Ignacio De Posadas
Abogado, ex ministro de Economía
Ignacio De Posadas

¿Quosque tandem?

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Al final, hubo cumbre. Después de tanto tiempo. El presidente Vázquez, como Lacalle en su momento, se había hecho bastante alérgico a las cumbres.

Pero ahora nos dicen que la cosa va en serio.

En Mendoza, los presidentes anunciaron: “revitalizar el Mercosur”.

Macri: “Hay que trabajar sobre cosas concretas…”

Michel Temer: “… retomar la impronta de la fundación”; “… el esfuerzo del rescate de la vocación original de nuestro bloque…”

Tal parece que llegó -tardíamente- el reconocimiento de que toda la kermesse del Mercosur cultural, social, laboral y demás, no hizo más que agudizar la pérdida de rumbo y contenido del acuerdo original. Algo es algo. Aunque todavía no parece estar claro (al menos explícitamente), que inventos como lo de incorporar a Venezuela, solo sirvieron para empeorar las cosas.

La esperanza, a estar por los discursos, las tienen puesta en el acuerdo con la Unión Europea. En un segundo plano, también con la Alianza del Pacífico.

Todos los miembros reconocen que el Mercosur está empantanado.

Todos también reconocen que hemos quedado afuera de la conversa comercial mundial. Somos el único rincón del mundo que no ha armado una red de tratados comerciales.

No está claro si reconocen así mismo que ya no se trata solamente de oportunidades perdidas (de trenes que pasan y se van), sino de daños concretos y en algunos casos irreversibles, sobre todo para los socios más chicos. Digo que no está claro porque todavía se oyen voces que hablan de un mundo que no existe (donde Corea del Norte es una democracia y el comercio con los EE.UU. o la Alianza del Pacífico es algo peligroso).

Uno querría creer que en Mendoza se avanzó.

Que no fue otra cumbre más, puro jarabe de pico.

El volver al objetivo original del Mercosur, (y único jurídicamente válido) del desarrollo económico y social por la vía de la apertura comercial, es un progreso. Quizás contribuyó a ello el fracaso contemporáneo del malhadado Protocolo de Ushuaia. Pero esto solo no basta.

Cuando se saca la mirada del pasado y se proyecta hacia el futuro al que apuntan los presidentes, no se ve gran cosa. Creer que un acuerdo (en serio) con la Unión Europea es algo real en un corto, o aun mediano, plazo, suena a Reyes Magos. Hace casi veinte años que lo venimos oyendo y lo poco que ha cambiado (para mejor en el Mercosur, para peor en Europa), no da para entusiasmar.

En cuanto a la integración con la Alianza del Pacífico, ojalá, pero está por empezar a conversarse y no veo a Brasil muy entusiasmado en perder protagonismo.

Por otra parte, no se puede dejar de percibir que esos, únicos, temas relevantes de la agenda proclamada por los presidentes, son externos. Típico: las tablas de salvación no dependen de nosotros, vendrán de afuera. Es muy revelador de la debilidad intrínseca del Mercosur.

No es realista -ni honesto- anunciar que otros nos salvarán.

Hay que avanzar más por el camino del sinceramiento. No basta con reconocer que el Mercosur está empantanado. Hay que confesar que, por el juego de los voluntarismos, de las burocracias, de los intereses sectoriales y corporativos y de las políticas flojonas de corto plazo, conseguimos reproducir el mismo tipo de resultados que enterraron a la Alalc y prolongan el velorio de la Aladi.

Esto no se arregla con la búsqueda (ni aún con el logro) de sumar acuerdos (que, en buena medida, se buscan por sus efectos disciplinarios y renovadores en nuestras economías, ante nuestra incapacidad para producirlos).

La unión aduanera es una mula. Peor que una mula, es como el perro del hortelano.

No se va a implementar. Ya es evidente.

Entonces, hay que abandonarla. Nos hace daño (y a los países chicos más).

Entonces, ¿debemos irnos del Mercosur? Ojalá pudiéramos. Pero nadie estará dispuesto a soportar el cimbronazo y la incertidumbre.

¿Entonces?

Cuando la campaña electoral del 2009, tuve en San Pablo una larga reunión con José Serra, entonces alcalde de esa ciudad y candidato a presidente del Brasil. Entre muchos otros temas hablamos sobre el Mercosur, del cual Serra era enemigo acérrimo. Fiel a su estilo, habría querido ponerle una bomba. Pero al final se convenció que el mejor (si no el único) camino viable era lo que los franceses llamarían una “fuite en arriere”: una fuga hacia atrás. Salir de la unión aduanera hacia una zona de libre comercio. Un esquema mucho más flexible que, entre otras cosas, permita a los países celebrar acuerdos, como lo está haciendo el mundo entero (menos Corea del Norte y algún otro). Sería la fórmula para que el Mercosur salga de la retórica y de los divertimentos laterales.

“Quousque tandem abútere, Mercosur, patientia nostra”. Es lo que Cicerón habría dicho si hubiese estado en Mendoza.

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