Hebert Gatto
Abogado, escritor, periodista.
Hebert Gatto

Midiendo el ánimo de los uruguayos

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Dos encuestas recientes, una de Equipos y otra de Opción Consultores sobre intención de voto efectuadas en junio último, presentan una modificación respecto a sus antecesoras.

Por primera vez desde el año 2007, durante un breve lapso y desde hace dieciséis años si manejamos promedios anuales, el Frente Amplio cede la delantera al Partido Nacional por un punto en una y por dos en la otra. Aunque más significativo que ello resulte que si partimos de los resultados de las sucesivas elecciones desde el 2004 hasta hoy, en las que el Frente siempre superó el 47% de los votos en primera vuelta, el hecho de que ahora solo sume un 31%, con una pérdida de 16 puntos, se presente como la baja más significativa de toda su historia. La estimación no varía si en lugar de comparar estas encuestas con los resultados electorales lo hacemos con las efectuadas a mitad de los períodos anteriores de gobierno; en ninguna de ellas el Frente estuvo por debajo del 40% de los sufragios. Es por ello que estas mediciones sorprenden, pese a que las distancias entre frentistas y blancos es muy escasa (no así con la oposición en su conjunto), y que nada definitivo pueda decirse estando tan alejadas de las elecciones. Por más que estos resultados coincidan con otros índices que corroboran igual tendencia.

La primera singularidad que ostentan es que el bajón electoral frentista no se corresponde con un deterioro de la situación económica del país, como es común que ocurra con los partidos que se desempeñan en el gobierno. Si bien el actual crecimiento del producto dista de los guarismos del quinquenio del 2010 al 2015, igualmente lo conseguido resulta bastante mejor que las estimaciones previas y superior a los promedios del continente, especialmente los correspondientes a nuestros vecinos. Ello muestra que este enfriamiento en las expectativas obedece a razones solo indirectamente relacionadas con el ciclo económico, y ello aún cuando consideramos el leve y reciente aumento del desempleo, por más que el mismo pueda haber ejercido alguna influencia.

Esta situación lleva a pensar que las razones que la explican son preponderantemente de orden político. Por lo que no resulta casual que la aprobación de la gestión del Presidente haya descendido abruptamente -incluso dentro de la propia coalición gobernante-, pese a que aún mantenga un pequeño saldo positivo. Ni que, con la única excepción de Martínez, también hayan perdido popularidad otras figuras de relevancia en el Frente, como Mujica, Astori y Sendic. Todo indica que en los últimos dos años la pésima gestión en temas claves ha deteriorado la imagen del gobierno, generando un cambio epocal en la forma que se lo percibe.

Esto determina que no sólo se derrumben sus figuras claves, también erosiona a sus anacrónicos partidos convertidos en colectivos sin presencia externa fuera de la que mantenga la coalición, un cuasi partido que cuando se deteriora, como ahora sucede, lesiona a sus integrantes carentes de autonomía y capacidad de reacción. Es posible que este haya sido el precio pagado por fortalecer la unidad de la coalición, una estrategia que en el pasado potenció a la izquierda y habilitó sus triunfos. Pero que ahora, invertidos los vientos, deviene en una pesada carga para sus integrantes.

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