Joaquín Secco García
Ingeniero agrónomo, productor agropecuario y docente de la Ucudal
Joaquín Secco García

El populismo de derecha

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El inicio de 2017 no solo representa un cambio de fecha sino que viene acompañado de la consolidación de los cambios significativos, de carácter global que se vienen manifestando desde hace unos años en lo político, social o económico y que seguirán influyendo sobre nuestras ideas y programas.

Unos cambios que obligan a otros generando encadenamientos que mueven la estabilidad de las condiciones sociales. En lo político, para el hemisferio occidental, sin duda se destacan los movimientos populistas de derecha -así se los denomina- que atravesaron el Brexit y la elección de Trump pero que tienen grandes probabilidades de multiplicarse con nuevas instancias en las elecciones generales de la UE durante este año.

Más allá de lo que sea efectivamente posible importa lo que se insinúa a través de los programas electorales y la efervescencia dialéctica de las campañas. Nos queda más claro en el caso del nacionalismo de Trump, la autarquía comercial, el proteccionismo y la cancelación de tratados de libre comercio, las políticas de migraciones, el autoritarismo en lo local y las insinuaciones de reinstaurar la guerra fría y la amenaza atómica. Un fuerte parecido con programas conocidos como el Frente Nacional de Marine Le Pen que hasta el momento no habían triunfado en elecciones generales pero que en este año podría ganar las elecciones.

Varios académicos han estado analizando la factibilidad técnica, política e institucional de la profundización de los programas populistas que se prometen. Entre otros Paul Krugman en nota publicada en Economía y Mercado del diario El País. En dicha nota, refiriéndose a la guerra comercial que sucedería a cualquier movimiento de obstaculización comercial, agrega: La economía mundial de hoy está construida en torno a “las cadenas de valor” que se extienden allende las fronteras: los coches o los teléfonos inteligentes contienen componentes manufacturados en muchos países que luego se ensamblan o modifican en muchos más. Una guerra comercial obligaría a un drástico acortamiento de esas cadenas y bastantes operaciones manufactureras estadounidenses terminarían por ser las grandes perdedoras, tal como sucedió cuando aumentó el comercio mundial en el pasado. A ello suma la heterogeneidad de las instancias de discusión y aprobación legislativa del partido Demócrata, opinando que no permitirá un avance satisfactorio de la nueva institucionalidad del gobierno Trump. Emulando podríamos entender las dificultades y el empantanamiento del Brexit en el Reino Unido. Ni que hablar de la distancia entre los programas de la izquierda latinoamericana, los logros alcanzados y las maravillas que pueden hacer los discursos para crear imágenes capaces de hacer realidad cualquier ilusión.

Aunque la realidad global pudiera ser menos adversa de lo que se adelanta a partir de las promesas “populistas de derecha” venidas de los países más prósperos, de cualquier manera nuestra posición de arranque no permite un gran optimismo.

Nuestra competitividad sigue contrayéndose -suben los costos por encima de los precios de venta- y los pronósticos acerca de los volúmenes de producción se reducen. Las apuestas se juegan al largo plazo. La disposición de las empresas finlandesas y la reactivación de Brasil y Argentina.

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