Luciano Álvarez
Periodista, escritor
Luciano Álvarez

Hannah Arendt en Jerusalem

Es un sentimiento de placer comprobar que Hannah Arendt (2013), la película de Margarethe Von Trotta se ha mantenido varias semanas en las carteleras montevideanas. La película recibió premios internacionales muy buenas críticas y una aceptable recaudación mundial. Salvo breves flashbacks, el filme no se ocupa de la ajetreada vida de la filósofa alemana (1906-1975) sino de un episodio especifico y crucial: el juicio de Adolf Eichmann, ex miembro de la GESTAPO, y uno de los responsables de “la cuestión judía” desde 1936.

Secuestrado en su refugio porteño por un comandado israelí en mayo de 1960, el juicio comenzó el 11 de abril de 1961 y concluyó con la sentencia de muerte. Eichmann fue ejecutado en Tel Aviv, el 31 de mayo de 1962. Hannah Arendt siguió el juicio como corresponsal para el New Yorker. Nadie imaginaba que esta intelectual judía, que había militado en el sionismo, expatriada de Alemania, internada en un campo de concentración por “el gobierno amigo francés” y por fin refugiada en los Estados Unidos expusiera una visión ásperamente crítica respecto a la orientación del proceso. Hannah Arendt, no cuestionaba la culpabilidad de Eichmann, ni siquiera procuraba una explicación que lo justificara en modo alguno, ni se oponía a la sentencia de muerte. Pero las crónicas del juicio, despachadas por la escritora desde Jerusalén, pintaron un cuadro inesperado del personaje que provocó un fuerte rechazo de la opinión pública judía, incluso de sus amigos.

Arendt cuestionaba que todos los esfuerzos de la fiscalía estuvieran orientados a “exhibir” a Eichmann como un monstruo sádico y despiadado; ejemplo puro del mal radical. Para Arendt, Eichmann no era el asesino desalmado, encorsetado en un prolijo uniforme, sofisticado en su disfrute del mal y el sufrimiento ajeno, tan frecuentado por el cine. No era una excrescencia, como no lo eran, ni lo son, la mayoría de los canallas de su tipo que envilecen la condición humana. Lo que en realidad emergía a lo largo del juicio era la imagen de un burócrata, encerrado en una cabina de cristal en un juzgado de distrito en Jerusalén. Y allí reside lo aterrador.

Los artículos del New Yorker fueron publicado en un libro de 460 páginas, publicado en 1963: Eichmann en Jerusalem. Un estudio sobre la banalidad del mal. Con este subtítulo Arendt incorporó un concepto fundamental para entender el espantoso territorio del Mal: su posible banalidad.

Resulta interesante rastrear el origen etimológico de la palabra «banal». Es un galicismo, datado hacia el siglo XIII, que se refería a los molinos y otros bienes de uso público, de uso comunal. Con el tiempo adquirió un carácter de adjetivo y pasó a ser sinónimo de común, corriente, ordinario, aquello que carece de toda particularidad.

Su sentido densifica lo inquietante de este término. En palabras de Arendt implica que en determinadas circunstancias, el mal es capaz de arraigar en el común de los individuos y no necesariamente en seres excepcionalmente perversos. Eichmann es el ejemplo de esta banalidad del mal; un funcionario modélico que se regía por los principios burocráticos para enviar a la muerte a millones de personas. No es que Eichmann fuera estúpido, simplemente carecía de ideas y de un sentido moral de la realidad: aquellos hombres que se habían convertido en asesinos se alienaban con la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única (”una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años”). He aquí algo mucho más peligroso que los instintos malvados convencionales.

Para fundamentar este concepto, Arendt describió con precisión los eventos que jalonan el largo proceso de matanzas. Vale la pena detenerse en su análisis de la participación de Eichmann en la conferencia de Wannsee (20 de enero de 1942) cuando quince altos representantes de las SS, del Partido nazi y de diferentes ministerios se reunieron para poner a punto la “solución final de la cuestión judía”.

Eichmann era el individuo de más baja posición oficial y social de quienes participaron. Fue encargado de enviar la convocatoria a los participantes, preparó algunas estadísticas (llenas de errores, por otro lado) que Reinhard Heydrich, convocante y presidente de la Conferencia, utilizaría en su discurso inicial, y por fin redactó el acta de la reunión. Cumplida su función de secretario, se le permitió acompañar a sus jefes, Heydrich y Heinrich Müller, al calor de una chimenea.

Eichmann no olvidó ese momento y atesoró los detalles del mismo: “…gozamos de un descanso merecido tras largas horas de trabajo…, esta fue la primera vez que vi a Heydrich beber y fumar”. He aquí la catadura del sujeto: un pobre tipo, a quien fascina un momento de cercanía íntima con el poder, mientras reflexiona sobre “¿Quién era él para juzgar? ¿Quién era él para poder tener sus propias opiniones en aquel asunto?” A lo largo de juicio Eichmann no solo negó –algo poco creíble-- ser un antisemita sino que alegó no carecer de sensibilidad frente al sufrimiento de quienes enviaba a la muerte: “Bebía schnapps (aguardiente) como si fuera agua. Tenía que beber. Necesitaba intoxicarme. Y pensaba en mis dos niños. Y reflexionaba sobre el sinsentido de la vida.” Arendt fue implacable con esa reflexión. Los asesinos, en vez de decir: “¡Qué horrible es lo que hago a los demás!”, decían: “¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!”.

Palabras que se habían escuchado ya en Nürenberg, por otra parte. Para Arendt lo que surgía del proceso de Eichmann era el retrato de la sociedad moderna en general y del totalitarismo en particular. En esta imagen, el Mal se dispersa en los corredores y oficinas de miles de hombres, que regresarán a sus casas al fin de la jornada, se besarán con su esposa e hijos y descansarán con la conciencia tranquila y el deber cumplido.

Pero nada puede ser más atroz que esos individuos comunes y corrientes capaces de cometer los peores crímenes, las mayores bajezas, porque simplemente lo consideran su deber en el marco de un proyecto histórico. 

Comentarios
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)
user-photo
Si no puedes leer la imagen de validación haz clic aquí
Pulse aquí para volver a la versión mobile.