términos apropiados y en él se notan los meses de introspección, pero eso no lo salva de ciertos conceptos o justificaciones que se le cuelan en el discurso como vestigios del machismo violento aprendido.

Una vez, hace cinco o seis años, Pablo resolvió pedir ayuda porque su esposa le confesó que le tenía miedo. Pero tan difícil decisión no encontró una respuesta a la altura. Se sintió "huérfano", rehén de la falta de atención psicológica en su mutualista y del abuso farmacológico de más de un psiquiatra. Le dieron ansiolíticos con los que solo consiguieron darle sueño. Un mes y medio después, Pablo estaba de vuelta en la rosca de la violencia.

"Yo muchas veces me sentí estigmatizado por mi problema. Es complicado hablarlo. Me sentí poco entendido, sobre todo a nivel de pareja", dice con sus ojos saltones, las cejas levantadas, las manos mugrientas apoyadas en el overol.

"La madre de mis hijos fue una muy buena mujer, que me toleró muchas cosas. Pero todo el mundo tiene su límite, así que bueno, llegó un momento en que ella decidió que no le servía yo como pareja, que ya no le daba ciertas seguridades", explica sin permitirse ni un centímetro de victimización.

La violencia a Pablo lo acompañó siempre, más que nada con su familia. En los trabajos dice ser una persona "dinámica, pero tranquila", y en todo caso un enfrentamiento laboral entre varones "siempre puede resolverse afuera". Las trompadas no son lo ideal, admite, pero a sus ojos lucen necesarias en ocasiones.

Pablo fue el hijo único de un padre criado en la calle, "un tipo de boliche y truco hasta cualquier hora", respetado por sus habilidades combativas, y una madre de familia grande y apegada. El conflicto en su casa era diario. Y era durísimo. Una escena que recuerda con claridad se desarrolla con su madre contra una pared, su padre "sumamente enojado", y el desenlace incluye un golpe a la pared a unos 30 centímetros de la cara de ella. "Pero fue la única vez que vi algo de ese estilo. La constante en las peleas eran los gritos, los insultos".

Es probable que esa "volatilidad" que lo caracteriza provenga de aquel clima familiar, pero dice Pablo que también debe tener algo que ver con su biología. Es "una combinación", advierte, y en todo caso si hubiera un culpable de todo esto esa sería su madre y no su padre, porque era ella la que le pegaba. Ella, que era "muy controladora" y que muy fácilmente entraba en conflicto con él, recurría al castigo físico —una palmada en las nalgas, un cachetazo— cada vez que su paciencia llegaba al límite.

Hasta que él, Pablo, dijo basta. Tenía 12 o 13 años. "Llegó un día que me cansé. Me llevó a un extremo total de ira. Le pegué una piña en un brazo. Y a partir de ese momento hubo como un quiebre, me dio más espacio, la relación se calmó. Fue como marcar un límite entre ella y yo: hasta acá podés llegar y ya está".

Fue "la primera y la única vez" que la golpeó, aclara en un intento por relativizar la violencia. En este encuentro Pablo demuestra que todavía no interiorizó uno de los conceptos fundamentales del taller: que la otra persona nunca es culpable de la agresión.

Su madre murió sin que llegaran a reconciliarse, pero curiosamente algo de su espíritu sobrevive en Pablo. En la forma que tiene de tratar a sus hijos, en ese mismo "problema" que se desencadena cuando no consigue de ellos lo que él quiere, en esa tendencia a explotar.

El "más conflictivo" es el varón. Vivió, como él, la peor etapa de enfrentamiento entre sus padres. Heredó las malas reacciones, pero, a diferencia de Pablo, no le gusta "el despliegue físico" sino que es "muy cibernético". Cuando su hijo lo "lleva al extremo", se queda sin herramientas que le permitan "hacerlo entrar en razón" y todos los aprendizajes se esfuman.

Sufre. Pablo sufre porque muchas veces no logra frenar a tiempo. Sufre también cuando visualiza la maldita cadena de transmisión de violencia que de un lado tiene a su madre y del otro a su hijo. Se consuela pensando que el niño aún está a tiempo de cambiar con mayor facilidad que él.

"Yo estoy tratando de interiorizar el darme vuelta, irme, calmarme y retomar después. El grupo te cambia la cabeza. Empezás a ver a tu pareja como un par y no como un subalterno. Y a los gurises también: no los ves como gente que debe hacerte caso sí o sí. Hoy entiendo mucho más, pero eso no significa aplicar", dice una versión de Pablo muy diferente a la que exhibió al inicio. Al cabo de una hora y media sus rasgos ampulosos parecen haberse suavizado. Confiesa que no quiere ser "uno más de la estadística" de asesinos y hasta me cuenta un secreto: se está viendo con su esposa a escondidas.

Tres.

Llego a Luis Ramírez a través de Renacer, una propuesta también dirigida a hombres violentos, pero que se desarrolla en el ámbito privado y que este mes cumple 23 años de existencia.

Luis me atiende por teléfono en el único rato que encuentra libre, arriba de un ómnibus. Su voz se entrecorta y hay momentos en los que escucho mejor a una vendedora ambulante que a él, pero su testimonio es valioso para cerrar esta nota porque Luis es un recuperado de la violencia, o algo así.

Llegó a Renacer hace 20 años exactos, cuando su segunda pareja y madre de su segundo hijo cometió el mismo pecado que la primera: romperle la guitarra. Para él, que es músico, no hay mayor demostración de violencia que esa. Como respuesta, él le pegó un cachetazo.

Aquel episodio derivó en separación y lo empujó a pedir ayuda. "Empezó a pasarme algo. Necesitaba algo, buscar alguna respuesta, más que nada para mí y por mis hijos". Fue a una organización de acogida de mujeres víctimas de violencia y preguntó: ¿hay algún lugar donde los hombres se puedan tratar por violencia doméstica? Así, sin vergüenza.

Durante cinco o seis años Luis se dedicó a "pelear" para superar su condición machista "formativa" y el "modelo patriarcal inculcado, con un dejo de sobreprotección", en sus palabras. Iba, buscaba respuestas, y poco a poco se daba cuenta de que la única forma de sostener un proceso era trabajar día a día. "No hay varita mágica. No hay sobrecito en la farmacia".

Fue cambiando el discurso y volviéndose intolerante, por ejemplo, a los chistes machistas. Era el que se ponía del lado de la mujer cuando un amigo relataba una discusión. "Empecé a ser como un militante", dice. Llegó a convencer a 10 o 12 hombres de seguir sus pasos y ahora, 15 años después, a veces va a Renacer a dar testimonio de su experiencia.

—¿Cómo estás hoy?

—Bien, tranquilo. A veces me altero pero me calmo yo mismo. Me aplaco. Escucho, dejo fluir. Me alejo, respiro, vuelvo, hablo desde otro lugar, pido disculpas.

—Lo tenés dominado.

—No, pensar que lo tenés dominado es arrogancia y creo que ahí la cagamos. No lo tengo dominado pero estoy más consciente. Consciente y alerta.

Una propuesta gratis en Montevideo.

Unos 350 hombres pasaron por el programa de atención a hombres que deciden dejar de ejercer la violencia —así se llama— que lleva adelante desde 2012 la Intendencia de Montevideo en convenio con el Centro de Estudios sobre Masculinidades y Género. De ese total, los que participaron de las 24 reuniones que se proponen fueron alrededor del 16%. La alta deserción es una constante en los talleres de este tipo a nivel internacional. El psicólogo Darío Ibarra, quien dirige esta propuesta, explicó que el enfoque ahora será ofrecer al usuario un servicio gratuito de seis meses, del cual se podrá participar de las reuniones que se quiera. La asistencia es voluntaria en todos los casos. El interesado debe solicitar una entrevista (27072868 o 091207512).

Si en esa instancia el hombre reconoce que ejerce violencia, es invitado. Si en vez de eso justifica que tiene medidas cautelares o intenta minimizar en exceso su conducta violenta, se le dice que no.

"Si no reconoce, no lo podemos dejar entrar porque no va a cambiar", dice Ibarra. En esos años han visto que el que llega a la reunión 11, percibe el beneficio y continúa. Hay 25 cupos disponibles de los cuales hoy están ocupados 20, pero el especialista invita a todos los interesados a acercarse porque se puede abrir una lista de espera. "Este servicio debería estar en cada barrio", opina.

¿Los hombres violentos pueden cambiar?

“Sí, cambian. Si no, no lo estaríamos haciendo”, responde el psicólogo Robert Parrado, que dirige el programa Renacer. Parrado montó esta propuesta hace 23 años en su propio estudio, y desde entonces ha recibido a unos 1.600 hombres. Algunos llegan derivados por la Justicia. Hasta el año pasado el servicio era gratuito, pero se empezó a cobrar $ 250 por reunión para mantener los gastos básicos, explica Parrado, y asegura que nunca queda nadie afuera por falta de dinero. “Cuando ves los logros en ellos, disfrutás mucho”, dice este especialista que también reconoce haberse cansado muchas veces.

La propuesta de Parrado se basa en cuatro niveles: uno bien “práctico” para entender el daño que se puede haber generado; un segundo nivel más “teórico” para los que ya no ejercen violencia; en el tercero y en el cuarto participan hombres y mujeres para cotejar los distintos puntos de vista.

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