Andrés Oppenheimer
Periodista y escritor
Andrés Oppenheimer

Monumento a la xenofobia

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Un nuevo informe sobre el muro fronterizo de 21.000 millones de dólares planeado por el presidente Donald J. Trump es la demostración más contundente que he visto hasta ahora de que la obsesión de Trump con los indocumentados mexicanos está basada en falsedades y de que el presidente está fomentando el pánico racial para su beneficio político.

Hasta ahora, la mayoría de los críticos del muro citaban estudios que señalaban que alrededor del 40% de los inmigrantes indocumentados no entran en el país por la frontera con México, sino que llegan en avión como turistas y se quedan más allá de lo permitido por sus visas.

Pero el nuevo estudio del Centro de Estudios sobre Migración (CMS, por sus siglas en inglés), titulado El muro de 2.000 millas en busca de un propósito, muestra que el porcentaje real de indocumentados que se quedaron después de vencidas sus visas es del 66%, o sea, mucho más de lo que se pensaba.

En otras palabras, la inmensa mayoría de inmigrantes indocumentados están entrando a los EE.UU. a través de aeropuertos o puestos fronterizos con visas válidas, lo que haría del muro fronterizo de Trump un monumental desperdicio de dinero.

El informe deja claro que el argumento de Trump de que los indocumentados están invadiendo Estados Unidos está basado en una falsedad. Según el estudio del CMS, ha habido “un dramático descenso en la población indocumentada de Estados Unidos entre los años 2008 y 2014”, especialmente la que tiene a México como país de origen. Las entradas ilegales desde allí cayeron de 390.000 en el año 2000, a 110.000 en 2013, dice.

Y un porcentaje cada vez mayor de los que cruzan ilegalmente la frontera mexicana no son mexicanos, sino personas que llegan desde El Salvador, Honduras y Guatemala, y que huyen de la violencia política, de las bandas de narcotraficantes o de las pandillas en forma de “maras”. “Muchos de ellos son, de hecho, refugiados y no ilegales”, dice.

Asimismo, Trump basó su campaña presidencial en que los indocumentados están causando una ola de crímenes en Estados Unidos. Rutinariamente cita los casos de madres y viudas de personas asesinadas por inmigrantes mexicanos, como lo hizo en su discurso del 27 de febrero ante el Congreso. Lo que es más, Trump anunció en ese discurso la creación de una nueva oficina gubernamental llamada Voice, o Víctimas de Crímenes Relacionados con la Inmigración, que registrará y dará a conocer los crímenes cometidos por inmigrantes. Muchos críticos señalan que se trata de una medida fascista que intenta culpar falsamente a una minoría de un problema nacional.

Al contrario de la campaña de pánico contra los inmigrantes que está llevando a cabo Trump, el informe del CMS señala que la abrumadora mayoría de los estudios muestran que los inmigrantes -incluyendo a los mexicanos- son más cuidadosos y menos propensos a cometer crímenes que los nacidos en Estados Unidos.

El Cato Institute, por ejemplo, concluyó en un estudio de 2015 que “tanto los estudios basados en datos de la Oficina del Censo como los estudios a nivel macro encuentran que los inmigrantes son menos propensos a la delincuencia que los nativos, con algunas pequeñas excepciones potenciales”. Entre otras razones, los inmigrantes indocumentados cometen menos crímenes justamente por el miedo a ser deportados, dice.

Por lo tanto, en vista de todo lo anterior, ¿qué sentido tiene desperdiciar la friolera de 21.000 millones de dólares para levantar un muro fronterizo que hará muy poco o nada para frenar una inmigración ilegal, que ya se viene reduciendo por sí sola?

Mi opinión: la respuesta es que no hay ninguna razón para este derroche absurdo de dinero, más que la necesidad del presidente Trump de mantener su narrativa antiinmigrantes para complacer a su base política, que incluye a muchos supremacistas blancos.

Si Trump realmente quisiera reducir el número de indocumentados, debería poner más dinero en reforzar los controles en los aeropuertos y -más importante aún- reforzar los programas del Departamento de Estado para mejorar los sistemas de justicia y promover las relaciones comerciales y el desarrollo económico en los países centroamericanos, que son la mayor fuente de inmigración ilegal que padece Estados Unidos.

Si se construyera, el muro fronterizo de Trump no sería más que un monumento inútil y lamentable -y muy costoso además- a la demagogia xenófoba.

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